Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 77
Reconciliaciones

--------------------------------------------------------------------------------

El ejército llegó a Yiranah, los prisioneros, unas seis mil mujeres y niños, se encontraban en un amplio recinto cobijándose del sol. La mayoría iban pobremente vestidos, y el Profeta envió a un hombre de Juzaah a la Meca para que comprase ropas nuevas para cada uno, pagándolas con parte de la plata del botín. Los camellos eran unos veinticuatro mil; en cuanto a las ovejas y cabras, nadie intentó contarlas, pero se estimó que su número ascendía a cuarenta mil, más o menos.

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

Indice

Inicio Libros
Inicio Sufismo
 
 

Muchos de los hombres estaban impacientes por recibir su parte correspondiente del botín, pero el Profeta estaba poco dispuesto a comprometerse por el momento de forma irrevocable, porque esperaba que Hawazin le enviaría una delegación pidiendo un trato generoso. Había, sin embargo, un sector de distribución que no quiso retrasar. Su quinto del botín servia a los mismos fines que el dinero recibido como limosna, y una reciente Revelación había introducido una nueva categoría de personas con derecho a beneficiarse de esos fondos, a saber: aquéllos cuyos corazones hay que reconciliar. La aleya decía: Las limosnas son para el pobre y el necesitado, para quienes las recolectan, para aquéllos cuyos corazones hay que reconciliar, para liberar a los esclavos y a los cautivos, para los endeudados, para la causa de Dios y para el viajero. Una obligación impuesta por Dios, que es Conocedor y Sabio. (IX, 60). Un ejemplo inmediato de hombres cuya voluntad hay que captar eran los del Quraysh que hacia poco se habían convertido al Islam por la fuerza de las circunstancias, cuando su mundo -el mundo del paganismo árabe- había sido hecho añicos por el establecimiento de la nueva religión en la Meca. El Profeta le dio ahora a Abu Sufyan un centenar de camellos y, cuando éste pidió que sus hijos Yazid y Muawiyyah no fuesen olvidados, se les dieron otros cien a cada uno, lo cual significó, de hecho, que Abu Sufyan recibió trescientos camellos. Esto no se les pasó por alto a otros y cuando a Hakim, el sobrino de Hadiya, le dieron cien, pidió doscientos más, y el Profeta se los concedió en el acto. Como en el caso de Abu Sufyan, cualquier vacilación o renuencia habría frustrado el propósito del obsequio. Sin embargo, el Profeta le dijo a Hakim: "Esta propiedad es un prado verde. Quien la tome para ejercer la munificencia del alma hallará en ella bendiciones, pero quien la tome para el orgullo de su alma no la hallará y será como uno que come y no se llena. Dar es mejor que recibir; comienza dando a aquéllos de tu familia que dependen de ti." "Por Aquél que te envió con la verdad, no aceptaré nada de ningún hombre después de ti", dijo Hakim, determinado a ser en el futuro de los que nunca piden. Se quedó solamente con cien camellos, renunciando al resto (W. 945).

Incluidos en la misma categoría de beneficiarios estaban quienes se encontraban indecisos y aún no se habían resuelto a abrazar el Islam. A algunos de éstos también se les dieron cien camellos. Los más importantes de entre ellos eran Safwan y Suhayl. Ambos habían combatido en Hunayn, y cuando uno de los mequíes idólatras de la retaguardia expresó su satisfacción por la huida inicial de los musulmanes, Safwan le reprendió con brusquedad: "¡Si tengo que tener un señor por encima de mí", dijo, "prefiero que sea un hombre del Quraysh antes que de Hawazin!" Después de recibir sus cien camellos, Safwan acompañó al Profeta mientras cabalgaba por el valle de Yiranah para ver el botín. Había muchos valles laterales que surgían del valle principal y, en uno de éstos, los pastos eran especialmente exuberantes, por lo que se encontraba lleno de camellos, ovejas y cabras, y de hombres que se encargaban de su cuidado. Viendo a Safwan maravillado por la escena, el Profeta le dijo: "¿Te agrada este barranco?", y cuando Safwan asintió con entusiasmo, añadió: "Es tuyo, con todo cuanto hay en él." "Doy testimonio", dijo Safwan, "de que solamente el alma de un profeta puede ser de semejante bondad. Doy testimonio de que no hay dios sino Dios, y de que tú eres Su Enviado."

En cuanto a Suhayl, fue también en Yiranah donde se disiparon sus últimas dudas, bien a través de sus renovadas relaciones con su hijo Abdallah, bien por haber sido testigo de la milagrosa victoria de Hunayn, por su experiencia de la presencia milagrosa del Profeta y su magnanimidad, o bien por todos estos factores juntos. Una vez que se convirtió al Islam lo hizo sin reservas, y tres años más tarde, cuando Abdallah fue muerto en batalla y Abu Bakr dirigió al afligido padre palabras de consuelo, Suhayl respondió: "Me han contado que el Enviado de Dios dijo: 'El mártir intercederá por setenta personas de su gente' y yo tengo la esperanza de que mi hijo, cuando lo haga, comience por mi".

Entre otros de los que se convirtieron al Islam en Yiranah estaban algunos jefes de Majzum: dos hermanos de Abu Yahl, Hisham -el medio hermano de Jalid-, el hermano de sangre del joven Walid que había fallecido, y un segundo hijo, Zuhayr, de Atikah la tía del Profeta. Un hermano de Zuhayr había encontrado el martirio hacía poco en Taif, y era este Zuhayr quien unos diez años antes, desafiando a Abu Yahl, había sido el primero en hablar en la Asamblea en favor de la anulación del boicot impuesto a los Bani Hashim y a los Bani al-Muttalib. Su madre, Atikah, se había hecho musulmana antes que sus dos hijos.

El ejército musulmán llevaba ya varios días en el valle y aún no había llegado ninguna delegación de Hawazin, en vista de lo cual el Profeta adjudicó a cada hombre su parte del botín. Apenas hubo terminado de hacerlo cuando llegó la delegación, y en ella iba el hermano de su padre adoptivo Harith. Catorce de ellos eran ya musulmanes. Los restantes se convirtieron entonces, e insistiendo en que la totalidad de la tribu de Hawazin tenía que tener la consideración de parientes adoptivos suyos, le pidieron su generosidad. "Nosotros te criamos en nuestros regazos y mamaste de nuestros pechos", dijeron. El Profeta les respondió que los había estado esperando hasta que pensó que ya no vendrían, y que el botín ya había sido distribuido. Entonces, aun sabiendo su respuesta, les preguntó qué era más preciado para ellos, sus hijos, sus esposas, o sus bienes, y cuando respondieron: "Devuélvenos nuestros hijos y nuestras esposas", el Profeta dijo: "En cuanto a los que han caído en mi poder y en el de los hijos de Abd al-Muttalib, son vuestros, y suplicaré a otros hombres en vuestro nombre. Cuando haya terminado de dirigir a la congregación en la plegaria del mediodía, entonces decid: 'Pedimos al Enviado de Dios que interceda por nosotros con los musulmanes, y pedimos a los musulmanes que intercedan por nosotros con el Enviado de Dios'." (I.I. 877).

Hicieron como se les había dicho y el Profeta se volvió hacia la congregación y explicó que estaban pidiendo que les devolviesen sus mujeres e hijos. Los Emigrados y los Ansar le dieron inmediatamente sus cautivos al Profeta. En cuanto a las tribus, algunas hicieron lo mismo y algunas rehusaron, pero estas últimas fueron persuadidas para dejar marchar a sus prisioneros a cambio de una futura compensación. Así pues, todos fueron devueltos a su pueblo, excepto un joven que le había correspondido a Saad de Zuhrah, primo materno del Profeta, que prefirió quedarse con él.

El Profeta le dio a su hermana de leche algunos camellos más, algunas ovejas y cabras, y la despidió. Luego, cuando la delegación se marchaba les pidió noticias de su jefe Malik. Le dijeron que se había unido a Thaqif en Taif. "Comunicadle", dijo, "que si viene a mí como musulmán le devolveré su familia y sus riquezas y le daré cien camellos." Había alojado deliberadamente a la familia de Malik con su tía Atikah en la Meca, y había excluido sus posesiones del reparto.

Cuando le llegó el mensaje a Malik, en Taif, no dijo nada a los Thaqif por temor a que lo encarcelaran si sospechaban su intención y, abandonando la ciudad por la noche, se encaminó hacia el campamento y abrazó el Islam. El Profeta lo puso al frente de la ya numerosa y creciente comunidad musulmana de Hawazin, con instrucciones de no dar tregua a Thaqif. El levantamiento del sitio de Thaqif había sido así la más breve de las treguas. Otro tipo de asedio, menos agudo pero más implacable, iba ahora a tomar su lugar. El Profeta sabía bien que, aunque la religión tenía poder por si misma para trabajar sobre las almas, este poder dependía de que la religión hubiera sido aceptada con un cierto grado de compromiso y no sólo nominalmente. El principio de dar a aquéllos cuya voluntad hay que captar había sido revelado para eliminar las barreras para ese compromiso, tales como una sensación de amargura o frustración. Pero este principio no fue comprendido inicialmente por muchos de los Compañeros más antiguos del Profeta, por no hablar de otros. Además de lo que ya se ha mencionado, valiosos obsequios les habían sido dados también a destacados beduinos cuyo Islam era sumamente cuestionable, mientras que hombres del desierto más merecedores de ellos habían sido olvidados. Saad de Zuhrah preguntó al Profeta por qué había dado cien camellos a Uyaynah de Gatafan y cien a Aqra de Tamin y ninguno, sin embargo, al devoto Yuayl de Damrah, que era además, a diferencia de los otros dos, extremadamente pobre. El Profeta respondió: "Por Aquél en cuyas manos está mi alma, Yuayl vale más que una infinidad de hombres como Uyaynah y Aqra, pero he reconciliado sus almas para que puedan someterse mejor a Dios, mientras que a Yuayl lo he confiado al sometimiento que ya ha hecho" (W. 948).

No hubo más objeciones por parte de los Emigrados, pero al término de la parada del Profeta en Yiranah era creciente el desasosiego anímico entre los cuatro mil Ansar. Muchos de ellos estaban empobrecidos y del botín tan abundante cada hombre había recibido solamente cuatro camellos o su equivalente en ovejas y cabras. Habían esperado obtener buenos rescates por los cautivos, pero habían sacrificado sin vacilar la parte que les correspondía a fin de complacer al Profeta. Mientras tanto, habían sido testigos de la concesión de ricos presentes a dieciséis influyentes hombres del Quraysh y a cuatro jefes de otras tribus. Todos estos beneficiarios eran gente rica. Pero ninguno de los Ansar había recibido un presente del Profeta. Lo mismo ocurría con los Emigrados, pero eso no era un consuelo para los ciudadanos de Medina, porque la mayoría de los obsequios habían sido para hombres del Quraysh, es decir, parientes cercanos de los Emigrados. "El Enviado de Dios se ha unido a su pueblo", decían entre sí los Ansar. "A la hora de las batallas somos nosotros sus compañeros, pero cuando se divide el botín sus compañeros son su propia gente, su familia. De buena gana nos gustaría saber el origen de esta práctica: si procede de Dios, entonces la aceptamos con paciencia, pero si no es nada más que un pensamiento que ha tenido el Enviado de Dios, entonces le pediríamos que nos favorezca también a nosotros."

Cuando los ánimos estuvieron bastante caldeados, Saad ibn Ubadah fue al Profeta y le contó lo que pasaba por sus mentes y decían sus lenguas. "¿Y cual es tu posición al respecto, Saad?", le preguntó el Profeta. "Enviado de Dios", respondió, "pienso como ellos. Nos gustaría saber el motivo de esto."

El Profeta dijo que reuniera a todos los Ansar en uno de los recintos que se habían usado para dar cobijo a los cautivos, y algunos de los Emigrados también se les unieron, con permiso de Saad. Entonces el Profeta fue allí y, después de dar la alabanza y las gracias a Dios, se dirigió a ellos: "¡Hombres de los Ansar! Me han llegado noticias de que os encontráis profundamente agitados contra mi en vuestras almas. ¿No os encontré extraviados y Dios os guió, pobres y Dios os enriqueció, enemigos los unos de los otros y Dios os reconcilió vuestros corazones?" "Así fue, ciertamente", respondieron, "Dios y Su Enviado son los más generosos."
"¿No vais a replicarme?", les dijo Muhámmad. "¿Cómo deberíamos hacerlo?", le preguntaron, un tanto confusos. "Si quisierais", respondió el Profeta, "podríais decirme, con toda razón, y seríais creídos:
'Viniste a nosotros deshonrado, y nosotros te honramos; abandonado, y nosotros te ayudamos; proscrito,
y te acogimos; desamparado, y te consolamos'. ¡Ansar!, ¿están vuestras almas revueltas por las cosas de este mundo con las que he reconciliado los corazones de los hombres para que se sometan a Dios, cuando a vosotros mismos os he confiado a vuestro Islam? ¿No estáis contentos de que la gente se lleve consigo sus ovejas y sus camellos, y vosotros os llevéis al Enviado de Dios a vuestras casas? Si todos los hombres excepto los Ansar fueran en una dirección, y los Ansar en otra, yo seguiría la de los Ansar. Dios tenga misericordia de los Ansar, de sus hijos y de los hijos de sus hijos." Entonces lloraron hasta que sus rostros quedaron empapados de lágrimas y, a una sola voz, dijeron: "Estamos satisfechos con el Enviado de Dios, con nuestra porción y nuestro lote" (I.I. 886).


siguiente