Mujer
 
 

Las mujeres en el misticismo cristiano (I)

María Toscano y Germán Ancochea
La mujer ha ocupado siempre un lugar secundario, en el mejor de los casos, en la manifestación externa, en el exoterismo, de las tres religiones abrahámicas. Tanto el judaísmo, como el cristianismo o el Islam, en sus momentos fundacionales, supusieron avances significativos en la liberación relativa de la mujer respecto a la situación social de su época.

 
 

Así el apóstol Pablo recuerda: En efecto, todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. (Gálatas III, 27-28)

y el Corán equipara una y otra vez a hombres y mujeres, por ejemplo: Dios ha preparado perdón y magnífica recompensa para los musulmanes y las musulmanas, los creyentes y las creyentes, los devotos y las devotas, los sinceros y las sinceras, los pacientes y las pacientes [...] los que y las que recuerdan mucho a Dios. (Qorán XXXIII,35).

Sin embargo, al irse consolidando como religiones establecidas, sus dirigentes -varones-, en lugar de continuar profundizando en el proceso, fueron poco a poco fosilizando la situación volviendo a colocar a la mujer en una posición inferior al varón, cuando no le imponían, además, cargas absolutamente injustas e injustificables que nada tenían que ver con el espíritu de las respectivas religiones. Y mientras tanto, si no quedaba más remedio que alabar la cimas espirituales alcanzadas por alguna mujer, se acababa diciendo de ella "que Dios la había hecho varón".

La mujer, sin embargo, no sólo muestra el "otro" rostro de Dios - del que nos habla el relato del Génesis: Y creó Elhoim [1] al hombre a su imagen y semejanza, varón y hembra lo creó (Génesis I,26)-frente al rostro patriarcal representado por los valores masculinos de JHVH, el Padre o Allah, sino que probablemente la actitud femenina, de pasiva actividad, que todo lo espera de Dios, está mucho más próxima a la auténtica actitud mística que la actividad "depredadora" masculina, que tiende a considerar a Dios como un trofeo a conseguir o como una presa a cazar.

Además de las grandes y conocidas místicas de la tradición cristiana, como pudieron ser santa Clara, Teresa de Jesús y tantas otras, el cristianismo está, desde sus primeros tiempos, poblado de mujeres -anónimas en muchos casos, y desconocidas para la mayoría en otros- que han representado la savia vital que ha mantenido viva la tradición. La historia real de la humanidad se sustenta, en buena parte, en vidas escondidas, ocultas, y, sin embargo, vidas desbordantes de riqueza, de una riqueza y una fuerza que gracias a las cuales vivimos nosotros. Las instituciones sobreviven gracias a esas gentes escondidas que viven una vida interior viva, fluida y rica.

Toda la vida espiritual, en el fondo, no es más que un fluir, es como un río que fluye desde la eternidad hasta nosotros y que fluye de una manera oculta. El río está siempre, pero está escondido, el río está dentro pero oculto y de vez en cuando, como al río Guadiana, aflora. Hay momentos históricos en que ese fluir de la vida interior brota, surge, se revitaliza y aparece y lo hace concretándose en grandes hombres y mujeres que dan a la vida espiritual una fuerza que durante siglos había permanecido oculta. La vida espiritual es una corriente que no se ha interrumpido nunca, pero que nosotros no conocemos más que en el momento en que aflora a la superficie.

En esta vida espiritual, fluyente y rica, han cumplido un papel fundamental las mujeres. Hay grandes mujeres místicas de todas las religiones, que han hecho con su vida y su doctrina que ese río aumente, que esa vida espiritual sea grande, sea positiva, sea inmensa, y muchas de esas mujeres las desconocemos. Querríamos empezar a hablar de aquellas de las que nadie habla, de aquel mundo de mujeres que han mantenido con una fe y una vida espiritual riquísima un mundo fluido y escondido, gracias a las cuales nosotros podemos estar aquí, pero antes nos gustaría detenernos en dos mujeres que han marcado el inicio del cristianismo y que, por encima de sus realidades históricas, han encarnado en su momento el arquetipo de importantes aspectos de la actitud mística, de ese camino que siempre aspira a, que no se conforma con menos que, la Unión con la Divinidad (al margen de la forma en que las distintas teologías intenten explicar en que consiste esta unión). Nos referimos a María, la madre de Jesús, y a María Magdalena.

Si las distintas tradiciones religiosas, cuando son auténticas, representan otros tantos rostros de Dios, cada una de ellas puede ayudar a las otras a comprender mejor, a arrojar nueva luz, sobre su propio camino, nos permitiremos, por ello, recurrir, en ocasiones, a la tradición de la kabbalah y a la tradición sufí, para iluminar el rostro de estas dos mujeres que marcaron el inicio de la comprensión del misterio de Jesús, que, como su propio nombre indica y como anunció el ángel, no es más que el misterio de Dios en nosotros.
Fijémonos, un momento, en algunos de los aspectos que los métodos de la kabbalah nos revelan del nombre de ambas Marías, Miriam en hebreo. En primer lugar su valor numérico (290/850) nos dice que Miriam equivale a "fertilizar", a "fruto", a "dar forma", a "modelar", pero también a "melancolía", a "tristeza". Por otra parte, el nombre Miriam contiene dentro de sí, entre otras palabras, las de "amargo", "mar" y "¿quien?" en cuanto pregunta por lo que uno mismo es. También en el sistema numérico de los sufíes, conocido como Abyad, el valor numérico de María (o Maryam, en persa y árabe) es 290; el Nombre divino del que María es el símbolo, o lugar de su manifestación (Mazhar), es "El Sustentador"que significa lo mismo que "fertilizador". Vemos así que, por una parte María contiene en su interior la pregunta última por la realidad de uno mismo: "¿quien soy?", y la respuesta: "el mar", símbolo de esa Realidad última de la que todos procedemos y a la que todos retornamos. Por otra parte, hacia afuera, el nombre nos habla de dar forma a esa realidad y de ofrecernos el fruto como respuesta. Pero, tanto por dentro como por fuera, el nombre implica también la melancolía y la tristeza por lo que todavía no es una realidad, tristeza que marcó la vida de ambas mujeres que, sin embargo, parecen haber finalmente alcanzado el fruto y llegado al mar. Veamos ahora que nos cuentan sus vidas.
María, la madre de Jesús

No vamos a añadir nada a los miles de páginas escritas, desde todos los puntos de vista, sobre María la madre de Jesús, pero sí nos gustaría detenernos en algunos momentos de su vida que nos sirven de señales en la senda.
Cuando María -cuyo estado virginal simboliza la ausencia de ego y manifiesta un corazón libre en el que puede habitar el Espíritu- recibe la visita del ángel, anunciándole los planes de Dios, para ella incomprensibles, su primera reacción es no entender nada, y quedarse anonadada por la presencia que intuye y que sabe no merecer: ella se conturbó por estas palabras y discurría que significaría aquel saludo nos dice el evangelista Lucas (I, 29), como nos sucede con frecuencia cuando la voz, la llamada, el perfume de la Divinidad irrumpen en nuestra vida. Pero su respuesta, su aceptación, fue inequívoca: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra (Lucas I, 38) y la muestra de la autenticidad de su respuesta no fueron actos maravillosos ni eclosiones de alegría, su primera reacción fue ir a servir a su prima Isabel que estaba encinta, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa (Lucas I, 39), ya que la única forma de abrir el corazón a Dios es el servicio a los demás: "Ya que todo es Uno y Uno son todos, trata de amar a todos y servirles, para que seas capaz de amar al Uno" [5]. Cuando María llega a casa de su prima, y es reconocida y alabada por su santidad, estalla en un canto de humildad y de acción de gracias: el Magnificat.



MAGNIFICAT

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
Su nombre es santo,
y Su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a su pueblo
acordándose de la misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.
(Lucas I, 46-55)

Los años que siguieron al nacimiento de Jesús, lo que para María suponía el haber "dado forma" y "mostrado" el "Dios en nosotros", estuvieron llenos para ella de sucesos incomprensibles, acontecimientos felices y sucesos que le produjeron "dolor" y "amargura", sin embargo nada de ello alteró su rectitud en la senda: María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón, nos dice el evangelista Lucas (II, 19). Había alcanzado la morada que la terminología sufí llama de la estabilidad (tamkin) y que se refiere al encontrar la calma y el reposo después de atravesar los estados y las moradas espirituales de la senda. En este estado el sufí ha cruzado los límites de la agitación y el cambio y ha alcanzado la culminación de la constancia en el Unicidad.

Es esta actitud la que convierte a María en maestra capaz de percibir el estado y las necesidades espirituales de los que la rodean, y, al principio parece, ser más "consciente del momento" que su propio hijo. En términos sufíes se entiende por momento (waqt) aquel momento en que, por la gracia de Dios, surge en el corazón una inspiración o una atracción divina de tal forma que el sufí se vuelve inconsciente de la continuidad del tiempo en el futuro y en el pasado [7]. El evangelio de Juan es especialmente sensible al "momento", a la hora en términos de Juan, en que Jesús debe actuar, puesto que el evangelio de Juan -que empieza con la misma palabra que el Génesis, Beresit, en el principio-, presenta toda la acción de Jesús como la culminación de la Creación, como una manifestación en la historia de algo que ocurre en la preeternidad, lo que viene representado por el numero seis, símbolo del sexto día de la creación que se completa, en el tiempo, con la manifestación de Jesús, de manera que todos los sucesos importantes de su vida acaecen en la hora sexta o en el día sexto.

María, en el episodio de las Bodas de Caná, se da cuenta de que ha llegado la hora, el momento, de que Jesús empiece a actuar:
Y, como faltara vino, porque se había acabado el vino de la boda, le dice su madre a Jesús: "No tienen vino". Jesús le responde: "¿Qué tengo yo contigo mujer? Todavía no ha llegado mi hora". Dice su madre a los sirvientes: "Haced lo que él os diga" (Juan II,3-5).
Y Jesús, aunque dice que todavía no había llegado su hora, convierte el agua en vino. Una vez más la anécdota material nos apunta al sentido místico y real de los hechos; más allá que la bebida, el vino que les faltaba a los hombres, y cuya carencia María detecta, es ese vino que "hace alusión al saboreo, o el regusto (zoq), nacido en el corazón del sufí como fruto del recuerdo de Dios (Zekr), un regusto que le vuelve ebrio; símbolo también de la embriaguez del Zekr y el hervir del amor". Y Jesús, a instancias de su madre, asume públicamente su función de tabernero, de expendedor del vino que debe permitir alcanzar el amor libre de toda impureza, amor del que dará testimonio con su sangre, de la cual el vino será permanente recuerdo y actualización. Por otra parte el consejo de María, "Haced lo que él os diga", nos recuerda como la obediencia al Maestro "fuerza" la llegada del momento y puede hacer que nuestra propia agua se convierte en vino.
María continuará su vida silenciosa al lado de Jesús, meditando las cosas en su corazón, hasta alcanzar esa morada que le permite lograr la Unión plena y que la tradición cristiana simboliza con su asunción al cielo en cuerpo y alma en el momento de su muerte.

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