Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 84
La elección
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EL Profeta hablaba continuamente del Paraíso y, cuando lo hacía, era como un hombre que está viendo lo que describe. Esta impresión era, confirmada por otros muchos signos, como por ejemplo cuando en una ocasión extendió su mano como para coger algo y luego la retiró. Él no dijo nada, pero algunos de los que estaban con él advirtieron su acción y le preguntaron acerca de ello. "Vi el Paraíso", dijo, "y alargué la mano para tomar un racimo de sus uvas; si lo hubiera cogido habríais comido de él mientras hubiese durado el mundo" (B. XVI, 8).

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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Se habían acostumbrado a pensar en él como en alguien que hasta cierto punto ya está en el Más Allá. Quizás era en parte por este motivo por lo que, cuando les hablaba de su muerte y cuando infería indirectamente, como ahora hacía a menudo, que podría ser inminente, sus palabras les causasen poca impresión. Además, a pesar de sus sesenta y tres años aún conservaba la talla y la gracia de un hombre mucho más joven. Sus ojos aún eran brillantes y en su negra cabellera apenas había unas pocas canas. Sin embargo, en una ocasión, una observación suya cuando se encontraba con sus esposas fue de tan mal augurio que provocó que se planteara la cuestión de cuál de ellas sería la primera en reunirse con él en el otro mundo. Él respondió: "La de brazos más largos será la primera en reunirse conmigo" (I.S. VIII, 76-7), ante lo cual se pusieron a medirse los brazos, unas contra otras. Presumiblemente, aunque no se dice, Sawdah fue la ganadora en este concurso, ya que era la más alta y la de miembros más largos en general. Zaynab, por el contrario, era una mujer pequeña, con los brazos proporcionados a su estatura. Pero fue Zaynab la que murió primero, unos diez años después. Sólo entonces comprendieron que por "Ia de los brazos más largos" el Profeta había querido decir la más desprendida, porque Zaynab era sumamente generosa, al igual que su predecesora del mismo nombre, que había sido llamada "la madre de los pobres".

Una noche, no mucho después de que el Profeta ordenase hacer los preparativos para la campaña de Siria y antes de que el ejército hubiera partido, convocó a un liberto suyo, Abu Muwayhibah, a altas horas, y le dijo: "Se me ha ordenado pedir el perdón para los moradores del cementerio. Vente, pues, comnigo". Salieron juntos y cuando llegaron al Baqi el Profeta dijo: "¡La Paz sea con vosotros, gentes de las tumbas! Alegraos de vuestro estado. ¡Cuánto mejor es que el estado en que viven los hombres ahora! Las disensiones vienen como olas en una noche oscura, la una más fuerte que la anterior, cada una peor que la última". Luego se volvió hacia Abu Muwayhibah y dijo: "Se me han ofrecido Jas llaves de los tesoros de este mundo y la inmortalidad en él seguida del Paraíso, y se me ha dado la elección entre eso y el encuentro con mi Señor y el Paraíso." "¡Oh tú que me eres más querido que mi padre y mi madre!", dijo Abu Muwayhibah, "toma las llaves de los tesoros de este mundo y la inmortalidad en él, seguida del Paraíso". Pero el Profeta le respondió diciendo: "Ya he elegido el encuentro con mi Señor y el Paraíso". A continuación pidió el perdón para las gentes del Baqi. (I.I. 1000).

Fue aquel día al alba, o quizás al día siguiente, cuando su cabeza le dolió como nunca le había dolido antes, pero él sin embargo acudió a la Mezquita, y después de dirigir la plegaria se subió al almimbar e invocó las bendiciones sobre los mártires de Uhud, como si -así se dijo después- lo estuviera haciendo por vez última. Luego dijo: "Hay un siervo de entre los siervos de Dios le ha ofrecido la élección entre este mundo y lo que está con Él, y el siervo ha elegido lo que está con Dios". Al decir esto, Abu Bakr lloró, porque sabía que el Profeta estaba hablando de sí mismo y que la elección significaba una muerte inminente. El Profeta se dio cuenta de que había comprendido y, diciéndole que no llorase, añadió: "Gentes, el hombre más benéfico para mí por su compañerismo y por su generosidad es Abu Bakr, y si yo tuviera que tomar de entre todos los hombres un amigo inseparable ése sería Abu Bakr, pero el compañerismo y la hermandad de fe son nuestros hasta que Dios nos una en Su Presencia". Fue en aquella ocasión cuando dijo, mirando en torno suyo a las múltiples entradas a la Mezquita desde las casas particulares que la rodeaban: "Observad esas puertas que se abren sin derecho a la Mezquita. Tapiad todas excepto la de Abu Bakr" (I.I. 1006). Antes de dejar el almimbar dijo: "Yo voy delante de vosotros y soy vuestro testigo. Vuestra cita conmigo es en el Estanque[i], el cual ciertamente estoy viendo desde donde me encuentro ahora. No temo que vayáis a asociarle dioses a Dios, sino que temo por vosotros en este mundo, que busquéis rivalizar los unos con los otros en ganancias mundanas" (B. LXIV, 17).

Desde la Mezquita se volvió a la estancia de Maymunah, a quien le correspondía el turno de hospedarlo. El esfuerzo de su alocución había aumentado su fiebre y, al cabo de una o dos horas, deseando hacer saber a Aishah que se encontraba enfermo salió brevemente a visitarla. A ella también le dolía la cabeza y cuando él penetró en su estancia, ella protestó: "¡Ah, mi cabeza!" "No, Aishah", dijo el Profeta, "es ¡ah, mi cabeza!, la mía". Sin embargo, él la miró escrutadoramente, como buscando en su rostro alguna señal de una enfermedad mortal y, no hallando ninguna, le dijo: "Desearía que sucediera" -se refería a la muerte de Aishah- "mientras yo estoy aún con vida, para poder pedir perdón por ti, invocar la misericordia sobre ti, amortajarte, hacer la plegaria funeraria sobre ti y enterrarte". Aishah pudo darse cuenta de que se encontraba enfermo y se alarmó por el tono de su voz, pero trató de restarle importancia y consiguió que apareciera una leve sonrisa en el rostro del Profeta. Entonces repitió: "No, sino que es ¡ah, mi cabeza!" (I.S. II/2, 10) y regresó con Maymunah.

Intentó comportarse como hacía cuando se encontraba bien y continuó dirigiendo las plegarias en la Mezquita como solía. Pero su enfermedad fue a más, hasta que llegó a un punto en que sólo podía hacer la plegaria sentado y dijo a la congregación que ellos también debían hacerla sentados. Al regresar a la estancia de la esposa que ese día le tocaba, preguntó: "¿Dónde me corresponde mañana?", y ella mencionó el nombre de la esposa con la que estaría. "¿Y dónde pasado mañana?", preguntó. De nuevo le respondió ella, pero tocada por su insistencia y adivinando que se encontraba impaciente por estar con Aishah, se lo dijo a las otras esposas, que acudieron junto a él y dijeron: "Enviado de Dios, le hemos dado los días que nos corresponden contigo a nuestra hermana Aishah." (I.S. II/2, 30). Él aceptó su obsequio, pero se encontraba ya demasiado débil para caminar sin ayuda, por lo que Abbas y Ali le ayudaron a ir a la estancia de Aishah.

Le llegaron noticias de que se criticaba mucho su elección de un hombre tan joven como Usamah para mandar el ejército en la campaña de Siria y, que por ello, había un cierto relajamiento en los preparativos. Sintió la necesidad de responder a sus críticas, pero su fiebre era intensa, por lo que dijo a sus esposas: "Verted sobre mí siete pellejos de agua de diferentes pozos para que pueda ir a los hombres y exhortarles". Hafsah llevó una tina al cuarto de Aishah y las otras esposas llevaron agua; él se sentó en la tina mientras derramaban el agua sobre su cuerpo. Luego le ayudaron a vestirse y vendaron su cabeza, y dos hombres le condujeron entre ambos a la Mezquita, donde se sentó en el almimbar y se dirigió a los allí presentes, diciendo: "¡Gentes, despachad la tropa de Usamah!, porque a pesar de que cuestionáis su liderazgo como cuestionasteis el liderazgo de su padre con anterioridad, sin embargo él es digno del mando,[ii] como su padre lo fue". Descendió del almimbar y le ayudaron a regresar a la casa de Aishah. Los preparativos se aceleraron y Usamah salió con su ejército hasta Yurf, donde acamparon, a unas tres millas al norte de Medina.

Cuando se produjo la siguiente llamada a la plegaria el Profeta sintió que no podía seguir dirigiéndola ni siquiera sentado, y dijo entonces a sus esposas: "Comunicadle a Abu Bakr que dirija a la gente en la plegaria". Pero Aishah temió que a su padre le dolería mucho ocupar el lugar del Profeta. "Enviado de Dios", le dijo, "Abu Bakr es un hombre muy sensible, de voz débil y muy dado a las lágrimas cuando recita el Corán". "Decidle que dirija la plegaria", dijo el Profeta, como si ella no hubiera hablado. Aishah lo volvió a intentar, ahora sugiriéndole que debía ser Omar quien ocupase su lugar. "Decidle a Abu Bakr que dirija la plegaria", insistió. Aishah había lanzado una mirada de súplica a Hafsah, quien entonces empezó a hablar, pero el Profeta lo acalló con las palabras: "Sois como las mujeres que estaban con José.[iii] Decid a Abu Bakr que dirija a la gente en la plegaria. Que quien censura halle falta y que el ambicioso aspire, para Dios y los creyentes no será de otra manera." (I.S. II/2, 20). Repitió la última frase tres veces y, durante el resto de su enfermedad, Abu Bakr dirigió la plegaria.

El Profeta permanecía mucho tiempo tumbado, con la cabeza descansando sobre el pecho o el regazo de Aishah; pero cuando Fatimah llegaba, Aishah se retiraba durante un rato para permitir que padre e hija estuvieran solos y, en una de esas visitas, Aishah le vio susurrar algo a su hija, por lo que entonces ella comenzó a llorar; le confió además otro secreto y las lágrimas se tornaron en risa. Cuando se marchaba, Aishah le preguntó qué le había dicho y ella respondió que se trataba de secretos que no podía revelar. Pero más tarde le diría: "El Profeta me dijo que moriría de la enfermedad de la que murió y por ello lloré tanto. Luego me dijo que yo sería la primera persona de su casa en seguirle y por ello reí" (B. LXII, 12).

El Profeta sufrió mucho dolor en su enfermedad y un día, cuando padecía lo indecible, su esposa Safiyyah le dijo: "¡Profeta de Dios, ojalá que yo tuviera lo que tú tienes!", ante lo cual algunas de las otras mujeres intercambiaron miradas y murmuraron entre sí que eso era hipocresía. El Profeta las vio y dijo: "Id a enjuagaros la boca". Le preguntaron por qué y él respondió: "Por difamar a vuestra compañera. Por Dios, ella dijo la verdad con todo su corazón" (I.S. VIII, 91).

Umm Ayman acudía constantemente y mantenía a su hijo informado. Él ya se había resuelto a no avanzar más y a permanecer en el campamento de Yurf hasta que Dios decidiese. Pero una mañana las noticias fueron tales que acudió a Medina y se presentó llorando al Profeta, el cual aquel día se encontraba demasiado enfermo para hablar, aunque plenamente consciente. Usamah se inclinó sobre él y lo besó, y el Profeta levantó su mano con la palma hacia arriba para pedir y recibir las bendiciones del Cielo. Luego hizo un gesto como si vaciara el contenido de su mano sobre Usamah, que regresó entristecido al campamento.

El día siguiente fue lunes doce de Rabi al-Awwal del año undécimo de la era islámica, es decir, el ocho de junio del año 632 d.C. Por la mañana temprano cedió la fiebre del Profeta y, aunque estaba demasiado débil, la llamada a la plegaria le decidió a ir a la Mezquita. La plegaria ya había comenzado cuando él entró y la gente estuvo a punto de interrumpirla por la alegría que experimentaron al verlo, pero él les hizo una señal de que continuaran. Por un momento permaneció observándolos y su rostro brilló con íntima satisfacción al advertir su piadosa conducta. Luego, radiante, avanzó, ayudado por Fadl y por Thawban, uno de sus libertos. "Nunca vi el rostro del Profeta más hermoso que en aquella hora", dijo Anas. Abu Bakr había sido consciente del revuelo en las filas detrás de él. Sabía que sólo podía obedecer a una causa y que el hombre que ahora oía acercarse tenía que ser el Profeta. Así pues, sin volver la cabeza, retrocedió, pero el Profeta colocó su mano en el hombro de Abu Bakr y le empujó hacia delante para que continuase al frente de la congregación, diciendo: "Dirige tú la plegaria", mientras él mismo se sentaba a la derecha de Abu Bakr y la hacía sentado.

Fue grande el regocijo por esta aparente mejoría y poco después de la plegaria llegó Usamah esperando encontrarse al Profeta peor; así pues, cuando vio que había mejorado, su alma se llenó de alegría. "Partid, con las bendiciones de Dios", dijo el Profeta. Usamah se despidió entonces del Profeta y regresó a Yurf, donde dijo a sus hombres que se preparasen para marchar hacia el norte. Mientras tanto, Abu Bakr se había despedido para ir hasta Medina Alta. Ya antes de su matrimonio con Asma había estado prometido durante mucho tiempo a Habibah, la hija de Jariyah, el jazrachí en cuya casa se había alojado diez años antes cuando llegó al oasis, y se habían casado hacía poco. Habibah continuaba viviendo con su familia en Surnh, a donde fue a visitarla ahora.

El Profeta regresó a la estancia de Aishah ayudado por Fadl y Thawban, Ali y Abbas lo siguieron allí, pero no permanecieron mucho tiempo y, cuando salieron, algunos hombres que estaban allí le preguntaron a Ali cómo estaba el Profeta: "Alabado sea Dios", contestó Ali "está bien". Pero cuando los que preguntaban se hubieron marchado, Abbas cogió a Ali de la mano y dijo: "Juro que he reconocido la muerte en el rostro del Enviado de Dios, del mismo modo que siempre la he reconocido en los rostros de las gentes de nuestra tribu. Vayamos pues y hablemos con él. Si hemos de ser investidos con su autoridad, lo sabremos, y si es otra persona le pediremos entonces que nos recomiende a la gente para que nos trate bien." Pero Ali le dijo: "¡Por Dios, no lo haré, porque si él nos negara la autoridad nadie después de él nos la daría!" (I.I. 1011).

El Profeta ya había retornado a su lecho y yacía con la cabeza sobre el pecho de Aishah como si hubiese agotado todas sus fuerzas. Sin embargo, cuando su hermano Abd al-Rahman entró en la habitación con un palillo para los dientes en la mano, Aishah se dio cuenta de que el Profeta lo quería por la forma de mirarlo. Se lo cogió, pues, a su hermano y lo masticó un poco para suavizarlo, entonces se lo dio al Profeta, que se limpió los dientes vigorosamente a pesar de su debilidad.

Poco después perdió el conocimiento y Aishah pensó que se trataba del principio de la muerte, pero al cabo de una hora abrió los ojos. Recordó ella entonces que, él le había dicho: "Ningún Profeta es tomado por la muerte antes de que se le haya mostrado su lugar en el Paraíso y luego se le haya ofrecido la elección entre vivir o morir". Comprendió Aishah que eso se había cumplido y que había regresado de una visión del Más Allá. "¡Ahora no nos elegirá a nosotros!" se dijo a sí misma. Entonces le oyó murmurar: "Con la comunión suprema en el Paraíso. '¡Con aquéllos sobre quienes Dios ha hecho descender su gracia: los profetas, los santos, los mártires y los justos! Ellos son los más excelentes compañeros'." (Corán, IV, 69). De nuevo le oyó murmurar: "¡Dios mío, con la comunión suprema!" (I.S. II/2, 27), y éstas fueron las últimas palabras que le oyó decir. Gradualmente, su cabeza fue reclinándose sobre su pecho, hasta que las otras esposas comenzaron a lamentarse y Aishah le colocó la cabeza sobre una almohada y se unió a las demás en las lamentaciones.

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[i] Alimentado por el Kawthar, el río celestial dado al Profeta. El estanque es un lago donde los creyentes sacian su sed al entrar en el Paraíso.
[ii] Cuando, algún tiempo después, tuvo lugar la campaña, Usamah probó la verdad de estas palabras.
[iii] Refiriéndose a la voluntariosa esposa de Putifar y sus amigas. Véase Corán XII, 31-33.


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