Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 69
Jaybar

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La tregua con la Meca hizo posible concentrarse en 105 peligros que ¡ amenazaban por el norte. El mayor de éstos era la ciudad de Jaybar ocupada por judíos que en su mayor parte eran hostiles hacia el Islam. El hechicero Labid había sido sobornado casi con toda seguridad por ellos, aunque pudo haber sido la obra de un solo individuo. Pero existían razones mucho más evidentes y generales para tomar medidas contra los Bani Nadir exiliados y sus parientes jaybaríes. No es que fuese probable que fueran a invadir Medina. Salvo uno o dos hombres, no habían tomado parte directamente en la campaña del Foso, pero eran ellos quienes en todo momento habían animado al Quraysh a atacar, y era su influencia la que había inducido a sus aliados de Gatafan a alinearse junto al Quraysh en aquella ocasión. También se debía en gran medida a ellos el que Gatafan aún se mantuviera virtualmente en guerra con el oasis. Medina nunca podría conocer una paz plena mientras Jaybar siguiera como estaba.

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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Desde hacía tiempo estaba claro que había que hacer algo, tarde o temprano, en aquella dirección, y ahora había llegado el momento, porque el Profeta estaba seguro de que la victoria cercana prometida en la reciente Revelación -una victoria que además sería rica en botín- no podía ser otra que la conquista de Jaybar. Sin embargo, no habría de ser compartida por todos los que profesaban el Islam. La Revelación dejaba claro que los beduinos que no habían respondido a sus llamadas para hacer la Peregrinación Menor se habían movido principalmente por motivos mercenarios. Puesto que en la Peregrinación no había esperanzas de botín, no merecía la pena esforzarse. Por lo tanto, no tenía que dejárseles tomar parte en la conquista de lo que era, sin duda, una de las comunidades más ricas de toda Arabia.

Esto significaba partir con una fuerza menor, aunque tenía la ventaja de que sus planes podían ser mantenidos en secreto hasta el último momento. Pero incluso cuando el proyecto se hizo conocido, pasó de boca en boca más como una chanza que como un hecho. La fuerza inexpugnable de Jaybar era casi proverbial. El Quraysh y otros enemigos del Islam esperaban que la noticia fuese cierta, porque así Muhámmad recibiría por fin una derrota contundente: pero se temían que no fuese cierta, porque sabían que no era un loco. En cuanto a los hombres de Jaybar, su confianza era tal que se negaban a creerlo. Ni siquiera se molestaron en pedir ayuda a sus aliados hasta que llegaron noticias fidedignas de Medina que decían que Muhámmad estaba a punto de ponerse en marcha. Sólo entonces Kinanah, su jefe virtual, realizó una rápida visita a Gatafan, ofreciéndole la mitad de la cosecha de dátiles de aquel año si les enviaban refuerzos. Aceptaron hacerlo y prometieron una fuerza de cuatro mil hombres. Los judíos de Jaybar tenían la costumbre de ponerse sus armaduras todos los días y poner en fila a la totalidad de sus combatientes, diez mil en total. La ayuda de Gatafan aumentaría la cifra hasta catorce mil, y según las noticias de Medina el ejército invasor contaba con mil seiscientos hombres solamente.

Antes de que el Profeta partiese acudió a él un hombre de Aws, llamado Abu Abs, con un problema. Poseía un camello para montar, pero sus ropas estaban hechas andrajos, no tenía medios para procurarse provisiones que llevar durante la marcha, ni tampoco nada que dejar para el mantenimiento de su familia, y mucho menos para comprarse una nueva túnica. No era él el único que se encontraba en esta situación, aun siendo un caso extremo. Los gastos ocasionados por la Peregrinación habían sido excesivos, y todo lo que hasta entonces se había ganado mediante botín resultaba escaso frente al creciente número de conversos desheredados que llegaban a Medina de todas direcciones. El Profeta le dio a Abu Abs un fino manto, todo lo que en aquel momento podía conseguir, pero durante la marcha, uno o dos días después, advirtió que llevaba puesto un manto mucho más pobre, y le preguntó: "¿Dónde está el manto que te di?" "Lo vendí por ocho dirhems", dijo Abu Abs. "Luego compré dos dirhems de dátiles como provisión para mí, dejé dos dirhems para que mi familia viva de ellos, y con los otros cuatro compré un manto". El Profeta se rió y dijo: "¡Padre de Abs! tú y tus compañeros sois verdaderamente pobres. ¡Pero por Aquél en cuyas manos está mi alma!, si os mantenéis incólumes y vivís siquiera un poco mas, tendréis abundancia de provisiones y dejaréis abundantemente para vuestras familias. ¡Tendréis cantidad de dirhems y de esclavos, y esto no será bueno para vosotros!" (W. 636).

En un punto de la marcha, entre dos lugares de acampada, el Profeta detuvo su ejército y llamó a un hombre de Aslam, conocido como Ibn al-Akwa, que poseía una hermosa voz. "Desmonta", dijo, "y cántanos uno de tus cantos de camellero". Los beduinos cantaban a sus camellos cuando iban de un sitio para otro. Cantaban poemas con viejas melodías, monótonas, obsesivas y lastimeras, y con las cadencias melancólicamente serenas de una de éstas, Ibn al-Akwa cantó entonces unas palabras que el Profeta les había enseñado mientras cavaban el foso:

"Dios, si no es por Ti nunca habríamos sido guiados,

jamás habríamos dado limosna, ni hecho Tu plegaria".

Así comenzaba, y cuando hubo terminado le dijo el Profeta: "Dios tenga misericordia de ti", ante lo cual protestó Omar: "Lo habéis hecho inevitable, Enviado de Dios. ¡Podías habernos dejado disfrutar de él más tiempo!", queriendo decir, como sabían todos, que el Profeta acababa de predecir su próximo martirio porque por experiencia conocían que cuando invocaba la Misericordia de Dios sobre alguien, a esa persona, probablemente, le quedaba poco tiempo de vida.

Al cabo de dos días y medio se encontraban a una sola tarde de marcha de su meta. Era entonces importante tomar una posición que les interpusiera como barrera entre Jaybar y sus aliados de Gatafan. Con este objetivo a la vista, el Profeta pidió un guía, y durante la noche llegaron a un espacio abierto delante de las murallas. Era muy oscuro, porque la joven luna creciente ya se había puesto, y su aproximación fue tan silenciosa que nadie se agitó en la ciudad y ningún ave o animal doméstico dio la alerta. Tan sólo al amanecer se rompió el silencio. La llamada a la plegaria se hizo muy bajo aquella madrugada en el campamento de los musulmanes, y efectuada la plegaria contemplaron en silencio delante de ellos este "jardín del Hiyaz" que la luz en aumento les fue revelando gradualmente a medida que las fortalezas comenzaron a surgir por encima de los ricos palmares y campos de trigo. El sol salió, y cuando los trabajadores del campo salieron con sus palas, con sus azadones y sus espuertas se quedaron pasmados al encontrarse cara a cara con un torvo y silencioso ejército. "¡Muhámmad y su hueste!", gritaron, y se volvieron despavoridos hacia sus bastiones. "¡Allahu Akbar!", dijo el Profeta, y añadió, haciendo un jubiloso juego de palabras con las letras del nombre: "¡Jaribat Jaybar!" (¡Jaybar está aniquilado!). Entonces selló solemnemente su derrota recitando la aleya que habla del castigo de Dios: "Cuando descienda delante de sus moradas, mala será la mañana para quienes han sido amonestados" (XXXVII, 177). Pero en lugar de decir Descienda dijo Descendamos.

Los judíos celebraron un apresurado consejo de guerra, pero a pesar de las advertencias de uno de sus jefes, decidieron confiar en sus almenas. No había comparación posible, decían, entre las fortalezas de Yathrib y sus propias ciudadelas, que se erguían como montañas. Esta decisión de luchar en grupos separados estuvo en gran medida basada en su principal debilidad, que era su falta de unidad. Lo que la Revelación le había dicho al Profeta acerca de los judíos de Yathrib era igualmente cierto de los jaybaríes: "La disensión está extendida entre ellos. Te parece que forman una unidad, pero sus corazones están divididos" (LIX, 14). Para ellos era una desgracia encontrarse ahora repentinamente enfrentados con un ejército que, aunque poco numeroso, estaba penetrado por una disciplina implícita en la aleya: "Ciertamente Dios ama a los que luchan por su causa, en filas, como si fueran un bloque compacto" (LXI, 4), un ejército de hombres cuyas almas se deleitan en la promesa de las palabras: "¡Cuántas veces una pequeña, tropa ha vencido a una multitud con el permiso de Dios! Y Dios está con los constantes" (II, 249).

El primer día que el Profeta atacó la fortaleza más próxima, las guarniciones de las otras no salieron en bloque para combatir a los sitiadores sino que se quedaron detrás de sus propias murallas y se ocuparon en reforzar las fortificaciones. Esta táctica redujo la disparidad de los números, pero puso a prueba la paciencia de los musulmanes con una campaña larga sobre territorio extraño y muchas batallas en lugar de una. Los hombres de Jaybar se encontraban entre los más expertos tiradores de Arabia. Nunca antes los musulmanes habían tenido que ejercitarse de tal manera en el uso de sus adargas, y al comienzo de la campaña las mujeres del campamento estuvieron continuamente ocupadas tratando heridas de flecha. De las mujeres del Profeta, la suerte había recaído por segunda vez seguida sobre Umm Salamah, y entre las otras mujeres que acompañaban al ejército para cuidar a los heridos y mantener el suministro de agua detrás de las líneas, estaban la tía del Profeta Safiyyah, Umm Ayman, Nusaybah y Umm Sulaym, la madre de Anas.

Durante varios días no se consiguió nada, pero en la sexta noche, cuando Omar estaba al mando de la vigilancia, se capturó a un espía en el campamento, y a cambio de su vida les facilitó valiosas informaciones sobre las distintas fortalezas, diciéndoles cuáles podían tomar con más facilidad y sugiriéndoles que debían comenzar por una que no se encontraba bien defendida y que en sus espaciosos sótanos tenía cierta cantidad de armas almacenadas que incluían algunos ingenios de guerra que habían sido empleados en el pasado contra otras fortalezas, porque al igual que Yathrib, Jaybar había padecido a menudo las discordias civiles. Al día siguiente se conquistó la fortaleza y sacaron los ingenios para usarlos en otros asaltos: una balista para arrojar rocas y dos testudos para que los hombres se arrimaran a las murallas bajo un techado inexpugnable y pudieran abrir una brecha de entrada. En parte gracias a estos artefactos, las fortalezas más fáciles cayeron una tras otra. La primera resistencia fuerte que encontraron fue en un baluarte llamado Naim. Aquí la guarnición salió en gran número, y ese día todos los ataques hechos por los musulmanes fueron rechazados. "Mañana", dijo el Profeta, "le daré el estandarte a un hombre a quien Dios y Su Enviado aman. Dios nos dará la victoria por sus manos; él no es de los que vuelven la espada para huir."

En las campañas anteriores el Profeta había usado banderas relativamente pequeñas como estandartes. Pero a Jaybar había traído un gran estandarte negro hecho de un manto de Aishah. Lo llamaban "el Águila", y ahora se lo dio a Ali. Luego pidió por él y sus otros Compañeros, para que Dios les diese la victoria. Después de otro día de feroz lucha, en la que Zubayr y Abu Duyanah, el de rojo turbante, desempeñaron un papel eminente, Ali condujo a sus hombres en una embestida final que forzó a la guarnición a retroceder hasta el fondo de la fortaleza, dejando a los musulmanes el control de las puertas. La fortaleza se rindió, pero no sin que antes muchos de sus hombres escapasen a otros bastiones a través de una salida trasera.

"¿Dónde están los Bani Gatafan?", era una pregunta que todo el mundo se hacía en Jaybar, pero que no tenía respuesta. De hecho se habían puesto en camino con un ejército de cuatro mil hombres, según lo prometido. Pero después de un día de marcha habían oído durante la noche una extraña voz -no sabían si procedía de la tierra o del cielo- y la voz había exclamado tres veces sucesivas: "¡Vuestro pueblo! ¡Vuestro pueblo! ¡Vuestro pueblo!", ante lo cual los hombres imaginaron que sus familias estaban en peligro y regresaron rápidamente por donde habían venido, sólo para encontrar que todo estaba en orden. Pero después de haber regresado, se mostraron poco dispuestos a salir por segunda vez, en parte porque muchos de ellos estaban convencidos de que llegarían demasiado tarde para participar en la derrota del enemigo.

La más inexpugnable de las fortalezas de Jaybar era conocida como la Ciudadela de Zubayr. Coronaba una elevada masa de roca con un empinado acceso a las puertas y precipicios cortados a pico por todos los lados restantes. La mayoría de los combatientes que habían escapado de las otras fortalezas se habían unido a la guarnición de la ciudadela, que se mantenía firme detrás de los muros. El Profeta los asedió durante tres días, y entonces acudió a él un judío de otra fortaleza y le dijo que disponían de un recurso oculto que les permitiría aguantar casi de forma indefinida. Se ofreció a contarle el secreto, con la condición de que su vida, sus propiedades y su familia estarían a salvo. El Profeta aceptó, y el hombre le mostró dónde podía cavar para represar un riachuelo subterráneo que discurría por debajo de las rocas de la ciudadela. Mediante una serie de peldaños accedían a él desde el interior, y como la corriente nunca estaba seca no tenían agua almacenada. Así pues, cuando les cortaron el suministro pronto se vieron forzados por la sed a salir y luchar, y después de una violenta batalla fueron derrotados.

La última de las fortalezas que ofreció alguna resistencia fue Qamus. Pertenecía a la famila de Kinanah, uno de los clanes más ricos y poderosos de los Bani Nadir. Algunos de ellos llevaban mucho tiempo viviendo en Jaybar, mientras que otros miembros de la familia, entre los que se encontraba el mismo Kinanah, hacía poco que se habían establecido allí después de haber sido exiliados de Yathrib. Eran ellos especialmente quienes habían contado con la ayuda de Gatafan, y el incumplimiento de su promesa les había producido una decepción acobardante. Su desmoralización había aumentado aún más a causa de las malas noticias traídas por todos los fugitivos que se estaban congregando en Qamus. Sin embargo resistieron durante catorce días; luego Kinanah envió un mensaje diciendo que deseaba llegar a un acuerdo con el Profeta, el cual estaba dispuesto a negociar. Descendió, pues, el caudillo de la fortaleza con otros de su familia, y se acordó que ninguno de la guarnición sería ajusticiado o hecho prisionero ni ellos ni sus familias a condición de que abandonasen Jaybar y que todas sus posesiones se convirtieran en propiedad de los vencedores. El Profeta entonces añadió una cláusula más, a saber, que su obligación de perdonarles las vidas y dejarlos ir en libertad no tendría efecto con respecto a quien intentase ocultar algo de sus pertenencias. Kinanah y los otros se mostraron de acuerdo y el Profeta llamó a Abu Bakr, Omar, Ali y Zubayr y a diez judíos para que fuesen testigos del acuerdo.

Pero pronto resultó evidente, tanto para los judíos como para los musulmanes, que estaba siendo escondida mucha riqueza. ¿Dónde estaba el famoso tesoro de los Bani Nadir que se habían traído con ellos de Medina, y que tan ostentosamente habían lucido en su procesión por sus calles? El Profeta interrogó a Kinanah acerca de ello, y él respondió que desde su llegada a Jaybar todo el tesoro había sido vendido para pagar más armas, armaduras y fortificaciones. Los judíos sabían que estaba mintiendo, y sintieron todos una gran aprensión porque muchos de ellos creían entonces que se encontraban en presencia de un Profeta. Sostenían que no tenían ninguna necesidad de seguirle, porque no les había sido enviado a ellos, pero sería claramente inútil intentar engañarlo. Uno de ellos, que tenia presente el bien de Kinanah, se aproximó a él y le pidió que no ocultase nada, porque si lo hacía el Profeta sin duda sería informado de ello. Kinanah lo reprendió airadamente, pero en menos de un día el tesoro había sido descubierto, y Kinanah fue ajusticiado junto con un primo suyo, de quien se descubrió que estaba enterado secretamente de la ocultación. Sus familias fueron hechas cautivas.

Después de la caída de Qamus, las dos fortalezas restantes se entregaron bajo las mismas condiciones. Luego, los judíos de Jaybar deliberaron entre si y enviaron una delegación a Muhámmad sugiriendo que, puesto que eran personas diestras en la gestión y trabajo de sus granjas y huertos, debía permitirles permanecer en sus hogares, y ellos le pagarían una renta anual de la mitad de lo producido. El Profeta accedió a esto, pero estipuló que si en el futuro decidía desterrarlos, tendrían que irse. Se rumoreó entonces que los musulmanes tenían la intención de extender su campaña a Fadak, un pequeño pero rico oasis al noreste; y cuando los judíos de Fadak se enteraron de los términos que habían sido impuestos a Jaybar, enviaron un mensaje ofreciendo su rendición en las mismas condiciones. Fadak se convirtió así en la propiedad del Profeta, como sucedía con todas las posesiones que no habían sido ganadas por la fuerza de las armas.

Cuando se hubo alcanzado un acuerdo sobre todos los términos, y cuando el ejército victorioso hubo descansado, la viuda de Sallam ibn Mishkam asó un cordero y envenenó todas sus partes con una ponzoña mortal que concentró de forma especial en las paletillas, porque investigando se había enterado de que el Profeta prefería la paletilla de cordero sobre las otras piezas. Luego se lo llevó al campamento y lo colocó delante de él. El Profeta se lo agradeció e invitó a los Compañeros presentes a cenar con él.

Sucedió en esta ocasión que, sentado junto al Profeta, estaba un jazrachí llamado Bishr, el hijo de aquel Bara que había conducido a los musulmanes de Yathrib al segundo Aqabah y que había sido el primero en hacer la plegaria en dirección a la Meca. Cuando el Profeta tomó un bocado de cordero, Bishr hizo lo mismo y se lo tragó, pero el Profeta escupió lo que tenía en la boca, diciendo a los otros: "¡Apartad vuestras manos!. Esta paletilla me ha revelado que está envenenada". Mandó por la mujer y le preguntó si había emponzoñado la pieza. "¿Quién os lo dijo?", preguntó ella "La paletilla misma", respondió el Profeta. "¿Qué te ha movido a hacerlo?" "Bien sabéis", dijo ella, "lo que habéis hecho a mi pueblo, y habéis matado a mi padre, a mi tío y a mi marido. Así que me dije: Si es un rey, me libraré de él, y si es un Profeta estará informado del veneno" El rostro de Bishr tenía ya un color pálido ceniciento, y poco después murió. Pero el Profeta, sin embargo, perdonó a la mujer. (B. LI, 28).

No era ella la única mujer que había perdido padre y marido a manos de los musulmanes. Entre los cautivos tomados por haber ocultado Kinanah el tesoro estaba su viuda Safiyyah, la hija de aquel Huyay que había persuadido a los Bani Qurayzah a romper su tratado con el Profeta y que con ellos había sido pasado por las armas después de la batalla del Foso. Tenía ella diecisiete años y se había casado con Kinanah tan sólo uno o dos meses antes de que el Profeta hubiera partido de Medina. El matrimonio, mientras duró, no había sido feliz. A diferencia de su padre y su marido, Safiyyah era de una naturaleza profundamente piadosa. Desde su más tierna infancia había oído a la gente hablar del Profeta que pronto iba a aparecer, y esto había llenado su imaginación. Luego habían hablado de un árabe de la Meca, un hombre del Quraysh, que afirmaba ser el Profeta, y más tarde llegaron noticias de que había ido a Quba. Aquello había sido siete años antes, cuando ella era una niña de diez, y recordaba bien a su padre y a su tío partiendo para Quba a fin de asegurarse de que el hombre era un impostor. Pero lo que más se había grabado en su recuerdo fue el regreso de ambos, ya entrada la noche, en un estado de sumo abatimiento. Estaba claro, por lo que dijeron, que creían que el recién llegado era el Profeta prometido, pero que tenían la intención de oponérsele, y su joven mente se quedó confundida. (I.I.354-5).

Poco después de su matrimonio, y no mucho antes de que el Profeta apareciera delante de Jaybar, había tenido un sueño. Vio una brillante luna colgando en el cielo, y supo que bajo ella yacía la ciudad de Medina. Luego, la luna comenzó a desplazarse hacia Jaybar, donde cayó en el regazo de ella. Cuando se despertó le contó a Kinanah lo que había visto en su sueño, ante lo cual él le dio un golpe en la cara y dijo: "Esto solamente puede significar que tú deseas al Rey de Hiyaz, a Muhámmad". La señal del golpe aún era visible cuando fue llevada como cautiva ante el Profeta. El le preguntó qué lo había ocasionado, y ella le contó su sueño. Ahora bien, Dihyah[i] de los Bani Kalb, que había abrazado el Islam poco después de Badr, había pedido que le diesen a Safiyyah como su porción del botín de Jaybar, o como una parte de su porción, y el Profeta había aceptado. Pero al escuchar el sueño de Safiyyah envió por Dihyah y le dijo entonces a Safiyyah que estaba dispuesto a liberarla, y le ofreció la elección de permanecer judía y volver con su gente o abrazar el Islam y convertirse en su esposa. "Elijo a Dios y a Su Enviado", dijo ella, y se casaron en la primera parada que se hizo en el camino de vuelta a casa.

La campaña aún no estaba concluida, porque en lugar de volver por el camino directo por donde habían venido, el Profeta giró un poco hacia el oeste y asedió a los judíos de Wadi al-Qura en sus fortalezas. Habían estado coaligados con Jaybar, y al cabo de tres días se sometieron en los mismos términos.

Ibn al-Akwa, el aslamí que había cantado para ellos en su marcha hacia el norte, había sido muerto en Jaybar durante el ataque contra la ciudadela. Su propia espada de algún modo se había vuelto contra él y le había ocasionado una herida mortal, y uno de los Ansar observó que no podía contársele entre los mártires. "El que diga eso miente", dijo el Profeta. "Verdaderamente ha atravesado los jardines del Paraíso tan libremente como un nadador atraviesa el agua" (W. 662). Otro interrogante sobre el martirio se planteó en Wadi al-Qura, donde el esclavo negro del Profeta, Karkarah, resultó muerto por una flecha cuando desensillaba un camello. Pero el Profeta respondió: "Ahora está ardiendo en la Gehena bajo un manto que robó en Jaybar y que se ha convertido en un manto de llamas" (I.I.765).

Le gustaba advertirles continuamente que el privilegio de vivir con él en su comunidad conllevaba una grave responsabilidad, porque Dios era Justo y los juzgaría más severamente que a quienes vivieron en épocas peores, en las que era más difícil resistir el mal. El Profeta dijo: "Ciertamente estáis en una época en la que quien omita una décima parte de la ley se condenara. Pero vendrá un tiempo en que quien cumpla una décima parte de la ley se salvará" (Tir. XXXI, 79).

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[i] Era un hombre de gran belleza, y el Profeta dijo de él: "De todos los hombres que he visto, el que más se parece a Gabriel es Dihyah al-Kalbi" (I.S. IV, 184).


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