Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 63
Los hipócritas

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El éxito de la emboscada de Zayd en la ruta caravanera oriental hizo que los pensamientos del Quraysh se volviesen una vez más hacia la ruta occidental, que, de todos modos, preferían. Comenzaron entonces a instigar a sus propios aliados de la costa del Mar Rojo, los Bani al-Mustaliq, un clan de Juzaah, para que efectuasen una incursión contra Medina, esperando sin duda alguna que éstos podrían ganar el apoyo de otras tribus costeras y de este modo les abrirían de nuevo la ruta. Pero los otros clanes de Juzaah estaban más favorablemente dispuestos hacia el Profeta de lo que los mequíes imaginaban, y andando el tiempo le llegaron noticias de este proyecto. Se le daba así la oportunidad de demostrar su poder no disminuido e incluso fortalecido también a lo largo de la ruta occidental. hasta una distancia de unas pocas marchas de la misma Meca. Al cabo de ocho días, bastante antes de que los Bani al-Mustaliq estuviesen preparados para ponerse en camino, ya había acampado en una de las aguadas de su territorio. Desde allí avanzó y mediante una rápida maniobra envolvente se abatió sobre los nómadas, que se rindieron sin ofrecer apenas resistencia. Tan sólo un musulmán resultó muerto, y del enemigo no más de diez. Unas doscientas familias fueron hechas cautivas, y el botín incluyó aproximadamente dos mil camellos y cinco mil ovejas y cabras.

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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El ejército permaneció allí acampado durante unos cuantos días, pero su estancia fue interrumpida por un incidente fatal. En uno de los pozos se originó una disputa entre dos miembros de dos tribus de la costa, las de Gifar y Yuhaynah, sobre cuál era el cubo de cada uno, y terminaron peleándose. El gifarí, que había sido contratado por Omar para conducir su caballo, gritó pidiendo ayuda -"¡Quraysh!"- mientras que el yuhayní llamó a sus aliados tradicionales del Jazrach, y los más exaltados de entre los Emigrados y los Ansar corrieron hacia el lugar de los hechos. Se desenvainaron espadas y la sangre pudo haber corrido de no haber intervenido alguno de los Compañeros más íntimos para calmar a ambos bandos. Normalmente éste habría sido el final del asunto. Pero dio la casualidad de que en esta expedición había tomado parte un número de hipócritas mayor de lo normal. La expedición se realizaba en un territorio bien regado y que les era familiar, y desde el principio se había abrigado la esperanza de una victoria fácil y de un botín digno del esfuerzo. Ellos no estaban, sin embargo, dispuestos a cambiar su punto de vista sino que todavía seguían considerando las expediciones que partían de Yathrib como correrías del Jazrach y Aws realizadas con el concurso de auxiliares. El campamento pertenecía por lo tanto a los hijos de Qaylah; los refugiados qurayshíes estaban allí, como en otras partes, simplemente por tolerancia. En este estado de ánimo estaba Ibn Ubayy sentado aparte con un grupo de sus más allegados cuando llegó a sus oídos el griterío de la pelea, y uno de ellos acudió a ver qué pasaba. Regresó para informar, con toda veracidad, que el hombre de Omar tenía toda la culpa y que era él quien había dado el primer golpe. Esto sirvió para reavivar los rescoldos del rencor que se mantenía latente desde la experiencia del foso. Durante los últimos cinco años la tensión había ido creciendo gradualmente hasta que la presencia de Muhámmad y los otros Emigrados había puesto a todo Arabia en contra de ellos. Además de esto, las ricas y hospitalarias tribus judías que habían desempeñado un papel tan importante en la comunidad habían sido eliminadas -dos de ellas desterradas y la tercera masacrada-. Las guerras civiles del oasis habían exigido una solución, ciertamente, pero Ibn Ubayy estaba convencido de que si él hubiese sido designado rey habría sabido terminar con la discordia sin implicar a su gente en hostilidades más peligrosas. "¡Y ahora estos refugiados empobrecidos habían tenido la desfachatez de obstaculizar el paso de sus benefactores al pozo! ¿Tan lejos habían llegado?", dijo Ibn Ubayy. "Pretenden tener la precedencia sobre nosotros, nos excluyen de nuestro país, y nada se ajusta mejor a nosotros y a estos granujas del Quraysh que el viejo dicho: 'engorda a tu perro y se alimentará de ti'. ¡Por Dios!, cuando volvamos a Medina el más elevado y el más poderoso de nosotros expulsará al más bajo y al más débil". Un muchacho del Jazrach, llamado Zayd, que estaba sentado al borde del circulo, se fue derecho al Profeta y le contó lo que Ibn Ubayy había dicho. El Profeta empalideció, y Omar, que se encontraba con él, sugirió que debía mandar inmediatamente decapitar al traidor, pero le respondió Muhámmad: "¿Y qué pasará, Omar, si los hombres dicen que Muhmmad asesina a sus compañeros?" Mientras tanto, uno de los Ansar había ido a ver a Ibn Ubayy para preguntarle si de hecho había dicho lo que el muchacho les había contado; Ibn Ubayy acudió rápidamente junto al Profeta y juró no haber dicho semejante cosa. Algunos jazrachies que se encontraban presentes hablaron también en su defensa, ansiosos de evitar problemas. El Profeta aparentó dar por zanjado el incidente, pero una forma más segura de evitar problemas era ocupar las mentes de los hombres en otras cosas, y dio órdenes de levantar el campamento inmediatamente.

Nunca antes se sabía que se hubiese puesto en marcha a esa hora; era poco después del mediodía, y, con breves paradas a las horas de las plegarias, prosiguieron la marcha bajo el calor de la tarde; luego, durante toda la noche, y desde el alba hasta que el calor del día siguiente se hizo inaguantable. Cuando por fin se les dijo que montasen el campamento los hombres estaban demasiado cansados para hacer nada salvo dormir. Durante la marcha el Profeta confió a Saad ibn Ubadah -que para los musulmanes había ido reemplazando gradualmente a Ibn Ubayy como caudillo del Jazrach- que creía que el joven Zayd había dicho la verdad. "Enviado de Dios", dijo Saad, "vos, si lo deseáis, lo podéis expulsar, porque él es el más bajo y el más débil y vos sois el más elevado y el más poderoso". Le pidió, sin embargo, que tratase con gentileza a Ibn Ubayy. El Profeta no tenía intención de volver a mencionar el incidente, pero poco después de su conversación con Saad el asunto se le escapó de las manos, porque sobre él descendió la Revelación y fue revelada sura llamada de "los Hipócritas", en la que uno de ellos es citado -aunque sin ser nombrado- como habiendo dicho las mismas palabras pronunciadas por Zayd. El Profeta, sin embargo, no dio a conocer esta sura hasta que hubieron regresado a Medina. De todas formas cabalgó hacia donde Zayd estaba, se inclinó hacia él, y tomándole del oído le dijo: "Muchacho, tu oído escuchó bien, y Dios ha confirmado lo que dijiste".

Mientras tanto Abdallah, el hijo de Ibn Ubayy, se encontraba profundamente afligido porque se había enterado de que su padre había dicho aquellas palabras. También le habían contado que Omar había querido que el Profeta ajusticiase a su padre y temía que pudiera aprobarse la sentencia y darse la orden en cualquier momento. Fue, pues, al Profeta y le dijo: "Enviado de Dios, me dicen que estás dispuesto a ejecutar a Abdallah ibn Ubayy. Si es necesario que lo hagas, entonces dame a mi la orden y yo te traeré su cabeza. El Jazrach sabe perfectamente que no hay entre ellos un hombre de mayor piedad filial hacia su padre que yo, y temo que si le das la orden a otro mi alma no soportaría ver al verdugo de mi padre caminando entre los hombres, y lo mataría, y habiendo así matado a un creyente por causa de un incrédulo entraría yo en el fuego del infierno". Pero el Profeta dijo: "Por cierto que no, más bien tratémosle con gentileza y demos mucha importancia a su compañía mientras esté entre nosotros" (I.I. 726-8).

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