Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 61
Bani Qurayzah

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Solamente disfrutaron de unas pocas horas para descansar. Una vez hecha la plegaria del mediodía Gabriel acudió al Profeta. Estaba vestido espléndidamente, el turbante era de rico brocado de oro y plata, y una tela de terciopelo brocado recubría la silla de la mula en la que montaba. "¿Has depuesto las armas, Enviado de Dios?", le dijo. "Los Ángeles no han depuesto las suyas, y yo regreso en este momento de perseguir al enemigo. Ciertamente Dios en Su Poder y Majestad ordena, Muhámmad, que marches ahora contra los hijos de Qurayzah. Yo en este momento me voy contra ellos para hacer que sus almas se estremezcan" (I.I. 684).

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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El Profeta ordenó que nadie hiciera la plegaria de la tarde hasta que no hubieran alcanzado el territorio de los Qurayzah. El estandarte le fue confiado a Ali, y antes de la puesta del sol todas las fortalezas habían sido sitiadas por el mismo ejército de tres mil hombres que se había enfrentado al Quraysh y sus aliados en el foso.

El asedio se prolongó durante veinticinco noches, al cabo de las cuales enviaron un mensaje al Profeta pidiéndole que les dejase consultar a Abu Lubabah. Al igual que los Bani Nadir, habían sido durante mucho tiempo aliados de los Aws, y Abu Lubabah había sido uno de sus principales contactos con su tribu. El Profeta le mandó que fuese a ver qué querían, y a su llegada se vio acosado por mujeres y niños llorosos, de forma que su severidad contra el enemigo se suavizó un poco, y cuando los hombres le preguntaron si debían someterse a Muhámmad él les respondió "sin duda", pero al mismo tiempo apuntó hacia su garganta como para advertirles que en su opinión el sometimiento significaba el degüello. El gesto estaba en contradicción con su aprobación, y podría haber prolongado el asedio todavía más pero apenas lo hubo hecho cuando un abrumador sentimiento de culpa se sumó al que ya tenía a causa de la palmera datilera que se había negado a dar al huérfano que estaba bajo su custodia cuando se lo pidió el Profeta[i]. "Mis dos pies no se habían movido de donde estaban", dijo, "antes de darme cuenta de que había traicionado al Enviado de Dios". Su rostro cambió de color y recitó el versículo: "En verdad de Dios somos y en verdad a Él retornaremos" (II.156). "¿Qué te sucede?", dijo Kaab. "He traicionado a Dios y a Su Enviado", dijo Abu Lubabah, y mientras descendía de la habitación superior se llevó la mano a la barba y estaba mojada por las lágrimas. Se sentía incapaz de cobrar ánimo suficiente para salir por donde había entrado y vérselas con sus compañeros awsíes y otros que, como él sabía, lo estaban esperando, ansiosos de oír sus noticias y de conducirlo ante el Profeta. Salió, pues, de la fortaleza a través de una puerta trasera y se encaminó hacia la ciudad. Una vez allí se fue directamente hacia la Mezquita y se ató a uno de sus pilares, diciendo: "No me moveré de este lugar hasta que Dios se apiade de mi por lo que hice".

El Profeta estaba esperando su regreso, y cuando por fin se enteró de lo que había sucedido, dijo: "Si hubiera venido a mi yo hubiera pedido a Dios para que lo perdonase, pero, a la vista de lo que ha hecho, no me corresponde a mi liberarlo hasta que Dios se apiade de él" (W. 507).

Permaneció en el pilar de diez a quince días. Antes de cada plegaria, o siempre que era necesario, su hija acudía para desatar sus ligaduras; luego, después de hecha la plegaria le ordenaba que lo atase de nuevo. Con todo, su penosa condición se aliviaba por un sueño que había tenido una noche durante el asedio. Se había sentido atrapado en una ciénaga de fétido lodo de la cual era incapaz de salir, hasta que casi moría a causa del hedor. Entonces veía una corriente de agua y en ella se limpiaba y el aire en torno suyo era fragante. Al despertar había ido a ver a Abu Bakr para preguntarle sobre su posible significado, y Abu Bakr le había dicho que el cuerpo representaba a su alma y que entraría en un estado anímico que le oprimiría de forma indecible y que luego se le otorgaría el alivio del mismo. Durante sus días en el pilar vivió con la esperanza de ese alivio.

En cuanto a los Bani Qurayzah, Kaab sugirió que, puesto que muchos de ellos creían que Muhámmad era un Profeta, debían abrazar su religión y salvar sus vidas y bienes. Pero ellos dijeron que la muerte era preferible y que no tendrían nada salvo la Torah y la ley de Moisés. Entonces Kaab hizo otras sugerencias, presentándoles otras posibilidades. Había, sin embargo, tres jóvenes de los Bani Hadí -es decir, descendientes de Hadí, el hermano de Qurayzah- que habían estado en las fortalezas de sus parientes durante el asedio, y ellos reiteraron la primera proposición hecha por Kaab. Siendo muchachos habían conocido a Ibn al-Hayyaban, el anciano judío de Siria que había venido a establecerse entre ellos, y repitieron ahora sus palabras sobre el Profeta esperado: "Su hora está próxima. Sed los primeros en reconocerlo, ¡oh judíos!, porque será enviado para derramar la sangre y tomar cautivos a las mujeres y los hijos de los que se le opongan. No dejéis que eso os aparte de él" (I.I. 136). Pero la única respuesta que recibieron fue un "no renegaremos de la Torah". En consecuencia, los tres jóvenes abandonaron la fortaleza aquella noche, y, contándoles a los centinelas musulmanes su intención de abrazar el Islam, prestaron lealtad al Profeta. Solamente dos de los Bani Qurayzah siguieron su ejemplo. Uno de estos, Amr ibn Suda, había rehusado desde el principio aprobar la ruptura del pacto con el Profeta y se había disociado formalmente de la misma. Ahora sugirió que si no abrazaban el Islam podían ofrecer el pago de un tributo o impuesto al Profeta "pero, por Dios, yo no sé si lo aceptaría". Le respondieron, sin embargo, que era preferible morir a aceptar el pago de un tributo a los árabes. Se marchó él entonces de la fortaleza, y, después de pasar entre los guardias como un musulmán, pasó aquella noche en la Mezquita de Medina. Pero nunca volvió a ser visto, y hasta la fecha se desconoce a dónde se fue o dónde murió. El Profeta dijo de él: "Ése es un hombre al que Dios salvó por su lealtad". El otro hombre, Rifaah ibn Samawal, burló a los vigilantes y se refugió con Salma bint Qays, la tía materna del Profeta, medio hermana de Aminah, que se había casado con un jazrachí de los Bani al-Nayyar. En su casa, Rifaah se convirtió al Islam.

Al día siguiente, a pesar de las advertencias de Abu Lababah, los Bani Qurayzah abrieron las puertas de sus fortalezas y se sometieron al juicio del Profeta. Los hombres fueron sacados con las manos atadas a la espalda y se les asignó un espacio en un lado del campamento. En otro lado fueron reunidos las mujeres y los niños, y el Profeta los puso a cargo de Abdallah ibn Sallam, el antiguo rabino mayor de los Bani Qaynuqa. Las armas y las armaduras, las prendas de vestir y los bienes domésticos fueron sacados de todas las fortalezas y colocados en un lugar que se les asignó. Las tinajas de vino y de jugo de dátil fermentado fueron abiertas y se hizo derramar su contenido.

Los clanes de Aws enviaron una delegación al Profeta pidiéndole que mostrase con sus antiguos aliados la misma indulgencia que había tenido con los Bani Qaynuqa, los cuales habían sido aliados del Jazrach. Les respondió diciendo: "¡Hombres de Aws! ¿Os sentiréis satisfechos si uno de vosotros pronuncia sentencia sobre ellos?" Se mostraron conformes. Envió, pues a Medina por su jefe, Saad ibn Muadh, cuya herida todavía no había sanado y que estaba siendo atendido en una tienda en la Mezquita. El Profeta lo había instalado allí para poder visitarlo más a menudo, y Rufaydah, una mujer de Aslam, cuidaba su herida. Algunos miembros de su clan se le acercaron, lo montaron en un asno y lo condujeron al campamento. "Pórtate bien con tus confederados", le dijeron durante el camino, "porque el Enviado de Dios ha determinado que tú pronuncies la sentencia sobre ellos sin más propósito que el de que los trates con indulgencia". Pero Saad era un hombre de justicia; al igual que Omar, se había opuesto a perdonar la vida de los prisioneros en Badr, y la opinión de ambos había sido confirmada por la Revelación. Muchos de los hombres del Quraysh que habían sido liberados mediante el pago del rescate en aquella ocasión habían salido para luchar contra ellos en Uhud y, nuevamente, en el foso, y en esta última campaña la fuerza de los invasores en buena medida se había debido a las hostiles actividades de los judíos exiliados de los Bani Nadir. Si éstos hubieran sido ajusticiados en lugar de habérseles permitido marchar al exilio, el ejército invasor podría haber sido dividido, y los Baní Qurayzah sin duda se habrían mantenido fieles a su pacto con el Profeta. Los argumentos que ofrecía la pasada experiencia no eran favorables a la indulgencia, para no decir más. Además, Saad mismo había sido uno de los enviados a los Qurayzah en el momento de crisis y había visto lo repugnante de su falsedad cuando había dado por segura la derrota de los musulmanes. Era cierto que si imponía una sentencia severa la mayoría de los hombres y mujeres de Aws lo censurarían, pero una consideración tal Saad nunca la había tenido muy en cuenta, y mucho menos ahora, que tenía el convencimiento de estar a punto de morir. Cortó las súplicas de sus compañeros de clan con las palabras: "Ha llegado el momento para Saad, en la causa de Dios, de no prestar atención a la censura del censor".

Saad era un hombre de estatura imponente, de aspecto hermoso y mayestático, y cuando llegó al campamento el Profeta dijo: "Levantaos en honor de vuestro señor", y se incorporaron para saludarlo diciendo: "Padre de Amr, el Enviado de Dios te ha designado para que juzgues el caso de tus confederados". Él les respondió: "¿Juráis entonces por Dios y pactáis por Él que se les impondrá la sentencia que yo dicte?" "Así sea", respondieron. "¿Y será vinculante para aquél que está aquí?", añadió, lanzando una mirada hacia donde estaba el Profeta, pero sin mencionarle por respeto. "Lo será", dijo el Profeta. "Entonces resuelvo", dijo Saad, "que los hombres sean ejecutados, sus bienes divididos, y las mujeres y los niños sean hechos cautivos"[ii] El Profeta le dijo: "Has juzgado con el juicio de Dios desde arriba de los siete cielos."

Las mujeres y los niños fueron llevados a la ciudad, donde se les alojó, y los hombres pasaron la noche en el campamento recitando la Torah y exhortándose entre sí a la firmeza y la paciencia. Por la mañana el Profeta ordenó que se cavasen fosas -largas, profundas y estrechas- en el mercado. Los hombres, unos setecientos en total, fueron enviados en pequeños grupos, y a cada grupo se le hizo sentar junto a la fosa que estaba destinada a ser su sepultura. Luego Ali, Zubayr y otros de los Compañeros más jóvenes del Profeta los decapitaron, cada uno de un solo golpe.

Cuando Huyay fue conducido al mercado se volvió hacia el Profeta, que se encontraba sentado aparte con algunos de sus Compañeros más ancianos, y le dijo: "No me culpo por haberme opuesto a ti. Pero quien abandone a Dios él mismo será abandonado". Entonces se volvió hacia los otros, y dijo: "El decreto de Dios no puede estar equivocado -una orden, un decreto y una masacre que Dios ha consignado en su libro contra los hijos de Israel-". Se sentó a continuación junto a la fosa y su cabeza fue cortada.

Los últimos en morir fueron decapitados a la luz de las antorchas. Entonces un anciano, Zabir ibn Bata, cuyo caso aún no había sido decidido, fue llevado a la casa donde estaban alojadas las mujeres. A la mañana siguiente, cuando se les comunicó la muerte de sus hombres, la ciudad se llenó del sonido de sus lamentaciones. Pero el anciano Zabir las tranquilizó, diciendo: "¡Callaos! ¿Sois las primeras mujeres y niños de Israel hechos cautivos desde que comenzó el mundo? Si hubiera habido algún bien en vuestros hombres os habrían salvado de esto. Pero aferraos a la religión de los judíos, porque en ella tenemos que morir, y en ella tenemos que vivir en el futuro."

Zabir siempre había sido enemigo del Islam y había trabajado mucho para fomentar la oposición al Profeta. Pero en las guerras civiles de Yathrib había perdonado la vida a un hombre de Jazrach, Thabit ibn Qays, que deseaba compensarle por esto, y había ido a ver al Profeta para pedirle que dejase vivir a Zabir. "Es tuyo", dijo el Profeta. Pero cuando Thabit informó a Zabir de su indulto, éste le dijo: "Un anciano, sin esposa y sin hijos, ¿qué tiene que hacer en la vida?" Thabit fue, pues, de nuevo al Profeta, que le dio la mujer y los hijos de Zabir. Pero éste dijo: "¿Cómo puede sobrevivir una familia en el Hiyaz sin riquezas?". Nuevamente fue Thabit a ver al Profeta, que le concedió todas las posesiones de Zabir, excepto las armas y la armadura. Pero entonces los pensamientos de la muerte de todos sus hermanos de tribu abrumaron a Zabir, que dijo: "Thabit, por el derecho que tengo sobre ti, te pido por Dios que me reúnas con mi pueblo, porque, ahora que han partido, no queda ningún bien en la vida". En un primer momento Thabit se negó, pero cuando vio que hablaba en serio lo llevó al lugar de la ejecución y le dijeron a Zubayr que lo decapitase. Su mujer y sus hijos fueron liberados y se les devolvieron sus propiedades, bajo la tutela de Thabit.

En cuanto a las otras mujeres y niños, fueron divididos, junto con sus bienes, entre los hombres que habían participado en el asedio. Muchos de estos cautivos fueron liberados mediante el pago de rescate por los Baní Nadir de Jaybar. Como parte de lo que le correspondía el Profeta había escogido a Rayhanah, la hija de Zayd, un nadirí que la había casado con un hombre de Qurayzah. Era una mujer de gran belleza y permaneció como esclava del Profeta hasta su fallecimiento unos cinco años después. En un principio el Profeta la puso bajo la custodia de su tía Salma, en cuya casa ya se había refugiado Rifaah. Rayhanah sentía repugnancia por convertirse al Islam, pero Rifaah y sus parientes de los Baní Hadí le hablaron sobre la nueva religión y no transcurrió mucho tiempo antes de que uno de los jóvenes conversos, Thalabah, acudiese junto al Profeta y le dijese que Rayhanah se había convertido al Islam, lo cual le alegró sobremanera. Cuando resultó evidente que no se encontraba preñada, el Profeta fue a verla y le ofreció liberarla y desposarla. Pero ella dijo: "¡Oh Enviado de Dios! Déjame en tu poder; eso será más sencillo para mí y para ti".

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[i] Consultar el final del capítulo 48, "Las gentes del blanco".
[ii] La sentencia de Saad estaba sin duda dirigida principalmente contra su perfidia, pero de hecho coincidía exactamente con la ley judía relativa al trato a una ciudad asediada, incluso si era inocente del cargo de traición: "Y cuando Yavé, tu Dios, la pusiera en tus manos, pasarás a todos los varones al filo de la espada, pero las mujeres, los niños y los ganados y cuanto haya en la ciudad, todo su botín, lo tomarás para ti" Deuteronomio, XX, 12.

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