Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 65
La mentira

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Poco después del regreso a Medina, Aishah cayó enferma. Para aquella época se repetía por toda la ciudad la calumnia que los hipócritas habían difundido contra ella y Safwan.
Fueron pocos los que se la tomaron en serio, aunque entre los que lo hicieron se encontraba su propio primo Mistah, del clan de Muttalib. Pero tanto si se lo creían como si no, el caso es que todo el mundo, menos ella, estaba al corriente del asunto. Ella sin embargo, era consciente de una cierta reserva por parte del Profeta y echaba de menos la amorosa atención que le había prestado en anteriores enfermedades. Entraba en la habitación y decía a los que la cuidaban "¿Cómo están todos hoy?", incluyéndola simplemente con los demás. Profundamente herida, pero demasiado orgullosa para quejarse, Aishah le pidió permiso para irse a casa de sus padres, donde su madre podría atenderla. "Como tú quieras", le respondió el Profeta.

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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Para contar lo que sucedió con las propias palabras de Aishah: "Fui a mi madre sin saber nada de lo que se estaba diciendo, y me recuperé de mi enfermedad unos veinte días después. Entonces una tarde salí con la madre de Mistah -su madre era hermana de la madre de mi padre- y mientras caminaba a mi lado se tropezó con su túnica y exclamó: '¡Así se tropiece Mistah!' '¡Por Dios!', repliqué, '¡es malo decir eso de un hombre de los Emigrados que luchó en Badr!' '¡Hija de Abu Bakr!', dijo ella, '¿es posible que las noticias aún no te hayan llegado?' '¿Qué noticias?', pregunté. Entonces me contó lo que los calumniadores habían dicho, y cómo la gente lo andaba repitiendo. '¿Es eso posible?', exclamé. '¡Por Dios, cierto que lo es!' fue su respuesta, y me volví a casa llorando, y lloré sin parar hasta que pensé que mi llanto me reventaría el hígado. '¡Dios te perdone!', le dije a mi madre. 'La gente no para de hablar, y tú no me dices ni una palabra de ello!' 'Hijita', me respondió, 'no te lo tomes tan a pecho, porque raro es que haya una mujer hermosa casada con un hombre que la quiere sin que sus otras esposas murmuren acerca de ella y otros repitan lo que ellas dicen'. Me quedé, pues, despierta durante toda la noche, llorando sin parar" (B. LII, 15).

Pero en realidad, a pesar de los celos que pudiera haber habido entre unas y otras, las esposas del Profeta eran todas mujeres piadosas, y ninguna de ellas tuvo nada que ver con la propagación de la calumnia. Al contrario, defendían a Aishah y hablaban bien de ella. De aquéllos sobre quienes especialmente había que echar la culpa, el más próximo a la casa del Profeta era su prima Hamnah, hermana de Zaynab, que repetía la calumnia pensando que así fomentaba los intereses de su hermana, porque generalmente se pensaba que, de no ser por Aishah, Zaynab habría sido la esposa favorita del Profeta, y Zaynab sufría mucho por el celo mal entendido que su hermana le profesaba. Otro de los calumniadores, además de Mistah, era el poeta Hassan ibn Thabit, y en último término estaban Ibn Ubayy y los otros hipócritas que habían iniciado todo.

El Profeta esperó claramente una Revelación, pero al no producirse ninguna interrogó no sólo a sus esposas sino también a otras personas allegadas. Usamah, que tenía la misma edad que Aishah, habló enérgicamente en su defensa: "Todo esto es una mentira", dijo, "No sabemos de ella sino cosas buenas". Su madre, Umm Ayman, fue igual de enfática en su elogio de ella. En cuanto a Ali, dijo: "Dios no te ha puesto restricciones, y hay muchas mujeres además de ella. Pero pregúntale a su criada y ella te dirá la verdad". El Profeta envió, pues, por ella y dijo: "¡Burayrah! ¿Has visto alguna vez algo en Aishah que pudiera hacerte sospechar de ella?", respondió: "Por Aquél que os envió con la verdad, yo sólo sé el bien de ella, y si fuera de otra manera Dios informaría a Su Enviado. La única falta que puedo encontrar en Aishah es que es una muchacha aún con pocos años, y que cuando yo amaso pasta y le ordeno que la vigile se queda dormida y viene su corderito y se la come. Más de una vez la he reprendido por esto".

La siguiente vez que el Profeta fue a la Mezquita subió al almimbar y después de alabar a Dios, dijo: "¡Gentes, ¿qué decís de hombres que agravian a mi familia diciendo lo que no es cierto? Por Dios, yo no conozco sino el bien de mi familia y el bien igualmente del hombre sobre el que hablan, que nunca ha entrado en mi casa sin estar yo con él!". Apenas hubo hablado cuando Usayd se levantó y dijo: "¡Enviado de Dios! Si son de Aws nosotros nos encargaremos de ellos, y si son de nuestros hermanos del Jazrach danos entonces tu orden, porque merecen que se les corte la cabeza". Antes de que terminase, Saad ibn Ubadah ya estaba de pie, porque Hassan era de Jazrach, como lo eran los hombres que sutilmente habían tramado la calumnia al principio. "¡Dios nos asista! ¡Mientes!", dijo, "No los vas a matar, ni puedes hacerlo. No habrías hablado así si hubieran sido de tu gente". "¡Por Dios, tú eres el mentiroso!", replicó Usayd, "Por cierto que los mataremos, y tú eres un hipócrita que se afana por defender a los hipócritas". A esas alturas las dos tribus estaban a punto de llegar a las manos, pero el Profeta les señaló que desistieran, y bajando del almimbar tranquilizó a unos y a otros y los hizo marchar en paz.

Si Aishah se hubiera enterado de que el Profeta la había defendido en público desde el almimbar sin duda se habría consolado mucho. Pero entonces no supo nada de ello. Ella sólo sabía que estaba interrogando a otros sobre su caso, lo cual daba a entender que el Profeta no sabía qué pensar, y esto la afligía grandemente. No esperaba que él, por si mismo, mirase en su alma, porque Aishah sabía que el conocimiento que el Profeta tenía de las cosas ocultas le venía del otro mundo. No buscaba leer los pensamientos de los hombres; aun así, ella esperaba que supiese que su devoción por él era tal como para hacer imposible aquello de lo que la acusaban.

De cualquier manera, no era suficiente que él creyera en la inocencia de Aishah y Safwan. La situación era grave, y resultaba imperioso contar con la evidencia que convenciera a toda la comunidad. Para este fin Aishah misma había resultado ser la menos útil de todos los implicados. Ya era hora de que rompiese el silencio. No es que cualquier cosa que dijera fuese a resultar suficiente para resolver la crisis, pero el Corán había prometido que las cuestiones planteadas durante el período de su revelación serían respondidas. En el presente caso el Profeta no había parado de hacer preguntas -las mismas preguntas repetidas a diferentes personas-, aunque para que el Cielo diese la respuesta prometida quizás era necesario que la cuestión fuese planteada a la persona más directamente comprometida.

"Estaba con mis padres", dijo Aishah, "y había estado llorando durante dos noches y un día, y mientras estaban sentados conmigo, una mujer de los Ansar preguntó si se podía unir a nosotros; dije que entrara, y lloró conmigo. Luego vino el Profeta y tomó asiento. No se había sentado conmigo desde que la gente comenzó a decir lo que decía de mí. Había pasado un mes, y no había recibido noticias del Cielo acerca de mí. Después de pronunciar la testificación 'No hay dios sino Dios', dijo: 'Aishah, me han contado tal y tal cosa referente a ti. Si eres inocente, con toda seguridad Dios declarará tu inocencia, y si has hecho algo malo, pide entonces el perdón de Dios y arrepiéntete ante Él, porque verdaderamente si el siervo confiesa su pecado y luego se arrepiente Dios se apiada de él'. Tan pronto como hubo terminado de hablar mis lágrimas cesaron y le dije a mi padre: 'Responde al Enviado de Dios por mí', y él dijo: 'No sé qué decir'. Cuando se lo pedí a mi madre contestó lo mismo. Yo apenas era una muchacha de corta edad, y no era mucho lo que podía recitar del Corán. Dije, pues: 'Bien sé que te has enterado de lo que los hombres dicen, y eso se ha asentado en tu alma, y lo has creído, y si te digo que soy inocente -y Dios sabe que lo soy- no me creerás, mientras que si confieso aquello de cuya culpa Dios sabe que estoy libre, me creerías'. Entonces traté de acordarme del nombre de Jacob, pero no pude conseguirlo y dije: 'Pero diré como dijo el padre de José: Tengo que tener digna paciencia. ¡Dios es Aquél cuya ayuda yo imploro contra lo que vosotros contáis!'." (XII, 18). Entonces me volví hacia mi lecho y me eché, esperando que Dios me declarara inocente. No es que pensase que enviaría una Revelación por mi causa, porque me parecía que yo era demasiado insignificante como para que se hablase de mí caso en el Corán. Pero esperaba que el Profeta vería en su sueño una visión que me exculpase.

"Permaneció sentado en nuestra compañía y todos nosotros estábamos aún presentes cuando le vino una Revelación: de él se apoderaron los dolores que en tales ocasiones le sobrevenían, y le gotearon como perlas de sudor, aunque era un día frío. Luego, cuando se vio liberado de esta presión, dijo con una voz que vibraba de alegría: '¡Aishah, alaba a Dios, porque te ha declarado inocente!'. Entonces mi madre dijo: 'Levántate y ve al Enviado de Dios', y yo repliqué: '¡No por Dios, no me levantaré ni iré al Enviado de Dios, y sólo a Dios alabaré!'." (H. LII, 15).

Las palabras de exculpación eran: "Ciertamente quienes han inventado la calumnia son un grupo de vosotros... Cuando recibisteis en vuestras lenguas y hablaron vuestras bocas aquéllo que desconocíais, lo considerasteis como algo trivial, mientras que para Dios es una enormidad. ¿Por qué no dijisteis al oírlo: 'No está bien que hablemos de eso. ¡Gloria a Ti! Es una monstruosa calumnia?'. Dios os exhorta a que jamás volváis a hacer algo semejante si sois creyentes" (XXIV, 11, 15-17).

La nueva Revelación también trataba sobre todo la cuestión del adulterio, y a la vez que prescribía la pena, prescribía también, como pena por difamar a mujeres honorables, el azotamiento de los calumniadores. Esta sentencia se cumplió en Mistah, Hassan y Hamnah, que habían sido los más explícitos en la difusión de la calumnia y que confesaron su culpa. Los hipócritas habían sido más insidiosos, aunque de forma implícita, y no confesaron haber tenido nada que ver, por lo que el Profeta prefirió no seguir con el asunto, sino dejarlo en manos de Dios.

Abu Bakr había tenido la costumbre de dar a su pariente Mistah una asignación en dinero debido a su pobreza, pero ahora dijo: "Nunca más, por Dios, le daré a Mistah, y nunca volveré a mostrarle mi favor, después de lo que ha dicho contra Aishah y después de la aflicción que nos ha traído". Pero se produjo entonces la Revelación: "Quienes de vosotros disfruten de gracia y abundancia, que no juren que no darán a los parientes cercanos, a los necesitados y a los que han emigrado por Dios. Que perdonen y sean indulgentes. ¿Acaso no deseáis que Dios os perdone? Y Dios es Indulgente y Misericordioso" (XXIV, 22).

Entonces Abu Bakr dijo: "Ciertamente anhelo el perdón de Dios para mi , y volvió a Mistah y le dio lo que había venido dándole y dijo: '¡Juro que nunca se lo retiraré!'. También el Profeta, después de pasado algún tiempo, mostró gran generosidad con Hassan, y casó a Hamnah, la viuda de Musab, con Talhah, del cual tuvo dos hijos.

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[1] Consultar el final del capítulo 48, "Las gentes del blanco".
[1] La sentencia de Saad estaba sin duda dirigida principalmente contra su perfidia, pero de hecho coincidía exactamente con la ley judía relativa al trato a una ciudad asediada, incluso si era inocente del cargo de traición: "Y cuando Yavé, tu Dios, la pusiera en tus manos, pasarás a todos los varones al filo de la espada, pero las mujeres, los niños y los ganados y cuanto haya en la ciudad, todo su botín, lo tomarás para ti" Deuteronomio, XX, 12.


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