Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 74
Una violación del armisticio

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Algunos de los hombres de Bakr seguían determinados a prolongar su enemistad con Juzaah, a pesar del tratado, y poco después de la campaña de Amr a Siria un clan de Bakr hizo una incursión nocturna contra Juzaah, uno de cuyos miembros fue muerto. En la lucha que siguió, parte de la cual tuvo lugar dentro del territorio sagrado, el Quraysh ayudó a sus aliados con armas, y uno o dos qurayshíes participaron en el combate aprovechando la oscuridad. Los Bani Kaab de Juzaah enviaron inmediatamente una delegación a Medina para informar al Profeta de lo que había sucedido y para solicitar su ayuda. Les dijo que podían confiar en él y les mandó de vuelta a su territorio. Cuando se hubieron marchado se fue a ver a Aishah, y por la expresión de su rostro pudo ella darse cuenta de que estaba muy airado. Le pidió agua para hacer la ablución, y Aishah le oyo decir mientras se echaba el agua: "Que no me ayuden a mí si yo no ayudo a los hijos de Kaab" (W. 791).

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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Mientras tanto, los mequíes se hallaban sumamente perturbados por las posibles consecuencias de lo que había sucedido, y puesto que Abu Sufyan ya había regresado de Siria le enviaron para apaciguar al Profeta si ello era necesario. Por el camino se encontró con los hombres de Juzaah, que regresaban a casa, y temió llegar demasiado tarde. Sus temores se acrecentaron por el inescrutable semblante del Profeta. "Muhámmad", dijo, "yo estuve ausente en el momento de la tregua de Hudaybiyah; fortalezcamos, pues ahora el pacto y prolonguemos su duración". El Profeta eludió su petición con la pregunta: "¿Acaso lo ha roto algo por vuestra parte?" "¡No lo permita Dios!", contestó Abu Sufyan con desasosiego. "Nosotros, igualmente", dijo el Profeta, "estamos observando el tratado durante el período acordado en Hudaybiyah. No lo modificaremos ni aceptaremos otro en su lugar". No estaba dispuesto, obviamente, a decir más; por lo cual Abu Sufyan se fue a ver a su hija, Umm Habibah, con la esperanza de que consintiera en intervenir en nombre suyo. Hacia quince años que no se veían. El mejor lugar para sentarse era la alfombrilla del Profeta, pero cuando estaba a punto de tomar asiento, Umm Habibah la plegó rápidamente. "Hijita", dijo él, "¿es esta alfombrilla demasiado buena para mí, o yo soy demasiado bueno para ella?" "Es la alfombrilla del Profeta", respondió ella, "y tú eres un idólatra, un hombre impuro". Luego añadió: "Padre mío, tú eres señor del Quraysh, y su jefe. ¿Cómo es que no has abrazado el Islam, y, sin embargo, adoras piedras que ni ven ni oyen?" "Esto sí que es maravilloso", replicó él, "¿tengo que abandonar lo que mis padres adoraron y seguir la religión de Muhámmad?", y sintiendo que no podía esperar ninguna ayuda de ella se fue a Abu Bakr y a otros Compañeros para pedirles que intercedieran en su nombre para una renovación del pacto, porque ahora estaba seguro, aunque el Profeta no lo hubiera dicho, de que consideraba que el pacto había sido abolido por el reciente enfrentamiento armado. Pero tendría el mismo efecto que la renovación del pacto, es decir, evitaría el derramamiento de sangre, si algunos hombres de influencia otorgasen protección general entre hombre y hombre. Abu Sufyan le sugirió esta alternativa a Abu Bakr, el cual simplemente respondió: "Yo sólo daré protección dentro del ámbito de refugio otorgado por el Enviado de Dios."

Otros respondieron más o menos en términos semejantes. Finalmente, Abu Sufyan fue a casa de Ali, subrayando la importancia de su parentesco, ya que ambos eran bisnietos de los dos hermanos Hashim y Abdu Shams. Pero Ali dijo: "¡Ay de ti, Abu Sufyan! El Enviado de Dios ha resuelto no conceder tu petición, y nadie puede hablarle en favor de algo cuando él es contrario a ello". Porque los Compañeros sabían bien que la Revelación le había dicho al Profeta: "Consúltales acerca de los asuntos; y cuando hayas tomado una decisión, confía en Dios" (III, 159). Sabían por experiencia que cuando el Profeta llegaba al grado de resolución que claramente había alcanzado en esta ocasión era inútil pretender disuadirle. Abu Sufyan se volvió entonces hacia Fatimah, que se encontraba presente al igual que Hasan, que estaba sentado en el suelo delante de ella. "Hija de Muhámmad", dijo "pide a tu hijo que otorgue protección entre hombre y hombre, para que pueda convertirse para siempre en el señor de los árabes". Fatimah respondió que los niños no conceden protección, y de nuevo se volvió, desesperado, Abu Sufyan a Ali y le rogó que sugiriese alguna línea de acción. "No veo ninguna", dijo Ali, "salvo que tú mismo deberías levantarte y dar la protección que pides. Tú eres señor de Kinanah". "¿Me serviría eso de algo?", preguntó. "Por Dios, no lo creo", respondió Ali, "pero no veo qué otra cosa puedes hacer". Abu Sufyan se dirigió, pues; a la Mezquita y dijo en voz alta: "¡Atended! Concedo protección entre un hombre y otro hombre, y no creo que Muhámmad deje de apoyarme". Entonces fue al Profeta y dijo: "Muhámmad, no pienso que vayas a rechazar mi protección". El Profeta, sin embargo, respondió: "Eso es lo que tú piensas, oh Abu Sufyan", (I.I. 807-8; W. 794), y el jefe omeya regresó a la Meca con grandes temores.

El Profeta comenzó a prepararse para una campaña, y Abu Bakr preguntó si él también debía hacer preparativos. El Profeta le dijo que sí y que iban a ir contra el Quraysh. "¿No tenemos que esperar a que termine el tiempo de la tregua?", preguntó Abu Bakr. "Ellos nos han traicionado y han roto el pacto", le contestó el Profeta, "y yo ahora les atacaré. Pero guarda en secreto lo que te he dicho. Deja que uno piense que el Enviado de Dios se va a Siria, que otro crea que se va a Thaqif, y un tercero que a Hawazin. ¡Oh Dios! ¡Quita del Quraysh toda visión de nosotros y toda noticia nuestra y de nuestro paradero, para que podamos caer súbitamente sobre ellos en su tierra!".

En respuesta a esta plegaria le llegó un mensaje del Cielo que decía que uno de los Emigrados, Hatib, se había enterado de algún modo del secreto y había enviado una carta al Quraysh advirtiéndole del ataque inminente. Se la había dado a una mujer de Muzaynah que iba de viaje a la Meca, y ella la había ocultado en su cabello. El Profeta envió a Ali y Zubayr tras ella, y al no encontrar la carta en su equipaje amenazaron con registrarla si no la sacaba. Ella les dio entonces la carta y se la llevaron al Profeta, que hizo llamar a su autor. "¿Qué te ha movido a hacer esto, Hatib?", le pregunto "Enviado de Dios", respondió, "verdaderamente soy un creyente en Dios y en Su Enviado. No he cambiado mi creencia, y ninguna otra cosa ha ocupado su lugar. Pero yo soy un hombre sin rango entre las gentes de la Meca, sin parientes influyentes, y quise ganar su favor para mi hijo y mi familia, que se encuentran entre ellos." "Enviado de Dios", dijo Omar, "déjame cortarle la cabeza. Este hombre es un hipócrita". Pero el Profeta contestó: "¿Cómo lo sabes tú, Omar? Quizás Dios ha observado a los hombres de Badr y ha dicho: 'Haced lo que queráis, porque os he perdonado'." (I.I.809-10).

El Profeta envió entonces mensajeros a aquellas tribus en las que sentía que podía confiar para recibir ayuda, con requerimientos generales para que estuviesen presentes en Medina a comienzos del mes siguiente, que era Ramadán. Los beduinos respondieron fielmente, y cuando llegó el día señalado el ejército era el mayor que jamás había salido de Medina. Ningún musulmán sano se quedó en casa. Los Emigrados eran setecientos, con trescientos jinetes; los Ansar eran cuatro mil, con quinientos caballeros, y las tribus, incluyendo las que se les unieron por el camino, hicieron que el numero total casi alcanzase los diez mil hombres. Los jinetes iban a lomos de camello, conduciendo a sus caballos, y, salvo unos pocos de los Compañeros más íntimos, nadie sabía quién era el enemigo.

Estando ya casi a mitad de camino se encontraron con Abbas, Umm Al Fadí y sus hijos. Abbas había decidido que había llegado el momento para ellos de abandonar la Meca e irse a vivir a Medina. El Profeta los invitó a unirse a su expedición y ellos aceptaron, para alegría de Maymunah, que iba con el Profeta.

También estaba con el Profeta Umm Salamah, y en una de las siguientes paradas le dijeron que dos hombres del Quraysh se encontraban en el campamento y querían hablar con ella. Uno de ellos era su medio hermano Abdallah, el hijo de su padre y de Atikah, la tía del Profeta. El otro era el poeta Abu Sufyan, hijo del tío mayor del Profeta, Harith, y en su día niño de teta de Halimah. Llevaba consigo a su hijo pequeño Yafar. Los dos hombres habían mantenido lazos bastante estrechos con Muhámmad hasta el comienzo de la Revelación, volviéndose entonces contra él. Ahora venían en busca de su perdón y a pedir a Umm Salamah que intercediese por ellos. Fue, pues, ella al Profeta y le dijo: "El hermano de tu esposa, hijo de tu tía, se encuentra aquí, y también el hijo de tu tío, que es tu hermano de leche". Pero él respondió: "Yo no he pedido verlos. En cuanto a mi hermano -se refería a Abdallah, el hermano de ella- me dijo en la Meca[i] lo que ya sabes; y por lo que al hijo de mi tío se refiere, ha traído sobre mí el deshonor." Abu Sufyan lo había satirizado en sus poemas. Umm Salamah pidió por ellos sin conseguir nada, y cuando se lo contó a los dos, Abu Sufyan dijo: "O me recibe, o cojo a mi hijo de la mano y me interno con él en el desierto hasta morir de sed y de hambre. Y tú -se refería al Profeta- eres el más sufrido de los hombres, dejando a un lado mi parentesco contigo". El Profeta se ablandó cuando ella le repitió esto (W. 811) y aceptó recibirlos en su tienda, donde ambos pronunciaron su profesión de fe e hicieron bueno su Islam.

Uno de esos días, durante la marcha, el Profeta vio una perra echada junto al camino con una camada de cachorros recién nacidos a los que alimentaba, y temió que pudiera ser molestada por algún hombre; le dijo entonces a Yuayl de Damrah que se quedase vigilando junto al animal hasta que todos los contingentes hubieran pasado. (W. 804). Se le seguía llamando Yuayl, a pesar del nuevo nombre de Amr, que le había dado el Profeta.

En Qudayd se unieron al ejército los Bani Sulaym, una tropa de caballería de novecientos hombres. "Enviado de Dios", dijo uno de sus portavoces, "pensáis que somos hipócritas, y sin embargo somos vuestros tíos maternos" -se refería a la madre de Hashim, Atikah, que era una mujer de su tribu- ."Hemos venido, pues, a ti, para que nos pruebes". "Somos tenaces en la guerra, valerosos en el encuentro, jinetes firmes en la silla".

Al igual que los que habían salido con la fuerza principal desde Medina, ellos habían traído también sus estandartes y banderolas desmontadas y plegadas. Le pidieron entonces al Profeta permiso para montarlas y dárselas a los hombres que eligieran de entre ellos; pero aún no había llegado el momento de ondear banderas ni el Profeta les había dicho aún hacia dónde se dirigirían.

El Profeta, al partir, había enviado a un hombre a proclamar por toda la hueste: "Quien quiera mantener su ayuno, que lo mantenga, y quien quiera romperlo, que lo rompa". En Ramadán estaba permitido romper el ayuno en caso de viaje, siempre que los días perdidos fuesen recuperados posteriormente.

El Profeta y muchos otros ayunaron hasta encontrarse a cierta distancia del territorio sagrado; entonces dio órdenes de romper el ayuno, y cuando hubieron acampado en Marr al-Zahran hizo saber que la razón para la ruptura del ayuno había sido cobrar fuerzas para el encuentro con el enemigo. Esto hizo que la curiosidad de algunos hombres llegase al límite. Desde Marr al-Zahran se podía álcanzar la Meca en un día largo de marcha, o en dos si el paso era más llevadero. Pero a la vista de la tregua parecía improbable que hubieran salido a luchar contra el Quraysh.

Su campamento también estaba en el camino que conducía al territorio de las tribus hostiles de Hawazin. ¿O podría ser que, habiéndose apoderado del Jardín septentrional de Hiyaz, quisiera el Profeta ahora conquistar el meridional, la hasta el momento inexpugnable Taif, el centro de la adoración de al-Lat?

Viendo que la pregunta "¿Quién es el enemigo?" iba de boca en boca entre los hombres de la hueste, Kaab ibn Malik se ofreció a ir a preguntarle al Profeta. No se aventuró, sin embargo, a plantear la cuestión directamente sino que yendo a donde el Profeta estaba sentado, fuera de su tienda, se arrodilló ante él y recitó cuatro melodiosos versos que acababa de componer para la ocasión. Lo esencial de éstos era que los hombres habían llegado al punto de desenvainar sus espadas e interrogarse sobre quiénes serían los enemigos para quienes sus filos estaban destinados, y que si las espadas pudieran hablar ellas también plantearían la misma cuestión. Tan sólo una sonrisa del Profeta pudo conseguir Kaab como respuesta, y con su único logro se volvió hacia sus hombres.

El deseo de conocer su propio punto de destino no era más que ociosa curiosidad comparado con la impaciencia del Quraysh y Hawazin por conocer la respuesta a la misma pregunta. La gran tribu de Hawazin se extendía principalmente por las laderas del país montañoso que domina el extremo meridional de la llanura de Nachd. Taif estaba en una de estas laderas, y fue Thaqil, o sea, los habitantes de Taif y guardianes de su templo, quien tomó la iniciativa de enviar un mensaje urgente a todos sus clanes hermanos de Hawazin, comunicando que un ejército de diez mil hombres se dirigía hiacia el sur desde Yathrib, y que tenían que estar preparados para lo peor. La mayoría de los clanes respondieron inmediatamente, y se comenzaron a concentrar tropas en una posición estratégica al norte de Taif.

En cuanto al Quraysh, aunque les habría gustado pensar que Taif estaba en peligro en lugar de la Meca, eran conscientes de haber roto el pacto. Esto, unido a la negativa del Profeta a renovarlo, hizo que sus aprensiones llegaran casi hasta el punto de la desesperación. El Profeta lo sabía y, para aumentar sus temores, ordenó a sus hombres separarse y encender cada uno un fuego una vez que hubiera oscurecido. Desde las afueras del territorio sagrado pudieron verse entonces diez mil hogueras de campamento, y rápidamente llegó a la Meca la noticia de que el ejército de Muhámmad era mucho mayor de lo que se temía. Después de una apresurada deliberación, el Quraysh aceptó la oferta de Abu Sufyan de salir y hablar con el Profeta.

Con él fueron Hakim, el sobrino de Jadiya, que había hecho todo lo posible para impedir la batalla de Badr, y Budayl de Juzaah, que había ayudado al Profeta en Hudaybiyah y que hacía poco había acompañado a algunos de sus hermanos de clan a Medina en relación con la ruptura del pacto. Al aproximarse al campamento, cuando ya podían oír el ruido de los camellos, vieron a un hombre montado en una mula blanca que aparentemente venía hacia ellos. Se trataba de Abbas, que había salido sigilosamente del campamento, esperando encontrar a alguien de camino a la ciudad que pudiese llevar un mensaje suyo para el Quraysh. Era imperioso, pensaba él, que enviaran una delegación al Profeta antes de que fuese demasiado tarde. Después de reconocerse y saludarse mutuamente, Abbas los llevó a la tienda del Profeta, y Abu Sufyan dijo: "Muhámmad, has venido con una extraña variedad de hombres -unos conocidos y otros desconocidos- contra tus parientes". Pero el Profeta lo interrumpió: "Eres tú el transgresor", dijo, "tú rompiste el pacto de Hudaybiyah e instigaste el ataque contra los Bani Kaab, profanando así el sagrado recinto de Dios y Su Santuario". Abu Sufyan intentó cambiar de tema. "¡Ay!", dijo, "¡ojalá hubiera dirigido tu cólera y tu estrategia contra Hawazin! Porque ellos están más lejos de ti en parentesco y son más acérrimos enemigos tuyos". "Espero", dijo el Profeta, "que mi Señor me concederá todo eso -la victoria sobre la Meca, el triunfo en ella del Islam y la completa derrota de Hawazin- y que me enriquecerá con sus bienes como botín y con sus familias como cautivos". Luego les dijo a los tres hombres: "Dad testimonio de que no hay dios sino Dios, y de que yo soy el Enviado de Dios". Hakim y Budayl hicieron entonces su profesión de fe; Abu Sufyan, sin embargo, testificó "no hay dios sino Dios" y luego se calló. Cuando se le dijo que pronunciase la segunda testificación, contestó: "¡Muhámmad, aún queda en mi alma un escrúpulo acerca de esto; dale un plazo!" El Profeta dijo entonces a su tío que los llevase a su tienda para pasar la noche. Al alba, al hacerse la llamada a la plegaria por todo el campamento, Abu Sufyan se quedó sumamente impresionado por su sonido. "¿Qué hacen?" preguntó. "La plegaria", respondió Abbas. "¿Y con qué frecuencia la hacen?", preguntó. Y al enterarse de que las plegarias eran cinco, dijo: "¡Por Dios, es demasiado!" Después vio a los hombres apelotonándose afanosamente y dándose empujones para poder ser rociados con agua de la ablución del Profeta o conseguir algunas gotas sobrantes, y dijo: "¡Abu Al Fadl, nunca he visto una soberanía como ésta!" "¡Maldito seas!", respondió Abbas, "¡Cree!"" Llévame a él", pidió entonces Abu Sufyan; y después de la plegaria Abbas lo llevó de nuevo junto al Profeta, y dio testimonio ahora de su naturaleza profética, de que era verdaderamente el Enviado de Dios. Abbas llevó aparte al Profeta y le dijo: "Enviado de Dios, bien conoces tú el amor de Abu Sufyan por el honor y la gloria. Concédele, por tanto, algún favor". "Lo haré", le respondió. Y acercándose al jefe omeya, lo hizo volver al Quraysh para decirles: "Quien entre en casa de Abu Sufyan estará a salvo, lo mismo que quien entre en la Mezquita o se encierre en su casa".

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[i] Ver el final del capítulo XXI, "El Quraysh hace ofertas y demandas".


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