Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 75
La conquista de la Meca

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Las tiendas ya habían sido colocadas sobre los camellos de carga, y el Profeta pidió por fin que le llevaran los estandartes y las enseñas. Los montó uno a uno y los fue colocando en la mano del portador por él elegido para ello. Le dijo a Abbas que acompañase a Abu Sufyan hasta el angosto final del valle y lo mantuviera allí para que pudiera ver por sí mismo las dimensiones del ejército cuando pasara. Tendría tiempo suficiente para regresar al Quraysh y comunicarle su mensaje, porque un solo hombre podía alcanzar la Meca por un camino más directo que el que tomaría el ejército.

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

Indice

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"¿Quién es ése?", preguntó Abu Sufyan, señalando al hombre que iba a la cabeza de la hueste que entonces apareció a la vista. "Jalid, el hijo de Walid", dijo Abbas; y cuando llegó a su altura, Jalid pronunció tres magnificaciones, Allahu Akbar. Con Jalid estaba el caballo de Sulaym. Eran seguidos por Zubayr, con turbante amarillo, al frente de una tropa de quinientos Emigrados, además de otros hombres. Él también pronunció tres magnificaciones al pasar junto a Abu Sufyan, y todo el valle resonó cuando sus hombres, a una sola voz, le hicieron eco. Uno a uno fueron pasando todos los escuadrones, y al paso de cada uno Abu Sufyan preguntaba quiénes eran, y en cada ocasión se quedaba maravillado, ya porque la tribu en cuestión había estado hasta entonces totalmente alejada de la esfera de influencia del Quraysh, ya porque había sido hostil al Profeta hasta hacía poco, como era el caso del clan gatafaní de Ashya, una de cuyas enseñas portaba Nuaym, el antiguo amigo suyo y de Suhayl.

"De todos los árabes", comentó Abu Sufyan, "estos eran los más encarnizados enemigos de Muhámmad". "Dios hizo que el Islam entrara en sus corazones", dijo Abbas. "Todo esto es por la gracia de Dios".

El último de los escuadrones era el del Profeta, y consistía totalmente en Emigrados y Ansar. El destello de sus aceros les daba una apariencia verdinegra, porque iban armados de la cabeza a los pies, siendo visibles solamente sus ojos. El Profeta había entregado su estandarte a Saad ibn Ubadah, que dirigía la vanguardia, y al pasar junto a los dos hombres que estaban al borde del camino, gritó: "¡Abu Sufyan, éste es el día de la matanza! ¡El día en que lo inviolable será violado! ¡El día de la humillación del Quraysh ante Dios!". El Profeta estaba en el centro de la tropa, montado sobre Qaswa, y a cada lado iban Abu Bakr y Usayd, con quienes estaba conversando. "¡Enviado de Dios!", gritó Abu Sufyan cuando estuvo al alcance de su voz, "¿Has ordenado la matanza de tu pueblo?". Y le repitió lo que Saad había dicho: "¡Te suplico por Dios", añadió, "en nombre de tu pueblo, porque tú eres de todos los hombres el de mayor piedad filial, el más misericordioso, el más benéfico?" "Éste es el día de la misericordia", dijo el Profeta, "el día en que Dios ha exaltado al Quraysh". Entonces Abd Al Rahman ibn Awf y Uthman, que estaban al lado, le dijeron: "Enviado de Dios, no estamos seguros de que Saad no vaya a efectuar un ataque inesperado y violento contra el Quraysh". El Profeta envió, pues, un mensaje a Saad para que le concediese el estandarte a su hijo Qays, un hombre de temperamento relativamente pacífico, y le dejase dirigir el escuadrón. Honrar al hijo era honrar al padre, y en las manos de Qays el estandarte seguiría con Saad. Pero Saad se negó a entregarlo sin una orden directa del Profeta, quien en consecuencia se desató de su casco el turbante rojo y se lo envió a Saad como señal. El estandarte le fue dado inmediatamente a Qays.

Cuando el ejército hubo pasado, Abu Sufyan se volvió a la Meca a toda velocidad, y situándose fuera de su casa gritó con todas sus fuerzas a una multitud que empezó a concentrarse rápidamente: "¡Hombres del Quraysh, Muhámmad está aquí con una fuerza que no podréis resistir! ¡Muhámmad está aquí con diez mil hombres armados, y me ha concedido que quien entre en mi casa estará a salvo!" Hind salió entonces de la casa y agarró a su marido por el pelo: "¡Matad a esta grasienta e inútil vejiga de hombre!", exclamó ella. "¡Tú, miserable protector de gente.?"" ¡Ay de ti!", gritó Abu Sufyan, "¡No dejéis que esta mujer os engañe contra vuestro mejor juicio, porque ha llegado a vosotros aquello contra lo que no podéis resistir! Pero quien entre en la casa de Abu Sufyan estará a salvo." "¡Dios te mate!", respondieron. "¿De qué sirve tu casa para tantos como somos?" "Y quien se encierre en su casa estará a salvo", respondió, "y quien entre en la Mezquita, también". La multitud que se había congregado comenzó a dispersarse, unos hacia sus casas y otros hacia la Mezquita.

El ejército se detuvo en Dhu Tuwa, que no se encuentra lejos de la ciudad; incluso puede verse desde ella. Este era el lugar donde dos años antes habían retenido a Jalid para impedir el avance de los peregrinos. Ahora, sin embargo, no se veían señales de resistencia alguna. Era como si la ciudad estuviera vacía, como lo había estado en su visita del pasado año. Pero en esta ocasión no había ningún límite de permanencia de tres días, y cuando Qaswa se paró, el Profeta inclinó su cabeza hasta que su barba casi tocó la silla, en agradecimiento a Dios. Entonces formó sus tropas, poniendo a Jalid al mando del ala derecha y a Zubayr de la izquierda. A su propia tropa, que estaba ahora en el centro, la dividió en dos; una mitad sería conducida por Saad y su hijo, y la otra, en la que él mismo iba, por Abu Ubaydah. Cuando diese la orden tenían que dividirse y entrar en la ciudad por los cuatro puntos; Jalid desde abajo y los otros desde las colinas a través de tres pasos distintos.

Por encima de la hueste congregada, en las laderas del Monte Abu Qubays, se encontraban dos figuras que una vista aguda podría haber distinguido como un anciano algo encorvado con un bastón, guiado y ayudado por una mujer. Eran Abu Quhafah y Quraybah, el padre y la hermana de Abu Bakr. Aquella mañana, cuando se tuvo la noticia de la llegada del Profeta a Dhu Tuwa, el anciano ciego le había pedido a su hija que lo guiase monte arriba y le contase lo que conseguía ver. Cuando era un hombre joven y vigoroso había escalado las colinas del otro lado de la Meca para ver el ejército y su elefante. Ahora, ya anciano, y ciego desde hacía muchos años, podría al menos tener una cierta visión, a través de los ojos de su hija, de esta hueste de diez mil hombres en la que estaban su hijo y sus dos nietos. Quraybah describió lo que tenía a la vista como una densa masa negra, y él le dijo que ésos eran los jinetes dispuestos en cerrada formación, esperando órdenes. Luego vio que la masa negra se separaba hasta convertirse en cuatro divisiones distintas, y su padre le dijo que le llevase a casa lo más deprisa posible. Iban de regreso cuando una tropa de jinetes pasó rápidamente junto a ellos, y uno de los hombres se inclinó desde su silla y le arrebató a Quraybah el collar de plata que llevaba. Por lo demás, no sufrieron ningún daño y así llegaron a su casa.

No habían estado solos en Abu Qubays. En otra parte del monte Ikrimah, Safwan y Suhayl habían reunido una fuerza del Quraysh junto con algunos de los aliados de Bakr y Hudayl. Estaban determinados a luchar; y cuando vieron a la tropa de Jalid dirigiéndose hacia la entrada inferior de la ciudad descendieron y los atacaron. Sin embargo, no se encontraban en condiciones de medirse en pie de igualdad con Jalid y sus hombres, quienes los pusieron en fuga después de matar a una treintena de ellos, sufriendo, por su parte, solamente la pérdida de dos vidas. Ikrimah y Safwan escaparon a lomos de caballo a la costa, mientras que Suhayl se fue a casa y se encerró allí.

La lucha casi había terminado cuando el Profeta entró por el paso de Adhajir en la Meca alta. Al mirar hacia abajo en dirección al zoco quedó consternado al ver el destello de espadas desenfundadas. "¿No prohibí la lucha?", dijo. Pero cuando le explicaron lo que había sucedido dijo que Dios lo había ordenado por el bien.

Pudo ver su tienda de piel rojiza, que Abu Rafi había montado para él, no lejos de la Mezquita. Se lo señaló a Yabir, que estaba a su lado, y después de una plegaria de alabanza y agradecimiento se encaminó hacia la hondonada. "No entraré en ninguna de las casas", dijo.

Umm Salamah, Maymunah y Fatimah lo estaban esperando en la tienda, y justo antes de su llegada se les unió Umm Hani. La ley del Islam había dejado claro que los matrimonios entre mujeres musulmanas y hombres infieles estaban disueltos, y esto se aplicaba a su matrimonio con Hubayrah, quien había previsto la caída de la Meca y se había ido a vivir a Nachran. Pero dos de sus parientes políticos, uno de ellos el hermano de Abu Yahl, habían tomado parte en el enfrentamiento con Jalid y habían huido después hacia su casa en busca de refugio. Entonces Ali había ido a saludarla, y al ver a los dos majzumíes desenvainó la espada y, a pesar de la protección formal que ella les había dado, los habría matado en ese mismo instante. Pero Umm Hani arrojó un manto sobre ambos, e interponiéndose entre ellos y él, dijo: "¡Por Dios, tendrás que matarme a mí primero!", ante lo cual Ali abandonó la casa. Y ahora, una vez los hubo dejado encerrados, había acudido para interceder ante el Profeta. Halló a Fatimah menos dura que a Ali. "¿Das protección a los idólatras?", dijo ella. Pero los reproches de Fatimah fueron interrumpidos por la llegada del Profeta. Saludó a su prima con gran cariño, y cuando ella le contó lo sucedido, Muhámmad dijo: "Eso no será. Nosotros protegeremos a quien tú protejas".

Realizó el rito de la gran ablución e hizo ocho "raka", después de lo cual descansó durante una hora o más. Luego pidió a Qaswa, y tras ponerse su cota de malla y su yelmo, se ciñó la espada; pero en su mano llevaba un bastón y la visera estaba alzada. Algunos de los que habían cabalgado con él aquella mañana ya estaban en línea fuera de la tienda, y lo escoltaron de camino hacia la Mezquita, mientras él hablaba con Abu Bakr, que iba acompañándolo.

Se dirigió derecho a la esquina sudoriental de la Kaabah y tocó reverentemente la Piedra Negra con su bastón, pronunciando a la vez una magnificación. Quienes estaban con él lo repitieron. Allahu Akbar, Allahu Akbar, y a ello se unieron todos los musulmanes que estaban en la Mezquita y toda la Meca resonó con las magnificaciones, hasta que el Profeta hizo una señal con la mano para que callaran. Entonces dio las siete vueltas alrededor de la Santa Casa con Muhámmad ibn Maslamah agarrando su brida. En la Peregrinación Menor ese honor le había sido concedido a un hombre de Jazrach. Era, por lo tanto, más adecuado que en esta ocasión le correspondiese a uno de Aws.

Luego, el Profeta se volvió hacia los ídolos que rodeaban la Kaabah en un amplio circulo; trescientos sesenta en total. Pasó entonces entre ellos y la Casa repitiendo la aleya de la Revelación: "La Verdad ha llegado, y se ha disipado lo falso. Ciertamente, lo falso siempre está destinado a disiparse" (XVII, 81).

A la vez que señalaba a los ídolos uno a uno con el bastón, cada ídolo, al ser señalado, caía de bruces. Después de contemplar el círculo desmontó y rezó en la estación de Abraham, que en aquel tiempo se encontraba junto a la Kaabah. Luego se aproximó al Pozo de Zamzam, donde Abbas le dio de beber, y confirmó para siempre el tradicional derecho de los hijos de Rashim a abastecer de agua a los peregrinos. Pero cuando Ali le trajo la llave de la Kaabah y Abbas le pidió que le diese también a su familia el derecho de su custodia, respondió el Profeta: "Os doy solamente lo que habéis perdido, no aquello que seria una pérdida para otros". Entonces llamó al hombre de Abd al-Dar que anteriormente había acudido a él en Medina con Jalid y Amr, Uthman ibn Talhah, y, entregándole la llave, confirmó para siempre el derecho tradicional de su clan a la custodia de la Kaabah. Uthman tomó la llave con reverencia y fue, seguido por el Profeta, a abrir la puerta de la Casa Sagrada. Usamah y Bilal iban muy cerca detrás de ellos. El Profeta les ordenó que entraran con él y le dijo a Uthman que cerrase las puertas tras ellos.

Aparte de la imagen de la Virgen Maria y el niño Jesús y una pintura de un anciano, que según se decía era Abraham, las paredes del interior habían sido recubiertas con pinturas de las deidades paganas. Colocando su mano a modo de protección sobre la imagen, el Profeta le dijo a Uthman que se ocupase de que todas las pinturas, excepto la de Abraham, fueran borradas[i].

Permaneció un rato dentro y luego tomó la llave de Uthman y abrió la puerta. De pie en el umbral, con la llave en la mano, dijo: "Alabado sea Dios, que ha cumplido Su promesa, ha ayudado a su siervo y ha derrotado a los clanes, Él solo". El número de los mequíes que se habían refugiado en la Mezquita había ido aumentando por la llegada de otros que en un primer momento habían buscado refugio en sus hogares, y se encontraban ahora sentados en grupos, aquí y allá, no lejos de la Kaabah. El Profeta les dirigió entonces la palabra, diciendo: "¿Qué decís vosotros, qué pensáis de todo esto?" A lo que respondieron: "Nosotros decimos bien y pensamos bien: un hermano noble y generoso, hijo de un hermano noble y generoso. A ti te incumbe mandar". A continuación les habló con las palabras de perdón que, según la Revelación, José dirigió a sus hermanos cuando acudieron a él en Egipto: "Ciertamente digo como dijo mi hermano José: '¡Que no haya hoy reproches contra vosotros! Dios os perdonará. Él es el más Misericordioso de los misericordiosos'." (XII, 92).

Abu Bakr había dejado la Mezquita para ir a visitar a su padre, y ahora regresaba llevando a Abu Quhafah de la mano, seguidos por su hermana Quraybah. "¿Por qué no dejaste al anciano en su casa ,preguntó el Profeta, para que yo fuera a verle?" "Enviado de Dios", respondió Abu Bakr, "es más apropiado que el venga a ti, que no que tú vayas a verlo a él". El Profeta le dio la mano y, haciéndole sentarse delante suyo, lo invitó a hacer las dos testificaciones del Islam, que él hizo al instante.

Después de ordenar que Hubal, el mayor de los ídolos caídos, fuera hecho pedazos y que se quemaran todos sus trozos, el Profeta hizo proclamar por toda la ciudad que quien tuviera un ídolo en su casa tenía que destruirlo. Luego se retiró a la cercana colina de Safa, donde había predicado por primera vez con su familia. Aquí recibió el homenaje de sus enemigos, que ahora deseaban convertirse al Islam, tanto hombres como mujeres. Acudieron a él a centenares. Entre las mujeres se encontraba Hind, la mujer de Abu Sufyan; fue velada, temiendo que el Profeta pudiera ordenar su ejecución antes de haberse convertido, y dijo: "Enviado de Dios, alabado sea Aquél que ha hecho triunfar la religión que yo elijo hoy para mi". Entonces se desveló el rostro y dijo: "Hind, la hija de Utbah", y el Profeta le dijo: "Bienvenida". Otra de las mujeres era Umm Hakim, la esposa de Ikrimah. Cuando se hubo convertido al Islam rogó al Profeta que le diese inmunidad a su marido. Así lo hizo Muhámmad, aunque Ikrimah aún estaba en guerra con él. Umm Hakim averiguó dónde se encontraba y fue en su busca para traerlo con ella.

El Profeta echó un vistazo a la concentración que tenía delante, y volviéndose hacia su tío, dijo: "Abbas, ¿dónde están los hijos de tu hermano, Utbah y Muattib? No los veo." Éstos eran los dos hijos aún vivos de Abu Lahab Utbah era quien había repudiado a Ruqayyah, presionado por su padre, y parecía que tenían miedo de aparecer. "Tráemelos", dijo el Profeta. Abbas fue, pues, a buscar a sus sobrinos, que abrazaron el Islam y juraron fidelidad. Entonces el Profeta cogió a ambos de la mano, y caminando entre ellos, los condujo al gran lugar de súplica, llamado Al Multazam, que es aquella parte de la Kaabah que se encuentra entre la Piedra Negra y la puerta. Allí hizo una larga plegaria y, advirtiendo la alegría en su semblante, Abbas le preguntó por qué se sentía alegre. Muhámmad respondió: "Pedí a mí Señor que me diese estos dos hijos de mí tío, y me los ha dado" (I.S. IV/1, 41-2).

El más cercano a la Meca de los tres santuarios más destacados del paganismo era el templo de al-Uzza, en Najlah. El Profeta envió entonces a Jalid para que destruyera este centro de la idolatría. Al tener noticias de que se aproximaba, el guardián del templo colgó su espada de la estatua de la diosa y la invocó para que se defendiese ella misma y matase a Jalid o de lo contrario se haría monoteísta. Jalid demolió el templo y destruyo su ídolo, después de lo cual regresó a la Meca. "¿No viste nada?", le pregunto el Profeta. "Nada", contestó Jalid. "Entonces no la has destruido", dijo el Profeta. "Vuelve y destrúyela" Jalid volvió, pues, de nuevo a Najlah, y de entre las ruinas del templo salió una mujer negra, completamente desnuda, y con el cabello suelto, largo y alborotado. "Un escalofrío me recorrió el cuerpo", diría Jalid posteriormente. Jalid gritó: "¡Uzza, para ti es la negación, no la adoración!" y, desenfundando su espada, la mató. De regreso le dijo al Profeta: "¡Alabado sea Dios, que nos ha salvado de perecer! Yo solía ver a mi padre partir para al-Uzza con una ofrenda de un centenar de camellos y ovejas. ¡Se los sacrificaba a ella y se quedaba durante tres días en su santuario, y luego regresaba con nosotros radiante por lo que había hecho!" (W. 873-4).

Mientras tanto, la mayoría de los mequíes había prestado fidelidad. Suhayl fue una excepción, pero, habiéndose refugiado en su casa, envió por su hijo Abdallah para pedirle que mediase ante el Profeta en su nombre. Porque a pesar de la amnistía general, apenas si creía que podría aplicársele a él. Cuando Abdallah le habló al Profeta, éste respondió inmediatamente: "Está a salvo, bajo la protección de Dios; que venga pues". Entonces les dijo a los que estaban con él: "¡Nada de miradas severas a Suhayl si os lo encontráis! Dejad que salga libremente, porque, por mi vida, él es un hombre de inteligencia y honor, no uno que haya de quedar ciego a la verdad del Islam". Así pues, Suhayl pudo salir y moverse sin problemas, pero todavía no abrazó el Islam.

En cuanto a Safwan, su primo Umayr obtuvo del Profeta para él un plazo de dos meses; se marchó entonces en su busca y lo halló esperando un barco en Shuaybah, que en aquellos días era el puerto de la Meca. Safwan desconfiaba y rechazó cambiar sus planes, en vista de lo cual Umayr volvió de nuevo al Profeta, quien le dio su turbante de tela yemení listada para que se lo llevase a su primo como prueba de su seguridad. Esto convenció a Safwan, que decidió regresar y buscarse más garantías.

"Muhámmad", dijo Safwan, "Umayr me ha dicho que si acepto una cosa" -se refería a abrazar el Islam- "todo estará perfecto; pero que si no, me das dos meses de plazo". "Quédate aquí", dijo el Profeta. "No hasta que me des una respuesta clara", respondió Safwan. "Tendrás cuatro meses de plazo", dijo el Profeta y Safwan aceptó quedarse en la Meca.

Ikrimah fue el último de los tres en presentarse ante Muhámmad después de la conquista de la Meca. Sin embargo, fue el primero de ellos en convertirse al Islam. Había decidido coger un barco en la costa de Tihamah, rumbo a Abisinia, y cuando estaba a punto de embarcase le dijo el capitán: "Cumple tu religión con Dios." "¿Qué tengo que decir?", preguntó Ikrimah. "Di: No hay dios sino Dios", fue la respuesta, y el hombre aclaró que por temor a un naufragio no aceptaría a ningún pasajero que no hiciese la testificación. Las cuatro palabras, la ilaha illa Alllah, penetraron en el alma de Ikrimah, y en ese instante supo que las podría haber pronunciado con sinceridad. No se embarcó, pues; la única razón para desear hacerlo había sido escapar de esas palabras, es decir, del mensaje de Muhámmad, que se resumía en ellas. Si podía aceptar ese mensaje a bordo del barco, también podía aceptarlo en tierra firme. "Nuestro Dios en el mar es nuestro Dios en la tierra" se dijo a sí mismo. Luego, su esposa se unió a él; le dijo además que el Profeta había garantizado su seguridad en la Meca y regresaron sin dilación. El Profeta sabia que venía y dijo a sus Compañeros: "Ikrimah, el hijo de Abu Yahl, viene de camino a nosotros, como creyente. Por lo tanto, no injuriéis a su padre, porque injuriar a los muertos ofende a los vivos y no alcanza a los muertos".

Cuando Ikrimah llegó a la Meca se fue derecho al Profeta, que lo saludó con un rostro lleno de alegría y, una vez que se hubo convertido formalmente al Islam, le dijo: "Este día te concedo cualquier cosa que me pidas". "Te pido", dijo Ikrimah, "que le ruegues a Dios para que me perdone por toda mi enemistad contra ti"; y el Profeta hizo lo que le había solicitado. Luego, Ikrimah habló del dinero que había gastado y de las batallas que había tenido que librar para impedir que los hombres siguieran la verdad y dijo que en adelante gastaría el doble de ello y lucharía con redoblado esfuerzo en la causa de Dios, y cumplió su promesa.



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