Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 62
Después del asedio

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Cuando Saad hubo pronunciado su veredicto sobre los Bani Qurayzah regresó a su lecho de enfermo en la Mezquita. Ya le había pedido a Dios que si tenía para él más luchas en las que participar contra sus enemigos que le dejase vivir, y si no que le dejase morir. Ahora su estado empeoró rápidamente. Una noche, poco después del asedio, el Profeta lo encontró aparentemente inconsciente. Se sentó a su cabeza, que suavemente levantó y colocó contra su pecho, y pidió: "¡Oh Señor!, ciertamente Saad se ha esforzado en el sendero, con fe plena en Tu Enviado, sin dejar de hacer nada de lo que tenía que hacer. Llévate, pues, contigo su espíritu acogiéndolo con la mejor acogida que das a los espíritus de Tus criaturas". Saad escuchó la voz del Profeta, y abriendo los ojos dijo: "La paz sea sobre ti, Enviado de Dios, doy testimonio de que has comunicado tu mensaje". Una o dos horas después, una vez que el Profeta hubo regresado a casa, Gabriel vino a él y le dijo que Saad había muerto.

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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Cuando portaban el féretro al cementerio, los que lo llevaban se asombraron por lo ligero de la carga, ya que Saad era un hombre pesado, pero cuando se lo mencionaron al Profeta les dijo: "Vi a los Ángeles transportándolo". Colocaron el féretro al borde de la fosa y dirigió la plegaria funeraria, con una multitud de hombres y mujeres haciéndola detrás de él. Luego, cuando depositaron el cuerpo en la tumba, el rostro del Profeta empalideció de pronto, y dijo tres veces: Subhan Allah -"Gloria a Dios"- siendo ésta una afirmación de la Absoluta Trascendencia de Dios, pronunciada a veces como en esta ocasión, respecto de un limite que necesita ser trascendido Todos los presentes lo repitieron y el cementerio resonó con las glorificaciones. Después, al cabo de un momento, pronunció las palabras de victoria, Allahu Akbar - "Dios es Grande"- y el cementerio volvió a resonar al unírsele en la magnificación todos los presentes. Posteriormente, cuando se le preguntó al Profeta por qué había empalidecido, éste dijo: "La tumba se cerraba sobre vuestro compañero, y él sintió una contrición que, de poder eludirla cualquier hombre, Saad la habría eludido. Luego Dios le concedió un alivio bendito." (W. 529).

Fue al alba de uno de los días que siguieron, estando el Profeta en el aposento de Umm Salamah, cuando le anunció a ella: "Abu Lubabah está perdonado" "¿Puedo darle las buenas nuevas?", preguntó ella. "Si lo deseas", respondió el Profeta; salió, pues, ella a la puerta de su aposento, que se abría a la Mezquita, no lejos del pilar al que se había atado, y gritó: "¡Oh Abu Lubabah, alégrate, porque Dios se ha apiadado de ti!". Los hombres que se encontraban en la Mezquita se precipitaron sobre él para liberarlo, pero él se detuvo diciendo: "No hasta que el Enviado de Dios me libere con sus propias manos". Así pues cuando el Profeta pasó junto a él de camino a la plegaria le desató las ligaduras.

Después de la plegaria Abu Lubabah se aproximó al Profeta y le dijo que quería hacer una ofrenda en expiación por lo que había hecho, y el Profeta aceptó de él un tercio de sus bienes, porque la Revelación que lo había liberado había dicho: "Toma limosnas de sus riquezas para purifcarlos" (IX, 103), refiriéndose no sólo a Abu Lubabah sino también a otros buenos hombres que habiendo incurrido en falta reconocían su error.

Unos cinco meses después de la campaña del Foso, el Profeta se enteró de que se aproximaba una rica caravana del Quraysh procedente de Siria; Zayd fue enviado para interceptarla con una tropa de ciento setenta hombres a caballo. Se apoderaron de todas las mercancías, incluida gran cantidad de plata que era propiedad de Safwan, y la mayoría de los hombres fueron hechos prisioneros. Entre los pocos que se escaparon se encontraba Abu al-As, el yerno del Profeta, y cuando se acercó a Medina, cerca de la cual tenía que pasar para ir a la Meca, sintió un fuerte deseo de ver a su esposa y a su hijita Umamah. Aprovechando la oscuridad de la noche entró en la ciudad con considerable riesgo y de un modo u otro logró descubrir donde vivía Zaynab. Llamó a la puerta. Ella abrió y lo dejó entrar. No faltaba mucho para el alba, y cuando Bilal hizo la llamada para la plegaria Zaynab lo dejó en la casa con Umamah y se marchó a la Mezquita para colocarse como de costumbre con sus hermanas y madrastras en la primera fila de las mujeres, detrás de las filas de los hombres. El Profeta hizo la magnificación inicial que los hombres repitieron después de él, y en el breve momento de silencio que siguió Zaynab gritó con todas sus fuerzas: "Gentes ¡Doy protección a Abu al-As, el hijo de Rabi!", y comenzó ella también la plegaria con la magnificación.

Cuando el Profeta hubo pronunciado el saludo final de paz, se levantó, se volvió hacia los reunidos y dijo: "¿Oísteis lo que yo oí?" Un murmullo de afirmación recorrió toda la Mezquita. "Por Aquél en cuyas manos está mi alma dijo, 'yo no sabía nada de esto hasta que oí lo que he oído'. El musulmán más humilde puede conceder protección, protección que todos los demás musulmanes tendrán que respetar". Entonces fue hacia su hija y le dijo: "Recíbelo con todos los honores, pero no le permitas acercarse a ti como marido, porque legalmente ya no le perteneces". Zaynab le contó a su padre que Abu al-As estaba preocupado por la pérdida de las mercancías que él mismo había adquirido mediante trueque en Siria en nombre de varios qurayshíes que le habían confiado sus bienes, porque él era uno de los hombres más dignos de confianza en la Meca. El Profeta envió, pues, un mensaje a aquéllos de la expedición que se habían apoderado de las riquezas de Abu al-As: "Como sabéis, este hombre está emparentado con nosotros, y habéis tomado sus bienes. Sí tuvieseis la bondad de devolvérselas, me alegraría, pero en caso contrario, es un botín que Dios os ha dado y tenéis por tanto un mayor derecho a ello". Dijeron que se lo restituirían, y tal fue así que incluso le devolvieron viejos odres de agua, pequeñas botellas de cuero y trozos de madera. Le fue devuelto todo sin excepción, y como había indicios de que tenía pensamientos de abrazar el Islam, uno de los hombres le dijo: "¿Por qué no te conviertes al Islam y te quedas con estos bienes, porque son las riquezas de los idólatras?" Pero él respondió: "Mal comienzo para mi Islam sería que traicionara la confianza que en mí han depositado". Se llevó las mercancías a la Meca y se las entregó a sus propietarios. Luego volvió a Medina y abrazó el Islam, jurando fidelidad. Así pues, una vez más, Zaynab se encontró reunida con su marido y fue grande la alegría en la familia del Profeta y en toda la ciudad.


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