Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 66
El dilema del Quraysli

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El Profeta ayunó el Ramadán en Medina y permaneció también allí el mes siguiente. Una noche de finales del mes soñó que entraba en la Kaabah con la cabeza rasurada, portando su llave en la mano. Al día siguiente se lo contó a sus Compañeros y les invitó a realizar con él la Peregrinación Menor (al-Umrah), y al punto se pusieron a hacer los preparativos para poder salir lo antes posible. Entre ellos adquirieron setenta camellos para sacrificarlos en el recinto sagrado. Después su carne sería distribuida entre los pobres de la Meca. El Profeta decidió llevar consigo a una de sus esposas; se echó a suertes y Umm Salamah resultó elegida. Entre los peregrinos también se encontraban las dos mujeres del Jazrach que habían estado presentes en el segundo pacto de Aqabah, Nusaybah y Umm Maní.

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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Cada hombre tomó consigo una espada y lo que podría necesitarse para la caza, pero Omar y Saad ibn Ubadah sugirieron, antes de partir, que debían ir completamente armados. El Quraysh, decían ellos, podría muy bien aprovechar la oportunidad para atacarlos, a pesar del mes sagrado. Aun así, el Profeta se negó, diciendo: "Yo no llevaré armas. No me he puesto en camino nada más que para hacer la Peregrinación". En la primera parada pidió que le trajesen los camellos de sacrificio, y él mismo consagró uno de ellos, girándolo en dirección hacia la Meca, haciendo una señal en su ijada derecha y colocándole guirnaldas alrededor del cuello. A continuación dio órdenes para que los demás fuesen consagrados de la misma forma. Después envió por delante a un hombre de Juzaah, del clan de Kaab, para que le trajese noticias de la reacción del Quraysh.

El Profeta llevaba la cabeza desnuda y ya se había puesto el antiguo vestido tradicional de peregrino, consistente en dos piezas de tela inconsútil: una ceñida alrededor de la cintura para cubrir la parte inferior del cuerpo y la otra recubriendo los hombros. Él se consagró entonces para la Peregrinación con dos ciclos de plegarias, después de lo cual comenzó a pronunciar el grito del peregrino: "Labbayk Allahumma Labbayk", que significa "Aquí estoy a Tu servicio, ¡oh Dios!". Casi todos los demás siguieron su ejemplo, pero unos pocos prefirieron esperar hasta que hubieran avanzado algo más en su viaje, porque el estado de peregrino implicaba ciertas restricciones respecto a la caza.

Cuando el Quraysh se enteró de la partida de los peregrinos de Medina se llenaron de recelos, como el Profeta había anticipado, e inmediatamente convocaron una reunión en la Asamblea. Nunca se habían encontrado ante semejante dilema. Si ellos, los guardianes del Santuario, impedían la llegada de más de un millar de peregrinos árabes a la Casa Sagrada, eso sería una flagrantísima violación de las leyes sobre las que se fundaba toda su grandeza. Por otro lado, si permitían a sus enemigos entrar en la Meca pacífica y cómodamente, ello significaría un inmenso triunfo moral para Muhámmad. La noticia se correría por toda Arabia y estaría en labios de todos, y serviría para colocar la corona de la derrota sobre el reciente fracaso de su ataque contra Medina. Quizás lo peor de todo, la realización de los antiguos ritos de estos peregrinos serviría para hacer la nueva fe más atractiva y confirmar su pretensión de ser la religión de Abraham. Tomando en consideración todas estas cosas, era incuestionable que no se les podía permitir venir. "¡Por Dios, esto no se producirá", dijeron, "mientras haya un solo ojo entre nosotros en el que quede un rayo de vida!".

Cuando los peregrinos llegaron a Usfan, el explorador que había sido enviado por delante se les reunió con las noticias de que el Quraysh había mandado a Jalid con una tropa de doscientos jinetes para impedir su aproximación. El Profeta pidió entonces un guía que pudiera llevarlos por otro camino, y un hombre de Aslam los condujo un poco hacia la costa y luego por un sendero tortuoso y difícil hasta que llegaron al paso que permitía el acceso a Hudaybiyah, una extensión abierta de tierra por debajo de la Meca en el límite del territorio sagrado. Su rodeo les había mantenido fuera del alcance de la visión de Jalid, pero en un punto, cuando ya era demasiado tarde para que tomasen otra posición, levantaron tanto polvo que comprendió lo que había sucedido y galopó de vuelta a la Meca con sus hombres para advertir al Quraysh de que se aproximaban.

El Profeta había elegido a su camella favorita, Qaswa, para la peregrinación, y al llegar al final del paso sé detuvo y se arrodilló. Las rocas resonaron con el grito de ¡Hal! ¡Hal!, proferido por muchos hombres, y que era lo que decían para hacer levantarse a los camellos. Pero ella permaneció como si hubiera echado raíces en la tierra. "Qaswa es testaruda", decían, pero el Profeta sabía muy bien que era una señal de que no debían seguir más allá de Hudaybiyah, al menos por el momento. "No es testaruda", dijo, "no está en su naturaleza, sino que la retiene Aquél que retuvo al elefante". Y añadió, refiriéndose al Quraysh: "Cualquier concesión que hoy me exijan que honre los derechos de Dios se la concederé" (I.I. 741; W. 587). Luego habló a Qaswa, que se levantó rápidamente y le llevó hasta el límite de Rudaybiyah, seguido por los otros peregrinos. Allí les dijo que acamparan, pero prácticamente no había agua, tan sólo sus sedimentos en el fondo de uno o dos hoyos, y los hombres se quejaban de sed. El Profeta llamó a Nayiyah, el hombre de Aslam que estaba encargado de los camellos del sacrificio, y le dijo que le trajese un cubo con tanta agua como pudiese sacar del hoyo mayor, lo cual hizo. Después de realizar su ablución, el Profeta se enjuagó la boca y escupió el agua en el cubo. Luego, sacando una flecha de su aljaba, dijo: "Llévate este agua y échala en las aguas del hoyo, luego agítalas con la flecha." Nayiyah hizo lo que le mandó, y al toque de la flecha brotó agua clara y fresca tan rápida y abundantemente que a punto estuvo de encontrarse sumergido antes de poder salir del hoyo. Los peregrinos se congregaron alrededor del borde y todos bebieron hasta saciarse e igual hicieron los animales.

Entre los peregrinos se encontraban uno o dos hipócritas, incluido Ibn Ubayy, y cuando éste se sentó a beber para saciar su sed, uno de sus compañeros de clan se dirigió a él diciendo: "¡Maldito seas, padre de Hubab! ¿Aún no te has dado cuenta de cuál es tu posición? ¿Después de esto qué más necesitas?" "He visto cosas como ésta antes", dijo Ibn Ubayy y entonces el otro hombre le recriminó tan amenazadoramente que Ibn Ubayy fue con su hijo al Profeta para evitar problemas y decir que no se le había comprendido. Pero antes de que tuviera tiempo de hablar el Profeta le dijo: "¿Dónde has visto algo semejante a lo que viste hoy?", respondió: "Nunca he visto nada igual". "Entonces", dijo el Profeta, "¿por qué dijiste eso?" "Pido perdón a Dios", respondió Ibn Ubayy. "¡Enviado de Dios!", dijo entonces su hijo, "pide para él el perdón", y el Profeta así lo hizo (W. 589).

Satisfecha su sed, los peregrinos pronto estuvieron también en condiciones de comer hasta hartarse, gracias al obsequio de camellos y ovejas de dos jefes beduinos, cuya tribu, los Bani Juzaah, en un tiempo guardianes del Santuario, incluía los clanes de Aslam, Kaab y Mustaliq. Todos sin excepción estaban ahora bien dispuestos hacia el Profeta. Porque para los que aún no habían abrazado el Islam había en esta alianza una ventaja política que necesitaban para contrapesar el pacto que sus grandes enemigos, los Bani Bakr, tenían establecido desde hacía tiempo con el Quraysh. Esta situación pronto habría de dar lugar a acontecimientos de la mayor importancia Por el momento, sin embargo, no había luchas entre Juzaah y Bakr, y Juzaah era tolerado por el Quraysh, aunque al mismo tiempo era objeto de sospechas. Uno de sus hombres principales, Budayl Ibn Waraq, se encontraba en la Meca cuando llegaron las noticias de que los peregrinos estaban acampados en Hudaybiyah. Fue entonces con algunos hombres de su clan a ver al Profeta para informarle de la actitud del Quraysh. "Juran por Dios", dijo, "que no dejarán el camino franco entre la Casa y tú, hasta que el último de sus guerreros haya perecido". El Profeta dijo: "No hemos venido aquí para pelear; solamente vinimos para efectuar nuestras vueltas de peregrinación alrededor de la Casa. Combatiremos a quien se interponga en nuestro camino, pero les daremos tiempo, si así lo desean, para que tomen sus precauciones y nos dejen el camino libre."

Budayl y sus compañeros regresaron a la Meca, y el Quraysh los recibió con un hosco silencio. Cuando hicieron intención de contarles lo que Muhámmad les había dicho, Ikrimah, el hijo de Abu Yahl, dijo que no deseaba oírlo, ante lo cual Urwah, uno de los aliados de Thaqif -su madre era mequí- expresó que esta actitud era absurda. Safwan le dijo entonces a Budayl: "Dinos qué has visto y qué has oído". Y éste les informó de las intenciones pacíficas de los peregrinos, y también de que el Profeta había dicho que estaba dispuesto a dar tiempo al Quraysh para prepararse para su llegada. A continuación dijo Urwah: "Budayl os ha traído una concesión tan excelente que ningún hombre puede rechazarla sin perjudicarse. Aceptad, pues, los rumores que nos ha comunicado, pero enviadme a mí para traer confirmación directa de Muhámmad, y me fijaré en quienes están con él, y seré un explorador que os traerá nuevas de él."

El Quraysh aceptó su ofrecimiento, pero ya habían enviado como explorador al hombre que mandaba a todos sus aliados de las tribus beduinas, conocidos colectivamente como los Ahabish. Se trataba de Hulays de los Bani al-Harith, uno de los clanes de Kinanah. Él era quien había censurado a Abu Sufyan por las mutilaciones de Uhud. Cuando el Profeta lo vio llegar supo -ya por su modo de andar y su porte, ya por lo que había oído de él- que era un hombre de piedad, con un gran respeto por las cosas sagradas. Ordenó, pues, que los animales que tenían pensado sacrificar fuesen enviados a recibirles, y cuando los setenta camellos pasaron en fila solemnemente junto a Hulays con las marcas de la consagración y los ornamentos festivos quedó tan impresionado que sin ir a hablar con el Profeta se volvió al punto con el Quraysh y les aseguró que las intenciones de los peregrinos eran por completo pacíficas. Exasperados, los mequíes le dijeron que él era simplemente un hombre del desierto y que no tenía ningún conocimiento de la situación. Esto fue un gran error en la táctica, como pronto comprendieron, aunque ya demasiado tarde. "Hombres del Quraysh", dijo severamente, "no consentimos en ser vuestros aliados para esto, y no juramos con vosotros nuestro pacto para esto. ¿Es posible que a quien viene a honrar la Casa de los dioses le sea impedido hacerlo? Por Aquél en cuyas manos está mi alma, o dejáis que Muhámmad haga lo que ha venido a hacer o me llevo a los Ahabish, a todos ellos." "Aguanta con nosotros, Hulays", le dijeron, "hasta que alcancemos condiciones que puedan aceptar".

Mientras tanto, Urwah de Thaqif había llegado al campamento de los peregrinos y ya estaba manteniendo conversaciones con el Profeta. Sentado delante de él, comenzó tratándolo como a un igual y le agarró de la barba cuando se dirigió a él, pero Mugirah, uno de los Emigrados que estaba presente, lo golpeó en la mano con el plano de la espada, y la soltó. Unos momentos después, cuando se aventuró a coger de nuevo la barba del Profeta, Mugirah le dio un golpe más fuerte, diciendo: "Retira tu mano de la barba del Profeta ahora que todavía estás a tiempo". Urwah se abstuvo de tomarse más familiaridades con el Profeta, pero después de conversar con él durante cierto tiempo permaneció en el campamento durante varias horas. Había prometido al Quraysh ser su explorador a la vez que su enviado, y estaba resuelto a tomar nota de todo. Pero lo que más le impresionó fueron cosas que no había venido a ver, cosas como las que no había visto nunca nada igual, y cuando regresó a la Meca dijo al Quraysh: "¡Gentes! He sido mandado como enviado a reyes -a César, a Cosroes y al Negus- y no he visto ningún rey cuyos hombres le honren tanto como los compañeros de Muhámmad honran a Muhámmad. Si él ordena algo, apenas lo ha ordenado cuando ya lo han cumplido. Cuando realiza la ablución, poco menos que se pelean por el agua sobrante. Cuando habla, sus voces callan en su presencia. No le miran directamente a la cara, sino que bajan sus ojos por respeto a él. Os ha ofrecido una excelente concesión, aceptadla, pues." (B.LIV, 15; W. 593-600).

Mientras Urwah estaba aún en el campamento, el Profeta hizo montar a un hombre de Kaab llamado Jiras en uno de sus camellos y lo envió como emisario al Quraysh. Cuando llegó, Ikrimah desjarretó al camello, pero Hulays y sus hombres intervinieron y salvaron la vida del enviado, obligando al Quraysh a dejarlo volver con el Profeta. "¡Enviado de Dios!", dijo al regresar, "envía un hombre que esté mejor protegido que yo". El Profeta llamó a Omar, pero éste dijo que el Quraysh conocía bien su hostilidad hacia ellos, y que ninguno de su propio clan, los Bani Adi, era suficientemente fuerte para defenderlo. "Pero os mostraré", dijo, "un hombre que es más poderoso que yo en la Meca, más rico en parientes y mejor protegido: Uthman ibn Affan". El Profeta envió entonces a Uthman y fue bien recibido por sus parientes de Abdu Shams y por otros y, aunque le reiteraron su negativa a permitir que ninguno de los que se encontraban entonces en Hudaybiyah se acercase a la Kaabah, le invitaron personalmente a efectuar las vueltas de la peregrinación, lo cual rechazó. El Quraysh ya había enviado un mensaje a Ibn Ubayy, ofreciéndole a él también la misma concesión, pero respondió: "Yo no hago mis vueltas alrededor de la Casa hasta que el Enviado de Dios haga las suyas". Al Profeta le agradó este gesto, del que fue puntualmente informado.



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