El
lIbro de los Signos
BADI' AZ-ZAMAN
"Proclaman su alabanza los siete cielos y la tierra, y cuantos
habitan los cielos y la tierra. Nada hay que no proclame su elogio,
pero sois incapaces de percibir sus palabras. Ciertamente, Allah es
Sutil, y disculpa."
1
Muchos son los Signos del Corán al-Karim que presentan a Allah
explicado por el universo: los cielos, que son la superficie más
pura del Tawhid, provocan en el que dirige hacia ellos su mirada una
perplejidad que lo arrebata al sentido; los cielos son capaces de disolver
al ser humano en un asombro revelador. El impacto que produce en la
mente una mirada dirigida hacia la inmensidad del Universo nace de una
estupefacción que va acompañada de deleite y placer. Quien
quiera conocer a Allah deberá empezar por alzar sus ojos.
Todo el que llega
a este mundo es un huésped. Se aloja en un espacio abierto que
lo recibe y le da la bienvenida. ¿Qué ve cada vez que
abre los ojos?: contempla la exhuberancia de un Anfitrión que
no repara en gastos a la hora de honrar a su invitado.
Contempla un espectáculo, la vida en efervescencia, que no deja
de entretener su reflexión. Contempla el campamento de un ejército
impresionante que causa en su ánimo una intensa emoción.
Contempla un hermoso jardín de belleza incomparable en el que
reposar y por el que conducir sus pasos. Contempla estímulos
que llegan a él y lo embriagan haciendo nacer en sus adentros
el amor y la pasión. En definitiva, ve un libro abierto, rebosante
de significados, de una oratoria clara y una gramática sabia
y precisa.
Y mientras el huesped
viajero siente nacer en sí un intenso deseo por conocer y encontrarse
con el Generoso, el Magnánimo, que lo ha hospedado en su nobleza,
el Autor de este gran libro, el Sultán de este reino impresionante,
he aquí que el hermoso rostro del brillante cielo poblado de
estrellas luminosas descorre ante él su velo y le dice:
"Alza tus ojos, mírame; yo te mostraré al que buscas."
El viajero vuelve
la mirada hacia las alturas y observa la manifestación evidente
de un Poder señorial que se le muestra en su esplendor.
Ve un espacio
infinito poblado de cientos de miles de gigantescos cuerpos celestes
sostenidos sin soporte alguno en una inmensidad inabarcable. Sus ojos
contemplan estrellas enormes, mucho más grandes que el suelo
que pisa, miles de veces más impresionantes, setenta veces más
veloces que una bala disparada por un fusil.
Presiente las órbitas invisibles por las que navegan los astros
y los planetas a una velocidad que no puede imaginar, y sin embargo,
ni se apelotonan ni se encuentran.
Y en esa noche, su admiración se embriaga ante el espectáculo
de las infinitas lámparas a las que no alimenta ningún
aceite ni son apagadas por ninguna mano.
Sus sentidos captan la sabiduría de ese Poder que mueve las masas
gigantes, un ritmo que no es alterado, un equilibrio cuya armonía
nada perturba. Su sonido es el del silencio, pero su imperativo no encuentra
excusas.
Así es como se le muestra el Poder invisible, y sin embargo,
es el más efectivo; el Poder inquietante de su Anfitrión
que ha hecho que ese universo majestuoso sea amable hacia el ser humano.
Y el viajero nota su cuerpo calentado por un sol al que no puede dirigir
la mirada. Y se refresca a la luz de una luna que lo invita al reposo.
Y ese cielo inmenso se le ofrece como techo que lo cobija, como prolongación
en lo eterno de su ser efímero.
Y aún su mente es perturbada por una poderosa sensación
de insignificancia: incapaz es de contar el número inabarcable
de las estrellas del cielo. El hombre se pierde a sí mismo en
lo inconmensurable, en lo impensable de una existencia infinita que
lo supera. Su paz se mezcla así con el sobrecogimiento ante la
grandeza de ese Sultán que se oculta tras la manifestación
de su Poder inquebrantable.
Su estupor le
hace adivinar la Fuerza inextinguible, la Energía que sostiene
los mundos sin mostrarse, que no conoce el cansancio, el desgaste ni
la mengua. Su entendimiento es inquietado por la evidencia de lo invisible:
ve un Poder señorial que no se deja alcanzar por la mirada, sin
embargo, nada le niega la obediencia. Los mil soles someten su envergadura
a una Mano sutil, imperceptible, mágica. Y nada se aparta del
ritmo que el Poder imprime a ese universo inconmensurable. Nada se aparta
de una Ley que trasciende toda reflexión.
Y ese cielo cristalino,
puro, limpio, transparenta todos esos significados, los expresa, los
muestra sin velo a los ojos del huésped. Como un ejercitó
en un alarde sin igual, las estrellas surcan un cosmos deslumbrante:
su brillo es el Poder de Allah, latente, presente, ausente, inconcebible.
El pensamiento es hecho añicos, las palabras enmudecen, la mirada
vuelve a los ojos del viajero sin haber encontrado fisura en un cielo
perfecto. El día sucede a la noche, la noche sucede al día:
la luz y las penumbras son los rostros de una Verdad que es la Rububía,
el Poder señorial, la Fuerza real, auténtica, originaria,
primordial, esencia de las esencias, profundidad remota, infinitamente
lejana y cercana, fuente inagotable de sensaciones y emociones.
La inmensidad
de los cielos es elocuente para el huésped: sus palabras no se
agotan y sus verdades no son enumerables. El ser humano se siente centro,
destino de esa grandeza. La recibe en sus adentros, la interpreta, enmudece,
intuye en ella a su Dueño. Se sabe gobernado como las estrellas,
amado como los planetas, honrado por el Autor del libro. Detecta al
Verdadero, contempla su huella en la vida que lo rodea, en los cielos
que lo cobijan. Y dice de Él que es Uno sobre todas las cosas,
en todas las cosas, el Real, el Auténtico. Suyo es el Poder que
nada niega, que nada rechaza, un Poder manifiesto en su ocultamiento,
sutil en la abundancia de sus vestigios. Y sabe que es Allah el que
está por encima de todas las cosas.
La ilaha illa Allah, el anterior a todo, el posterior a todo.
Su verdad es Una: así lo atestiguan los cielos y todo lo que
hay en ellos, con el testimonio de Su inmensidad. Allah lo abarca todo,
nada hay fuera de Su Poder, todo lo rige, todo lo gobierna, todo lo
mueve,
todo lo armoniza. Él es el Puro, como señala la limpieza
del cielo;
Él es el Amplio, el Infinito, el Perfecto, el Inmenso. Así
me lo enseña
la mirada que se dirige al cielo.
2
Y después, el cielo sin velo del mundo llama con su voz azul
al huésped recién llegado, y le dice:
"Mírame, y yo te guiaré hasta el que buscas, te mostraré
aquello que ansías, te señalaré al que te ha enviado
hasta aquí".
Y entonces el viajero baja un poco su mirada y contempla un espacio
por el que gotea la Rahma de Allah y escucha el silbar amedrentador
del viento que transporta las buenas nuevas de una lluvia cargada de
vida.
Sus ojos se detienen en las nubes que flotan entre el cielo y la tierra,
que riegan con su abundancia el huerto por el que el huésped
pasea su admiración. Y de esas criaturas vaporosas ve brotar
agua que es sabiduría y bendición. Y el obsequio fecundo
del cielo calma la sed de su fuego, sosiega la inquietud de su espíritu.
Y esas nubes capaces de ese efecto vivificador, sin embargo, pronto
se disipan. Después de llenar el espacio infinito del cielo,
después de obrar su prodigio, desaparecen arrastradas por vientos
invisibles, y he aquí que lo grande se disuelve en lo etéreo.
Y un cielo limpio sustituye a la alborotada tempestad que creaba con
su violencia la vida. Todo obedece una orden inmutable que siempre trasciende
los mecanismos de cualquier pensamiento.
Los vientos que pueblan el cielo rozan el cuerpo del huésped,
y su naturaleza sutil arrastra consigo los velos que cubrían
los ojos del hombre que ha despertado a la sensación de Allah.
El aire transporta los mandatos del Sultán del universo, y los
lleva a parajes ignotos, ahí donde no llega ningún hombre.
Y al igual que el agua que las nubes derramaba satisfaciendo al sediento,
el viento transporta el aire que alimenta sus pulmones, y conduce los
sonidos que comunican al ser humano las palabras misteriosas de la existencia,
y también lo pone en contacto con el calor, la luz, el frío.
Y su piel siente la lluvia, y en cada gota ve una sabiduría infinita,
una dulzura que es incapaz de describir. Desciende de una alacena riquísima,
rebosante de obsequios que posibilitan la vida, que hacen crecer la
existencia. Y si en el universo el viajero había contemplado
el Poder, en el cielo del mundo siente la Rahma, el Amor de Allah que
se refleja en el cristal de cada gota de lluvia: ¿No se llama
Rahma a la llovizna?
Pero es sobrecogido por el estruendoso trueno y cegado por el brillante
relámpago. Y he aquí la Fuerza que acompaña a la
vida.
Y el viajero piensa:
"¿Qué son las nubes sino cuerpos inertes como algodón
suspendido? Nada saben de mí, ni tan siquiera pueden reconocerme,
pero no dudan en bendecidme, en verter sobre mí una riqueza enorme
Y después de darme su vida se extinguen en el infinito. Ciegas
y mudas, las nubes me contemplan y me hablan del Poder que las transporta,
y derraman sobre mí la abundancia de su Señor. Es Él
el que llena el mundo y lo vacía, el Sultán que trasciende
a todos los reyes del universo, Dueño de una majestad con la
que siempre escribe sobre la página blanca de su cielo. Escribe
y borra, da vida y la arrebata, y la conduce a bordo de los vientos
y la comunica de manera misteriosa que el entendimiento no alcanza.
¿Qué puede oponerse a un Rey tan grande? ¿Quién
desentrañará su misterio? Brilla como el relámpago,
ensordece como el trueno, y no se muestra. Todo da de Él testimonio,
y respondiendo a Él brotan las hierbas y las flores cuando las
llama con la lluvia. Y hasta al mismo sol derrota con el frescor de
su brisa. Él limpia la superficie de la tierra con la lluvia
de su Rahma para que siempre reluzca su Pureza, elimina toda suciedad
para que las cosas hablen de su Unidad esencial".
Y después,
el viajero enamorado dice: "El aire es sutil, sin cuerpo, carece
de vida y de sentimientos. Nada percibe, es algo muerto, pero no deja
de agitarse. Ni un momento tiene de calma: rápidamente se convierte
en tormentas y tempestades. En ello hay sabiduría para los que
reflexionan. Los vientos están al servicio de su Rey interior,
a Él obedecen y en ningún instante abandonan la sumisión
que le deben. Y Él guía los invisibles vientos por sendas
no vistas. Los mueve sin tocarlos, los agita en el espacio sin rozarlos:
¿qué puede oponerse a ese Poder que no necesita presionar?
¿qué puede resistirse al que empuja sin violencia? Los
ojos no lo perciben, pero nada hay más presente que su Fuerza.
Todo lo vivo respira Su aire, todo depende y está sujeto a Su
voluntad. Las plantas se reproducen por el polen que flota en el aire
sostenido por Allah. He aquí que lo más sutil soporta
a lo más pesado, y el infinitamente Sutil todo lo sostiene, lo
alimenta, lo gobierna. Él es el que tiene poder sobre todas las
cosas y en todas las cosas, el Sabio, el Uno".
Y después
el viajero se dice: "Y la lluvia en la que se condensa la Rahma,
son gotas, pequeños cristales sin vida aparente pero en las que
está toda la vida. En su espesura guarda el secreto de una bendición
dulce. ¿Qué belleza se iguala al esplendor de una sola
gota de agua? En la lluvia se conjugan el viento y la nube, el cuerpo
y el espíritu, la carne y el corazón. Y el agua se convierte
en frescor, en obsequio que calma el desasosiego de todo el que mira
hacia el cielo. ¿Cómo es que algo tan insignificante produce
semejantes efectos? ¿Cómo es que algo tan simple es tan
infinitamente rico? Y sin embargo, inmensamente grandes son sus anunciadores,
los rayos del cielo."
La ilaha illa Allah, el Verdadero, el Comunicador de vida:
el aire refleja la eficacia de Su Rahma. En las nubes, en los vientos,
en la lluvia y en los rayos están los signos de Su poder vivificador.
Así lo ven los ojos del que mira.
SA'ID AN-NURSI
3
Pero también la tierra quería decir sus palabras al huésped
que viajaba con su pensamiento por los horizontes del universo, le dijo:
"Ven, ¿por qué vas tan lejos?. Yo también
puedo mostrarte al que estás buscando. Estoy más cerca
de ti y te sostengo. Lee en mí lo que Él ha escrito".
Y ante los ojos del viajero la tierra se mostró como un derviche
enamorado. En su danza le enseñó el secreto del tiempo,
de los días, los años y las estaciones. Se la figuró
como una nave señorial cargada de más de cien mil modos
de vida y cada vida se le apareció con toda su riqueza y sus
exigencias. Y el barco terrenal surcaba con él el espacio de
un universo inagotable alrededor de un sol que lo arrastraba a su vez
por espacios desconocidos.
En la primavera de la tierra comprendió el significado del pálpito:
a partir de ahí era engendrado un mundo rebosante. Su fecundidad
era tal que de ella surgían pájaros que habitaban en los
aires del cielo. De ella arrancaban árboles que alzaban sus ramas
hacia el cielo infinito. La tierra era como el alimento muerto para
todo lo vivo, y de su sequedad brotaba el verdor. Sus rocas se quebraban
para dejar paso a fuentes de agua cristalina. Y todo estaba atado a
esa tierra madre que daba de su nada a sus mil hijos.
Y en la tierra, Allah se mostró al hombre como acompañante.
Ningún paso da el ser humano que no tenga a la tierra de Allah
como suelo firme sobre el que asentarse. El viajero aprendió
de la tierra que sin ese Poder nada viviría, que si no fuera
por la constancia de Su presencia, resbalaría por el abismo de
la nada de la que ha surgido por el hechizo del Señor de los
Mundos.
La ilaha illa Allah,
el Uno Eterno, el Viviente, el Subsistente.
Y de su eternidad da testimonio la tierra y lo da todo cuanto sobre
ella vive. Su secreto lo explica la semilla enterrada que fructifica
en el seno de la obscuridad.
4
Abrumado, el viajero se dijo: "Después de todo esto, ¿puede
haber algo más?" Y escuchó entonces el rumor de los
mares y de los ríos, y ante ese sonido calló y prestó
todos sus oídos y escuchó un lamento dulce que le decía:
"¿No vas a dirigirnos una mirada?¿Es que no hay nada
en nuestras aguas que llame tu atención?"
El huésped lanzó su mirada hacia la inquietud del océano,
y vio gigantescas olas que se abofeteaban y se dispersaban, que se mezclaban
y se hundían. Y a pesar de su agitación, el mar nunca
se vaciaba, sino que rodeaba la tierra sobre la que el huésped
se sentía seguro, sin transgredir su frontera. Frente a la firmeza
de su lecho, veía el insondable secreto de un océano en
eterno cambio: ¿Qué impedía a sus aguas desbordarse?
¿Qué ponía límites a su locura?
Y con los ojos de su pensamiento se sumergió en las profundidades
del mar, y contempló un mundo de extraña belleza, y he
aquí que bajo la intempestiva superficie del océano florecía
una vida misteriosa. La sal que en la tierra mataba, en el agua era
alimento de mil criaturas. El viajero comprendió otro aspecto
de la Faz de Allah, y lo inquietó el inmenso Poder con el que
doblegaba los contrarios: ¿qué podría resistirse
a la Fuerza que sacaba lo vivo de lo muerto y lo muerto de lo vivo,
que extraía la noche del día y el día de la noche?
Y después volvió su mirada hacia los ríos y vio
como surgían de las profundidades de la tierra seca. Comprendió
que Allah tiene sus tesoros ahí donde el entendimiento del hombre
no alcanza a distinguir nada. Entendió que la Rahma no podía
ser definida, que nadie salvo Allah tiene autoridad sobre ella. Almacenada
está en lo más recóndito: ¿quién
rasgará su velo? ¿quién remontará su río?
Tiene su venero en un Jardín al que pocos tienen acceso.
La ilaha illa Allah,
el Uno y Único, absolutamente trascendente, incomprensible. Ante
Él la inteligencia es un mar inquieto y sólo los corazones
se calman y se desbordan en ríos de agua dulce. Esto es lo que
aprendió el viajero de las aguas que hay sobre la tierra.
5
Después fueron las montañas y los desiertos los que convocaron
al viajero que estaba inmerso en la contemplación de las maravillas
que lo rodeaban. Le dijeron:
"¿Es que no vas a leer en nuestra página?"
Y cuando el huésped volvió la mirada hacia los montes
los sintió como poderosas columnas y torres clavadas en el suelo.
Comprendió que eran los pilares que sostenían el equilibrio
del magnífico edificio. Se dió cuenta de que fijaban y
daban firmeza a una tierra que sin ellos serían como el mar tumultuoso.
Sí, eran a semejanza de olas petrificadas. Por su mente pasó
la imagen de un universo homogéneo, sabiamente diseñado,
construido con una precisión que sólo podía ser
signo de la grandeza de su Artífice.
Cada vez más, la tierra se le antojaba como un barco del que
las montañas fueran las poderosas velas, y comprendió
que la existencia es un viaje por los espacios de Allah: ¿qué
hundiría una nave tan impresionante?
Pero su maravilla creció cuando su mirada, atravesando las piedras,
descubría tesoros ocultos bajo las moles de tierra. Y he aquí
que veía brotar ríos de agua dulce por entre los despeñaderos.
Y esas aguas tumultuosas nacían del seno calmado de la roca y
venían de profundidades ricas en metales, cristales y otras riquezas.
Y entre la montañas veía extenderse la superficies inmensas
de los desiertos en los que encontraba el signo más poderoso
de la solitaria Unidad de Allah. Se le aparecían espejismos que
se desvanecían en la nada, como la exhuberancia de todo lo creado
incesantemente se extingue atraída por el imán del Uno.
Por las montañas escalaba hacia Allah, pero por los desiertos
caminaba en Su búsqueda.
La ilaha illa Allah,
el Existente. Ése es el testimonio de las montañas
y de los desiertos y de todo lo que contienen. Y Él es el Tesoro
escondido al que nada oculta, el evidente, al que nada vela.
Él es Amplio y también lo trasciende todo y no lo alcanzan
las cumbres como no lo abarcan los más inmensos parajes.
6
Ante el huésped se abrió la puerta del mundo de los árboles
y las plantas, que le dijo:
"Ven a nosotros y lee en los surcos de nuestros huertos, y contemplarás
la Faz de aquél al que buscas".
Encontró que los árboles y las plantas se habían
reunido en una orgullosa asamblea para proclamar la Unidad de su Creador.
Entendió sus voces silenciosas que decían: "La ilaha
illa Hu", sólo Él es Verdad. Le sorprendió
ver el signo del Uno presidiendo la reunión de lo diverso. Pero
el concilio de lo múltiple no dejaba de elogiar la armonía
que lo gobernaba.
Y el viajero comprendió tres verdades. La primera de ellas le
hablaba de la Generosidad. Veía desbordarse la Magnanimidad de
su Anfitrión, que no tenía límite y se expresaba
en mil colores. Todo estaba dispuesto para agradar los sentidos de un
huésped al que se honraba con perfumes y frutos deliciosos. Y
la Nobleza de Allah se le mostraba en la Suntuosidad con la que el Jardín
había sido dispuesto. Contemplaba el feliz matrimonio entre el
cielo y la tierra, que había engendrado la belleza.
La segunda era la de la diversidad. Y he aquí que lo que en el
fondo era uno se manifestaba de mil modos diferentes. De una semilla
simple y de una misma agua surgía un mundo admirablemente rico
y variado. La Rahma se le mostraba también como hermosura, no
sabiendo la mirada en cuál de sus aspectos detenerse.
La tercera verdad era la de la distinción. Cientos de miles de
formas nacían y se diversificaban a partir de una misma fórmula,
y lo que tenía un sólo origen se diversificaba en individualidades,
cada una de las cuales exigía una atención. Ante este
espectáculo, la mente del viajero no sabía dónde
reposar.
El huésped invitado al Jardín exuberante comprendía
que su corazón interpretaba las impresiones que recibía
su cuerpo, y un intenso deseo se apoderó de él: "¿podré
yo también alguna vez beber de esa fuente que embriaga con su
agua a la existencia entera?, ¿encontraré un día
el manantial de la vida?"
La ila illah Allah,
que es donde se encuentra todo lo creado, el agua de la que bebe todo
lo que tiene vida. Así lo afirman los árboles y las plantas
que proclaman Su Unidad con la voz rítmica de sus hojas elocuentes.
que cuentan Su riqueza con la belleza de sus flores. que hablan de Su
generosidad con sus frutos abundantes. Él es el Uno en la diversidad.
el Suficiente en Sí mismo. el Señor de los Mundos.
7
De ese Jardín, el viajero recogió dos flores. Una era
el Saber y la otra era la Revelación. Aspiró su aroma,
y el perfume a punto estuvo de hacerle perder el juicio. He aquí
que su ansiedad por encontrarse con el Sultán no dejaba de crecer.
Cuando aún se sentía arrebatado por la belleza de ese
mundo viviente, ante él se abrió la puerta del universo
de las aves y de los animales. Su inteligencia deseó entrar en
ese reino y aprender sus secretos. Miles de voces estrepitosas lo llamaban
encendiendo en él la llama del deseo. Y era así como esos
sonidos le daban la bienvenida.
Vio todos los pájaros y todos los animales que pueblan la tierra.
Ninguno de ellos dejaba por un instante de decir en su lengua que no
hay más verdad que Allah. Era como si toda la superficie de la
tierra no fuera sino el patio de una zawiya que hubiera congregado a
todos los amantes del universo.
Cada criatura parecía ante los ojos del visitante como si fuera
un poema que cantara los elogios de ese Poder inmenso. Cada criatura
era una magnífica composición de versos magistrales: sus
miembros, sus órganos, sus sentidos, su piel y su carne rimaban
con una perfección que delataba la extraordinaria capacidad de
un Poeta consumado. Cada uno de esos seres era la obra magistral, la
palabra exacta, del Autor del libro del universo
Y el viajero leyó las frases mágicas de esa página,
y comprendió tres verdades. La primera de ellas era la verdad
de la creación: "¿quién puede imaginar lo
que eso significa?". Y vio como si la flor de la existencia se
abriera ante sus ojos y le mostrara los secretos de la nada y del todo.
La misma Mano que sostenía las estrellas sin tocarlas, había
extraído de las tinieblas a las frágiles criaturas: "¿cómo
podría ser imaginable esa Fuerza?" Y comprendió la
sucesión de la vida a partir de la Sabiduría y la Voluntad.
Empezaba de este modo a penetrar en el interior de su Anfitrión.
Y he aquí que el Sultán es el verdadero Viviente, nada
escapa a Su sabiduría y nada se opone a Su voluntad, pues Él
es el Uno.
La segunda verdad era la del adorno. Mil secretos guarda la multitud
de las criaturas. Cada pájaro es un canto a la belleza, toda
bestia habla de la fuerza con la que Allah interviene.
La tercera verdad era la de la capacidad. A partir de una misma luz
surgieron todos los cuerpos y fueron dotados de movimiento y sensibilidad.
Cada criatura se mostraba como un mundo que en su núcleo guardara
el misterio de Allah Y esa luz interior, a su vez brillaba hacia afuera
inundando el mundo con su irradiación.
El huésped intuyó que todo estaba unido como si todos
los cuerpos fueran un mismo cuerpo que vivía según los
latidos de un solo corazón.
La ilaha illa Allah,
suyo es el Poder al que nada se opone.
La Fuerza que todo lo reduce a Su Ley. Así lo dicen las aves
y
los animales, y todos los cuerpos animados. Él es la Verdad que
todo
lo sostiene, la que da realidad a la nada.