Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 80
Después de Tabuk

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El regreso de Tabuk, al igual que el de Badr, estuvo lleno de tristeza: otra hija del Profeta, Umm Kulthum, había fallecido durante su ausencia y en esta ocasión su marido también había estado ausente. El Profeta hizo una plegaria junto a su tumba y le dijo a Uthman que si hubiera tenido otra hija doncella se la habría dado en matrimonio.

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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Los hipócritas que no habían participado en la expedición acudieron entonces al Profeta y le presentaron sus excusas, que él aceptó a la vez que les recordó que Dios conocía mejor sus más secretos pensamientos. Pero a los tres creyentes que se habían quedado les dijo que se marcharan de su presencia hasta que Dios decidiera acerca de su caso, y dio órdenes de que nadie debía hablar con ellos. Durante cincuenta días vivieron proscritos, pero después de la plegaria del alba del quincuagésimo día el Profeta anunció en la Mezquita que Dios se había apiadado de ellos. En las palabras de la Revelación que acababa de producirse: "Cuando la tierra, vasta como es, les resultó estrecha y sus almas se angustiaron también y pensaron que no hay refugio de Dios sino en Él, entonces Él se volvió hacia ellos para que pudieran volverse arrepentidos hacia Él. Ciertamente Dios es el Indulgente, el Misericordioso" (IX, 118). La congregación se alegró y muchos de ellos salieron apresuradamente de la Mezquita para informar a los tres hombres de las buenas noticias. El más joven de ellos, Kaab ibn Malik, se había levantado una solitaria tienda fuera de la ciudad y, años después, contó cómo había oído a un caballo galopando hacia él y una voz que gritaba "Buenas nuevas Kaab", ante lo cual se había arrojado al suelo postrándose a Dios, porque la buena noticia solamente podía ser una. Luego fue a la Mezquita. "Cuando saludé al Profeta", dijo, "su rostro resplandeció de alegría al decirme: '¡Alégrate en el que es el mejor de tus días desde que tu madre te trajo al mundo!'. Y yo dije: '¿Esto se debe a ti, Enviado de Dios, o a Dios?'. 'No, procede de Dios', respondió. Cuando el Enviado de Dios estaba contento por buenas noticias su rostro siempre tenía el brillo de la luna" (I.I. 912).

Desde su conversión al Islam, el caudillo de Hawazin, Malik, no se había mantenido ocioso. Los Bani Thaqif podían aún enorgullecerse de la inexpugnabilidad de Taif, pero se encontraban ahora rodeados por todas partes de comunidades musulmanas y cualquier caravana que enviasen estaba expuesta a ser atacada y despojada. Ni siquiera podían mandar a sus camellos y ovejas a pastar sin el riesgo de que los hombres de Malik se apoderasen de ellos, los cuales además hicieron que se supiera que matarían a cualquier hombre de Thaqif que cayera en sus manos a menos que abandonase el politeísmo. Al cabo de algunos meses decidieron que no les quedaba más opción que enviar una delegación al Profeta diciendo que aceptarían el Islam y pidiendo un documento que garantizase la seguridad de su pueblo, sus animales y su tierra.

El regreso de Tabuk había tenido lugar a principios de Ramadán, y en ese mismo mes llegó la delegación de Thaqif. Fueron recibidos de modo hospitalario y se levantó una tienda para ellos no lejos de la Mezquita. Se seguía como algo evidente que si abrazaban el Islam su territorio estaría bajo la protección del estado islámico. Pero el Profeta no se mostró conforme con algunas de sus peticiones secundarias. Le pidieron que les permitiese conservar a al-Lat durante tres años antes de destruirla y, cuando se negó, le pidieron que durante dos años y luego uno, hasta que al final vieron reducida su petición al plazo de un mes, plazo que también fue denegado. Entonces le rogaron que no les hiciese destruir a sus ídolos con sus propias manos y que les diese una dispensa para no hacer las cinco plegarias rituales. Él insistió en que debían hacer las plegarias, diciendo: "No hay ningún bien en una religión que no tiene plegarias canónicas". Sin embargo, aceptó excusarles de destruir sus ídolos con sus propias manos, y ordenó a Mugirah, el sobrino de Urwah, volver con la delegación y destruir a al-Lat, llevándose de la Meca a Abu Sufyan para ayudarle.

Después de su conversión al Islam, los delegados ayunaron los días que quedaban de Ramadán en Medina y luego regresaron a Taif. Abu Sufyan se unió al grupo en la Meca, pero fue Mugirah sin ayuda de nadie quien destruyó el ídolo. Su clan tomó ciertas medidas para protegerlo, temiendo que pudiera correr la misma suerte que Urwah, pero nadie buscó vengar a la diosa, a pesar de las lamentaciones de una multitud de mujeres que se dolieron por su pérdida.

Dos de los hombres que más deploraron la entrega de la ciudad no eran ni ciudadanos ni devotos de su "señora". Cuando el Profeta había marchado contra la Meca, Abu Amir, el padre de Hanzalah, y Wahshi, el lanzador de jabalinas, se habían refugiado en Taif, la cual les parecía una fortaleza inexpugnable. Pero ¿dónde podían refugiarse ahora? Abu Amir huyó a Siria, donde murió "fugitivo, solo y sin hogar", cumpliendo así la maldición que inconscientemente se había echado sobre sí mismo[i]. Wahshi se hallaba todavía dudando acerca de dónde podía ir cuando un hombre de Thaqif le aseguró que el Profeta no mataba a ningún hombre que abrazaba el Islam. Se fue, pues, a Medina, y dirigiéndose al Profeta realizó su profesión de fe formal. A pesar de todo, uno de los creyentes allí presentes reconoció al asesino de Hamzah y dijo: "¡Enviado de Dios, éste es Wahshi!" "Déjalo en paz", dijo el Profeta, "porque el Islam de un hombre me es más querido que el asesinato de un millar de incrédulos". Entonces sus ojos quedaron fijos en el rostro negro que tenía delante: "¿Eres tú verdaderamente Wahshi?", preguntó; y cuando el hombre asintió con la cabeza, añadió: "Siéntate y cuéntame cómo mataste a Hamzah". Cuando el lanzador de jabalinas hubo terminado, el Profeta dijo: "¡Ay, aparta tu rostro de mí, que no vuelva a verte otra vez!" (I.I. 566).

En cuanto al primo de Abu Amir, Ibn Ubayy, al mes siguiente de Tabuk cayó seriamente enfermo y, al cabo de unas pocas semanas, se hizo patente que moriría. Los relatos tradicionales difieren sobre su estado espiritual a la hora de morir, pero todos coinciden en que el Profeta dirigió la plegaria funeraria por él y pidió junto a su tumba una vez que hubo sido sepultado. Según una tradición, cuando el Profeta ya se había preparado para la plegaria, Omar fue a él y protestó contra la concesión de semejante gracia a un hipócrita, pero el Profeta le respondió, diciendo con una sonrisa: "Colócate detrás de mí, Omar. Se me ha dado la elección y he elegido. Se me ha dicho: 'Pide el perdón para ellos o no lo pidas. Aunque lo pidieras setenta veces, Dios no los perdonará'. Y si supiera ciertamente que Dios lo perdonaría si pidiera más de setenta veces, aumentaría el número de mis súplicas" (I.I. 927). A continuación dirigió la plegaria funeraria y caminó junto al ataúd hacia el cementerio y se quedó al lado de la tumba. Poco tiempo después fue revelada la siguiente aleya con referencia a los hipócritas: "No hagas la plegaria funeraria sobre ninguno de ellos cuando muera, ni te quedes junto a su tumba, porque ciertamente ellos no creyeron en Dios y Su Enviado y murieron en la iniquidad" (IX, 84). Pero según otras tradiciones[ii] esta aleya ya había sido revelada como parte de la Revelación que se produjo justo después del regreso de Tabuk. Por otra parte no era ya aplicable a Ibn Ubayy, porque el Profeta lo visitó durante su enfermedad y halló que la inminencia de la muerte lo había cambiado. Le pidió al Profeta que le diese una prenda de vestir suya con la que pudiera ser amortajado y que acompañase a su cuerpo a la tumba, a lo cual el Profeta asintió. Luego volvió a hablar diciendo: "Enviado de Dios, espero que pedirás junto a mi féretro y que pidas a Dios perdón por mis pecados". Nuevamente el Profeta accedió a ello y, después de su muerte, hizo como había prometido. Abdallah, el hijo del fallecido, estuvo presente en todas estas ocasiones.

Thaqif no fue la única tribu en mandar emisarios al Profeta. Muchos otros emisarios llegaron a Medina de toda Arabia en este "año de las embajadas", como se conoce el noveno año de la Hégira. Entre otras, estaban las que procedían de diferentes partes del Yemen, incluyendo cartas de cuatro príncipes himyaríes que anunciaban su aceptación del Islam y su rechazo del politeísmo y sus adherentes. El Profeta contestó cordialmente; hizo hincapié en las obligaciones del Islam, ordenándoles tratar bien a los mensajeros que enviaba para recaudar los impuestos obligatorios para musulmanes, cristianos y judíos, y especificando que "un judío o un cristiano que mantenga su religión no será obligado a abandonarla pero pagará la capitación... y tendrá la protección de Dios y Su Enviado". (I.I. 956). Una reciente Revelación había dicho respecto a las diferencias religiosas: "Para cada uno hemos designado una ley y un camino, y si Dios[iii] lo hubiera querido os habría hecho una sola comunidad... ¡Rivalizad, pues, en buenas obras! A Dios retornaréis todos vosotros y entonces Él os informará de aquello en lo que discrepabais" (V, 48).

No todas las embajadas fueron decisivas. Amir ibn Tufayl, el hombre responsable de la masacre de Bir Maunah, era ahora el jefe de los Bani Amir y, presionado por su tribu, acudió a Medina. Pero él era un hombre arrogante y, a cambio de convertirse al Islam, le pidió al Profeta que lo nombrase su sucesor. "No te corresponde ni a ti ni a tu pueblo", contestó el Profeta. "Entonces dame a mí los nómadas y quédate tú con los sedentarios", dijo Amir "Tampoco", respondió el Profeta, "pero en tus manos pondré las riendas de la caballería, porque tú eres un excelente jinete". Esto no era bastante para el jefe beduino. "¿No voy a tener nada más?", dijo desdeñosamente, añadiendo mientras se daba la vuelta para marcharse: "Llenaré toda la tierra de jinetes e infantes contra ti". Cuando se hubo ido, el Profeta pidió: "¡Oh Dios, guía a los Bani Amir y desembaraza al Islam de Amir el hijo de Tufyal!" Amir tuvo entonces un absceso y murió antes de llegar a casa. Su tribu envió otra delegación y al final se concluyó en un pacto. El poeta Labid era uno de los enviados y entonces se convirtió al Islam. Se cuenta de él que tuvo alguna intención de renunciar a la poesía en lo sucesivo. "A cambio, Dios me ha dado el Corán", dijo. Pero, sin embargo, siguió componiendo poemas hasta su muerte, poniendo sus dotes al servicio de su religión.

Se acercaba la época de la Peregrinación y el Profeta designó a Abu Bakr para que se hiciera cargo de ella. Partió de Medina con trescientos hombres, pero poco después de haberse ido tuvo lugar una Revelación que era importante que escuchasen todos los peregrinos a la Meca, musulmanes y politeístas por igual. "Nadie se la transmitirá de mi parte salvo un hombre de la gente de mi casa", dijo el Profeta, y le dijo a Ali que saliera con toda rapidez y diese alcance a los peregrinos. Tenía que recitar las aleyas reveladas en el valle de Mina y también tenía que dejar claro que después de aquel año a nadie se le permitiría dar las vueltas alrededor de la Casa Sagrada desnudo y que los idólatras estaban haciendo la peregrinación por última vez.

Cuando Ali alcanzó a los otros, Abu Bakr le preguntó si había venido para mandar la expedición, pero le respondió que él estaba bajo su mando; marcharon, pues, los dos juntos y Abu Bakr dirigió las plegarias y pronunció los sermones. El día de la Fiesta, cuando todos los peregrinos se reunieron en el valle de Mina para sacrificar sus animales, Ali proclamó el Mensaje Divino. En esencia decía que a los idólatras se les daba cuatro meses durante los cuales podrían moverse con seguridad, pero después de ese tiempo Dios y Su Enviado estarían libres de cualquier obligación hacia ellos Se les declararía la guerra y deberían ser matados o hechos prisioneros donde se encontrasen[iv]. Se hacían dos excepciones: en cuanto a los idólatras que tenían un tratado especial con el Profeta y lo habían respetado escrupulosamente, el tratado seguiría siendo válido hasta que su plazo expirase y si algún idólatra en particular pidiera protección se le concedería y sería conducido a algún lugar en el que estuviera seguro, habiéndole instruido previamente en el Islam. Había también una aleya que parecía especialmente dirigida a los recientes conversos de la Meca que podrían temer que la exclusión de los idólatras no sólo les privaría de ocasiones para el comercio sino también de muchos valiosos presentes: "¡Oh vosotros que creéis, los idólatras son ciertamente impuros! Que no se acerquen, pues, a la Mezquita Sagrada después de este año. Y si teméis la pobreza, Dios os enriquecerá con Su gracia. Ciertamente Dios es Omnisciente y Sabio" (IX, 28).

El Profeta permaneció en casa durante la casi totalidad del año siguiente, que fue el décimo desde su Emigración. Ibrahim ya podía andar y estaba comenzando a hablar. Hasan y Husayn tenían ahora una hermana pequeña llamada como su tía Zaynab, y Fatimah estaba esperando un cuarto hijo. Otros íntimos de la casa eran los tres hijos de Yafar. Se habían convertido en hijastros de Abu Bakr, que se había casado con su madre Asma, y ella también estaba esperando descendencia. Particularmente querida para el Profeta era su hermana Umm al-Fadí. En la Meca había tenido por costumbre visitarla a menudo y, desde el traslado de Abbas a Medina, era de nuevo un asiduo visitante de su casa. Su hijo mayor, por cuyo nombre era ella conocida, ya se había hecho un hombre y recibía muchas señales de favor. En más de una ocasión, cuando le correspondía a Maymunah el turno de albergar al Profeta, invitó a su sobrino Fadí a estar con ella.

Las delegaciones seguían llegando como el año anterior, y una de éstas fue la de los cristianos de Nachran, que querían establecer un pacto con el Profeta. Eran de rito bizantino y, en el pasado, habían recibido ricos subsidios de Constantinopla. Los sesenta delegados fueron recibidos por el Profeta en la Mezquita y, cuando llegó el tiempo para su plegaria, les permitió hacerla allí, lo cual hicieron, orientados hacia el este.

En las audiencias que tuvieron con él durante su estancia se tocaron muchos puntos de doctrina y hubo desacuerdos entre ellos y él respecto a la persona de Jesús. Se produjo entonces la Revelación: "Ciertamente Jesús es ante Dios como Adán. Él lo creó de la tierra[v] y luego le dijo: '¡Sé!', y fue. Ésta es la Verdad de tu Señor, no seas pues de los que dudan. Entonces, a cualquiera que dispute contigo sobre este asunto después del conocimiento que te ha llegado, dile: 'Venid, llamemos a nuestros hijos varones y a vuestros hijos varones, a nuestras mujeres y a vuestras mujeres, a nosotros mismos y a vosotros mismos. A continuación, invoquemos y pongamos la maldición de Dios sobre quienes mientan'." (III, 59-61).

El Profeta recitó la Revelación a los cristianos y los invitó a reunirse con él y su familia y zanjar la disputa en la forma sugerida en la aleya. Le contestaron que pensarían sobre ello y, al día siguiente, cuando fueron ante el Profeta, vieron a Ali que estaba con él, y detrás suyo estaban Fatimah y sus dos hijos. El Profeta llevaba un largo manto que entonces desplegó lo suficiente para envolverlos a todos en él, incluido él mismo. Por esta razón los cinco son reverentemente conocidos como "las gentes del Manto". En cuanto a los cristianos, dijeron que no se encontraban preparados para convertir su desacuerdo en una imprecación y el Profeta hizo con ellos un tratado favorable según el cual, a cambio del pago de los impuestos, tendrían la total protección del estado islámico para ellos, sus iglesias y sus propiedades.

La tranquila felicidad de los primeros meses de este año terminó con la enfermedad de Ibrahim. Pronto resultó evidente que no sobreviviría. Su madre y su hermana Sirin lo cuidaron. El Profeta lo visitaba continuamente y estuvo con él en sus últimos momentos. Cuando el niño expiró, lo cogió en sus brazos y las lágrimas corrieron de sus ojos. Su prohibición de las lamentaciones ruidosas había hecho prevalecer la noción de que estaban desaprobadas todas las expresiones de dolor y de aflicción, y esta idea equivocada aún se mantenía en muchas mentes. "Enviado de Dios", dijo Abd al-Rahman ibn Awf, que estaba presente, "esto es lo que has prohibido. Cuando los musulmanes te vean llorar, ellos también llorarán". El Profeta siguió llorando y, cuando pudo articular palabra, dijo: "Ciertamente no es esto lo que prohibí. Éstos son los dictados de la ternura y la misericordia. ¡Ibrahim!, si no fuera porque la promesa de reunión es cierta y que éste es un sendero que todos tenemos que hollar y que el último de nosotros alcanzará al primero, verdaderamente te lloraríamos con un dolor aún mayor. Por cierto que la pena por ti nos embarga, Ibrahim. Los ojos lloran y el corazón se acongoja. No decimos nada que pudiera ofender al Señor" (I.S. I/1, 88-9).

Dirigió luego palabras de consuelo a Mariyah y a Sirin, asegurándoles que Ibrahim estaba en el Paraíso. A continuación, habiéndolos abandonado durante un momento, regresó con Abbas y Fadí. El joven lavó el cuerpo y lo amortajó, mientras los otros dos hombres, sentados, le observaban. Luego fue trasladado al cementerio en su pequeño ataúd. El Profeta dirigió la plegaria funeraria y pidió de nuevo por su hijo al borde de la sepultura, después de que Usamah y Fadí hubieran depositado en ella el cadáver. Cuando hubo sido recubierta con tierra, siguió el Profeta al lado de la tumba y, pidiendo un pellejo de agua, les ordenó que la rociaran sobre ella. La tierra había quedado algo desigual, y advirtiéndolo, dijo: "Cuando uno de vosotros haga algo, que lo haga a la perfección", y la niveló con la mano, diciendo de su acción: "No produce ni bien ni mal, pero alivia el alma del afligido" (Ibid.).

Ya había recalcado en más de una ocasión la necesidad de hacer de la perfección el objetivo de uno en todos los actos terrenales y muchos de sus dichos indican que este objetivo tiene que ser poco mundano y desapegado. Se dice que Ali resumió la guía del Profeta a este respecto de la siguiente manera: "Trabaja para este mundo como si fueras a vivir siempre, y para el otro como si fueras a morir mañana". Estar siempre preparado para partir es no tener apego a las cosas terrenas. "Sé en este mundo como un extranjero o como alguien que va de paso", dijo el Profeta (B. LXXXI, 3).

El día de la muerte de Ibrahim, poco rato después de su entierro, se produjo un eclipse de sol; y cuando algunos lo atribuyeron a la aflicción del Profeta, éste dijo: "El sol y la luna son dos señales de Dios. Su luz no se debilita por la muerte de ningún hombre. Si los veis eclipsados, debéis pedir hasta que recuperen su claridad

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[i] Véase capítulo 39, "Armonía y discordia".
[ii] Mirjond, "Rawdat al-Safa", II, vol.2, pp. 671-2, citando fuentes más antiguas. Véase también B. XXIII, 76.
[iii] Véase capítulo 16, "Adoración".
[iv] La ausencia de los Nombres de Misericordia da mayor énfasis a la naturaleza rigurosa de este mensaje, que abre severamente la Azora del Arrepentimiento (al-Tawbah). La única azora del Corán que no comienza con bismi Llahi al-Râhman al-Rahîm.
[v] Hay que sobreentender "en la matriz de su madre", porque en absoluto se trata de que Jesús haya sido creado ya adulto como Adán lo fue. El paralelismo entre las dos creaciones se basa en la intervención directa de Dios en ambas.


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