Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 73
Siria

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Unos tres meses después de su regreso de la Peregrinación Menor, el Profeta envió quince hombres a una de las tribus de las fronteras con Siria para que actuasen como mensajeros del Islam. Sus saludos amistosos, sin embargo, se encontraron con una lluvia de flechas, de forma que se vieron obligados a luchar y, menos uno, todos murieron.

Otro altercado les salió al encuentro, menor en cuanto que supuso una sola muerte, aunque de un grado mayor en importancia política. Un mensajero que se dirigía a Bostra fue interceptado y ejecutado por un jefe de la tribu de Gassan. No podía permitirse que semejante acción quedase impune, a pesar del riesgo de que los gassaníes, que en su mayoría eran cristianos, pudieran persuadir al representante del César para que les enviase ayuda.

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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El Profeta reunió un ejército de tres mil hombres y puso a Zayd a su mando, con instrucciones de que si Zayd resultaba muerto Yafar ocupase su lugar. Abdallah ibn Rawahah fue designado el tercero en orden de precedencia. Si los tres quedasen incapacitados, los hombres deberían seguir a un jefe de su propia elección. El Profeta le dio entonces a Zayd un estandarte blanco, y junto con otros Compañeros acompañó al ejército hasta donde el terreno se eleva hacia el Paso de la Despedida, una abertura entre las colinas, un poco al norte de Uhud.

Abdallah llevaba consigo detrás de la silla a un muchacho huérfano, del que era tutor. Durante el camino, el muchacho le oyó recitar algunos versos que había compuesto, en los que expresaba el deseo de que se le dejase en Siria cuando el ejército regresase a casa. "Cuando oí estos versos, lloré", dijo el muchacho, "y él me dio ligeramente con el látigo y dijo: "¿Qué daño te hace a ti, desgraciado, si Dios me concede el martirio y descanso de este mundo y de sus fatigas y cuidados, de sus penas y sus accidentes, y tú retornas a salvo en la silla?". Después de esto, durante una parada en la noche, hizo una plegaria de dos "raka" seguida de una larga súplica. Luego me llamó y yo dije: "Aquí estoy, a vuestro servicio". "Si Dios quiere", dijo, "tendré el martirio" (W. 759).

Cuando llegó el ejército a la frontera siria se enteraron de que no sólo las tribus del norte habían salido formando una fuerza considerable sino que, además, el representante del César las había reforzado grandemente con tropas imperiales. En total se decía que el ejército enemigo estaba integrado por cien mil hombres. Aun concediendo la posibilidad de una enorme exageración, Zayd decidió, sin embargo, hacer un alto y celebrar un consejo de guerra. La mayoría de los hombres se mostraron favorables al envío inmediato de un mensaje al Profeta para informarle del grave giro de los acontecimientos. Entonces él podría mandarles regresar o enviarles refuerzos. Pero Abdallah habló vigorosamente contra tal proceder. Utilizando el mismo incontestable argumento que había sido usado antes de Uhud, y que utilizarían una y otra vez en el futuro, terminó su parlamento con las palabras: "Tenemos la certeza de que vamos a obtener una de dos cosas buenas, la victoria o el martirio -reunirnos con nuestros hermanos y ser sus compañeros en los jardines del Paraíso-. ¡Al ataque, pues!"

Se impuso la resolución de Abdallah y el ejército prosiguió su avance hacia el norte. Ya no estaban lejos del borde meridional del Mar Muerto, separado de su largo y profundo valle por la cadena de las colinas que se eleva desde sus orillas orientales. Al cabo de unas pocas horas de marcha tuvieron al enemigo a la vista. Cualquiera que fuese el número exacto de la fuerza combinada de árabes y bizantinos, los musulmanes pudieron darse cuenta, al otearlos, de que se encontraban en inferioridad abrumadora, en una escala que hasta entonces jamás habían experimentado. Del mismo modo, ninguno de ellos había sido testigo con anterioridad de un esplendor militar semejante al de los escuadrones imperiales que formaban el centro de la hueste, con los árabes en los flancos. La grandiosidad del Quraysh descendiendo por la colina de Aqanqal en Badr no era nada en comparación con la riqueza de armas y armaduras y de caballos ricamente enjaezados que ahora contemplaban sus ojos. Su llegada, además, había sido anticipada y las legiones estaban listas para ellos, dispuestas en formación de batalla.

Con el deseo de evitar una confrontación inmediata, porque la inclinación del terreno estaba en contra suyo, Zayd dio órdenes de retirarse en dirección sur hacia Mutah, donde estarían en ventaja, y allí consolidaron su posición. El enemigo, consciente de su gran superioridad en número y resuelto a hacer del día una jornada totalmente decisiva, los siguió a Mutah. Al aproximarse, en lugar de retroceder más, como habían esperado, Zayd dio la orden de ataque.

En ese momento el espacio entre Mutah y Medina se comprimió para el Profeta, y vio a Zayd con el estandarte blanco conduciendo a sus hombres a la batalla. Lo vio muchas veces herido de muerte hasta que, finalmente, caía al suelo y Yafar cogía el estandarte y luchaba hasta que también su vida se le escapaba por las heridas. Entonces era Abdallah quien tomaba la enseña y el ataque que dirigía contra el enemigo era rechazado con una vigorosa embestida en la que él también resultaba muerto, y sus hombres se veían forzados a retroceder en desorden. Otro Ansar, Thabit ibn Arqam, se apoderaba entonces de la bandera y los musulmanes se rehacían, entregándosela a continuación a Jalid, quien en un primer momento rehusaba el honor diciendo que Thabit tenía más derecho a ello. "Tómala, hombre", decía Thabit, "no la cogí sino para dártela". Jalid tomaba, pues, el mando y reagrupaba las filas, y el avance enemigo era frenado con tal firmeza que tenía que replegarse lo suficiente para permitir a los musulmanes batirse en una ordenada retirada. Había sido una victoria para el otro bando, pero sin sacar provecho alguno de ella. Los musulmanes, aparte de sus tres jefes, solamente sufrieron cinco bajas. Fue así, en cierto modo, una victoria para Jalid. Y cuando el Profeta les habló a sus Compañeros de la batalla y de las muertes de Zayd, Yafar y Abdallah, dijo: "Entonces una de las espadas de Dios cogió el estandarte, y Dios les franqueó el camino", es decir, a los musulmanes para ponerse a salvo. Es así como Jalid vino a ser llamado "la Espada de Dios".

Mientras el Profeta describía la batalla, las lágrimas le surcaban las mejillas, y cuando llegó la hora de la plegaria la dirigió e inmediatamente se marchó de la Mezquita en lugar de volver el rostro hacia la congregación como solía. Volvió a hacer lo mismo a la puesta del sol y, nuevamente, después de la plegaria de la noche.

Mientras tanto había estado en la casa de Yafar. "¡Asma!", dijo, "tráeme a los hijos de Yafar". Con ciertos temores por la gravedad del rostro del Profeta le trajo a los tres niños. El Profeta los besó, y entonces de nuevo sus ojos se llenaron de lágrimas y lloró. "Enviado de Dios", dijo ella, "más querido para mí que mi padre y mi madre, ¿por qué lloráis? ¿Habéis tenido noticias de Yafar y sus Compañeros?" "Así es", respondió el Profeta. "Hoy la muerte se los ha llevado a su lado". El Profeta regresó a su casa y ordenó que se preparase comida para la familia de Yafar durante los días siguientes. "Su aflicción les ocupa", dijo, "y les impide prestar atención a sus propias necesidades".

Umm Ayman, Usamah y el resto de la familia de Zayd estaban en su casa. Ya les había mostrado su condolencia, y cuando regresaba, la hija pequeña de Zayd salió a la calle llorando, y al ver a Muhámmad corrió hacia sus brazos. Lloró entonces el Profeta desconsoladamente, y mientras estrechaba contra si a la niña, su cuerpo temblaba de sollozos.

Saad ibn Ubadah acertó a pasar por allí en aquel momento, y buscando palabras de consuelo murmuró: "Enviado de Dios, ¿qué es esto?" "Esto", dijo el Profeta, "es uno que ama añorando al amado" (I.S.III/1, 32).

Aquella noche el Profeta tuvo una visión del Paraíso, y vio que Zayd, Yafar, Abdallah y los otros mártires de la batalla estaban allí, y vio a Yafar volando con alas como un ángel. Al alba fue a la Mezquita. Sus Compañeros percibieron que el peso de la pena lo había abandonado, y finalizada la plegaria se volvió como solía hacia la congregación. Luego fue de nuevo a ver a Asma para contarle su visión, y ella quedó muy consolada.

Cuando Jalid y sus hombres regresaron a Medina el Profeta pidió que le trajesen a Duldul, la mula blanca que le había obsequiado el Muqawqis, y poniendo al hijo mayor de Yafar delante de él en la silla se dirigió a su encuentro. Muchos hombres y mujeres se encontraban ya alineados a lo largo del camino, y al paso de las tropas se mofaban de ellos y arrojaban tierra a sus caras. "¡Desertores!", gritaban, "¿Huisteis del combate en el sendero de Dios?". "No", dijo el Profeta, "no son desertores, sino que vuelven de la lucha, si Dios quiere" (W. 765).

El revés de Mutah animó a las tribus árabes del norte a endurecer su resistencia al nuevo estado islámico, y durante el mes siguiente llegaron noticias de que las tribus de Bali y Qudaah se estaban concentrando en número considerable en la frontera de Siria, con la intención de marchar hacia el sur. Pero en esta ocasión no parecía que hubiese posibilidad de refuerzos del César. El Profeta envió a Amr a la cabeza de trescientos hombres con instrucciones de luchar donde fuera necesario y de ganar aliados donde fuera posible. La elección del jefe puede haber estado en parte determinada por los estrechos vínculos de parentesco que Amr tenía con una de las tribus en cuestión, porque su madre era una mujer de Bali. A fuerza de marchas nocturnas y de acampadas en lugares relativamente apartados evitó llamar indebidamente la atención y alcanzó la frontera de Siria al cabo de diez días. El invierno se había adelantado aquel año y, desacostumbrados a estar tan al norte, los hombres de la Meca y Medina se pusieron a recoger leña en cuanto se detuvieron en su última parada. Amr prohibió que se encendiese ni un solo fuego, y las quejas fueron acalladas con las palabras: "Se os ha ordenado que me oigáis y obedezcáis; por lo tanto, hacedlo."

Dándose cuenta rápidamente de que el enemigo era mucho más numeroso de lo que había esperado, y de que había pocas esperanzas, por el momento, de obtener ayuda local, envió a un hombre de Yuhaynah al Profeta para pedirle refuerzos. Abu Ubaydah fue inmediatamente despachado con doscientos hombres más. Como uno de los Compañeros más íntimos, y uno que además había luchado en todas las campañas, esperaba que se le daría precedencia; pero Amr insistió en que los recién llegados eran simplemente una fuerza auxiliar y que el jefe supremo era él. El Profeta le había dicho a Abu Ubaydah que procurase que hubiese una perfecta cooperación y ninguna división entre las dos fuerzas, por lo que el más veterano cedió, diciendo a Amr: "Si tú me desobedeces, por Dios, yo te obedeceré". Cuando el Profeta se enteró de esto, invocó bendiciones sobre Abu Ubaydah.

Amr condujo entonces a sus quinientos hombres a lo largo de la frontera siria, y ante su avance el enemigo se fue dispersando. Tan sólo se produjo un breve intercambio de flechas. En cuanto a lo demás, fue una cuestión de llegar a campamentos abandonados cuyos ocupantes habían huido, y ante la ausencia de los clanes hostiles, los elementos simpatizantes -individuos y grupos- se atrevieron a manifestarse. Amr pudo, pues, afirmar, en una carta dirigida al Profeta, que había restablecido la influencia del Islam en la frontera siria.

Esta influencia estaba creciendo rápidamente entre todas las tribus que rodeaban el oasis de Yathrib. Las razones no eran puramente espirituales: al Profeta se le conocía ahora como un enemigo peligroso y veleidoso y como un poderoso aliado, generoso y fiel; en comparación, otras alianzas comenzaban a parecer menos atractivas y más arriesgadas. En muchos casos los motivos políticos y los religiosos estaban entrelazados de modo inextricable, pero había también un factor, de acción lenta pero poderosa y profunda, que no tenía nada que ver con la política, y que era también en gran medida independiente de los esfuerzos deliberados hechos por los creyentes para difundir el mensaje del Islam. Se trataba de la singular serenidad que caracterizaba a los que practicaban la nueva religión. El Corán el libro de la Unicidad de Dios, era también el Libro de Misericordia y el Libro del Paraíso. La recitación de sus aleyas, combinada con la enseñanza del Enviado, imbuía en los creyentes la certeza de que tenían al alcance, es decir, mediante el cumplimiento de ciertas condiciones que se hallaban dentro de sus capacidades, la satisfacción eterna de todos los deseos posibles. La felicidad resultante era un criterio de fe. El Profeta insistía una y otra vez: "Todo va bien en el creyente, en cualquier circunstancia" (N. XXI, 13).

Mientras tanto, en la misma Siria había tenido lugar un acontecimiento que, al parecer, aún no había llegado a oídos del Profeta, a pesar de que sin duda había sido en parte a causa del éxito de la campaña de Amr. De cualquier manera, permitía explicar por qué las hostiles tribus árabes contra las que habían ido a luchar habían tenido que contar exclusivamente con su propia fuerza, sin ningún refuerzo imperial.

Heraclio había recibido las noticias de la definitiva victoria de su ejército sobre los persas y de la recuperación de la Santa Cruz que éstos se habían llevado de Jerusalén. En aquella época se encontraba en Homs, desde donde hizo la peregrinación a pie a la Ciudad Sagrada en acción de gracias a Dios por la recuperación de todo cuanto había sido perdido. Una noche mientras estaba allí, tuvo un sueño extraordinariamente vívido, por el cual supo a ciencia cierta que los días de la soberanía bizantina sobre Siria y Palestina estaban contados. A la mañana siguiente, quienes lo acompañaban quedaron sorprendidos por la expresión preocupada de su semblante y como respuesta a sus preguntas les dijo: "Esta noche, en una visión contemplé el reino victorioso de un hombre circunciso". Entonces les pregunto acerca de la circuncisión, sobre quiénes la practicaban. Sus generales y los otros oficiales que se encontraban presentes le dijeron que los judíos eran los únicos que se circuncidaban, y estaban intentando persuadirle de tomar medidas contra los judíos cuando hizo su entrada un mensajero del gobernador de Gassan, llevando consigo a un beduino. "Este hombre, ¡oh Rey!", dijo el mensajero, "es de los árabes, un pueblo de ovejas y camellos. Habla él de una maravilla que ha acontecido en su país; ordénale, pues, que te la cuente". Heraclio le dijo a su intérprete que lo interrogase, y él respondió: "Ha aparecido un hombre entre nosotros que afirma ser un profeta. Algunos lo han seguido y le han creído, mientras que otros se han opuesto a él. Ha habido luchas entre unos y otros en muchos lugares. Así estaban las cosas cuando los dejé." Entonces Heraclio les dijo a sus acompañantes que comprobasen si el hombre estaba circuncidado o no, y cuando le dijero que sí hizo la siguiente observación: "Ésta, por Dios, es la visión que tuve, no lo que vosotros decís". A continuación mandó por su jefe de policía y le ordenó que buscasen por todo el país un hombre de la misma tribu del que pretendía ser profeta.

Abu Sufyan, el caudillo de Abdu Shams, no había estado presente en la Meca cuando los musulmanes procedentes de Medina realizaron la Peregrinación Menor, porque había aprovechado el armisticio para ir a Siria con uno o dos mercaderes del Quraysh. Estando comerciando en Gaza, los hombres del emperador dieron con ellos y se los llevaron inmediatamente a Jerusalén. En cuanto fueron llevados ante la presencia real, se les preguntó cuál de ellos tenía un parentesco más próximo con el hombre que pretendía ser profeta. Abu Sufyan respondió que él era de entre ellos su pariente más cercano, en vista de lo cual Heraclio le hizo adelantarse y sentarse delante de él, diciendo a los otros: "Voy a interrogarle; si miente, refutadlo". Cuando se le hizo una pregunta general acerca de su primo hashimí, Abu Sufyan comenzó a minimizarlo y dijo: "No dejes que te produzca ninguna inquietud; su importancia es menor de lo que has oído". Pero el emperador le interrumpió impacientemente con preguntas más concretas, y habiendo recibido en cada cuestión una respuesta precisa resumió su conclusión de la siguiente manera: "Te pregunté sobre su linaje, y tú afirmaste que era puro y de los mejores entre vosotros: y Dios no elige a ningún hombre para profeta salvo al de linaje más noble. Luego te pregunté si alguno de sus parientes había mostrado pretensiones como las suyas, y dijiste que no. Entonces te pregunté si había sido despojado de autoridad de manera que su pretensión tuviera por finalidad recuperarla, y de nuevo tu respuesta fue negativa. A continuación te pregunté sobre sus seguidores, y tú dijiste que eran los débiles, los pobres, los esclavos, jóvenes y mujeres, y ésos han sido en todas las épocas los seguidores de los profetas. Luego te pregunté si alguno de sus seguidores le había abandonado y contestaste que no, que ninguno. Así es la dulzura de la fe: una vez que ha penetrado en el corazón, ya no se marcha. Después te pregunté si era una persona falsa, y tu respuesta fue que no. Ciertamente, si todo lo que me has contado de él es cierto, me vencerá aquí, donde me encuentro ahora, y ojalá que estuviera con él para poder lavarle los pies. Ahora puedes marcharte a tus negocios".

El Profeta había escrito una carta a Heraclio, de contenido similar al de sus cartas a los gobernantes de Persia y Egipto, invitándole al Islam. Y esta carta, que había sido entregada por Dihyah al-Kalbi al gobernador de Bostra, fue remitida a Jerusalén poco después de que Abu Sufyan hubiera convencido, a pesar suyo, al Emperador de que el árabe pretendiente a la profecía era realmente un profeta auténtico. La carta de Medina lo confirmaba, pero para más garantías Heraclio puso por escrito todo lo que había sabido, incluido un relato de su visión, y se lo envió a un hombre de Constantinopla en cuya ciencia y juicio confiaba, y el hombre respondió: "El es el profeta que esperábamos. No hay duda de ello; síguele, pues, y cree en él." Mientras tanto, Heraclio había regresado a Homs, y fue allí donde recibió esta respuesta. Después de leerla, invitó a todos los hombres principales de los bizantinos que se hallaban en aquella ciudad, a reunirse en una sala de su palacio, y dio órdenes de cerrar las puertas con llave. Entonces les dirigió la palabra desde una cámara superior, diciendo: "Romanos si el éxito y la guía recta son vuestro objetivo, y si deseáis que vuestra soberanía se mantenga firme, jurad entonces fidelidad a este Profeta". Todos comprendieron sus palabras, porque tenían conocimiento de la carta del Profeta, y como un solo hombre se dieron la vuelta y se precipitaron hacia las puertas, que en vano trataron de abrir. Al ver su gran rechazo, Heraclio desistió de hacerlos creer como él creía, y llamándolos de nuevo los tranquilizó: "Lo que dije fue solamente para probar la fuerza de vuestra fe, que ahora he visto." Todos se prosternaron ante él, y quedaron reconciliados. Tenía la total certeza de que Siria seria inevitablemente conquistada por los seguidores del Profeta. Aun así, por el momento se sintió obligado a mantener ocultas sus convicciones.


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