Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 67
Una clara victoria

--------------------------------------------------------------------------------

Que durante la ausencia de Uthman en la Meca cuando le sobrevino al Profeta un estado comparable al que sentía cuando recibía una Revelación, pero que esta vez, a diferencia de lo que en estos casos solía ocurrirle, le dejó en plena posesión de sus facultades. Dio instrucciones a uno de sus Compañeros, que fue por todo el campamento proclamando: "El Espíritu Santo ha descendido sobre el Enviado y ha ordenado fidelidad; id, pues, en el Nombre de Dios, a prestar juramento." (W. 604). Mientras tanto, el Profeta se había sentado bajo una acacia verde por las hojas primaverales que le estaban saliendo, y uno a uno los compañeros vinieron y le juraron fidelidad. El primer hombre en llegar fue Sinan, que era de la misma tribu que la familia de Yahsh, es decir de los Bani Asad ibn Juzaymah. El pregonero no había especificado nada acerca de la naturaleza del pacto, así pues, Sinan dijo: "Enviado de Dios, te juro mi fidelidad a lo que hay en tu alma", y los otros juraron de igual forma. Luego el Profeta dijo:

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

Indice

Inicio Libros
Inicio Sufismo
 
 

"Juro la fidelidad de Uthman", y extendió su mano izquierda, como si fuera la mano de su yerno, y tomándola con su mano derecha hizo el pacto. Solamente uno de los presentes no respondió a la llamada del pregonero; fue el hipócrita Yadd ibn Qays, que intentó ocultarse detrás de su camello, pero fue visto.

El Quraysh envió entonces a Suhayl para concluir un tratado, y con él iban sus dos compañeros de clan Mikraz y Huwaytib. Conferenciaron con el Profeta y los Compañeros escucharon sus voces subir y bajar según si el punto en cuestión era de difícil o de fácil acuerdo. Cuando por fin hubieron alcanzado un acuerdo, el Profeta le dijo a Ali que escribiese los términos, comenzando por las palabras reveladas de consagración. Bismi Llahi al-Rahmani al-Rahim, "En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso", pero Suhayl se opuso. "En cuanto a Rahman" dijo "yo no sé qué es. Escribe, sin embargo, Bismik Allahumma, 'en tu Nombre, oh Dios', como tú solías escribir". Algunos de los compañeros exclamaron: "¡Por Dios, no escribiremos sino Bismi Llahi al-Rahman al-Rahim!", pero el Profeta no les hizo caso, y dijo: "escribe Bismik Allahumma", y siguió dictando: "Estos son los términos de la tregua entre Muhámmad, el Enviado de Dios, y Suhayl el hijo de Amr". Pero de nuevo Suhayl protestó. "Si supiéramos que eres el Enviado de Dios", dijo, "no te habríamos impedido el acceso a la casa de Dios ni te habríamos combatido. Escribe, en vez de eso, Muhámmad el hijo de Abdallah". Ali ya había escrito "el Enviado de Dios", y el Profeta le dijo que borrase esas palabras, pero Ali respondió que no podía. El Profeta le dijo entonces que le señalase con el dedo las palabras en cuestión, y él mismo las tachó; seguidamente le dijo que escribiera en su lugar "el hijo de Abdallah", lo cual hizo.

El documento continuaba: "Han acordado depositar en tierra la carga de la guerra durante diez años, durante los cuales los hombres estarán seguros y no tendrán pendencias, a condición de que si alguien del Quraysh acudiese a Muhámmad sin permiso de su guardián, Muhámmad se lo devolverá, pero aquél de los que están con Muhámmad que se fuese con el Quraysh no será devuelto. No habrá ni subterfugios ni traiciones. Quien desee entrar en el vínculo y pacto de Muhámmad podrá hacerlo, y quien desee entrar en el vínculo y pacto del Quraysh podrá hacerlo." Se encontraban presentes en aquellos momentos en el campamento algunos jefes de Juzaah que habían venido a visitar a los peregrinos, mientras que uno o dos representantes de Bakr habían seguido a Suhayl, y en este punto los hombres de Juzaah saltaron en pie y dijeron: "Somos uno con Muhámmad en su vínculo y en su pacto". Los hombres de Bakr dijeron entonces: "Somos uno con el Quraysh en su vínculo y en su pacto". Y este acuerdo fue más tarde ratificado por los jefes de ambas tribus. El tratado concluía con las palabras: "Tú, Muhámmad, te alejarás de nosotros este año, y no entrarás en la Meca cuando estemos presentes a pesar de nosotros. Pero el año próximo nosotros saldremos de la Meca y tú entrarás con tus Compañeros, permaneciendo en ella tres días, no portando más armas que las del viajero, las espadas envainadas" (I.I.747-8).

En virtud de la visión del Profeta, los Compañeros habían tenido la certeza del éxito de la expedición, y cuando supieron los términos del tratado y comprendieron que después de haber alcanzado el mismo linde del recinto sagrado tenían que regresar ahora a casa con las manos vacías, fue casi más de lo que podían soportar. Pero lo peor aún no se había producido: mientras estaban sentados en un silencio hosco y explosivo, se escuchó un rechinar de cadenas y un joven penetró tambaleándose en el campamento con los pies trabados. Era Abu Yandal, uno de los hijos menores de Suhayl. Su padre lo había privado de la libertad a causa de su Islam, temiendo que escapase a Medina. Su hermano mayor Abdallah se encontraba entre los peregrinos y estaba a punto de darle la bienvenida, cuando Suhayl agarró la cadena que rodeaba el cuello del prisionero y le golpeó con violencia en la cara. Entonces se volvió hacia el Profeta y dijo: "Nuestro acuerdo fue concluido antes de que viniera a ti este hombre". "Es cierto", dijo el Profeta. "Devuélvenoslo entonces", dijo Suhayl. "jMusulmanes!", gritó Abu Yandal con todas sus fuerzas, "¿tengo que ser devuelto a los idólatras para que me persigan a causa de mi religión?". El Profeta llevó a Suhayl aparte y le pidió como un favor que permitiese a su hijo irse en libertad, pero Suhayl se negó en redondo. Sus compañeros de embajada, Mikraz y Huwaytib, se habían mantenido hasta entonces en silencio, pero sintiendo que este incidente era un comienzo de mal augurio para la tregua, se decidieron a intervenir. "¡Muhámmad!", dijeron, "le damos nuestra protección en tu nombre". Esto significaba que lo hospedarían con ellos, lejos de su padre, y cumplieron su promesa. "Ten paciencia, Abu Yandal", dijo el Profeta, "con toda seguridad Dios os dará a ti y a quienes están contigo ayuda y una salida. Hemos llegado a un acuerdo sobre los términos de una tregua con esta gente, y les hemos dado nuestra solemne promesa del mismo modo que ellos a nosotros, y no vamos a romper ahora nuestra palabra."

En este punto Omar no pudo contenerse por más tiempo. Se levantó, se dirigió hacia el Profeta y dijo: "¿No sois el Profeta de Dios?"; él respondió: "Sin duda". "¿No está de nuestra parte la verdad mientras que nuestros enemigos están en el error?", preguntó; y el Profeta asintió de nuevo. "Entonces, ¿por qué nos sometemos de esta guisa tan baja contra el honor de nuestra religión?", dijo Omar. A lo cual el Profeta respondió: "Yo soy el Enviado de Dios y no le desobedeceré. Me dará la victoria." "Pero, ¿no nos dijiste que iríamos a la Casa y daríamos las vueltas alrededor de ella?", insistió Omar. "Así es", contestó el Profeta, "pero ¿te dije que iríamos este año?" Omar reconoció que no. "Por cierto que irás a la Casa", dijo el Profeta, "y darás tus vueltas a su alrededor". Pero Omar seguía hirviendo de indignación y se fue a Abu Bakr para desahogarse aún más. Le planteó exactamente la misma cuestión que había planteado al Profeta, pero aunque Abu Bakr no había oído las respuestas, le respondió cada pregunta con las mismas palabras, y al final añadió: "Aférrate, pues, a su estribo, porque, por Dios, tiene razón". Esto impresionó a Omar, y aunque sus sentimientos todavía no se habían calmado, no volvió a darles salida, y cuando el Profeta le convocó para que pusiese su nombre en el tratado, lo firmó en silencio. El Profeta también le dijo a Abdallah, el hijo de Suhayl, que pusiese su nombre en él. Otros musulmanes que lo firmaron fueron Ali, Abu Bakr, Abd al-Rahman ibn Awf y Mahmud ibn Maslamah.

Algo de la amargura general parecía haberse pasado, pero cuando Suhayl y los otros abandonaron el campamento, llevándose con ellos al lloroso Abu Yandal, el ánimo de los hombres volvió a encenderse. El Profeta se encontraba en un lugar aparte, con quienes habían sellado el documento. Les dejó entonces y se encaminó hacia el cuerpo principal de peregrinos. "Levantaos y sacrificad vuestros animales", les dijo, "y afeitad vuestras cabezas". Nadie se movió, y lo repitió una segunda y una tercera vez, pero ellos simplemente lo miraron en silencio entre aturdidos y asombrados. No se trataba de una rebelión por su parte, pero después de que sus expectativas hubieran quedado destrozadas por el giro de los acontecimientos, se encontraban verdaderamente perplejos por la orden de hacer algo que sabían que era ritualmente incorrecto, porque según la tradición de Abraham los sacrificios tenían que realizarse dentro del territorio sagrado, y lo mismo se aplicaba al rito del afeitado de la cabeza. Sin embargo, su aparente desobediencia desconcertó al Profeta, que se retiró a su tienda y le contó a Umm Salamah lo que había sucedido. "Sigue adelante", dijo ella, "y no hables a nadie hasta que hayas hecho tu sacrificio". El Profeta se dirigió, pues, al camello que él mismo había consagrado y lo sacrificó, diciendo en voz alta, de forma que los hombres pudieran oír: "Bismi-Llah, Allahu Akbar. En cuanto pronunció estas palabras los hombres se incorporaron de un salto y corrieron hacia sus camellos para realizar sus sacrificios, tropezando y cayendo unos encima de otros en su deseo de obedecer, y cuando el Profeta llamó a Jirash -el hombre de Juzaah que había enviado a la Meca antes de Uthman- para que le rasurase la cabeza, muchos de los Compañeros comenzaron a afeitarse la cabeza unos a otros con tanto vigor que Umm Salamah temió, como más tarde observaría, que pudieran ocasionarse heridas mortales. Pero algunos de ellos solamente se cortaron mechones del cabello, pues sabían que esto se aceptaba tradicionalmente como un sustituto. Mientras tanto el Profeta se había retirado a su tienda con Jirash, y cuando el rito hubo sido realizado salió a la entrada con el cráneo afeitado y dijo: "¡Dios tenga misericordia de los que se afeitan las cabezas!" Ante lo cual, los que se habían cortado el pelo protestaron: "¡Y de los que se cortan el pelo, Enviado de Dios!" Pero el Profeta repitió lo que había dicho en primer lugar, y las voces de protesta se elevaron aún más. Luego, después de otra repetición y una tercera protesta atronadora, añadió: "Y de los que se cortan el pelo". Cuando se le preguntó después por qué en un principio sólo había pedido por los que se rasuran la cabeza, respondió: "Porque ellos no dudaron."

De vuelta a su tienda, el Profeta recogió del suelo su exuberante cabello negro y lo arrojó sobre una mimosa cercana. Los hombres se apelotonaron alrededor, decididos a coger lo que pudieran por su bendición. Nusaybah no estaba dispuesta a ser sobrepujada por los hombres, y ella también se encaminó hacia el árbol y pudo agarrar algunos mechones, que atesoró hasta el día de su muerte.

Una vez que se hubieron puesto en marcha de regreso a Medina, la conciencia comenzó a molestar a Omar, y su preocupación aumentó grandemente cuando cabalgó hasta el Profeta con el propósito de entablar conversación con él, y el Profeta, eso le pareció, se mostró marcadamente distante y reservado. Omar siguió cabalgando por delante, diciéndose: "¡Omar, que tu madre llore a su hijo!" Con posterioridad dijo que se encontraba tan preocupado por haber puesto en duda la sabiduría del Profeta que temió que se produjera una Revelación especial condenándolo. Sus temores llegaron al límite cuando escuchó detrás de él los cascos de un caballo al galope, y el jinete lo llamó para que volviese junto al Profeta. Pero sus angustias se desvanecieron en un instante cuando vio el semblante del Profeta radiante de alegría. "Ha descendido sobre mí una azora", dijo, "que me es más querida que todo cuanto existe bajo el sol".

La nueva Revelación no dejaba duda de que la expedición de los que ahora regresaban tenía que considerarse victoriosa, porque se abría con las palabras: "Ciertamente, te hemos concedido una clara victoria" (XLVIII, 1). También hablaba del reciente pacto de fidelidad: "Dios ha estado satisfecho de los creyentes cuando te juraron fidelidad debajo del árbol, Él sabia lo que había en sus corazones. Envió sobre ellos el Espíritu de Paz y los recompensó con una victoria cercana" (XLVIII, 18). La satisfacción Divina a la que se refiere era nada menos que la promesa del Ridwan[i] para quien fuera fiel a su pacto, y así esta lealtad beatífica se conoce como el Pacto del Ridwan. El descenso de la Sakinah[ii]; el Espíritu de Paz, se menciona también en otro versículo: "Él es quien hizo descender el Espíritu de Paz en los corazones de los creyentes para que pudieran añadir fe a su fe... Para que Él introduzca a los creyentes y a las creyentes en jardines donde fluyen arroyos, jardines en los que morarán eternamente, y para que Él aparte de ellos toda maldad. Esto es un triunfo inmenso para ellos ante Dios" (XLVIII, 4-5).

La visión del Profeta que había originado la expedición es mencionada como sigue: "En verdad Dios ha cumplido la visión para Su Enviado. ¡Si Dios quiere entraréis en la Mezquita Sagrada, seguros, sin temor, con las cabezas rasuradas o el pelo corto! Pero Él sabe lo que vosotros no sabéis. Y antes de eso Él os ha concedido una victoria cercana" (XLVIII, 27).

--------------------------------------------------------------------------------
[i] Véase final del capítulo 30, "Paraíso y eternidad".
[ii] En hebreo, "Shekinah"


siguiente