Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 64
El collar

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Aishah y Umm Salamah habían acompañado al Profeta en esta expedición; y en una parada a la puesta del 501, dos o tres días después de la marcha forzada, un collar de ónice que llevaba Aishah se le desabrochó y se le escurrió al suelo sin ella advertirlo. Cuando se dio cuenta de la pérdida ya era demasiado de noche para ponerse a buscarlo, pero estaba poco dispuesta a irse sin él. Su madre se lo había colocado alrededor del cuello el día de su boda, y era una de sus posesiones más preciadas. El lugar carecía de agua y el Profeta sólo había pretendido hacer una breve parada, pero dio órdenes de acampar hasta el amanecer. La razón de este cambio de plan pasó de boca en boca, y no era poca la indignación que se experimentaba porque todo un ejército debiera mantenerse esperando en un lugar tan inhóspito por culpa de un collar. Algunos de los Compañeros fueron y se quejaron a Abu Bakr, que se sintió azorado y reprendió a su hija por la falta de cuidado con sus cosas. No había ningún pozo a mano, y los hombres ya habían usado todo el agua que llevaban consigo, pensando en llenar los pellejos y botellas en el campamento bien regado hacia el que se dirigían.

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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No sería posible hacer la plegaria del alba, porque no tenían medio de hacer la ablución. Pero en las últimas horas de la noche se le reveló al Profeta el versículo de la purificación con tierra -un acontecimiento de incalculable importancia para la vida práctica de la comunidad-: "Si no encontráis agua, purificaos entonces con tierra pura y frotaos vuestros rostros con vuestras manos" (IV. 43). Los ánimos, que tanto se habían exaltado en toda la hueste, se aplacaron entonces; y Usayd exclamó: "No es ésta la primera bendición que nos habéis traído, familia de Abu Bakr."

Ya era de día y el collar seguía sin aparecer por ningún sitio; pero cuando todas las esperanzas de hallarlo estaban perdidas y todo el mundo se iba preparando para partir sin él, el camello de Aishah se levantó de donde había estado arrodillado toda la noche, y allí estaba el collar en el suelo debajo de él.

Una de las siguientes acampadas fue en un agradable valle con largas extensiones de arena nivelada. Las dos tiendas del Profeta fueron levantadas como siempre a una cierta distancia de los demás, y aquel día le correspondía a Aishah el turno de estar con él. Posteriormente contó ella cómo él sugirió echar una carrera. "Me recogí la túnica en torno mío", dijo ella, "y el Profeta hizo lo mismo. Entonces corrimos, y él ganó la carrera". "Ésta es por la otra carrera", dijo él, "que me ganaste". Se refería al incidente que había sucedido en la Meca antes de la Hégira. Aishah añadió, a modo de explicación: "Él había venido a casa de mi padre, y yo tenía algo en la mano, y él dijo: 'Tráemelo aquí', pero yo no quise y me escapé de él; él corrió detrás de mi, pero fui demasiado rápida para él" (W. 427).

El cierre del collar de Aishah era inseguro, y en una de las últimas paradas antes de llegar a Medina volvió a caérsele. Sucedió cuando la orden de marcha ya había sido dada y ella se había alejado del campamento para satisfacer una llamada de la naturaleza. Cuando volvió, ella y Umm Salamah se sentaron en sus respectivas literas, corrieron las cortinas y velaron sus rostros. Sólo entonces se dio cuenta Aishah de su pérdida, y, deslizándose cuidadosamente por debajo de la cortina, se volvió para buscarlo. Entre tanto, los hombres habían ensillado los camellos y los llevaron hacia las literas, que sujetaron con correas cada una a su montura. Estaban acostumbrados a una considerable diferencia de peso entre ambas -el de una mujer de treinta años comparado con el de una de catorce que era delgada para su edad- y no fueron capaces de advertir que en esta ocasión la más ligera de las dos literas era aún más ligera de lo normal; así pues se llevaron los camellos para que se uniesen a la marcha sin pensarlo dos veces. "Encontré mi collar", dijo Aishah, "regresé al campamento y no quedaba ni un alma allí. Me fui entonces a donde había estado mi litera pensando que me echarían en falta y volverían por mí, y mientras estaba allí sentada a mis ojos les venció la modorra y me quedé dormida. Allí yacía cuando pasó al lado Safwan el hijo de Muattal[i]. Se había rezagado del ejército por alguna razón y no había pasado la noche en el campamento. Dándose cuenta de mi presencia, se me acercó y se quedó de pie a mi lado. Había estado acostumbrado a verme antes de que el velo nos fuese impuesto, y cuando me reconoció dijo: 'En verdad, de Dios somos y a Él retornaremos' (II. 156), 'ésta es la esposa del Enviado de Dios'." Su recitación del versículo del retorno la despertó, y cubrió su rostro con el velo. Safwan le ofreció su camello y la escoltó a pie hasta la siguiente parada. (I.I.732; B. LII, 15; W. 426-8).

Al llegar el ejército a la parada la litera de Aishah había sido levantada de su montura y depositada sobre el suelo. Como quiera que la muchacha no saliese de la litera habían supuesto que estaba durmiendo. Grande fue el asombro cuando ya casi concluida la parada, después de haber descansado los hombres, hizo ella su entrada en el campamento guiada por Safwan. Aquél fue el comienzo de un escándalo que habría de sacudir a Medina, y las lenguas de los hipócritas no se mostraron lentas en iniciarlo; pero por el momento el Profeta, Aishah y la mayoría de los Compañeros eran totalmente inconscientes del inminente trastorno.

El botín fue repartido como de costumbre, y uno de los cautivos era Yuwayriyah la hija de Harith, jefe del clan derrotado. Le fue dada a un Ansar, que fijó un elevado precio por su rescate, y acudió ella al Profeta para que interviniese en su favor. Aquel día se encontraba en el apartamento de Aishah, que le abrió la puerta, y que dijo después relatando lo que había sucedido: "Era una mujer de gran encanto y belleza. Ningún hombre la miraba sin que su alma no quedara cautivada, y cuando yo la vi a la entrada de mi estancia me embargaron los recelos, porque sabía que el Profeta vería en ella lo que yo veía. Se presentó ante él y dijo: 'Enviado de Dios, soy Yuwayriyah, la hija de Harith, el señor de su pueblo. Bien conoces la desgracia que sobre mí se ha abatido, y he venido a buscar tu ayuda en el asunto de mi rescate', él respondió: '¿Querrías algo mejor que eso?' '¿Qué es mejor?', le preguntó ella, y el Profeta respondió: 'Que yo pague tu rescate y te despose'."(I.I. 729).

Yuwayriyah aceptó gustosa su oferta, pero el matrimonio todavía no había tenido lugar cuando llegó su padre con algunos camellos para el rescate. No eran todo el número que en principio había pensado ofrecer, porque en el valle de Aqiq, poco antes de llegar al oasis, había dirigido una última mirada a los hermosos animales y había quedado tan entusiasmado de admiración por dos de ellos que los había separado de los demás y los había ocultado en uno de los pasos del valle, incapaz de resignarse a separarse de ellos. Los restantes se los llevó al Profeta y dijo: "Muhámmad, os habéis apoderado de mi hija, y aquí está su rescate" "Pero ¿dónde están aquellos dos camellos que escondiste en Aqiq?", dijo el Profeta, y continuó describiendo con todo detalle el paso donde estaban atados. Entonces Harith dijo: "Doy testimonio de que no hay dios sino Dios, y de que tú, Muhámmad, eres el Enviado de Dios", y dos de sus hijos abrazaron con él el Islam. Envió por los dos camellos y se los dio con el resto al Profeta, que le devolvió a su hija. Entonces ella misma se convirtió al Islam, y el Profeta pidió a su padre que se la diese en matrimonio, lo cual hizo, y se construyó una estancia para ella. (I.H. 729).

Cuando se supo que los Baní al-Mustaliq se habían convertido en parientes del Profeta mediante el matrimonio, los Emigrados y los Ansar liberaron a sus cautivos que aún no habían sido rescatados. Aproximadamente un centenar de familias fueron liberadas. "No sé de ninguna mujer", dijo Aishah refiriéndose a Yuwayriyah, "que haya sido una mayor bendición para su pueblo que ella" (Ibid, I.I.).

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[i] Un joven de los Bani Sulaym que se había ido a vivir a Medina y se contaba, por tanto, entre los Emigrados.


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