Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 76
La batalla de Hunayn y el asedio de Taif

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El último y definitivo movimiento del Profeta contra el Quraysh no había disuadido a Hawazin de seguir consolidando sus fuerzas, como tampoco se habían aquietado sus recelos por las noticias de la fácil conquista de la Meca y la destrucción de todos sus ídolos. Era grande su alarma por la suerte del templo de al-Uzza, que había sido el santuario hermano de su propio templo de al-Lat. Transcurridas dos semanas de la conquista de la Meca, Hawazin había reunido un ejército de unos veinte mil hombres en el valle de Awtas, al norte de Taif.

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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Después de dejar a un hombre de Abdu Shams al frente de la Meca y de designar a Muadh ibn Yabal, un hombre joven pero instruido del Jazrach, para que formase a los conversos en todos los asuntos relacionados con la religión, el Profeta partió con todo su ejército, incrementado ahora por una fuerza adicional de dos mil qurayshíes. La mayoría de éstos le había jurado fidelidad hacía poco, pero algunos, Suhayl y Safwan entre ellos, aún no se habían convertido al Islam y estaban allí simplemente para defender a su ciudad contra Hawazin. Antes de ponerse en marcha, el Profeta mandó por Safwan para pedirle que les prestase cien cotas de malla, que se sabía que poseía, junto con las armas correspondientes. "Muhámmad," dijo Safwan,¿se trata de darlas o las recuperaré?" "Es un préstamo a devolver", dijo el Profeta; ante lo cual Safwan accedió a proporcionar los camellos para el transporte de las armas y armaduras que entregó al Profeta cuando hubieron llegado a su último campamento.

Los clanes de Hawazin que habían salido para luchar contra ellos eran Thaqif, Nasr, Yusham y Saad ibn Bakr. Su jefe militar era un hombre de treinta años, de Nasr, llamado Malik, que a pesar de su juventud ya se había ganado una reputación por su gran valor y generosidad principesca.

Contra el consejo de los hombres de más edad, les había ordenado llevar consigo a sus mujeres, hijos y ganado, debido a que con éstos en la retaguardia del ejército los hombres pelearían más esforzadamente. Envió a tres exploradores para que le trajesen información sobre el ejército que se aproximaba desde la Meca; pero poco tardaron en regresar, casi sin habla, en una condición extrañamente destrozada, las articulaciones aflojadas por el terror, algunas incluso a punto de dislocarse. "Vimos hombres blancos sobre caballos píos", dijo uno, "y al momento nos sucedió esto que veis. "No estamos luchando con gente terrenal", dijo otro, "sino con gentes del Cielo. Sigue nuestro consejo y retírate, porque si nuestros hombres ven lo que nosotros hemos visto les sucederá lo mismo que a nosotros". "La verguenza sea sobre vosotros", dijo Malik. "Sois los cobardes del campamento". Su condición física y anímica era tan lamentable que dio órdenes para que los tuviesen detenidos lejos del resto de las tropas por temor a que pudieran extender el pánico por todo el ejército. A continuación les dijo: "Mostradme un hombre con coraje". Pero el hombre elegido regresó en el mismo estado que los otros, al haber visto los mismos aterradores jinetes en la vanguardia de la hueste enemiga. "La sola visión de ellos es insoportable", jadeó. Pero Malik se negó a escuchar, y después del crepúsculo ordenó avanzar hacia el valle de Hunayn, por el que sabía que el enemigo tenía que pasar. Mandó hacer una parada al llegar a Hunayn, donde el camino bajaba hacia el lecho del valle. A ambos lados había barrancos, algunos espaciosos, con amplias entradas que podían verse desde arriba pero que desde abajo no eran perceptibles. En uno o dos de ellos apostó a una gran parte de su caballería, con órdenes de cargar sobre el enemigo cuando él diera la señal. El resto del ejército fue ordenado para el combate en el camino mismo, cerca del barranco.

El Profeta acampó aquella noche no lejos del otro extremo del valle, y después de hacer la plegaria del alba con sus hombres, les exhortó y les dio buenas noticias de victoria si se mantenían firmes y pacientes. El cielo estaba encapotado, de manera que siguió estando casi oscuro durante su descenso hacia el lecho del valle. Jalid iba en la vanguardia como antes, mandando a Sulaym y otros. A continuación venía la parte musulmana del nuevo contingente mequí. El Profeta, montado sobre Duldul, se encontraba esta vez en medio del ejército, con el mismo escuadrón de Emigrados y Ansar, pero rodeado de más miembros de su propia familia que en cualquier ocasión anterior, incluyendo a sus primos Abu Sufyan y Abdallah, que se le habían unido en su camino a la Meca, los dos hijos mayores de Abbas, Fadí y Qitham, y los dos hijos de Abu Lahab. En la retaguardia del ejército marchaban los mequíes que aún no habían abrazado el Islam.

La vanguardia casi había terminado su descenso cuando en la semipenumbra la inmóvil hueste de Hawazin apareció a la vista por encima de ellos en la vertiente opuesta. Era un espectáculo formidable, tanto más cuanto que en la retaguardia del ejército había miles de camellos, sin montar o montados por mujeres, y en la débil claridad del alba parecían formar parte de la hueste. El camino se encontraba obstruido en esa dirección, pero antes de que pudieran solicitarse nuevas instrucciones o darse nuevas órdenes, Malik hizo su señal. Los escuadrones de Hawazin giraron de improviso y salieron de los barrancos y se lanzaron sobre Jalid y sus hombres. La embestida fue tan violenta y tan repentina que no pudo hacer nada para agrupar a los Bani Sulaym, que presentaron poca, por no decir ninguna resistencia y que, dándose la vuelta, huyeron precipitadamente, dispersando las filas de los mequíes que iban detrás de ellos y que entonces les siguieron en la huida ascendente por la ladera que acababan de bajar. La terrible estampida de caballos y camellos obstruyó el desfiladero en sus partes más angostas, pero el Profeta se hallaba en un punto desde donde pudo retirarse un poco a la derecha, y se afianzó entonces al borde del camino con un pequeño cuerpo de los que habían estado cabalgando cerca de él -Abu Bakr, Omar y otros Emigrados, algunos Ansar, y todos los hombres de su familia que estaban presentes-. Harith, el hijo de Abu Sufyan, se mantuvo a su lado y agarró el aro de la brida de Duldul.

El Profeta llamó a otros para que se le unieran, pero sus palabras fueron ahogadas por él estrépito de la batalla. Se volvió, pues, a Abbas, que poseía una voz de excepcional potencia, y le dijo que gritara: "¡Compañeros del Árbol! ¡Compañeros de la Acacia!" El llamamiento fue respondido inmediatamente por todos lados, ¡Labbayk!, "¡Aquí estamos a tu servicio!", gritaban Ansar y Emigrados mientras acudían junto a él. Pronto pudo contar con trescientos hombres, y desplegándose por el desfiladero rechazaron momentáneamente la carga del enemigo. Abbas siguió gritando y muchos de los que habían huido volvieron entonces para luchar. El Profeta se alzó sobre sus estribos para que lo viesen mejor y ver mejor él mismo. El enemigo estaba preparando un nuevo ataque y él pidió: "¡Oh Dios, te pido Tu promesa!" Entonces le dijo a su hermano de leche que le diese algunos guijarros y, cogiéndolos en las manos, los arrojó en presencia del enemigo lo mismo que había hecho en Badr. La suerte de la batalla cambió de pronto sin razón aparente, más bien, no aparente para los creyentes, al contrario que para el enemigo, como lo había sido antes para sus exploradores, y después se produjo la Revelación: "Dios os ha ayudado en muchos Campos de batalla. En el día de Hunayn, cuando os regocijábais por vuestro gran número, eso no os sirvió de nada, y la tierra, a pesar de su extensión, se os hizo estrecha y os disteis la vuelta para huir. Dios, entonces, envió su Espíritu de Paz sobre Su Enviado y los creyentes, y envió huestes que vosotros no habéis visto, y castigó a los incrédulos. Ésa es la recompensa de los incrédulos. Después, Dios se volverá con misericordia hacia quien Él quiera, porque Dios es Indulgente y Misericordioso" (IX, 25-7).

La derrota fue tremenda: Malik luchó con gran valentía, pero al final se retiró con los hombres de Thaqif a su ciudad amurallada de Taif. El cuerpo principal de Hawazin fue perseguido hasta Najlah, sufriendo muchas bajas.

Desde allí regresaron a su campamento de Awtas, pero el Profeta envió una fuerza para desalojarlos y se fueron a las colinas.

Los musulmanes habían perdido muchos hombres al comienzo de la batalla, en particular los Bani Sulaym, que habían aguantado lo más duro de la emboscada inicial. Pero después del primer ataque habían muerto relativamente pocos. Uno de éstos fue Ayman, hermano mayor de Usamah, que fue herido de muerte al lado del Profeta.

Las mujeres y los niños de Hawazin, que habían estado tras las líneas, fueron hechos prisioneros; y el botín, además de los camellos, ovejas y cabras, estuvo formado por 4.000 onzas de plata. El Profeta encargó de ello a Budayl, y dio órdenes de llevarlo todo, incluidos los cautivos, al cercano valle de Yiranah, a unas diez millas de la Meca.

Una de las divisiones de Hawazin la formaba un contingente de los Bani Saad ibn Bakr, el clan con el que el Profeta había pasado su infancia y su primera niñez, y una de las cautivas ancianas reprendió a sus captores, diciéndoles: "Por Dios, yo soy la hermana de vuestro jefe". No la creyeron; aun así, se la llevaron al Profeta. "¡Muhámmad, yo soy tu hermana!", dijo. El Profeta la contempló con asombro: era una anciana de setenta años o más. "¿Tienes alguna prueba de ello?", le preguntó, y ella al instante le mostró la marca de un mordisco. "Tú me mordiste", dijo la mujer, "cuando te llevaba al valle de Sarar. Estuvimos allí con los pastores. Tu padre era mi padre, y tu madre era mi madre". El Profeta vio que decía la verdad. Ciertamente era Shayma, una de sus hermanas de leche. Extendió entonces su alfombrilla para ella y le pidió que se sentara. Sus ojos se llenaron de lágrimas cuando le pidió noticias acerca de Halimah y Harith, sus padres adoptivos, y ella le dijo que habían fallecido en la plenitud de su vida. Después de conversar, Muhámmad le ofreció la posibilidad de quedarse con él o regresar con los Bani Saad. Ella dijo que deseaba convertirse al Islam, pero eligió volver a su clan. El Profeta le dio un rico presente y con la intención de darle más le dijo que se quedase con los de su gente que estaban en el campamento, diciéndole que volvería a verla a su regreso. Entonces partió con el ejército hacia Taif.

Thaqif disponía de provisiones suficientes en su ciudad como para subsistir durante un año. También tenían amplios medios para resistir los ingenios de guerra que el Profeta ordenó emplear contra ellos cuando los otros recursos hubieron fallado y eran, por otra parte, expertos arqueros. Hubo muchos y violentos intercambios de flechas, pero al cabo de medio mes los musulmanes no estaban más cerca de la conquista de la ciudad que al principio del asedio. Lo único que se había logrado era la conversión de algunos hombres al Islam, porque el Profeta había anunciado un día por medio de un pregonero que cualquier esclavo de Thaqif que se uniera a los musulmanes sería liberado. Alrededor de veinte esclavos se las ingeniaron para salir de la ciudad y, una vez en el campamento, prestaron fidelidad. Casi había transcurrido otra semana más cuando el Profeta soñó que le daban una escudilla de mantequilla y entonces llegaba un gallo, intentaba pisotearla y la vertía. "No creo que hoy vayas a conseguir de ellos lo que deseas", dijo Abu Bakr, y el Profeta se mostró de acuerdo. Quizás ya había llegado a la conclusión de que asediar a los Thaqif no era la mejor vía para vencerlos. Sea como fuere, dio entonces órdenes de levantar el asedio y dirigirse a Yiranah. Mientras se alejaban de la ciudad, algunos hombres pidieron al Profeta que maldijera a sus habitantes. Sin responder, alzó sus manos en súplica y dijo: "¡Dios, guía a Thaqif y tráelos a nosotros!".

Entre los muertos bajo los muros de Tau estaba Abdallah, el medio hermano de Umm Salamah y primo del Profeta, que se había convertido al Islam hacia tan poco.

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