Cuidado
con el Sufismo
adaptado por mahmud Esquivel
El
sufismo es peligroso, profundo, quebrador, vertiginoso.
Ésta era una advertencia amistosa que se hacía al que
mostraba deseos de iniciarse en un arte para el que había que
estar muy preparado.
Años atrás un discípulo permanecía en ayuno
hasta 40 días como demostración de su verdadera intención
de pertenecer a una Orden Sufi.
Encontrar
a un maestro sufí es muy difícil.
Un maestro es la piedra filosofal con la que el aspirante convierte
su corazón en oro. Topar con uno es una bendición poco
frecuente.
En la actualidad, parece que los maestros abundan más que los
discípulos.
En
el mundo musulmán existe un tesoro extraordinario, el sufismo.
Pero, ahora, ese tesoro también está expuesto en las estanterías
de los mercados. Para que algo tan delicado pudiera ser trasformado
en mercancía barata había que distorsionarlo totalmente.
La vinculación del sufismo al Islam ha sido suavizada hasta extremos
en que incluso se les ve como antagónicos. El rigor del sufismo
ha sido tan diluido que con frecuencia parece que es suficiente leer
un poema de Rumi para ser un consumado experto en las honduras de una
espiritualidad milenaria.
La
frivolidad con la que muchos occidentales se asoman al sufismo está
perjudicándolos de modo grave. Cualquiera por aquí es
sufí y además maestro si ha leído un poco o, peor
aún, si tiene 'intuiciones' o está 'iluminado' y disfruta
de una gracia especial.
El
sufismo (el tasáwwuf) es lo contrario de lo que muchos piensan.
En primer lugar, el sufismo es el Islam, es la profundización
en él.
El sufismo no es anterior al Islam, ni es una 'herejía' del Islam,
ni es la aportación de los 'persas' a la civilización
rudimentaria de los árabes, ni nada parecido...
Presentar el sufismo como algo desligable del Islam, o algo por encima
del Islam, es engañar, es buscar una clientela fácil entre
quienes se apuntan a cursillos de espiritualidad y no quieren -por nada
del mundo- nada complicado ni comprometido.
En
segundo lugar, el sufismo no es 'esoterismo', ni 'ocultismo', ni ningún
morbo de esa clase. No es una 'secta secreta', ni es la 'masonería'
del Islam, ni es el patrimonio de una 'élite espiritual'.
El sufismo es mucho más serio, infinitamente más serio
y de raíces más en la tierra. Para quienes se acercan
imbuidos con esas ideas a auténticos sufíes se sienten
descorazonados por la naturalidad con la que los sufíes son 'gentes
normales' en un entorno en el que se les tiene en gran consideración.
Por supuesto, el sufismo tiene una sabiduría para la que se requiere
una capacidad y una delicadeza especial, como todo lo que es profundo,
valioso y fruto de aspiraciones poderosas, pero nada tiene que ver eso
con los remedos de disidencias místicas que se dan en Occidente.
En
Occidente, la gente tiende a 'realizarse espiritualmente' escuchando
sermones, discursos y conferencias. Esto es nocivo porque da espacio
a los que tienen labia. El sufismo no es 'sentarse a escuchar a un maestro
y quedarse embobado'. El embobamiento no cambia nada en el corazón
del que escucha.
El sufismo es Yihâd, es lucha interior y exterior, es esfuerzo
continuado sobre una senda exigente. El sufismo es emprender una peregrinación
en la que nadie ni nada te sustituyen.
Lo dijo Ibn 'Arabi: "Salí del país de al-Andalus
en dirección hacia Jerusalén. Hice del Islam mi cabalgadura,
del combate mi reposo y de la confianza en Allah mi provisión...".
El
sufismo no es una terapia, ni es un conjunto de ejercicios de respiración
o relajación o meditación, ni es danzas exóticas
y cánticos agradables, ni es sesión de cuentos, ni recitación
de poemas, ni comunicación secreta de saberes herméticos,
ni es la iniciación a un grupo elitista.
El sufismo es vivir el Islam con nobleza e intensidad hasta la sabiduría
y hasta la paz absoluta.
Es
la emoción del musulmán en el Islam.
Es su Tradición en la que cada gesto encuentra una significación
abismal.
El sufismo es reconciliación con la vida y con el Creador de
la vida, y es subordinación total al Señor de la vida,
fluyendo en paz con su Voluntad hacedora de cada instante, es entregarse
a Allah sin amaneramientos ni tonterías. Es la belleza que embriaga
a los enamorados de Allah y de su Mensajero.
Para
ser sufí hay que ser 'severamente' musulmán.
La palabra 'sufí' debe emplearse con precaución. Aunque
se aplique mucho rigor en la práctica del Islam y de la sinceridad
se está lejos de alcanzar ese grado de llamarse a uno mismo "sufí".
Una persona conciente se podrá reconocer solamente como un murîd,
un aspirante, y un faqîr, un pobre vacío.
La meta es grande y el desafío real.
Quien
sigue la senda del Sufismo puede que alguna vez en su vida se encuentre
con un maestro, con un sháij, alguien que se apodere de él
y lo arrastre hasta Allah y lo sumerja y ahogue en ese Océano
de Luz. Enhorabuena a quien sea bendecido de ese modo.
Allah guía a los sinceros y a los perseverantes.
El
sufismo es peligroso y arriesgado. Su carácter profundo, encierra
un enigma en su centro, es un torbellino que desata en quien se lo toma
en serio y quiere alcanzar sus últimas consecuencias. Se trata
de un peligro hermoso, un riesgo que se asume en la contemplación
de la Belleza,... es el vértigo ante lo Absoluto.
También es peligroso en un sentido negativo.
Al descontextualizar el sufismo se tiende a la creación de grupos
'exóticos' o marginales, y también sectas. Es muy fácil
convertir a un maestro sufí en un gurú. Es muy fácil
convertir una vía sufí en un negocio particular enajenador
de mentes. Es tan fácil que casi es inevitable.
En
Occidente, no hay controles con el sufismo
Es preferible limitarse a ser musulmanes sinceros y avanzar en la nobleza
y en la excelencia (el Ihsân), y eso ya es sufismo, pues se ha
dicho que el mayor y mejor prodigio es la rectitud, que el mayor y mejor
rango espiritual es el Islam.
Lo que es aconsejable en el mundo musulmán -buscar a un maestro-,
en Occidente puede llevarnos por mal camino. Es necesario estar despierto.
En cualquier caso, siempre se debe tener la Ley Sagrada (Sharî'a)
como criterio sólido al que acudir.
En
una sociedad musulmana todo está en su sitio, todo el mundo sabe
el orden de las cosas y ningún estafador perdura.
Es por ello por lo que proliferan los 'maestros sufíes' en Occidente
y en proporción tal vez sean más numerosos que en el mundo
musulmán, y eso es muy sintomático.
Un maestro sufí, un sháij, es algo tremendo: es alguien
al que se le hacen muchas exigencias, pero en Occidente no hay ninguna.
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