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EL
ESPACIO LAICO
Sheikha Amina T. Al-Yerrahi
MINISTRA
DE CULTO ORDEN JALVETI YERRÁJI A.R.
INSTITUTO LUZ SOBRE LUZ
14 DE NOVIEMBRE DE 2001
En nuestras sociedades, diversas en todos los aspectos del ser y del quehacer
humanos, lo laico es el ámbito social en que se pueden establecer y ejercer
los derechos de los diversos con creciente equidad y justicia. El diálogo,
la comprensión y la resolución de conflictos cuando nos reconocemos como
diversos, requieren de una plataforma neutral en la que todos los diversos
participemos activa y libremente, conformada por aquello en lo que todos
podemos reconocernos, por lo que nos iguala como seres humanos, por los
derechos y responsabilidades fundamentales que compartimos como humanidad.
Sobre esta plataforma es que podemos construir una sociedad verdaderamente
plural en la que se respete, defienda y se abra el espacio para las expresiones
de la diversidad humana. El ámbito de lo laico juega un papel insustituible
en el crecimiento y sensibilización sociales, pero los universos y visiones
del mundo que nos dan identidades específicas no pueden mutilarse ni desestimarse
a la hora de participar de ese ámbito. Por digo que lo laico es un ámbito,
los diversos, los universos específicos de experiencia humana, con sus
diferencias, con sus sutilezas y riqueza, son los actores que deben actuar
en ese ámbito que permite el mutuo reconocimiento.
Es mucho lo que hay que hacer aún, y es la responsabilidad de todos que
este ámbito sea auténtica y crecientemente democrático y se dé voz en
él a la inmensa gama de los diversos de nuestra sociedad, dejando de lado
los prejuicios, la discriminación y en ocasiones la persecusión que también
pueden ejercerse desde lo laico, aunque lo laico debe carecer de signo
para poder acoger en sí lo diverso. Lo laico, dentro de un estado en el
que prevalece la separación de iglesia-estado, es una herramienta valiosa
para impedir que se impongan hegemonías totalitarias sobre la población.
Una cultura de aprecio por la diversidad en todos los ámbitos entiendo
que es lo que buscamos. Desde otro frente en 1996 el Consejo Interreligioso
de México, A.C. logró concretizar después de muchas sesiones de trabajo
interreligioso el Código de Ética entre religiones. En este documento
sin precedente al menos en América Latina, se reconocen como fundamentales
los derechos de las personas proclamados en la Declaración Universal de
los Derechos Humanos de la ONU y de la Constitución Política de los Estados
Unidos Mexicanos. Y declara en su artículo segundo que ante la sociedad
y la conciencia universal, todos los seres humanos nacen libres e iguales
en dignidad y derechos sin distinción de creencia religiosa, raza, color,
sexo, origen, nacionalidad, tradición, opinión política o cualesquiera
otras condiciones.
También afirma que ninguna persona será obligada a pertenecer a una institución
o grupo religioso determinado, o a renunciar a profesar creencia alguna.
Este documento fue elaborado por líderes y practicantes de distintas iglesias
del Cristianismo, así como por practicantes de corrientes del Judaísmo,
del Islam, de Budismo y de Hinduismo, con presencia en México. Después
de leer el Código Laico, son obvias las afinidades entre ambos documentos
sobre todo en lo que se refiere a anular las posibilidades de hegemonías
totalitarias que puedan surgir desde cualquier punto de la sociedad. Pero
no podemos perder de vista que la iniciativa hegemónica puede surgir no
sólo desde las organizaciones religiosas sino desde cualquier dimensión
o grupo social ya sea éste laico o religioso.
Todos sabemos de estados totalitarios que se han escudado en el laicismo
para ejercer su totalitarismo. Y actualmente vemos en el nombre del Islam
la lucha de poder que ejercen los habitualmente llamados "fundamentalistas".
Prefiero utilizar el término que es de uso en el mundo árabe: "el Islam
político". Porque no se trata de movimientos de reflexión religiosa o
de elevación de la conciencia, sino más vulgarmente de organizaciones
políticas cuyo objetivo fijo es la toma del poder de Estado, ni más ni
menos, y que a estos efectos hacen un uso oportunista de la bandera del
Islam. El Islam político, como cualquier grupo de poder hegemónico dentro
de los diversos universos religiosos, no se interesa por la religión a
la que invoca, ni propone en este aspecto reflexión alguna, ni teológica
ni de naturaleza social.
En este sentido, no se trata de una "teología de la liberación", homóloga
musulmana de la que existe en los países de América Latina, por ejemplo.
Lo que retiene del Islam es tan sólo un conjunto de costumbres - al que
exige un respeto absoluto- de los musulmanes de nuestra época, obviando
por completo el pluralismo y la diversidad cultural que convergen en el
oceánico universo de esa tradición sagrada. Simultáneamente, el Islam
político exige el retorno de la sociedad al conjunto de las reglas del
derecho público y privado tal y como eran puestas en práctica hace dos
siglos -en el Imperio Otomano, en Marruecos, en Irán y en Asia Central-
por los poderes de la época. En su discurso el Islam político crea (aparenta
creerlo) que las reglas sean las del "Islam verdadero" (el de la época
del Profeta, o la comunidad original del Islam) como medio de legitimación
del ejercicio del poder.
Toda persona dotada de un mínimo sentido de observación y de capacidad
crítica no puede ignorar que tras el discurso de legitimación se perfilan
sistemas sociales reales que tienen una historia. El Islam político contemporáneo
no se interesa por esto y no propone ningún análisis -a fortiori ninguna
crítica- de estos sistemas. En este sentido el Islam político no es más
que una ideología arcaizante que propone a los pueblos a los que se dirige
una simple vuelta al pasado, y más precisamente al pasado reciente, a
las épocas que precedieron inmediatamente a la sumisión del mundo musulmán
frente a la expansión del capitalismo y del imperialismo occidental. Si
el Islam político no es otra cosa que una versión del neoliberalismo económico,
elogioso en extremo de las virtudes del "mercado" -desregulado, bien entendido-
es, sobre el plano político la expresión de un rechazo absoluto de toda
forma de democracia.
En su interpretación del Islam, la ley religiosa (la sharíah) una vez
encontradas las respuestas dogmáticas para todas las cuestiones que podrían
ser formuladas, estima que la humanidad no tiene leyes nuevas para inventar
(esto define a la democracia); no le queda más que interpretar una ley
ya formulada por el poder divino.
Se entiende entonces que este discurso ideológico desconoce la realidad,
es decir, que en la historia vivida por las sociedades musulmanas, ha
habido que inventarlas según las necesidades que imponen los tiempos ya
que nada es estático y ninguno de los textos de las tradiciones sagradas
se abstiene de afirmar como algo simplemente natural el fenómeno del cambio
como una constante del mundo de lo relativo, que es el ámbito de lo jurídico.
Pero se ha hecho sin decirlo; y esto venía a restringir este poder a la
clase dirigente, atribuyéndose para sí sola la capacidad de "interpretar".
Como sabemos, Arabia Saudita da el ejemplo extremo de esta autocracia:
sin Constitución (el sagrado Corán ocupa su lugar, dicen). De hecho, como
todo el mundo sabe, el poder absoluto es de la monarquía y de los jefes
de tribus. El Irán revolucionario mismo no ha concebido otro sistema político
que el de la dictadura de partido único en el cual los hombres de religión
han monopolizado el mando directamente. Generar juntos una cultura de
aprecio por la diversidad es el mejor antídoto contra iniciativas hegemónicas,
vengan de donde vengan. Por ello, quiero detenerme en el punto número
dos de la segunda parte del documento que hoy nos reúne, donde dice: Reconocemos
que la democracia requiere de un Estado laico y una educación laica para
la convivencia civilizada dentro de la diversidad y el pluralismo.
En el momento en que nos encontramos es muy importante remarcar la importancia
y defender la educación laica, pero quizá en poco tiempo veamos surgir
tendencias de avanzada en las que se defienda una educación plural, es
decir, en que reclamemos el conocimiento de un área fundamental nuestra
herencia como humanidad, es decir el derecho a ser instruidos en ese espacio
laico en la sabiduría de las grandes tradiciones sagradas de la humanidad,
en la diversidad de la sexualidad humana, en los universos culturales,
sin establecer sobre ellos juicios de valor desde un paradigma cultural.
Y añadiría que una educación genuinamente plural, democrática, en la que
se aprecien las diferencias culturales, religiosas, de género, de sexualidad,
es el mejor antídoto contra los totalitarismos de cualquier signo. Así
como vamos siendo concientes de más áreas en que debemos ejercer nuestras
libertades y establecer como derecho el acceso a la práctica de estas
libertades, así también tenemos que hacer el recorrido del genuino pluralismo.
Este pluralismo debe necesariamente incluir el conocimiento, acercamiento
y aceptación de lo que se nos puede presentar como diferente a lo dominante,
sea en lo cultural, en lo político, en lo religioso, en lo sexual, o en
cualquier otro tema. Creo que es una tarea que imponen los tiempos capacitarnos
para el ejercicio del pluralismo.
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