Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 85
La sucesión y el entierro

--------------------------------------------------------------------------------

Las señales que Abbas había sido el primero en ver se habían hecho también evidentes para otros; y antes de que la muerte aconteciese, Umm Ayman había enviado un mensaje a su hijo diciéndole que el Profeta se moría. Ya se había levantado el campamento para iniciar la marcha hacia el norte, pero Usamah al punto dio órdenes de regresar a Medina. Muchos de los Compañeros más antiguos se encontraban en el ejército, incluido Omar, y cuando fueron recibidos a su llegada a la ciudad con la noticia de que el fallecimiento se había producido, Omar se negó a creerlo.

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

Indice

Inicio Libros
Inicio Sufismo
 
 

Había malinterpretado una aleya del Corán que él había pensado que quería decir que el Profeta sobreviviría a todos y a otras generaciones por venir, y se situó entonces en la Mezquita y se dirigió a la gente, asegurándoles que el Profeta estaba simplemente ausente en el Espíritu y que volvería. Mientras así hablaba, Abu Bakr regresó a caballo de Sunh, porque la noticia se había difundido rápidamente por todo el oasis. Sin detenerse para hablar con nadie, fue directamente a la casa de su hija y retiró del rostro del Profeta el manto con que lo habían recubierto: lo miró fijamente y luego lo besó. "Más querido para mí que mi padre y mi madre", dijo, "has probado la muerte que Dios decretó para ti. Después de ésta, ninguna otra muerte te acontecerá". Reverentemente volvió a extender el manto sobre su rostro y salió a la multitud de hombres a quienes Omar estaba aún dirigiéndose: "¡Calma, Omar!", le dijo, mientras se aproximaba. "¡Oídme hablar!". Omar no prestó atención y siguió hablando, pero al reconocer la voz de Abu Bakr la gente abandonó a Omar y se volvió a escuchar lo que el hombre de más edad tenía que contarles. Después de alabar a Dios, dijo: "¡Gentes! Quien acostumbrara adorar a Muhámmad ha de saber que ciertamente Muhámmad ha muerto; y quien acostumbrara adorar a Dios, tenga presente ahora que, verdaderamente, Dios es Viviente y no muere". Luego recitó los siguientes versículos, que habían sido revelados después de la batalla de Uhud: "Muhámmad no es más que un enviado y otros enviados han pasado antes que él. Si muriera o lo mataran, ¿os volveríais sobre vuestros pasos? Quien se vuelve sobre sus pasos no daña a Dios, y Dios recompensa a los agradecidos" (III, 144).

Fue como si la gente no hubiera sabido de la revelación de esta aleya hasta que Abu Bakr la recitó aquel día. La escucharon de él y estuvo en los labios de todos. Omar diría posteriormente: "Cuando oí a Abu Bakr recitar aquella aleya, me quedé tan asombrado que caí al suelo. Mis piernas ya no me sostenían, y me di cuenta de que el Enviado de Dios había muerto".

Ali se había retirado entonces a su casa; con él se encontraban Zubayr y Talhah. El resto de los Emigrados se congregaron en torno a Abu Bakr, y a ellos se les unieron Usayd y muchos otros de su clan. Pero la mayoría de los Ansar, tanto de Aws como de Jazrach, se habían reunido en el lugar de asamblea de los Bani Saidah, cuyo jefe era Saad ibn Ubadah, y a Abu Bakr y Omar les llegó la noticia de que estaban debatiendo allí acerca de quién debía ser el hombre sobre el que recayera la autoridad, ahora que el Profeta había muerto. Ellos habían aceptado gustosamente su autoridad, pero, faltando él, muchos de ellos se inclinaban a pensar que a los hijos de Qaylah tan sólo les podía gobernar un hombre de Yathrib, y parecía que estaban a punto de prestar su fidelidad a Saad.

Omar insistió a Abu Bakr para que fuese él a la asamblea y Abu Ubaydah acudió con ellos. Saad estaba enfermo y se hallaba postrado en el centro de la sala, envuelto en un manto. En nombre suyo, otro de los Ansar estaba a punto de dirigir la palabra a los reunidos cuando los tres hombres del Qraysh hicieron su entrada, por lo que los incluyó en su discurso, que comenzó, después de la alabanza a Dios, con las palabras: "Nosotros somos los Ansar de Dios y el ejército del Islam, y vosotros, Emigrados, sois de nosotros, porque un grupo de vuestro pueblo se ha establecido entre nosotros". El orador prosiguió en el mismo tono, glorificando a los Ansar y, aunque hizo compartir a los Emigrados una parte de esa gloria, se abstuvo deliberadamente de reconocer la posición única que ellos disfrutaban como la primera comunidad islámica. Cuando hubo terminado y Omar estaba a punto de comenzar a hablar, Abu Bakr lo acalló y él mismo habló, con tacto pero con firmeza, reiterando el elogio de los Ansar, pero señalando que la comunidad del Islam estaba ahora extendida por toda Arabia y que los árabes en conjunto no aceptarían la autoridad de nadie salvo de un hombre del Quraysh, porque el Quraysh mantenía una posición única y central entre ellos. Para terminar, cogió a Omar y a Abu Ubaydah, cada uno de una mano, y dijo: "Os ofrezco uno de estos dos hombres. Prestad fidelidad al que queráis de ambos". Entonces se levantó otro Ansar y sugirió que hubiera dos autoridades, lo que condujo a una acalorada discusión, hasta que finalmente intervino Omar, diciendo: "¡Ansar! ¿No sabéis que el Enviado de Dios ordenó a Abu Bakr dirigir la plegaria?" "Lo sabemos", respondieron. Y Omar siguió: "Entonces, ¿quién de vosotros con gusto querrá precederle?" "No permita Dios que tomemos precedencia sobre él", contestaron, (I.S. II/2, 23), ante lo cual Omar tomó la mano de Abu Bakr y le prestó fidelidad, seguido de Abu Ubaydah y otros Emigrados que para aquel entonces se les habían unido. A continuación todos los Ansar que se encontraban presentes igualmente juraron fidelidad a Abu Bakr, con la excepción de Saad, que nunca lo reconoció como Jalifa[i] y que terminó emigrando a Siria.

A pesar de lo que se hubiera decidido en la asamblea, habría sido inaceptable para cualquier otro dirigir las plegarias en la Mezquita de Medina en lugar de Abu Bakr, mientras éste estuviera allí; y al alba del día siguiente, antes de dirigir la plegaria, él se sentó en el almimbar y Omar se levantó y se dirigió a los consagrados, pidiéndoles que prestaran fidelidad a Abu Bakr, al que describió como "el mejor de vosotros, el Compañero del Enviado de Dios, el segundo de ellos dos cuando ambos estuvieron en la caverna" (Corán IX, 40). Una reciente Revelación había recordado el privilegio de Abu Bakr de haber sido el único Compañero que había acompañado al Profeta en aquel momento crucial[ii] y a una sola voz toda la asamblea le juró fidelidad -todos salvo Ali, que lo hizo más tarde[iii]-.

A continuación Abu Bakr alabó a Dios y le dio gracias y se dirigió a ellos diciendo: "Se me ha dado la autoridad sobre vosotros y no soy el mejor de vosotros. Si obro bien, ayudadme, y si lo hago mal, corregidme. El ser sincero respecto a la verdad es lealtad y la indiferencia a la verdad es traición. El débil de entre vosotros será duro conmigo hasta que haya asegurado sus derechos, si Dios quiere, y el fuerte de entre vosotros conmigo será débil hasta que le haya arrancado los derechos de otros, si Dios quiere. Obedecedme mientras obedezca a Dios y Su Enviado. Pero si desobedezco a Dios y Su Enviado, no me debéis obediencia. Levantaos para vuestra plegaria. ¡Dios tenga misericordia de vosotros!" (I.I. 1017).

Después de la plegaria, la casa y la familia del Profeta decidieron que tenían que prepararlo para el entierro, pero estuvieron en desacuerdo en cuanto a cómo debía hacerse. Entonces Dios hizo que sobre ellos se abatiera el sueño, y en su sueño cada hombre escuchó una voz que decía: "Lavad al Profeta con el manto puesto". Fueron, pues, a la estancia de Aishah, que por el momento ella había dejado libre, y Aws ibn Jawli, un jazrachí, pidió permiso para representar a los Ansar, diciendo: "¡Te lo imploro por Dios, oh Ali, y por nuestra parte en su Enviado!", y Ali le permitió entrar. Abbas y sus hijos Fadl y Qitam ayudaron a Ali a dar la vuelta al cuerpo, mientras Usamah derramaba agua sobre él, ayudado por Shuqran, uno de los libertos del Profeta, y Ali pasó su mano sobre todas las partes del largo manto de lana. "Más querido para mí que mi padre y mi madre", dijo, "¡cuán excelente eres en la vida y en la muerte!" Incluso después de un día, el cuerpo del Profeta parecía estar inmerso simplemente en el sueño, salvo que no tenía ni respiración ni pulso, ni calor ni flexibilidad.

Los Compañeros discrepaban sobre dónde debía ser enterrado. A muchos les parecía que su tumba tenía que estar cerca de las de sus tres hijas, la de Ibrahim y la de los Compañeros que él mismo había enterrado y sobre quienes había hecho la plegaria funeraria, en el Baqi al-Garqad, mientras que otros pensaban que tenía que ser enterrado en la Mezquita; pero Abu Bakr recordó haberle oído decir: "Ningún Profeta muere sin que se le entierre donde murió"; así pues, se cavó la tumba en el suelo de la estancia de Aishah cerca del lecho donde yacía.

Entonces todo el pueblo de Medina lo visitó y rezó sobre él. Llegaron por tandas y cada grupo pequeño hizo la plegaria funeraria; primero los hombres, grupo tras grupo, y luego, cuando todos los hombres lo hubieron visitado, acudieron las mujeres, y después de ellas los niños. Aquella noche fue depositado en su tumba por Ali y los otros que le habían preparado para el entierro.

Grande fue el pesar en la Ciudad de la Luz, como ahora se llamaba a Medina. Los Compañeros se censuraban entre sí por llorar, pero todos lloraban. "No es por él por lo que lloro", dijo Umm Ayman cuando le preguntaron por sus lágrimas. "¿Acaso no sé que se ha ido a aquello que es mejor para él que este mundo? Sino que lloro porque se nos han cortado las nuevas procedentes del Cielo" (I.S. II/2, 83-4). Era, ciertamente, como si una gran puerta se hubiese cerrado. Sin embargo, recordaban que había dicho: "¿Qué tengo yo que ver con este mundo? Este mundo y yo somos como un caminante y un árbol bajo el cual se cobija. Luego prosigue su camino y lo deja tras de sí." (l.M. XXXVII, 3). Él había dicho esto para que todos y cada uno de ellos pudieran decirlo de sí mismos, y si la puerta ahora se había cerrado, estaría abierta, sin embargo, para el creyente en la hora de la muerte. Todavía resonaban en sus oídos las palabras: "Yo voy delante de vosotros y soy vuestro testigo. Vuestra cita conmigo es en el Estanque". Habiendo comunicado su mensaje en este mundo, se había ido para realizarlo en el Más Allá, donde él seguiría siendo, para ellos y para otros, pero sin las limitaciones de la vida sobre la tierra, la Llave de la Misericordia,[iv] la Llave del Paraíso, el Espíritu de la Verdad, la Felicidad de Dios.

"Ciertamente Dios y sus Ángeles bendicen al Profeta. ¡Oh vosotros que creéis, invocad bendiciones sobre él y dadle saludos de Paz! (XXXIII, 56)

--------------------------------------------------------------------------------
[i] En árabe, Jalifah, siendo el título completo Jalifa Rasul Allah, Sucesor del Enviado de Dios.
[ii] Véase capítulo 37, "La Hégira".
[iii] Después de la muerte de Fatimah, unos meses más tarde, Ali le dijo a Abu Bakr: "Conocemos bien tu preeminencia y lo que Dios ha derramado sobre ti, y no somos celosos de ningún beneficio de los que Él te ha concedido. Pero tú nos enfrentaste con un hecho consumado, sin posibilidad de elección, ros sentimos que teníamos algún derecho en este asunto por la proximidad de nuestro parentesco con el Enviado de Dios". Entonces los ojos de Abu Bakr se llenaron de lágrimas, y dijo: "Por Aquél en cuyas manos está mi alma, prefiriría que todo marchara bien entre la familia del Enviado de Dios y yo, a que lo hiciera entre mi propia familia y yo". Aquel día, a mediodía, exculpó a Ali en la Mezquita por no haberle reconocido todavía como jalifa, ante lo cual Ali afirmó el derecho de Abu Bakr y le prestó fidelidad. (B. LXIV, 38).
[iv] Éste y otros títulos que le siguen están tomados de las letanías tradicionales de los nombres del Profeta.

Claves de referencia
--------------------------------------------------------------------------------
C. - El Corán

Obras biográficas e históricas
Este libro se basa principalmente en los escritos de los siguientes tres autores de los VIII y IX:

I.I. Ibn Ishaq. Las referencias son a la edición de Wüstenfeld de la Sirat Rasul Allah. Una biografía del Profeta escrita por Muhámmad ibn Is­haq en la recensión anotada por Abd al-Malik ibn Hisham (I.H.).

I.S. Ibn Saad. Las referencias son a la edición de Leyden del Kitab at-Tabaqat al-Kabir, de Muhámmad ibn Saad.

W. Waquidi. Las referencias son a la edición de Marsden Jones del Kitab al­-Magazi, una crónica de las campañas del Profeta, por Muhám­mad ibn Omar al-Waqidi.

Además de estos, hay referencias ocasionales a:

A. Azraqi. Edición de Wüstenfeld de los Ajbar Makkah, una historia de la Meca por Muhámmad ibn Abd Allah al-Azraqi.
Tab. Tabari. La edición de Leyden de la Tarij al-Rusul wa 'l-muluk, "La historia de los Enviados y los Reyes", por Muhámmad ibn Yarir at-Ta­bari, cuyo comentario coránico, Tafsir, también ha sido citado.
S. Suhayli. La edición de el Cairo de Al-Rawd al-Unuf, un comentario sobre ibn Ishaq, por Abd al-Rahman ibn Abdallah as-Suhayli.

Colecciones de tradiciones del Profeta

Las referencias a los ocho tradicionistas siguientes del siglo IX se hacen según el tema usado por Wensinck en su Handbook of Early Muhammadan Tradition.
B. Muhámmad ibn Ismail al-Bujari
M. Muslim ibn al-Hayyay al-Qushayri
Tir. Muhámmad ibn Isa al-Tirmidhi
A.H. Ahmad ibri Muhámmad ibn Hanbal
N. Ahmad ibn Shuayb al-Nasai
A.D. Abu Daud al-Siyistani
. Abdallah ibn Abd al-Rahman al-Darimi
I.M. Muhámmad ibn Mayah
Hay también referencias ocasionales a los siguientes tradicionistas del siglo XI, cuyas colecciones no se incluyen en el manual de Wensinck.
Bay. Ahmad ibn al-Husayn al-Bayhaqi, Kitab al-Sunan al-Kubra
F. Husayn ibn Mahmud al-Farra al-Bagawi, Mishkat al-Masabih