Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 68
Después de Hudaybiyali

--------------------------------------------------------------------------------

Abu Basir, de los Bani Thaqil, era un joven cuya familia había venido de Taif y se había establecido en la Meca como confederada de los Bani Zuhrah. Había abrazado el Islam y lo habían encarcelado, pero consiguió escaparse y se dirigió a Medina a pie, llegando allí poco después del regreso del Profeta de Hudaybiyah. Pronto fue seguido por un emisario del Quraysh que exigió su devolución. Al tiempo que le daba a Abu Basir las mismas palabras de consuelo que había dado a Abu Yandal, el Profeta le dijo que el tratado le obligaba a ponerle en manos del emisario. Los Compañeros, incluido Omar, estaban más o menos resignados a los términos del tratado, de forma que cuando vieron al emisario y a un esclavo liberto que se había traído como ayuda para llevarse a Abu Basir, los Emigrantes y los Ansar presentes repitieron serenamente las palabras del Profeta: "¡Ánimo! Sin dúda Dios te encontrará una salida".

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

Indice

Inicio Libros
Inicio Sufismo
 
 

Sus esperanzas se realizaron antes de lo esperado. A pesar de su juventud, Abu Basir era un hombre ingenioso y en la primera parada logró apoderarse de la espada del emisario y darle muerte, en vista de lo cual el liberto, de nombre Kauthar, huyó precipitadamente de vuelta a Medina. Penetró en la Mezquita sin oposición y se arrojó a los pies del Profeta, que en aquel momento se encontraba allí y que dijo al verlo aproximarse: "Este hombre ha visto algo terrible". Kauthar relató con voz entrecortada que su compañero había sido muerto, y que él mismo estaba casi muerto, y poco después apareció Abu Basir con la espada desenvainada en la mano. "¡Profeta de Dios!", dijo, "vuestra obligación ha sido cumplida. Me devolvisteis a ellos y Dios me ha liberado." "¡Ay de su madre!"[i], dijo el Profeta. "Qué buen agitador para la guerra, si tuviera otros hombres con él". Pero si el Quraysh enviaba más emisarios para exigir su regreso se vería obligado a obedecer, como ya había hecho en la primera ocasión. Semejante idea, sin embargo, estaba lejos de pasársele por la mente a Abu Basir, que sugirió entonces que las armas y la armadura del hombre muerto debían ser consideradas como botín junto con los camellos, divididas en cinco partes y distribuidas según la ley. "Si hiciera eso", dijo el Profeta; "sostendría que no había cumplido los términos que juré guardar". Entonces se volvió hacia el atemorizado sobreviviente de los dos mequíes. "El botín tomado de tu compañero es cuenta tuya", dijo. "Y llévate a este hombre de vuelta con aquellos que te enviaron", añadió, señalando a Abu Basir. Kauthar se puso pálido: "jMuhámmad!", dijo, "aprecio mi vida. Mi fuerza no es bastante para él, y no tengo las manos de dos hombres". Los musulmanes habían cumplido con su obligación, pero el representante del Quraysh se había negado a hacerse cargo del prisionero. Por consiguiente, el Profeta se dirigió a Abu Basir y le dijo: "Ve adonde quieras".

Se puso en camino hacia las costas del Mar Rojo, con las palabras "si tuviera otros hombres con él" aún en sus oídos. No fue el único en tomar nota de esta velada autorización e instrucción. Omar había estado atento a lo que se había dicho y se las ingenió para hacer llegar las palabras del Profeta a los musulmanes de la Meca, junto con la información acerca del paradero de Abu Basir, información que obtuvo de hombres amigos de las tribus costeras que vinieron a Medina. Ahora el hijo de Suhayl, Abu Yandal, ya no se encontraba estrechamente custodiado por sus protectores como lo había estado por su padre, y de cualquier manera el tratado había supuesto un relajamiento general de la vigilancia en la Meca sobre los jóvenes prisioneros musulmanes, porque Muhámmad había mostrado que si escapaban a Medina él mantendría su palabra y los devolvería. Abu Yandal se fue hacia donde se encontraba Abu Basir, y otros jóvenes hicieron lo mismo, incluido Walid, el hermano de Jalid. Abu Basir estableció con ellos un campamento en un punto estratégico sobre la ruta caravanera mequí hacia Siria. Le reconocieron como su guía, y él los dirigía en la plegaria y les aconsejaba en asuntos relativos a los ritos y a otros aspectos de la religión, porque muchos de ellos eran conversos recientes; lo respetaban sobremanera y le obedecían con gusto. El Quraysh se había alegrado mucho por el restablecimiento de la seguridad en su ruta favorita hacia el norte. Pero no menos de setenta jóvenes se unieron al campamento de Abu Basir, y se convirtieron en el terror de las caravanas. Finalmente, después de haber sufrido la pérdida de muchas vidas y muchas mercancías, el Quraysh envió una misiva al Profeta pidiéndole que acogiera a aquellos bandoleros en su comunidad y prometiendo que no exigirían su devolución a la Meca. El Profeta escribió entonces a Abu Basir para decirle que podía venir a Medina con sus compañeros. Pero mientras tanto el joven jefe había caído gravemente enfermo, y cuando llegó la carta la muerte se cernía sobre él. La leyó y falleció asiéndola entre sus manos. Sus compañeros hicieron la plegaria sobre él, lo enterraron e hicieron una mezquita en el lugar de su enterramiento. Luego se fueron a unirse al Profeta en Medina. (W. 624-9; B. LIV; I.I. 751-3).

Cuando llegaron a la extensión de lava, el camello de Walid tropezó y lo arrojó al suelo, de forma que se cortó el dedo con una piedra. Mientras se lo vendaba, se dirigió a él en verso, diciendo: "Qué eres sino un dedo del que mana sangre sin ninguna otra herida en la vía de Dios."

Pero el corte se ulceró y la herida resultó ser mortal. Sin embargo, antes de morir pudo escribir una carta a su hermano Jalid, apremiándole a convertirse al Islam.

Solamente una mujer musulmana escapó de la Meca en aquel tiempo y se refugió en Medina, y ella fue la medio hermana de Uthman, Umm Kulthum, hija de su misma madre Arwa y de Uqbah, al cual habían matado en el camino de Badr. Pero se produjo entonces una Revelación prohibiendo la devolución de cualquier mujer creyente a los incrédulos, de modo que cuando dos hermanos uterinos acudieron a llevársela de vuelta, el Profeta se negó a permitírselo, y el Quraysh aceptó su negativa sin protestar. En el tratado no se había mencionado para nada a las mujeres. Luego Zayd, Zubayr y Abd al-Rahman ibn Awf pidieron su mano en matrimonio, y el Profeta le aconsejó que se casara con Zayd, lo cual hizo.

En el mes que siguió al tratado, Aishah y su padre sufrieron una gran pérdida, que pronto habría de ser seguida por un motivo de gran alegría. Umm Ruman enfermó y murió. Fue enterrada en el Baqi, y el Profeta hizo la plegaria sobre ella y descendió a su tumba. Inevitablemente, las noticias de la muerte llegaron a la Meca y a oídos de su hijo, Abd al-Kaabah, y es posible que la aflicción lo impulsase a realizar una acción que sin duda alguna había estado meditando durante algún tiempo. Sea como fuere, poco después de la muerte de su madre se fue a Medina y abrazó el Islam. Cuando juró fidelidad, el Profeta le cambió el nombre por Abd al-Rahman.

No fue el único nuevo musulmán en aquella época; a medida que pasaban las semanas y los meses, se hacía más y más patente por qué el Corán había declarado que la tregua era una clara victoria. Los hombres de la Meca y Medina podían verse en paz y conversar libremente juntos, y durante los dos años siguientes la comunidad del Islam se incrementó en más del doble.

Poco después del regreso de los peregrinos, había sido revelado un versículo que regocijó a todos: "Es posible que Dios establezca amor entre vosotros y aquéllos con quienes estáis enemistados" (LX, 7).

Estas palabras parecían referirse en general a las muchas conversiones que tuvieron lugar entonces. Pero algunos también las tomaron como refiriéndose en particular a una inesperada y estrecha relación que había de establecerse entre el Profeta y uno de los jefes del Quraysh.

Unos pocos meses antes de Hudaybiyah había llegado de Abisinia la noticia de la muerte de Ubaydallah ibn Yahsh, el primo y cuñado del Profeta. Había sido cristiano antes de convertirse al Islam, y poco después de su emigración a Abisinia había vuelto al cristianismo. Esto había apenado mucho a su esposa Umm Habibah, hija de Abu Sufyan, que seguía siendo musulmana. Al cabo de cuatro meses de la muerte de su marido, el Profeta envió un mensaje al Negus, pidiéndole que actuase como apoderado suyo y que ratificase un matrimonio entre él y la viuda, si ella quería. A ella el Profeta no le envió ningún mensaje directamente, pero tuvo un sueño en el que alguien se le acercaba y se dirigía a ella como "madre de los creyentes". Umm Habibah lo interpretó como que se convertiría en esposa del Profeta. Al día siguiente recibió el mensaje del Negus confirmándole su sueño, ante lo cual eligió a su pariente Jalid ibn Said[ii] para darla en matrimonio, y él y el Negus solemnizaron el pacto entre ellos en presencia de Yafar y otros de los hermanos. Luego, el Negus dio un banquete nupcial en su alcázar, y todos los musulmanes fueron invitados.

El Profeta también había enviado un mensaje a Yafar, comunicándole que le agradaría mucho que él y su comunidad se fuesen a vivir a Medina. Yafar inmediatamente se puso a hacer los preparativos para el viaje, y el Negus les dio las embarcaciones. Se decidió que Umm Habibah debía viajar con ellos, y en Medina se comenzó a trabajar para construirle una estancia junto a las de las otras esposas.

El Negus no era el único príncipe reinante al que el Profeta envió una carta en aquella época. Cuando hendió la roca aparentemente inquebrantable, tuvo la visión de los alcázares del Yemen por la luz que de ella salió al darle el primer golpe, mientras que por la luz que brilló a causa de su tercer y último golpe vio el palacio de Cosroes, en Madain. En cuanto a la certeza que entonces recibió sobre la futura expansión del imperio del Islam, existía una conexión entre estas dos luces, ya que el Yemen se encontraba entonces bajo el imperio de Persia, y el Profeta se sintió impelido a escribir al monarca persa, informándole de su misión profética e invitándole al Islam. Posiblemente no abrigaba muchas esperanzas sobre el éxito de su mensaje, pero era necesario ofrecerle la posibilidad de hacer la elección correcta antes de tomar cualquier otra medida.

Por lo que se refiere a la segunda de las tres luces, había revelado los castillos de Siria, y de ello había recibido el Profeta la certeza de la difusión del Islam en aquellas tierras y también en el Occidente. Llegado el momento enviaría una carta parecida a Heraclio, el emperador romano, y dictó entonces otra carta semejante que envió al Muqawqis de Alejandría, el gobernante de Egipto.

Mientras tanto, Cosroes se había enterado por otras fuentes del creciente poder de un monarca árabe de Yathrib que afirmaba ser un profeta. Envió, pues, una orden a Badah, su virrey en el Yemen, pidiéndole una información mayor y más detallada sobre Muhámnad. Inmediatamente, Badah mandó dos emisarios a Medina para que viesen por sí mismos y le trajesen noticias. Siguiendo una moda que prevalecía en la corte persa, se habían afeitado la barba y llevaban largos mostachos. Su aspecto le resultó aborrecible al Profeta. "¿Quién os ordenó hacer eso?", exclamó. "Nuestro señor", dijeron refiriéndose a Cosroes. "Mi Señor", dijo el Profeta, "me ha ordenado dejarme crecer la barba y recortarme el bigote." Les mandó entonces que se marcharan y que volviesen a verle al día siguiente. Aquella noche Gabriel le comunicó que aquel mismo día había tenido lugar una insurrección en Persia en la que Cosroes había muerto y su hijo reinaba ahora en su lugar. Así pues, cuando regresaron los enviados les habló de esto y les ordenó que informasen a su señor el virrey. Luego dijo: "Decidle que mi religión y mi imperio sobrepasarán al reino de Cosroes, y decidle también de mi parte: Abraza el Islam, y te confirmaré en lo que tienes, y te nombraré rey sobre tu pueblo del Yemen."

Volvieron a Saná, sin saber muy bien qué pensar, y le comunicaron el mensaje a Badah, quien dijo: "Veremos qué sucede. Si lo que ha dicho es verdad, entonces es un Profeta enviado por Dios". Pero incluso antes de que tuviera tiempo de enviar a un hombre a Persia para averiguar la verdad del asunto llegó un mensajero de Siroes, el nuevo Shah, anunciando lo que había sucedido y exigiendo fidelidad. En lugar de responder, Badah se convirtió al Islam y lo mismo hicieron sus dos enviados y otros persas que se encontraban con él. Envió entonces un mensaje a Medina, y el Profeta confirmó su autoridad sobre el Yemen. Ese fue el comienzo del cumplimiento de lo que había sido revelado en el primer resplandor de luz del foso.

La carta del Profeta llegó a Madain después de la muerte de Cosroes y, en consecuencia, fue entregada a su sucesor, cuya única respuesta fue romperla: "¡Señor, arráncale su reino del mismo modo!", dijo el Profeta al enterarse de su acción.

Durante estas mismas semanas que siguieron al regreso de los peregrinos se produjo un ataque contra la vida del Profeta mediante un procedimiento que aún no se había empleado contra él. En todas las generaciones de los judíos en Arabia se podía encontrar a uno o dos adeptos a la ciencia de la magia, y uno de éstos estaba entre los judíos que aún vivían en Medina. Se llamaba Labid y era un experto brujo que también había instruido a sus hijas en el sutil arte, por temor a que sus conocimientos muriesen con él. Labid recibió entonces una fuerte suma de dinero para arrojar sobre el Profeta un hechizo lo más mortífero posible. Para este propósito necesitaba algunos cabellos suyos, lo cual él mismo o una de sus hijas se lo procuró, posiblemente por medio de alguien del todo ajeno a lo que tramaban. Hizo once nudos en el pelo, y sus hijas soplaron imprecaciones sobre cada uno. Luego lo ató a una ramita de datilero macho que tenía la vaina externa del polen, y lo arrojó en un profundo pozo. El hechizo solamente podía deshacerse desatando los nudos.

El Profeta pronto fue consciente de que algo andaba seriamente mal. Por un lado, su memoria comenzó a fallarle, mientras que por otro comenzó a imaginar que había hecho cosas que en realidad no había hecho. También se sintió abrumado por la debilidad, y cuando le insistían para que comiera era incapaz de hacerlo. Pidió a Dios para que lo curase, y en su sueño fue consciente de dos personas, una sentada a su cabeza y la otra a sus pies. Escuchó cómo una de ellas informaba a la otra de la causa exacta de su enfermedad y del nombre del pozo (B. LIX, 10). Cuando se despertó recibió la visita de Gabriel y, confirmándole su sueño, le dio dos azoras del Corán, una de cinco y otra de seis aleyas. El Profeta envió a Ali al pozo, diciéndole que recitase sobre él las dos azoras. Con cada aleya se fue desatando a sí mismo cada nudo hasta que todos quedaron sueltos, y el Profeta recobró toda su fortaleza física y mental. [iii].

La primera de las dos azoras es:

Di: "Me refugio en el Señor del alba

contra el mal de aquello que Él ha creado,

y contra el mal de la oscuridad intensa cuando llega la noche,

y contra el mal de las mujeres que soplan en los nudos,

y contra el mal del envidioso cuando envidia".

La segunda es:

Di: "Me refugio en el Señor de los hombres, el Rey de los hombres, el Dios de los hombres, contra el mal del murmurador furtivo que susurra en el pecho de los hombres, de entre los yins, y los hombres" (CXIV). [iv]

Estas azoras están colocadas al final del todo en el Corán. Se las denomina "las dos tomas de refugio", y se recitan continuamente para conseguir protección contra toda clase de mal.

El Profeta ordenó que se secase el pozo y que fuese excavado otro cerca para reemplazarlo. Envió por Labid, que confesó haberle puesto el hechizo a causa de un soborno, pero no tomó ninguna medida contra él.

--------------------------------------------------------------------------------
[i] Elipsis empleada a menudo con el sentido de: "este hombre es tan extremista que su madre pronto tendrá que llorar su muerte".
[ii] Véase principio del capítulo 16, "Adoración".
[iii] Baydawi, sobre Corán CXIII, 4.
[iv] Según algunas autoridades, estas dos azoras que fueron recitadas en esta ocasión no fueron reveladas por primera vez entonces, sino que ya lo habían sido en la Meca antes de la Hégira.


siguiente