Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 71
Después de Jaybar

--------------------------------------------------------------------------------

La campaña de Jaybar fue seguida por seis expediciones relativamente pequeñas, dos de las cuales, bajo Omar y Abu Bakr respectivamente, fueron contra los clanes hostiles de la tribu de Hawazin, cuyo territorio obstaculizaba el principal acceso al Yemen. Las otras fueron hacia el este y el norte, contra los clanes de Gatafan. Dos de éstas fueron contra los Bani Murrah, cuyo territorio lindaba con el oasis de Fadak, que ahora pertenecía al Profeta. Reducidos a ser sus inquilinos, los judíos de Fadak requerían protección contra los beduinos; pero la fuerza de estos merodeadores fue subestimada en Medina, de forma que solamente enviaron treinta hombres en la primera expedición, de los cuales murieron casi todos. El Profeta mandó inmediatamente una segunda fuerza de doscientos, y se puso en fuga al enemigo con considerable pérdida de vidas. También hicieron cautivos, y tomaron camellos y ovejas.

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

Indice

Inicio Libros
Inicio Sufismo
 
 

A Usamah, de diecisiete años, le fue permitido participar en esta expedición. Había estado en el ejército detrás del foso, pero ésta era su primera campaña en toda regla. Durante el enfrentamiento un hombre de Murrah se burló de él por su juventud. Pronto tuvo razones para lamentarlo. Ya de por sí resuelto a mostrar sus bríos, Usamah, provocado entonces hasta la furia, persiguió al hombre internándose en el desierto a pesar de las órdenes que se habían dado antes de la batalla de que todos tenían que mantenerse juntos. Finalmente, alcanzó al hombre y lo hirió. El murrí gritó entonces: "la ilaha illa Allah". Pero a pesar de su testificación de Islam, Usamah le asestó el golpe de muerte.

El jefe de la expedición era Galib ibn Abdallah[i],y uno de sus primeros pensamientos después de la batalla fue: "¿Dónde está Usamah?". Él y todos los hombres de la tropa conocían el gran amor del Profeta por el hijo de Zayd; y a pesar de la victoria, cuando Usamah regresó, una hora después del crepúsculo, el campamento estaba sumamente alterado. Galib le riñó enérgicamente. "Fui tras un hombre que se estaba mofando de mi", explicó el joven, "y cuando lo alcancé y le hundí el arma en la carne dijo la ilaha illa Allah." "¿Y entonces enfundaste tu espada?", preguntó Galib. "No", respondió Usamah, "no hasta que le hube hecho beber el trago de la muerte". Al decir esto la totalidad del campamento tronó en insultos, y él ocultó la cabeza bajo sus manos, abrumado de vergüenza. Durante la marcha de vuelta fue incapaz de probar bocado. Había habido una Revelación, que los más entrados en años conocían bien, en relación con uno o dos casos en los que estando un creyente a punto de dar muerte a un infiel éste había profesado el Islam en ese momento, y el creyente, exasperado por la idea de perder el botín de las armas y armadura que ya creía suyo, había dicho: "tú no eres un creyente", y lo había matado. En el caso de Usamah el motivo había sido el honor y no el botín, pero el principio era el mismo. La aleya revelada decía: "¡oh vosotros que creéis!, cuando combatáis en el camino de Dios discriminad, y no digáis a quien os ofrezca un saludo: 'Tú no eres un creyente', buscando los bienes de la vida de este mundo, porque con Dios hay ganancias abundantes. Vosotros también erais antes así, pero Dios hizo descender Su Gracia sobre vosotros. Así pues, discriminad. Ciertamente Dios esta informado de lo que hacéis" (IV, 94).

En cuanto llegaron a Medina, Usamah fue a ver al Profeta, que lo abrazó afectuosamente. Luego dijo: "Ahora háblame de tu campaña". Usamah le contó entonces todo cuanto había sucedido desde la partida, y cuando llegó al punto de la muerte del hombre el Profeta dijo: "¿Lo mataste, Usamah, una vez que había dicho la ilaha illa Allah?" "¡Enviado de Dios!", respondió, "no lo dijo sino para escapar de la muerte". "Así pues", dijo el Profeta, "¡le abriste el corazón para saber si decía la verdad o si mentía!" "Nunca más mataré a un hombre que diga la ilaha illa Allah", dijo Usamah, quien en años posteriores comentaría: "Ojalá que hubiese entrado en el Islam aquel día" (X 725). Porque el Profeta había afirmado que la entrada en la religión borra la culpa de todos los pecados pasados.

Después de su regreso de Jaybar el Profeta permaneció en Medina durante nueve meses. A pesar de las campañas menores, la tregua en el sur y la victoria en el norte hicieron de estos meses un tiempo de relativa paz y prosperidad, aunque la riqueza conquistada en el Jardín de Hiyaz dio también origen a ciertos problemas.

Omar acudió una mañana a la casa del Enviado, y cuando se aproximaba oyó el sonido de voces femeninas elevadas a un tono que consideró impropio en presencia del Profeta. Las mujeres eran además del Quraysh, es decir, de los Emigrados, lo cual confirmaba su opinión de que estaban aprendiendo malas costumbres de las mujeres de Medina, las cuales durante generaciones habían sido menos comedidas y más agresivas qué las de la Meca. El Profeta odiaba negar una petición, como bien sabían, y entonces estaban pidiendo con cierta insistencia que les diese varios vestidos que le habían correspondido como parte de su quinto del botín de la guerra. Había una cortina desplegada a lo largo de parte de la habitación, y cuando se escuchó la voz de Omar pidiendo permiso para entrar se produjo al instante un silencio total y las mujeres se ocultaron detrás de la cortina con tal velocidad que al entrar Omar tan sólo halló al Profeta incapaz de hablar por la risa. "¡Que Dios llene tu vida de risas, oh Enviado de Dios¡" dijo. "¡Fue maravilloso" -contestó el Profeta- "la rapidez con que estas mujeres que ahora mismo estaban conmigo se fueron detrás de la cortina al oír tu voz" " Es más bien vuestro derecho, y no mío, el que vos les impongáis respeto, y no yo.", dijo Omar. A continuación, dirigiéndose a las mujeres dijo: "¡Enemigas de vosotras mismas! ¿Me teméis a mi y no teméis al Enviado de Dios?" "Así es", dijeron ellas, "porque tú eres más severo y más brusco que él." "Es cierto, hijo de Jattab", dijo el Profeta, que añadió: "Por Aquél en cuyas manos está mi alma, si Satanás supiese que tú estabas viajando por un determinado sendero, escogería para sí otro distinto del tuyo" (B. LXII, 6).

Las riquezas recién conquistadas y el consiguiente alivio de la situación animó incluso a Umm Ayman a pedir al Profeta un favor. Desde hacia tiempo sentía la necesidad de un camello propio, y ahora fue al Profeta y le pidió que le diese una montura. La miró seriamente, y dijo: "Te montare en el hijo de un camello" "¡Enviado de Dios!", exclamó la mujer, pensando que se refería a una cría, "eso no es apropiado para mí. No lo quiero. No te montaré", dijo el Profeta, "sino en el hijo de un camello" (I.S. VIII, 163) Y así prosiguió la discusión hasta que una sonrisa en la cara del Profeta le hizo darse cuenta de que estaba bromeando con ella y que todo camello es por fuerza el hijo de un camello.

Otro día, sin embargo, Omar encontró al Profeta de peor humor, con la cabeza descansando en su mano apoyada contra la mejilla. "¡Omar!", dijo, "me piden lo que no tengo". De camino a Jaybar, hablando del aumento de riquezas que la prometida victoria traería a Medina, había dicho: "No será bueno para vosotros". Fue tal como había dicho, y esto se aplicaba tanto a su propia casa como a otras. Hasta entonces el Profeta y su familia habían llevado una vida de total frugalidad. Aishah dijo que antes de Jaybar no había sabido lo que era comer dátiles hasta quedarse satisfecha. Era tal la pobreza de sus miembros siempre en aumento que las esposas del Profeta sólo le habían pedido lo que necesitaban, y a veces ni tan siquiera eso. Las cosas de las que podía prescindir eran dadas, o si no vendidas, para poder gastar el dinero en caridad. Pero el Profeta tenía ahora que dar obsequios a sus esposas, y ellas por su parte no fueron lentas en aprender a pedir más, lo cual a veces creaba problemas, porque la equidad exigía que lo que se daba a una tenía que darse a todas.

Al mismo tiempo comenzaron a aprovecharse de su tolerancia de otras maneras. Un día Omar censuró a su esposa por algo y ella le respondió bruscamente; cuando él la reconvino replicó ella que las mujeres del Profeta tenían la costumbre de responderle, y que entonces por qué no podía ella hacer lo mismo. "Y hay una de ellas", añadió, refiriéndose a su hija, "que le dice lo que piensa con todo desenfado desde que sale el sol hasta que se pone". Muy molesto, fue Omar a ver a Hafsah, que no negó la veracidad de lo que había dicho su madre. "Tú no tienes ni la gracia de Aishah ni la belleza de Zaynab", le dijo su padre, esperando eliminarle su confianza en sí misma; y cuando estas palabras parecieron no surtir efecto, añadió: "¿Estás tan segura de que si provocas la ira del Profeta Dios no te destruirá en Su ira?" (I.S. VIII, 131). Luego se fue a ver a su prima Umm Salamah, y dijo: "¿Es cierto que le habláis con franqueza al Enviado de Dios y le respondéis sin respeto?" "Por todas las maravillas", dijo Umm Salamah, "¿qué derecho tienes a interponerte entre el Enviado de Dios y sus esposas? Sí, por Dios, nosotras le hablamos con franqueza, y si él nos permite que lo hagamos es asunto suyo, y si nos lo prohíbe nos hallará más obedientes a él de lo que somos a ti". (I.S. VIII, 137). Omar sintió que había ido demasiado lejos, y que la reprensión era justa; pero no podía caber duda de que no todo iba bien en la casa del Profeta.

La reparación relativamente repentina que entonces se produjo fue debida a un acontecimiento totalmente inesperado. La carta del Profeta al Muqawqis, invitándole al Islam, fue respondida con evasivas, pero junto con la respuesta el gobernante de Egipto envió un rico presente de mil medidas de oro, veinte túnicas de fina tela, un mulo, una asna y una corona como obsequio y dos jóvenes esclavas coptas escoltadas por un eunuco mayor. Las muchachas eran hermanas, Mariyah y Sirin, y ambas eran hermosas, pero Mariyah lo era de forma excepcional, y el Profeta se quedó maravillado por su belleza. Le dio Sirin a Hassan ibn Thabit, y alojó a Mariyah en la vecina casa donde Safiyyah había vivido antes de que fuese construida su estancia junto a la Mezquita. Allí el Profeta la visitaba noche y día. Las esposas se pusieron tan celosas que ella se sintió infeliz, y entonces el Profeta la hospedó en Medina Alta. Aishah y las demás se sintieron aliviadas en un principio, pero pronto descubrieron que no habían ganado nada; el Profeta de ninguna manera había disminuido sus visitas a Mariyah, y la distancia existente significaba que sus ausencias eran incluso más prolongadas que antes.

Sabían bien que él estaba plenamente en su derecho -derecho que había sido reconocido desde tiempos de Abraham, y aun antes-. ¿No descendían todas salvo Safiyyah, de la unión de Abraham con la esclava Agar? Además la ley revelada por Moisés había corroborado tales derechos, y el Corán mismo permitía a un amo tomar a su esclava como concubina a condición de que ella consintiera libremente. Pero las esposas también sabían que el Profeta era sumamente sensible, y procuraron que su vida doméstica resultara afectada entonces por sus reacciones deliberadamente francas. En particular, Hafsah daba expresión a tales sentimientos que el Profeta, finalmente, fue inducido a jurar que no volvería a ver a Mariyah, y Aishah fue cómplice de Hafsah en esta ocasión.

La Revelación que se produjo entonces se conoce como la Azora de la Prohibición, porque se abre con una censura al Profeta por haber proscrito a Mariyah de su vida: "¡oh Profeta! ¿Por qué para ganar a tus esposas prohibes lo que Dios te ha declarado licito?" (LXVI, 1). Luego, después de absolverle formalmente de su juramento, se dirige a Hafsah y Aishah, aunque sin nombrarlas: "Si os volvéis las dos arrepentidas hacia Dios es porque verdaderamente vuestros corazones se inclinan a ello. Pero si os ayudáis la una a la otra contra él, entonces ciertamente Dios mismo es su Protector y Gabriel y los creyentes virtuosos -e incluso los Ángeles- lo ayudarán" (LXVI, 4). La siguiente aleya se dirige a todas las esposas: "Es posible que si él os repudia, su Señor le dé esposas, en vuestro lugar, mejores que vosotras, sometidas a Dios, creyentes, piadosas, penitentes, inclinadas al servicio divino y al ayuno, viudas o doncellas" (LXVI, 5).

La Azora concluye con ejemplos de la historia sagrada de dos malas mujeres y de dos mujeres que llegaron a la perfección:

"Dios pone como ejemplo para los incrédulos a la mujer de Noé y a la mujer de Lot. Las dos estuvieron bajo la autoridad de dos hombres virtuosos de entre nuestros siervos, hombres a quienes ellas traicionaron; y sin embargo su traición no les sirvió de nada frente a Dios. Y se les dijo a ambas: '¡Entrad en el fuego con los demás que entran!' y Dios pone como ejemplo para los creyentes a la mujer de Faraón, cuando dijo: '¡Señor mío, constrúyeme junto a Ti una morada en el Paraíso y sálvame de Faraón y de sus obras y sálvame de las gentes inicuas!'; y María, la hija de Imran, quien conservó la virginidad de su matriz y en ella infundimos de Nuestro Espíritu. Dio testimonio de la verdad de las palabras de su Señor y Sus escrituras, y fue de las piadosas'." (LXVI, 10-12).

Cuando el Profeta hubo recitado esta Revelación a sus esposas las dejó que meditasen sobre ello, y se retiró a una galería techada que era la única habitación que él poseía, aparte de las estancias de las esposas. Por toda Medina se difundió la noticia de que había divorciado a sus esposas, y llegó a oídos de Omar aquella noche. Al alba fue como solía a la Mezquita, pero nada más terminar la plegaria, antes de que Omar pudiera dirigirse a él, el Profeta se retiró a su porche. Omar acudió a Hafsah y la encontró llorando. "¿Por qué lloras?", preguntó, añadiendo antes de que ella pudiera responder: "¿No te dije que esto sucedería? ¿Te ha divorciado el Enviado de Dios?" "No lo sé", dijo ella, "pero él está allí, recluido en esa galería". Se accedía a la galería desde la Mezquita, a la cual Omar regresó entonces. Se encontraban reunidos un grupo de hombres, sentados alrededor del almimbar. Algunos estaban llorando. Omar se sentó con ellos un rato y luego, incapaz de soportar sus sentimientos, se dirigió a la puerta de la galería, donde se hallaba un muchacho negro abisinio, servidor del Profeta. "Pídele permiso para que Omar entre", le dijo al chico, que entró y salió al cabo d e un momento, diciendo: "Te mencioné a él, pero se quedó callado". Omar se volvió a donde había estado sentado. Luego nuevamente acudió a preguntar si podía entrar, y otra vez se le dijo que el Profeta no había respondido. Esto sucedió todavía una tercera vez; pero justo en el momento en que se daba la vuelta para marcharse, el muchacho le gritó que el Profeta había dicho que podía pasar. Omar entró y lo encontró tumbado sobre una estenrilla de junco. Su espalda, que estaba parcialmente desnuda, mostraba con claridad las marcas de la estera donde había hecho presión contra su piel. Un cojín de cuero relleno de fibra de palma estaba a su lado, y sobre él se apoyaba. Sus ojos estaban abatidos y no miró a Omar cuando éste entró. "¡Enviado de Dios!", dijo Omar, "¿Has divorciado a tus esposas?" El Profeta alzó su mirada hasta la de Omar. "No, no lo he hecho", dijo. "¡Allahu Akbar!" exclamó Omar con una voz que pudo oírse en las casas vecinas. Umm Salamah contaría después: "Yo estaba llorando, y cuando alguien se me acercaba, me preguntaba: '¿Te ha divorciado el Enviado de Dios?' y yo respondía: 'Por Dios, no lo sé'." Esto continuó así hasta que Omar entró a ver al Profeta. Oímos su magnificación -estábamos todas en nuestras estancias- y supimos que el Enviado de Dios había respondido "No" a su pregunta. "De hecho, no había nada más que una pregunta en la mente de todos, y estaban seguros de que Omar estaría especialmente preocupado por el asunto a causa de su hija".

"Yo permanecí allí", dijo Omar, "conjeturando cuál sería el estado del Enviado de Dios, y dije: 'Nosotros, hombres del Quraysh, solíamos dominar a nuestras mujeres, pero cuando vinimos a Medina vinimos a un pueblo cuyas esposas les dominan a ellos'." Omar percibió que un esbozo de sonrisa cruzaba el rostro del Profeta. Por lo tanto, prosiguió contándole lo que le había dicho anteriormente a Hafsah a modo de advertencia, y de nuevo el Profeta sonrió, en vista de lo cual se aventuró a sentarse. Una vez más quedó impresionado por la desnudez de la habitación -una esterilla sobre el suelo, tres cojines de cuero y nada más-. Sugirió que el Profeta debía permitirse más lujos, y a modo de contraste mencionó a los griegos y a los persas, pero fue interrumpido con las palabras: "¿Tienes alguna duda, hijo de Jattab? Sus cosas buenas les han sido adelantadas en esta vida terrenal."

Era el tiempo de la luna nueva, y el Profeta hizo saber a sus esposas que no deseaba verlas hasta que el mes hubiese pasado. Cuando la luna hubo menguado completamente, fue en primer lugar a la estancia de Aishah. Encantada de verlo, aunque sorprendida, le dijo: "No han pasado sino veintinueve noches" "¿Cómo lo sabes?", preguntó el Profeta, y ella respondió: "Las he estado contando. ¡Cómo las he contado!" "Pero este mes era de veintinueve", dijo él. Aishah había olvidado que a veces un mes lunar tiene veintinueve días en vez de treinta. Entonces él le contó otra Revelación que había recibido y que le obligaba a plantearle una elección entre dos posibilidades. Dijo que había pedido a su padre que le ayudase aconsejándola en este asunto. "No", dijo Aishah, "nadie te ayudará respecto a mí. Pero dime de qué se trata, Enviado de Dios". Muhámmad respondió diciendo: "Dios te plantea esta elección", y entonces recitó las aleyas recién reveladas: "¡oh Profeta! Di a tus esposas: Si deseáis la vida de este mundo y sus adornos, venid entonces, que yo os daré de sus bienes y os dejaré partir decorosamente. Pero si deseáis a Dios y Su Enviado y la morada del Más Allá, entonces ciertamente Dios ha preparado una inmensa recompensa para aquéllas de vosotras que hacen el bien" (XXXIII, 28-29). Aishah dijo: "Verdaderamente yo deseo a Dios, a Su Enviado y la Morada del Más Allá". Y no hubo ninguna de sus esposas que no dijera lo mismo.

--------------------------------------------------------------------------------
[i] De los Bani Latí, un clan de Kinanah.


siguiente