Esta
es una historia de Amor. La historia de un amante
que fue transformado irreversiblemente. La historia
de un hombre como cualquier otro, que, sin embargo,
como muy pocos, pudo abarcar en su corazón
la inmensidad de Dios. Su propio hijo nos la cuenta:
"Tras
conocer a Shams de Tabriz
día y noche danzó mi padre en éxtasis,
girando en la tierra como los círculos celestes.
Su risa resonaba en el cenit del cielo
y la oían los seres de todos los reinos.
Mi
padre fue un erudito
que súbitamente se transformó en poeta.
Al gran asceta, lo sorprendió el amor.
En la ciudad surgió una rebelión.
No, el mundo entero resonó con sus ecos.
¿Cómo pudo un ilustre sabio del linaje
del Islam,
monarca de ambos mundos, enloquecer de amor?"
Pero
¿quién es ese monarca? Sí, quién
realmente es. Cuando en la actualidad, después
de más de 700 años de su partida de
este mundo, el músico Philip Glass lo llamó
monstruo de gracia y le dedicó una extravagancia
operística -haciendo uso de toda la tecnología
moderna- que incluyó 114 de entre sus miles
de poemas. Además, por muchos es considerado
el más grande poeta místico de todos
los tiempos. Según el Christian Science Monitor,
en 1997 fue el poeta más vendido de los Estados
Unidos. En la última década las librerías
de Occidente brillan con traducciones aceptables -aunque
hay algunas no tan fácilmente legibles- de
su monumental obra escrita en farsi, el idioma de
Persia.
Asombra cómo cada quien, en cada época,
puede interpretarlo y hacerlo suyo sirviéndose
de la licencia que otorga con su universalidad. Los
musulmanes, por ejemplo, han recibo desde hace siglos
la luz de sus interpretaciones del libro sagrado del
Islam; y al Masnaví, su más extensa
obra, se le ha llamado el Corán en persa porque
filtra el saber islámico con una maestría
incomparable. Pero su poesía es capaz de deslumbrar
a todos por igual, sin importar la creencia o ausencia
de credos, porque el lenguaje de Rumi es el lenguaje
del Amor absoluto.
Un
día, mientras caminaba por la Anatolia otomana,
adonde emigró desde Irán con su familia
huyendo de la arrasadora invasión de los mongoles,
Rumi comenzó a girar en éxtasis, en
plena calle, al escuchar música en los sonidos
producidos en el taller de un orfebre discípulo
suyo. Lo que él oía no eran golpes metálicos.
Distinguía, en aquellos sonidos ordinarios,
la música de las esferas celestiales. El gozo
inenarrable que la presencia divina le provocaba,
en cualquier otro momento y a partir de cualquier
cosa aparentemente ordinaria, lo lanzaba a estados
de éxtasis, lo hacía girar hasta perderse
de sí mismo y habitar el espacio sin fronteras
de la esencia de todo lo tangible y lo intangible.
En estas innumerables ocasiones salían de su
boca los más finos versos; versos que hoy deleitan
e iluminan el camino a nuevas generaciones en todas
las latitudes.
Pero
como ya nos contó su hijo mayor, Sultán
Walad, fundador de la Orden Sufi Mevlevi -cofradía
de los derviches giradores que tanta popularidad han
ganado en Occidente-, no fue al amanecer de un día
cualquiera, que su padre, el jurista más prestigiado,
el erudito del Islam más respetable de Anatolia,
se volvió loco, o más bien, se volvió
un océano de amor divino. Por alcanzar la unión
con el Amado, Mevlana renunció a su prestigio
y cordura.
Fue en 1244, cuando montado en una mula mientras recorría
las calles de Konia rodeado de una corte de deslumbrados
discípulos, su existencia quedó trastornada
por el encuentro místico con un derviche errante.
Un derviche de la Orden Kalandari, también
persa, que estaba decidido a dar su vida por encontrar
un corazón que lo pudiera abarcar, que hablara
su lenguaje, que saciara su sed de unión. La
noche antes del encuentro, este derviche llamado Shams,
había jurado a Al-láh: "Si encuentro
a mi maestro, daré mi cabeza por él".
Cuando Shams de Tabriz ("el sol de Tabriz"
-una región de Persia-) se encontró
frente al maestro de Anatolia, tomó las riendas
del animal que Rumi montaba, lo miró a los
ojos y le planteó una interrogante sobre mística
islámica. Se dice que tras ofrecerle su respuesta
-"la grandeza de Mujámmad (Mahoma) no
tiene paralelo"- Rumi perdió la conciencia
por un momento y cayó al suelo tras haber experimentado
el tremendo poder del encuentro.
Desde
ese momento Rumi y Shams no se separaron durante 16
meses.
"Y
si miraban a ambos a la vez, los dos eran el Simurgh,
ni más ni menos. Este era aquél, y aquél
era éste; nadie en el mundo ha oído
algo similar".
Los
discípulos, la familia, los distinguidos miembros
de la elite social en la que Rumi reinaba, protestaban
por su ausencia. De buenas a primeras, el Sultán
de Balkh tenía ojos y oídos sólo
para el Sol de Tabriz, forastero que les había
robado su tesoro más preciado. Shams era para
Rumi mucho más que eso y aún mucho más
que un maestro. Shams era el espejo perfecto en donde
Rumi podía ver a Dios y extinguirse en Él.
Oh
corazón acongojado
¡Por fin! Por fin llegó tu remedio.
Acorta suavemente tu aliento.
En
aras de los que Lo aman
aparece el Bienamado:
aquí, en forma humana,
finalmente ha llegado.
Pasado
ese tiempo, Shams desapareció misteriosamente,
dejando a Rumi sumido en el abismo de la separación.
Mandó a su hijo por él a Damasco, donde
se rumoraba que había ido. Shams sí
regresó a Konia después de dos años
de separación y siguieron los sohbets (comunión
espiritual) a solas, por horas fuera del tiempo, en
el espacio eterno de estas dos almas destinadas a
realizar la unión absoluta en Dios. Sin embargo,
los celos alrededor de este fenómeno, de este
acontecimiento místico que permanecía
como algo incomprensible para los observadores, llegaron
al punto decisivo: Shams fue asesinado. Se presume
que su asesinato fue resultado de un complot que elaboró
otro de sus hijos contra él.
Su promesa a Dios se había cumplido.
Del
dolor de la separación ahora irremediable,
de la añoranza apasionada, Mevlana extrajo
al corazón del tiempo el estado del morir antes
de morir. El estado de extinción de su finitud
en la infinitud de la Realidad Divina, la visión
suprema del Sufismo. Girando como los átomos
y las galaxias, descubrió, en su renacimiento,
el rostro divino en todas partes. Por horas rodeaba
un pilar, perdido de sí, mientras los discípulos
escribían los versos que salían de su
corazón.
Grité
y en aquel grito ardí.
Callé y marginado y mudo ardí.
De los márgenes todo me arrojó.
Al centro fui y en el centro ardí.
A
partir del encuentro con Shams todo en la vida del
teólogo quedó dislocado. El Rumi que
había conocido la gente de Konia, aquel gran
predicador y maestro de la jurisprudencia islámica
beneficiado por el patrocinio de la realeza otomana,
ya no era recuperable. Rumi voló hacia tierras
que para él eran cielos. Sus poemas son parcelas
de sus cielos y cada lector es su heredero, y alzado
por encima de sí mismo es llevado al reino
del Amor más cierto: "Cuando un pez ha
conocido el mar,/¿cómo ha de regresar
a la tierra?"
Su
estado, el que habitaba su conciencia, había
roto con todas las fronteras, incluso las de su propia
tradición religiosa o cultural. Todas las identidades
falsas de su naturaleza limitada, "los 70,000
velos de oscuridad y los 70,000 velos de luz que hay
entre el alma humana y Dios", uno tras otro se
desvanecieron, alcanzando así la suprema realización
espiritual:
"¿Qué puedo hacer, oh musulmanes?,
pues no me reconozco.
No soy cistiano, ni judío, ni mago, ni muslmán.
No soy de Oriente, ni de Occidente,
ni de tierra, ni del mar.
No soy de la mina de la Naturaleza ni de los cielos
giratorios.
No soy de la Tierra, ni del agua, ni del aire, ni
del fuego.
No soy del empíreo, ni del polvo, ni de la
existencia, ni de la entidad.
No soy de la India, ni de China, ni de Bulgaria ni
de Grecia.
No soy del reino de Irak, ni del país de Khorasan.
No soy de este mundo, ni del próximo, ni del
Paraíso, ni del Infierno.
No soy de Adán, ni de Eva, ni del Edén,
ni de Rizwan.
Mi lugar es el sin lugar, mi señal es la sin
señal.
No tengo cuerpo, ni alma, pues pertenezco al alma
del Amado.
He desechado la dualidad, he visto que los dos mundos
son sólo uno;
al Uno busco, al Uno conozco, al Uno veo, al Uno llamo".
Se
cuenta que después de su muerte, siendo lavado
por un amoroso y querido discípulo, mientras
los demás vertían el agua para la ablución
del cuerpo de Yalal, ninguna gota pudo caer al suelo.
Todas eran recogidas por sus seguidores, como había
sido el caso con el Profeta a su muerte. Cada gota
fue bebida por ellos como el agua más sagrada
y pura.
Esta Belleza sin igual (Dios) no tiene necesidad de
mostrar cuidado amoroso, pero, oh, vosotros amantes,
debéis de conocer la fe paciente.
Después de todo, morir es duro; mas remedio
no hay ninguno; ¿cómo pues, anhelar
un remedio? Hecho está el mal.
Anoche, en sueños, un guardián de la
morada de mi amor me hizo señas y me dijo:
"¡Por aquí! Agárrate a mi
veta".
Antes
de morir Rumi dictó estos últimos versos
a su hijo, Sultán Walad ("El hijo del
Sultán"), quien habiendo sido constante
en atender a su padre, lloraba su muerte como si fuera
una sombra, sin poder saber o apenas intuir que ocho
siglos después, los habitantes de los dos hemisferios
de la Tierra lo venerarían y se beneficiarían
para siempre de la luz intemporal de su iluminación
plena.
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