Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 72
La Peregrinación Menor y sus consecuencias

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Fueron transcurriendo los meses hasta que casi hubo pasado un año desde la firma del tratado de Hudaybiyah. Ya había llegado el momento de partir para la Meca, según la promesa del Quraysh de que el Profeta y sus Compañeros tendrían acceso seguro al Sagrado Recinto para cumplir el rito de la Peregrinación Menor. Había en total unos dos mil peregrinos, incluidos los peregrinos frustrados del año anterior, salvo unos pocos que o habían muerto o habían perdido la vida en la batalla. Entre los que no habían estado presentes en Hudaybiyah se encontraba Abu Hurayrah, un hombre de los Bani Daws[i]. Había llegado a Medina con otros de su tribu durante la campaña de Jaybar y, careciendo de medios, se había unido a las gentes del banco ("Ahl al-Suffa"). Al abrazar el Islam le había sido cambiado el nombre a Abd al-Rahman, pero siempre fue conocido como Abu Hurayrah, "el hombre gatito" literalmente, "el padre de un gatito" ,porque al igual que el Profeta era muy aficionado a los gatos y a menudo tenía un gatito para jugar con él. Pronto se ganó el favor del Profeta, que en esta ocasión le puso a cargo de algunos de los camellos de sacrificio.

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

Indice

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Cuando se enteraron de que los peregrinos habían alcanzado el límite del territorio sagrado, el Quraysh evacuó la totalidad de la hondonada de la Meca y se retiró a las cimas de las colinas vecinas. Todos los jefes del Quraysh se concentraron en el Monte Abu Qubays, desde donde podían observar la Mezquita. Tenían también una amplia panorámica del campo de los alrededores, y entonces pudieron ver cómo los peregrinos emergían en un a larga fila por el paso noroccidental que conduce al valle que hay bajo la ciudad.

Sus oídos pronto percibieren un confuso murmullo que rápidamente se fue haciendo reconocible como el antiquísimo grito del peregrino: LabbaykAllahumma Labbayk ("Aquí estoy, Señor mio, a Tu servicio").

La larga procesión de hombres con cabezas desnudas y vestidos de blanco iba conducida por el Profeta montado sobre Qaswa, con Abdallah ibn Rawahah a pie, agarrando la brida. En cuanto a los demás, algunos iban a lomo de camello y otros iban a pie. Se dirigieron directamente a la Casa Sagrada por el camino más próximo. Cada hombre llevaba su vestimenta superior como un manto, pero a la entrada de la Mezquita el Profeta se ajustó el suyo, pasándolo por debajo de su brazo derecho, dejando el hombro desnudo y cruzando los dos extremos sobre el hombro izquierdo de modo que quedaron colgando por delante y por detrás. Los demás siguieron su ejemplo. Todavía montado, se dirigió hacia la esquina sudeste de la Kaabah y reverentemente tocó la Piedra Negra con su bastón. Luego hizo los siete circuitos de la Casa, tras de lo cual se retiró al pie de la pequeña colina de Safa, y se desplazó desde ésta hacia la colina de Marwah y viceversa, siete veces en total, terminando en Marwah, a donde habían sido conducidos muchos de los animales de sacrificio. Allí él sacrificó un camello, y Jirash, al igual que había hecho en Hudaybiyah, le afeitó la cabeza. Esto completó el rito de la Peregrinación Menor.

Luego regresó a la Mezquita con la intención de entrar en la Casa Sagrada, a pesar de estar abarrotada de ídolos. Pero las puertas estaban cerradas con llave, y ésta estaba en posesión de un miembro del clan de Abd al-Dar. El Profeta envió a un hombre para pedirla, pero los jefes del Quraysh respondieron que eso no formaba parte de lo acordado, pues la entrada en la Casa no era parte del rito de la Peregrinación. En consecuencia, ninguno de los musulmanes entró aquel año. Cuando el sol hubo alcanzado su cenit, el Profeta le dijo a Bilal que se subiese al tejado de la Kaabah e hiciese la llamada a la plegaria. Su resonante voz llenó todo el valle de la Meca y ascendió a las cimas de las colinas, primero con la magnificación, luego con las dos testificaciones del Islam: "Doy testimonio de que no hay divinidad sino Dios. Doy testimonio de que Muhammad es el Enviado de Dios". Desde Abu Qubays los jefes pudieron distinguir perfectamente a Bilal, y se enfurecieron ante la visión del esclavo negro sobre el tejado de la Casa Sagrada. Pero por encima de todo fueron conscientes de que aquello era un triunfo para el enemigo que podría tener incalculables consecuencias, y lamentaron amargamente el haber firmado el tratado que unos años antes les había parecido que podría serles favorable.

Los peregrinos pasaron tres días en la ciudad evacuada. La tienda del Profeta fue levantada en la Mezquita. Los mequíes que eran musulmanes se aproximaban por las noches, en secreto, desde las colinas, y tuvieron lugar muchos felices encuentros. Abbas, cuyo Islam era tolerado por el Quraysh, pasó abiertamente la mayor parte de los tres días con el Profeta. Fue entonces cuando le ofreció en matrimonio a la hermana de su esposa, Maymunah, entonces viuda, y el Profeta aceptó. Maymunah y Umm al-Fadí eran hermanas carnales, y con ellas, en la familia de Abbas, vivían su medio hermana Salma, la viuda de Hamzah y su hija Umarah. Ali sugirió que no debía dejarse a su prima, la hija de Hamzah, entre los idólatras. El Profeta y Abbas se mostraron de acuerdo, y se decidió que lo más apropiado era que Fatimah llevase a Umarah en su litera.

Cuando los tres días estaban a punto de concluir, Suhayl y Huwaytib descendieron de Abu Qubays y le dijeron al Profeta, que se encontraba sentado con Saad ibn Ubadah y otros de los Ansar: "Tu tiempo ha terminado, márchate de aquí pues". El Profeta respondió: "¿Qué daño os haría darme una prórroga, para poder celebrar mi matrimonio entre vosotros y agasajaros con un banquete?" "No necesitamos tu banquete", dijeron, "márchate de aquí. Solemnemente te lo ordenamos, por Dios, oh Muhámmad, y por el pacto que hay entre nosotros, que abandones nuestra tierra. Esta era la tercera noche, y acaba de pasar". Saad estaba airado por su falta de cortesía, pero el Profeta lo acalló diciendo: "¡Saad, que no haya malas palabras para quienes han venido a visitarnos a nuestro campamento". Entonces dio órdenes de que antes de anochecer todos los peregrinos debían haber abandonado la ciudad. Pero hizo una excepción para su sirviente, Abu Rafí, al cual le dijo que se retrasase para llevarse a Maymunah consigo, lo cual Abu Rau hizo, y el matrimonio fue consumado en Sarif, a unas pocas millas fuera del Recinto Sagrado.

Esta nueva alianza establecía una nueva relación imprevista con el enemigo. Maymunah y Umm al-Fadí y sus medio hermanas Salma y Asma eran todas hijas de la misma madre. Pero Maymunah y Umm al-Fadí tenían otra medio hermana por parte de padre, Asma[ii], viuda del gran Walid de Majzum. Era ella quien le había dado a Jalid, que se había convertido ahora en el sobrino del Profeta en virtud del matrimonio.

Un día, poco después del regreso a Medina, el Profeta fue despertado de una siesta por una discusión algo acalorada. Reconoció las voces de Ali, Zayd y Yafar, y era evidente que los tres reñían. También estaba claro que cuanto más discutían más se alejaban de alcanzar un acuerdo. Abriendo la puerta de la habitación donde se hallaban, los llamó y les preguntó cuál era la causa de su disputa. Exclamaron que se trataba de una cuestión de honor, sobre quién de ellos tenía más derecho a ser el guardián de la hija de Hamzah, la cual desde su llegada de la Meca había estado todo el tiempo en la casa de Ali. "Venid a mí", dijo el Profeta, "y yo juzgaré entre vosotros". Cuando todos estuvieron sentados, se volvió primero a Ali y le preguntó qué es lo que tenía que decir. "Ella es la hija de mi tío", dijo, "y yo soy quien la trajo de la Meca, así pues tengo más derechos sobre ella". Entonces el Profeta se volvió hacia Yafar, que dijo: "Ella es la hija de mi tío, y la hermana de su madre está en mi casa". Su esposa Asma era la tía materna de Umarah. En cuanto a Zayd, se limitó a decir: "Es la hija de mi hermano", porque el Profeta había hecho el pacto de hermandad entre Hamzah y Zayd cuando llegaron a Medina, y Hamzah había hecho un testamento según el cual dejaba a Zayd a cargode sus asuntos. No había duda de que cada uno de los tres estaba convencido de tener el derecho mayor al honor en cuestión. Así pues, antes de emitir su juicio el Profeta pronunció palabras de elogio para cada uno de ellos. Fue entonces cuando le dijo a Yafar: "Te pareces a mí en el aspecto y en el carácter". (I.S. IVIl, 24). Una vez que vio que había hecho a los tres felices, hizo saber su decisión, que fue en favor de Yafar. "Tú eres quien tiene más derecho a ella", dijo, "la hermana de la madre es como una madre". Yafar no dijo nada, pero se puso de pie y dio vueltas alrededor del Profeta con los pasos de un bailarín. "Yafar, ¿qué es esto?", dijo el Profeta, y él respondió: "Es lo que he visto que hacen los abisinios en honor de sus jefes. Si alguna vez el Negus daba a un hombre una buena razón para alegrarse, ese hombre se levantaba y bailaba alrededor de él".

No fue mucho después cuando el Profeta arregló un matrimonio entre Umarah y su propio hijastro y primo de ella, Salamah, cuyo padre, Abu Salamah, era el hijo de Barrah, la hermana de Hamzah. En aquella ocasión el Profeta dijo: "¿He recompensado ahora a Salamah bastante?". Se refería a que estaba en deuda con Salamah por haberle dado a su madre Umm Salamah en matrimonio, y ahora en correspondencia él le había dado una esposa a Salamah.

Los más destacados hombres del Quraysh habían sido testigos de la entrada del Profeta en la Meca. Pero había habido dos excepciones notables:

Jalid y Amr no estuvieron en Abu Qubays ni acamparon tampoco en ninguna de las restantes colinas que dominaban la Meca. Ambos se habían retirado de la ciudad bastante antes de la llegada del Profeta. Sus decisiones de ausentarse habían sido tomadas independientemente, y las razones que a ello les habían impulsado no eran las mismas. Sin embargo, en un punto estaban los dos de acuerdo: que el tratado de Hudaybiyah había sido una gran victoria moral para el Profeta, y que su entrada en la Meca resultaría ser el final de su resistencia a él. Pero la hostilidad de Amr hacia el Islam no había menguado, mientras que Jalid era desde hacía algunos años un hombre que no sabía a qué carta quedarse. Esto no lo había manifestado exteriormente: su valor de guerrero le había impulsado a la primera fila en cada una de las acciones que el Quraysh había hecho frente a Muhámmad. Pero confesaría más tarde que se había marchado de Uhud y del foso con la incómoda sensación de que la batalla había sido inútil y de que el Profeta triunfaría al final. Y cuando el Profeta eludió a su escuadrón de camino a Hudaybiyah, Jalid exclamó: "¡Este hombre está inviolablemente protegido!" Aquélla había sido su última acción contra el Islam. Luego había venido la sorprendente victoria de Jaybar.

Pero también había consideraciones de diferente naturaleza: Casi a pesar suyo, sentía una atracción personal por el Profeta; y por la carta que su hermano menor, Walid, le había escrito antes de morir, había sabido que el Profeta preguntaba a veces por él, y que había dicho: "Si pusiera su formidable vigor del lado del Islam contra los idólatras sería mejor para él, y le daríamos preferencia sobre otros". A esto había añadido su hermano Walid: "¡Mira pues, hermano mío, lo que te has perdido!".

Había, por otra parte, en movimiento una influencia familiar aún más estrecha. La madre de Jalid, Asma, que desde hacía mucho era favorable al Profeta, había profesado el Islam recientemente, y ahora su tía Maymunah se había convertido en esposa del Profeta. Poco después de este matrimonio, Jalid tuvo un sueño en el que tenía la conciencia de hallarse en un país que estaba cerrado por todos lados y que era sumamente estéril. Luego salía de este encierro y penetraba en un país verde y fértil, con pastos que se extendían por todas partes. Se dio cuenta de que esto era una especie de visión y, habiendo adivinado la esencia de su significado, decidió irse a Medina. Pero prefería ir con un compañero. ¿No había nadie más que compartiese su estado de ánimo? Después de Amr, al que no se encontraba, sus compañeros de armas más próximos eran Ikrimah y Safwan. Tanteó a ambos, pero Safwan dijo: "Aunque todos los demás hombres del Quraysh fueran a seguir a Muhámmad, yo nunca lo seguiría." Ikrimah dijo exactamente lo mismo, y Jalid recordó que los padres de ambos habían muerto en Badr, donde Safwan había perdido también un hermano. Con pesar se puso él solo en camino, pero apenas había abandonado su casa cuando se encontró con Uthman, el hijo de Talhah de Abd al-Dar, el hombre que años antes había escoltado cortésmente a Umm Salamah de la Meca a Medina. Uthman era amigo íntimo de Jalid, más que Ikrimah o Safwan, pero la experiencia de Jalid con los otros dos le había hecho reticente, y recordó además que Uthman había perdido a su padre, dos tíos y cuatro hermanos en Uhud. Cabalgaron juntos en silencio durante un rato, y entonces Jalid, repentinamente, decidió hablar, y con una mirada penetrante dijo: "Nuestra condición no es mejor que la de un zorro en su madriguera. Derrama en ella nada más que un balde de agua y tiene que salir fuera." Inmediatamente vio que Uthman había comprendido perfectamente lo que quería decir, y le confió entonces a dónde iba y por qué. Uthman, que gradualmente había estado llegando a la misma decisión, se resolvió entonces a acompañarlo. Jalid accedió gustoso a esperarlo mientras volvía a casa por provisiones y ropas, y a la mañana siguiente temprano los dos juntos se pusieron en camino hacia Medina.

En cuanto a Amr, compartía la opinión de Ikrimah y Safwan acerca del Islam, pero él veía con más claridad que ellos lo precario de la situación y, reuniendo en torno suyo a un grupo de jóvenes, del mismo clan de Sahm y de otros, que lo consideraban como su jefe, los persuadió para que fuesen con él a Abisinia. Señaló que si Muhammad triunfaba en la inevitable e inminente lucha por el poder, tendrían entonces seguro asilo, y si era el Quraysh el triunfador, después de todo, podrían volver a la Meca. "Preferimos estar bajo el Negus que bajo Muhámmad", dijo, y todos asintieron.

Amr era un político astuto y un hombre de gran perseverancia que no se desanimaba con facilidad. A pesar de su completo fracaso en socavar la poderosa impresión que Yafar y sus compañeros habían causado, había puesto su esmero, sin embargo, en apaciguar al Negus en lo que a él concernía y había mantenido asiduas relaciones con él a lo largo de los años, evitando siempre cualquier mención a los refugiados musulmanes. Pero ahora ellos ya habían abandonado el país y se habían ido a Medina, y con ellos se habría ido, así concluía equivocadamente Amr, todo el prejuicio del Negus en favor de la nueva religión. En su primera audiencia su rico presente de cuero fue graciosamente aceptado, y el Negus pareció tan bien dispuesto que Amr decidió ir inmediatamente al grano y pedir asilo. Pero al hacerlo habló despectivamente del Profeta, y esto provocó un súbito y abrumador estallido de cólera real. Amr se quedó totalmente desconcertado: por lo que el Negus decía estaba claro que el mejor modo para él de construirse un futuro en la corte de Abisinia -mucho más que los presentes de cuero- era hacerse seguidor de Muhámmad. Había huido del Islam solamente para encontrar que el Islam se le había adelantado en el mismísimo refugio que había esperado tomar; y ante el fracaso de sus planes su resistencia comenzó a desmoronarse. "Rey, ¿dais testimonio de esto?", preguntó, refiriéndose a la condición profética de Muhámmad. "Doy testimonio de ello ante Dios", respondió el Negus. "Haz lo que te digo, Amr, y siguele. Suya es la Verdad, por Dios, y triunfará sobre cualquier opinión que se le contraponga, como Moisés triunfó sobre el Faraón y sus huestes" (W.743).

La historia no ha registrado los nombres de los compañeros de Amr, ni qué decidieron hacer. Sí consta que Amr tomó un barco que lo llevó a un puerto de la costa yemení. Allí compró un camello y provisiones y se encaminó hacia el norte. Cuando llegó a Haddah, una de las primeras paradas en la ruta costera de la Meca a Medina, se encontró con Jalid y Uthman e hicieron juntos el resto del viaje.

En Medina fueron recibidos con gran alegría, y Jalid dijo del Profeta "Su rostro resplandecía de luz cuando me devolvió mi saludo de Paz." Él fue el primero en prestar fidelidad. "Doy testimonio de que no hay mas divinidad sino Dios, y que tú eres su Enviado." "Alabado sea Dios, que te ha guiado", dijo el Profeta. "Siempre vi en ti una inteligencia que esperaba que te llevaría finalmente al bien". "Enviado de Dios", dijo Jalid, "tú viste, ciertamente, todos esos campos de batalla en los que tomé parte contra ti en obstinada resistencia a la verdad. Pide por lo tanto a Dios para que quiera perdonármelos." "El Islam cortó con todo lo anterior", dijo el Profeta. "¿Incluso con todo eso?", insistió Jalid, con la conciencia aún visiblemente perturbada, y el Profeta pidió: "¡Oh Dios, perdona a Jalid por todas sus obstrucciones del camino hacia Tu vía!" (W. 741-9). A continuación Uthman y Amr prestaron su fidelidad. Amr diría más tarde que había sido completamente incapaz de levantar sus ojos hacia el rostro del Profeta; tal fue el respeto que sintió por él entonces.

El primo de Omar, Hisham[iii], hermano de Amr, había escapado de la Meca a Medina poco después de la batalla del Foso. Desde entonces se le había unido su sobrino Abdallah, hijo de Amr. Abdallah era un joven de dieciséis años profundamente devoto y muy dado al ayuno. También daba prometedoras muestras de ser uno de los Compañeros más instruidos, y recordaba de memoria muchos de los dichos del Profeta, el cual le dio permiso para ponerlos por escrito. Tanto Abdallah como Hisham habían pedido para que Amr se hiciera musulmán, y su reunión con ellos en Medina fue motivo de gran regocijo para los tres.

Otros dos acontecimientos que en estos meses causaron alegría fueron las conversiones de Aqil, el hermano de Yafar y Ali, y de Yubayr, el hijo de Mutim. La fe que había arraigado en el corazón de Yubayr cuando acudió a pagar el rescate por algunos de los cautivos de Badr había alcanzado ahora un crecimiento que no podía ser rechazado. Cuando fue Aqil a jurarle fidelidad al Profeta, éste le dijo: "Te amo con dos amores, por tu cercano parentesco a mí y por el amor que siempre vi en mi tío por ti." (I.S. IV/2, 30).

La primera mitad de este mismo año de alegrías, el año octavo después de la Hégira, fue también un tiempo de aflicción y duelo. La primera de las muertes en la casa del Profeta fue la de su hija Zaynab. Estuvo con ella en el momento último y dirigió palabras de consuelo a su yerno y a su nietecita. Luego dio instrucciones a Umm Ayman, así como a Sawdah y a Umm Salamah, para que preparasen el cuerpo para el entierro. Una vez hechas las abluciones, el Profeta se quitó una prenda interior que llevaba y les dijo que la cubriesen con ella antes de amortajarla. Después dirigió la oración funeraria y pidió junto a su tumba.

Jadiyah era la única de sus esposas que le había dado hijos. Las gentes de Medina anhelaban que al Profeta le naciese un hijo en su ciudad. Solamente dos de las esposas que entonces tenía -Umm Salamah y Umm Habibah- habían dado hijos a sus primeros maridos. Pero a cada matrimonio los medineses albergaban nuevas esperanzas, que poco a poco se desvanecían, ya que ninguna de las últimas esposas estaba destinada a ser la madre de un hijo del Profeta. Sin embargo ahora, tras la muerte de su hija mayor, pareció que de nuevo iba a ser padre. Mariyah, su esclava copta, esperaba un hijo. Ella era el centro de atención de las gentes de Medina, que conocían bien el afecto del Profeta por ella y que buscaban complacerle mostrándose amables con ella y colmándola de unas atenciones ahora redobladas.

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[i] Véase el final del capítulo 18, "El Quraysh toma medidas".
[ii] Aunque se transcribe con las mismas letras latinas, aparte de los signos diacríticos, comenzando con ayn y sad, difiere considerablemente en sonido de Asma que comienza con alif y sin.
[iii] Véase el final del capítulo 35, "Muchas emigraciones".


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