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Mientras
tanto, los mequíes se hallaban sumamente perturbados
por las posibles consecuencias de lo que había
sucedido, y puesto que Abu Sufyan ya había regresado
de Siria le enviaron para apaciguar al Profeta si ello
era necesario. Por el camino se encontró con
los hombres de Juzaah, que regresaban a casa, y temió
llegar demasiado tarde. Sus temores se acrecentaron
por el inescrutable semblante del Profeta. "Muhámmad",
dijo, "yo estuve ausente en el momento de la tregua
de Hudaybiyah; fortalezcamos, pues ahora el pacto y
prolonguemos su duración". El Profeta eludió
su petición con la pregunta: "¿Acaso
lo ha roto algo por vuestra parte?" "¡No
lo permita Dios!", contestó Abu Sufyan con
desasosiego. "Nosotros, igualmente", dijo
el Profeta, "estamos observando el tratado durante
el período acordado en Hudaybiyah. No lo modificaremos
ni aceptaremos otro en su lugar". No estaba dispuesto,
obviamente, a decir más; por lo cual Abu Sufyan
se fue a ver a su hija, Umm Habibah, con la esperanza
de que consintiera en intervenir en nombre suyo. Hacia
quince años que no se veían. El mejor
lugar para sentarse era la alfombrilla del Profeta,
pero cuando estaba a punto de tomar asiento, Umm Habibah
la plegó rápidamente. "Hijita",
dijo él, "¿es esta alfombrilla demasiado
buena para mí, o yo soy demasiado bueno para
ella?" "Es la alfombrilla del Profeta",
respondió ella, "y tú eres un idólatra,
un hombre impuro". Luego añadió:
"Padre mío, tú eres señor
del Quraysh, y su jefe. ¿Cómo es que no
has abrazado el Islam, y, sin embargo, adoras piedras
que ni ven ni oyen?" "Esto sí que es
maravilloso", replicó él, "¿tengo
que abandonar lo que mis padres adoraron y seguir la
religión de Muhámmad?", y sintiendo
que no podía esperar ninguna ayuda de ella se
fue a Abu Bakr y a otros Compañeros para pedirles
que intercedieran en su nombre para una renovación
del pacto, porque ahora estaba seguro, aunque el Profeta
no lo hubiera dicho, de que consideraba que el pacto
había sido abolido por el reciente enfrentamiento
armado. Pero tendría el mismo efecto que la renovación
del pacto, es decir, evitaría el derramamiento
de sangre, si algunos hombres de influencia otorgasen
protección general entre hombre y hombre. Abu
Sufyan le sugirió esta alternativa a Abu Bakr,
el cual simplemente respondió: "Yo sólo
daré protección dentro del ámbito
de refugio otorgado por el Enviado de Dios."
Otros
respondieron más o menos en términos semejantes.
Finalmente, Abu Sufyan fue a casa de Ali, subrayando
la importancia de su parentesco, ya que ambos eran bisnietos
de los dos hermanos Hashim y Abdu Shams. Pero Ali dijo:
"¡Ay de ti, Abu Sufyan! El Enviado de Dios
ha resuelto no conceder tu petición, y nadie
puede hablarle en favor de algo cuando él es
contrario a ello". Porque los Compañeros
sabían bien que la Revelación le había
dicho al Profeta: "Consúltales acerca de
los asuntos; y cuando hayas tomado una decisión,
confía en Dios" (III, 159). Sabían
por experiencia que cuando el Profeta llegaba al grado
de resolución que claramente había alcanzado
en esta ocasión era inútil pretender disuadirle.
Abu Sufyan se volvió entonces hacia Fatimah,
que se encontraba presente al igual que Hasan, que estaba
sentado en el suelo delante de ella. "Hija de Muhámmad",
dijo "pide a tu hijo que otorgue protección
entre hombre y hombre, para que pueda convertirse para
siempre en el señor de los árabes".
Fatimah respondió que los niños no conceden
protección, y de nuevo se volvió, desesperado,
Abu Sufyan a Ali y le rogó que sugiriese alguna
línea de acción. "No veo ninguna",
dijo Ali, "salvo que tú mismo deberías
levantarte y dar la protección que pides. Tú
eres señor de Kinanah". "¿Me
serviría eso de algo?", preguntó.
"Por Dios, no lo creo", respondió Ali,
"pero no veo qué otra cosa puedes hacer".
Abu Sufyan se dirigió, pues; a la Mezquita y
dijo en voz alta: "¡Atended! Concedo protección
entre un hombre y otro hombre, y no creo que Muhámmad
deje de apoyarme". Entonces fue al Profeta y dijo:
"Muhámmad, no pienso que vayas a rechazar
mi protección". El Profeta, sin embargo,
respondió: "Eso es lo que tú piensas,
oh Abu Sufyan", (I.I. 807-8; W. 794), y el jefe
omeya regresó a la Meca con grandes temores.
El
Profeta comenzó a prepararse para una campaña,
y Abu Bakr preguntó si él también
debía hacer preparativos. El Profeta le dijo
que sí y que iban a ir contra el Quraysh. "¿No
tenemos que esperar a que termine el tiempo de la tregua?",
preguntó Abu Bakr. "Ellos nos han traicionado
y han roto el pacto", le contestó el Profeta,
"y yo ahora les atacaré. Pero guarda en
secreto lo que te he dicho. Deja que uno piense que
el Enviado de Dios se va a Siria, que otro crea que
se va a Thaqif, y un tercero que a Hawazin. ¡Oh
Dios! ¡Quita del Quraysh toda visión de
nosotros y toda noticia nuestra y de nuestro paradero,
para que podamos caer súbitamente sobre ellos
en su tierra!".
En
respuesta a esta plegaria le llegó un mensaje
del Cielo que decía que uno de los Emigrados,
Hatib, se había enterado de algún modo
del secreto y había enviado una carta al Quraysh
advirtiéndole del ataque inminente. Se la había
dado a una mujer de Muzaynah que iba de viaje a la Meca,
y ella la había ocultado en su cabello. El Profeta
envió a Ali y Zubayr tras ella, y al no encontrar
la carta en su equipaje amenazaron con registrarla si
no la sacaba. Ella les dio entonces la carta y se la
llevaron al Profeta, que hizo llamar a su autor. "¿Qué
te ha movido a hacer esto, Hatib?", le pregunto
"Enviado de Dios", respondió, "verdaderamente
soy un creyente en Dios y en Su Enviado. No he cambiado
mi creencia, y ninguna otra cosa ha ocupado su lugar.
Pero yo soy un hombre sin rango entre las gentes de
la Meca, sin parientes influyentes, y quise ganar su
favor para mi hijo y mi familia, que se encuentran entre
ellos." "Enviado de Dios", dijo Omar,
"déjame cortarle la cabeza. Este hombre
es un hipócrita". Pero el Profeta contestó:
"¿Cómo lo sabes tú, Omar?
Quizás Dios ha observado a los hombres de Badr
y ha dicho: 'Haced lo que queráis, porque os
he perdonado'." (I.I.809-10).
El
Profeta envió entonces mensajeros a aquellas
tribus en las que sentía que podía confiar
para recibir ayuda, con requerimientos generales para
que estuviesen presentes en Medina a comienzos del mes
siguiente, que era Ramadán. Los beduinos respondieron
fielmente, y cuando llegó el día señalado
el ejército era el mayor que jamás había
salido de Medina. Ningún musulmán sano
se quedó en casa. Los Emigrados eran setecientos,
con trescientos jinetes; los Ansar eran cuatro mil,
con quinientos caballeros, y las tribus, incluyendo
las que se les unieron por el camino, hicieron que el
numero total casi alcanzase los diez mil hombres. Los
jinetes iban a lomos de camello, conduciendo a sus caballos,
y, salvo unos pocos de los Compañeros más
íntimos, nadie sabía quién era
el enemigo.
Estando
ya casi a mitad de camino se encontraron con Abbas,
Umm Al Fadí y sus hijos. Abbas había decidido
que había llegado el momento para ellos de abandonar
la Meca e irse a vivir a Medina. El Profeta los invitó
a unirse a su expedición y ellos aceptaron, para
alegría de Maymunah, que iba con el Profeta.
También
estaba con el Profeta Umm Salamah, y en una de las siguientes
paradas le dijeron que dos hombres del Quraysh se encontraban
en el campamento y querían hablar con ella. Uno
de ellos era su medio hermano Abdallah, el hijo de su
padre y de Atikah, la tía del Profeta. El otro
era el poeta Abu Sufyan, hijo del tío mayor del
Profeta, Harith, y en su día niño de teta
de Halimah. Llevaba consigo a su hijo pequeño
Yafar. Los dos hombres habían mantenido lazos
bastante estrechos con Muhámmad hasta el comienzo
de la Revelación, volviéndose entonces
contra él. Ahora venían en busca de su
perdón y a pedir a Umm Salamah que intercediese
por ellos. Fue, pues, ella al Profeta y le dijo: "El
hermano de tu esposa, hijo de tu tía, se encuentra
aquí, y también el hijo de tu tío,
que es tu hermano de leche". Pero él respondió:
"Yo no he pedido verlos. En cuanto a mi hermano
-se refería a Abdallah, el hermano de ella- me
dijo en la Meca[i] lo que ya sabes; y por lo que al
hijo de mi tío se refiere, ha traído sobre
mí el deshonor." Abu Sufyan lo había
satirizado en sus poemas. Umm Salamah pidió por
ellos sin conseguir nada, y cuando se lo contó
a los dos, Abu Sufyan dijo: "O me recibe, o cojo
a mi hijo de la mano y me interno con él en el
desierto hasta morir de sed y de hambre. Y tú
-se refería al Profeta- eres el más sufrido
de los hombres, dejando a un lado mi parentesco contigo".
El Profeta se ablandó cuando ella le repitió
esto (W. 811) y aceptó recibirlos en su tienda,
donde ambos pronunciaron su profesión de fe e
hicieron bueno su Islam.
Uno
de esos días, durante la marcha, el Profeta vio
una perra echada junto al camino con una camada de cachorros
recién nacidos a los que alimentaba, y temió
que pudiera ser molestada por algún hombre; le
dijo entonces a Yuayl de Damrah que se quedase vigilando
junto al animal hasta que todos los contingentes hubieran
pasado. (W. 804). Se le seguía llamando Yuayl,
a pesar del nuevo nombre de Amr, que le había
dado el Profeta.
En
Qudayd se unieron al ejército los Bani Sulaym,
una tropa de caballería de novecientos hombres.
"Enviado de Dios", dijo uno de sus portavoces,
"pensáis que somos hipócritas, y
sin embargo somos vuestros tíos maternos"
-se refería a la madre de Hashim, Atikah, que
era una mujer de su tribu- ."Hemos venido, pues,
a ti, para que nos pruebes". "Somos tenaces
en la guerra, valerosos en el encuentro, jinetes firmes
en la silla".
Al
igual que los que habían salido con la fuerza
principal desde Medina, ellos habían traído
también sus estandartes y banderolas desmontadas
y plegadas. Le pidieron entonces al Profeta permiso
para montarlas y dárselas a los hombres que eligieran
de entre ellos; pero aún no había llegado
el momento de ondear banderas ni el Profeta les había
dicho aún hacia dónde se dirigirían.
El
Profeta, al partir, había enviado a un hombre
a proclamar por toda la hueste: "Quien quiera mantener
su ayuno, que lo mantenga, y quien quiera romperlo,
que lo rompa". En Ramadán estaba permitido
romper el ayuno en caso de viaje, siempre que los días
perdidos fuesen recuperados posteriormente.
El
Profeta y muchos otros ayunaron hasta encontrarse a
cierta distancia del territorio sagrado; entonces dio
órdenes de romper el ayuno, y cuando hubieron
acampado en Marr al-Zahran hizo saber que la razón
para la ruptura del ayuno había sido cobrar fuerzas
para el encuentro con el enemigo. Esto hizo que la curiosidad
de algunos hombres llegase al límite. Desde Marr
al-Zahran se podía álcanzar la Meca en
un día largo de marcha, o en dos si el paso era
más llevadero. Pero a la vista de la tregua parecía
improbable que hubieran salido a luchar contra el Quraysh.
Su
campamento también estaba en el camino que conducía
al territorio de las tribus hostiles de Hawazin. ¿O
podría ser que, habiéndose apoderado del
Jardín septentrional de Hiyaz, quisiera el Profeta
ahora conquistar el meridional, la hasta el momento
inexpugnable Taif, el centro de la adoración
de al-Lat?
Viendo
que la pregunta "¿Quién es el enemigo?"
iba de boca en boca entre los hombres de la hueste,
Kaab ibn Malik se ofreció a ir a preguntarle
al Profeta. No se aventuró, sin embargo, a plantear
la cuestión directamente sino que yendo a donde
el Profeta estaba sentado, fuera de su tienda, se arrodilló
ante él y recitó cuatro melodiosos versos
que acababa de componer para la ocasión. Lo esencial
de éstos era que los hombres habían llegado
al punto de desenvainar sus espadas e interrogarse sobre
quiénes serían los enemigos para quienes
sus filos estaban destinados, y que si las espadas pudieran
hablar ellas también plantearían la misma
cuestión. Tan sólo una sonrisa del Profeta
pudo conseguir Kaab como respuesta, y con su único
logro se volvió hacia sus hombres.
El
deseo de conocer su propio punto de destino no era más
que ociosa curiosidad comparado con la impaciencia del
Quraysh y Hawazin por conocer la respuesta a la misma
pregunta. La gran tribu de Hawazin se extendía
principalmente por las laderas del país montañoso
que domina el extremo meridional de la llanura de Nachd.
Taif estaba en una de estas laderas, y fue Thaqil, o
sea, los habitantes de Taif y guardianes de su templo,
quien tomó la iniciativa de enviar un mensaje
urgente a todos sus clanes hermanos de Hawazin, comunicando
que un ejército de diez mil hombres se dirigía
hiacia el sur desde Yathrib, y que tenían que
estar preparados para lo peor. La mayoría de
los clanes respondieron inmediatamente, y se comenzaron
a concentrar tropas en una posición estratégica
al norte de Taif.
En
cuanto al Quraysh, aunque les habría gustado
pensar que Taif estaba en peligro en lugar de la Meca,
eran conscientes de haber roto el pacto. Esto, unido
a la negativa del Profeta a renovarlo, hizo que sus
aprensiones llegaran casi hasta el punto de la desesperación.
El Profeta lo sabía y, para aumentar sus temores,
ordenó a sus hombres separarse y encender cada
uno un fuego una vez que hubiera oscurecido. Desde las
afueras del territorio sagrado pudieron verse entonces
diez mil hogueras de campamento, y rápidamente
llegó a la Meca la noticia de que el ejército
de Muhámmad era mucho mayor de lo que se temía.
Después de una apresurada deliberación,
el Quraysh aceptó la oferta de Abu Sufyan de
salir y hablar con el Profeta.
Con
él fueron Hakim, el sobrino de Jadiya, que había
hecho todo lo posible para impedir la batalla de Badr,
y Budayl de Juzaah, que había ayudado al Profeta
en Hudaybiyah y que hacía poco había acompañado
a algunos de sus hermanos de clan a Medina en relación
con la ruptura del pacto. Al aproximarse al campamento,
cuando ya podían oír el ruido de los camellos,
vieron a un hombre montado en una mula blanca que aparentemente
venía hacia ellos. Se trataba de Abbas, que había
salido sigilosamente del campamento, esperando encontrar
a alguien de camino a la ciudad que pudiese llevar un
mensaje suyo para el Quraysh. Era imperioso, pensaba
él, que enviaran una delegación al Profeta
antes de que fuese demasiado tarde. Después de
reconocerse y saludarse mutuamente, Abbas los llevó
a la tienda del Profeta, y Abu Sufyan dijo: "Muhámmad,
has venido con una extraña variedad de hombres
-unos conocidos y otros desconocidos- contra tus parientes".
Pero el Profeta lo interrumpió: "Eres tú
el transgresor", dijo, "tú rompiste
el pacto de Hudaybiyah e instigaste el ataque contra
los Bani Kaab, profanando así el sagrado recinto
de Dios y Su Santuario". Abu Sufyan intentó
cambiar de tema. "¡Ay!", dijo, "¡ojalá
hubiera dirigido tu cólera y tu estrategia contra
Hawazin! Porque ellos están más lejos
de ti en parentesco y son más acérrimos
enemigos tuyos". "Espero", dijo el Profeta,
"que mi Señor me concederá todo eso
-la victoria sobre la Meca, el triunfo en ella del Islam
y la completa derrota de Hawazin- y que me enriquecerá
con sus bienes como botín y con sus familias
como cautivos". Luego les dijo a los tres hombres:
"Dad testimonio de que no hay dios sino Dios, y
de que yo soy el Enviado de Dios". Hakim y Budayl
hicieron entonces su profesión de fe; Abu Sufyan,
sin embargo, testificó "no hay dios sino
Dios" y luego se calló. Cuando se le dijo
que pronunciase la segunda testificación, contestó:
"¡Muhámmad, aún queda en mi
alma un escrúpulo acerca de esto; dale un plazo!"
El Profeta dijo entonces a su tío que los llevase
a su tienda para pasar la noche. Al alba, al hacerse
la llamada a la plegaria por todo el campamento, Abu
Sufyan se quedó sumamente impresionado por su
sonido. "¿Qué hacen?" preguntó.
"La plegaria", respondió Abbas. "¿Y
con qué frecuencia la hacen?", preguntó.
Y al enterarse de que las plegarias eran cinco, dijo:
"¡Por Dios, es demasiado!" Después
vio a los hombres apelotonándose afanosamente
y dándose empujones para poder ser rociados con
agua de la ablución del Profeta o conseguir algunas
gotas sobrantes, y dijo: "¡Abu Al Fadl, nunca
he visto una soberanía como ésta!"
"¡Maldito seas!", respondió Abbas,
"¡Cree!"" Llévame a él",
pidió entonces Abu Sufyan; y después de
la plegaria Abbas lo llevó de nuevo junto al
Profeta, y dio testimonio ahora de su naturaleza profética,
de que era verdaderamente el Enviado de Dios. Abbas
llevó aparte al Profeta y le dijo: "Enviado
de Dios, bien conoces tú el amor de Abu Sufyan
por el honor y la gloria. Concédele, por tanto,
algún favor". "Lo haré",
le respondió. Y acercándose al jefe omeya,
lo hizo volver al Quraysh para decirles: "Quien
entre en casa de Abu Sufyan estará a salvo, lo
mismo que quien entre en la Mezquita o se encierre en
su casa".
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[i] Ver el final del capítulo XXI, "El Quraysh
hace ofertas y demandas".
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