| |
Años atrás un discípulo permanecía
en ayuno hasta 40 días como demostración
de su verdadera intención de pertenecer a una
Orden Sufi.Encontrar
a un maestro sufí es muy difícil.
Un maestro es la piedra filosofal con la que el aspirante
convierte su corazón en oro. Topar con uno es
una bendición poco frecuente.
En la actualidad, parece que los maestros abundan más
que los discípulos. En
el mundo musulmán existe un tesoro extraordinario,
el sufismo.
Pero, ahora, ese tesoro también está expuesto
en las estanterías de los mercados. Para que
algo tan delicado pudiera ser trasformado en mercancía
barata había que distorsionarlo totalmente. La
vinculación del sufismo al Islam ha sido suavizada
hasta extremos en que incluso se les ve como antagónicos.
El rigor del sufismo ha sido tan diluido que con frecuencia
parece que es suficiente leer un poema de Rumi para
ser un consumado experto en las honduras de una espiritualidad
milenaria. La
frivolidad con la que muchos occidentales se asoman
al sufismo está perjudicándolos de modo
grave. Cualquiera por aquí es sufí y además
maestro si ha leído un poco o, peor aún,
si tiene 'intuiciones' o está 'iluminado' y disfruta
de una gracia especial. El
sufismo (el tasáwwuf) es lo contrario de lo que
muchos piensan.
En primer lugar, el sufismo es el Islam, es la profundización
en él.
El sufismo no es anterior al Islam, ni es una 'herejía'
del Islam, ni es la aportación de los 'persas'
a la civilización rudimentaria de los árabes,
ni nada parecido...
Presentar el sufismo como algo desligable del Islam,
o algo por encima del Islam, es engañar, es buscar
una clientela fácil entre quienes se apuntan
a cursillos de espiritualidad y no quieren -por nada
del mundo- nada complicado ni comprometido. En
segundo lugar, el sufismo no es 'esoterismo', ni 'ocultismo',
ni ningún morbo de esa clase. No es una 'secta
secreta', ni es la 'masonería' del Islam, ni
es el patrimonio de una 'élite espiritual'.
El sufismo es mucho más serio, infinitamente
más serio y de raíces más en la
tierra. Para quienes se acercan imbuidos con esas ideas
a auténticos sufíes se sienten descorazonados
por la naturalidad con la que los sufíes son
'gentes normales' en un entorno en el que se les tiene
en gran consideración. Por supuesto, el sufismo
tiene una sabiduría para la que se requiere una
capacidad y una delicadeza especial, como todo lo que
es profundo, valioso y fruto de aspiraciones poderosas,
pero nada tiene que ver eso con los remedos de disidencias
místicas que se dan en Occidente. En
Occidente, la gente tiende a 'realizarse espiritualmente'
escuchando sermones, discursos y conferencias. Esto
es nocivo porque da espacio a los que tienen labia.
El sufismo no es 'sentarse a escuchar a un maestro y
quedarse embobado'. El embobamiento no cambia nada en
el corazón del que escucha.
El sufismo es Yihâd, es lucha interior y exterior,
es esfuerzo continuado sobre una senda exigente. El
sufismo es emprender una peregrinación en la
que nadie ni nada te sustituyen.
Lo dijo Ibn 'Arabi: "Salí del país
de al-Andalus en dirección hacia Jerusalén.
Hice del Islam mi cabalgadura, del combate mi reposo
y de la confianza en Allah mi provisión...".
El
sufismo no es una terapia, ni es un conjunto de ejercicios
de respiración o relajación o meditación,
ni es danzas exóticas y cánticos agradables,
ni es sesión de cuentos, ni recitación
de poemas, ni comunicación secreta de saberes
herméticos, ni es la iniciación a un grupo
elitista.
El sufismo es vivir el Islam con nobleza e intensidad
hasta la sabiduría y hasta la paz absoluta. Es
la emoción del musulmán en el Islam.
Es su Tradición en la que cada gesto encuentra
una significación abismal.
El sufismo es reconciliación con la vida y con
el Creador de la vida, y es subordinación total
al Señor de la vida, fluyendo en paz con su Voluntad
hacedora de cada instante, es entregarse a Allah sin
amaneramientos ni tonterías. Es la belleza que
embriaga a los enamorados de Allah y de su Mensajero.
Para
ser sufí hay que ser 'severamente' musulmán.
La palabra 'sufí' debe emplearse con precaución.
Aunque se aplique mucho rigor en la práctica
del Islam y de la sinceridad se está lejos de
alcanzar ese grado de llamarse a uno mismo "sufí".
Una persona conciente se podrá reconocer solamente
como un murîd, un aspirante, y un faqîr,
un pobre vacío.
La meta es grande y el desafío real. Quien
sigue la senda del Sufismo puede que alguna vez en su
vida se encuentre con un maestro, con un sháij,
alguien que se apodere de él y lo arrastre hasta
Allah y lo sumerja y ahogue en ese Océano de
Luz. Enhorabuena a quien sea bendecido de ese modo.
Allah guía a los sinceros y a los perseverantes.
El
sufismo es peligroso y arriesgado. Su carácter
profundo, encierra un enigma en su centro, es un torbellino
que desata en quien se lo toma en serio y quiere alcanzar
sus últimas consecuencias. Se trata de un peligro
hermoso, un riesgo que se asume en la contemplación
de la Belleza,... es el vértigo ante lo Absoluto.
También es peligroso en un sentido negativo.
Al descontextualizar el sufismo se tiende a la creación
de grupos 'exóticos' o marginales, y también
sectas. Es muy fácil convertir a un maestro sufí
en un gurú. Es muy fácil convertir una
vía sufí en un negocio particular enajenador
de mentes. Es tan fácil que casi es inevitable.
En
Occidente, no hay controles con el sufismo
Es preferible limitarse a ser musulmanes sinceros y
avanzar en la nobleza y en la excelencia (el Ihsân),
y eso ya es sufismo, pues se ha dicho que el mayor y
mejor prodigio es la rectitud, que el mayor y mejor
rango espiritual es el Islam.
Lo que es aconsejable en el mundo musulmán -buscar
a un maestro-, en Occidente puede llevarnos por mal
camino. Es necesario estar despierto. En cualquier caso,
siempre se debe tener la Ley Sagrada (Sharî'a)
como criterio sólido al que acudir.
En una sociedad musulmana todo está en su sitio,
todo el mundo sabe el orden de las cosas y ningún
estafador perdura.
Es por ello por lo que proliferan los 'maestros sufíes'
en Occidente y en proporción tal vez sean más
numerosos que en el mundo musulmán, y eso es
muy sintomático.
Un maestro sufí, un sháij, es algo tremendo:
es alguien al que se le hacen muchas exigencias, pero
en Occidente no hay ninguna.
Volver a Inicio Colaboraciones
Regresar a Titulares
|
|