Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 60
El asedio

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A penas había sido terminado el foso -se tardó seis días en total- cuando llegaron noticias de que el ejército del Quraysh se estaba aproximando al valle de Aqiq y se encontraba entonces a poca distancia al suroeste de la ciudad, mientras que Gatafan y las otras tribus de Nachd se movían hacia Uhud por el este. Las casas aisladas del oasis ya habían sido evacuadas y sus moradores albergados detrás de las murallas. El Profeta ordenó entonces que se dispusiese un lugar para todas las mujeres y los niños en uno u otro de los cuartos superiores de las fortalezas. Luego acampó con sus hombres, unos tres mil en total, en el sitio elegido. Su tienda de cuero rojo fue levantada al pie del Monte Sal. Aishah, Umm Salamah y Zaynab establecieron turnos para estar con él allí.

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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El ejército mequí y sus aliados montaron campamentos separados no lejos de Uhud. Los qurayshíes se consternaron al hallar que las cosechas del oasis ya habían sido recogidas. Sus camellos tendrían que subsistir de las acacias del valle de Aqiq. Mientras tanto, los camellos de Gatafan vivían de las dos clases de tamarisco que crecen en las zonas de espesura de la llanura cerca de Uhud. Pero para los caballos de ambos ejércitos no había nada excepto el forraje que habían llevado consigo. Era por lo tanto imprescindible terminar con el enemigo cuanto antes, y con esta intención avanzaron los dos ejércitos unidos hacia la ciudad. Abu Sufyan era el jefe supremo, pero por turnos cada uno de los jefes iba a tener su día de honor en el que dirigiría la lucha real. Jalid e Ikrimah estaban otra vez al mando de la caballería mequí, y Amr se hallaba en la tropa de Jalid. Al aproximarse les alentó la visión del campamento enemigo frente a ellos, fuera de la ciudad. Habían temido encontrárselos guarnecidos detrás de sus almenas; pero afuera, a campo abierto, tenían que ser capaces de aplastarlos por el simple peso de los números. Cuando estuvieron más cerca, sin embargo, se asombraron al ver que un ancho foso discurría entre ellos y los arqueros, dispuestos a lo largo de toda su longitud en el lado opuesto. Sus caballos sólo podrían alcanzarlo con dificultad y luego estaría la dificultad, aún mayor, de cruzarlo. Entonces una lluvia de flechas se encargó de comunicarles que se encontraban dentro del campo de tiro del enemigo, y retrocedieron hasta una distancia más segura.

El resto del día se empleó en consultas y, finalmente, decidieron que su mayor esperanza descansaba en la posibilidad de obligar al enemigo a retirar sus tropas en gran número del norte de la ciudad para defenderla en otras partes. Si el foso estaba suficientemente desguarnecido no tenía que ser demasiado difícil cruzarlo. Sus pensamientos se dirigieron hacia los Bani Qurayzah, cuyas fortalezas impedían el acceso a Medina desde el sureste. Según lo establecido, Huyay de los Bani Nadir había venido de Jaybar para unirse al ejército, y ahora insistió a Abu Sufyan para que aceptase sus servicios como embajador ante sus hermanos judíos, asegurándole que podría convencerlos fácilmente para que rompieran su pacto con Muhámmad y, una vez asegurado su apoyo, la ciudad podría ser atacada por dos direcciones a la vez. Abu Sufyan aceptó con satisfacción su oferta y le insistió para que no se demorase.

Los Bani Qurayzah temían a Huyay. Le consideraban como un portador de mala suerte, un hombre de mal augurio que había llevado el desastre sobre su propio pueblo y que a ellos les haría lo mismo si le dejaban hacer lo que quería. Le temían sobre todo porque tenía un irresistible poder psicológico al cual resultaba difícil oponerse. Si quería algo cansaba hasta rendir toda oposición, y ni descansaba él ni dejaba descansar a los demás hasta que había logrado su objetivo. Huyay marchó entonces hacia la fortaleza de Kaab ibn Asad, el caudillo de los Qurayzah -él era quien había hecho el pacto de la tribu con el Profeta- y llamó a la puerta, anunciándose. Al principio Kaab no quiso desatrancarla. "Maldito seas, Kaab," dijo Huyay, "déjame entrar." "Maldito seas, Huyay", le respondió Kaab, que sabía bien cuál era el motivo de su visita. "Hice un pacto con Muhámmad, y no romperé lo que hay entre él y yo." "Déjame entrar," dijo Huyay, "y conversemos". "No lo haré", respondió Kaab; pero, finalmente, Huyay le acusó de no dejarle entrar simplemente porque le desagradaba tener que compartir con él su comida, y esto enfadó tanto a Kaab que abrió la puerta: "Maldito seas, Kaab," le dijo, "te traigo gloria perdurable por todos los tiempos y un poder como el del mar embravecido. Te he traído al Quraysh, a Kinanah y a Gatafan con sus jefes y caudillos, diez mil en total. Me han jurado que no cejarán hasta haber eliminado por completo a Muhámmad y a los que están con él. Esta vez Muhámmad no escapará." "Por Dios," dijo Kaab, "tú me has traído vergüenza para siempre -una nube sin agua, todo trueno y relámpago, y nada más en ella-. Maldito seas, Huyay. Vete y déjame en paz". Huyay vio que estaba flaqueando, y su elocuente lengua se extendió sobre las grandes ventajas que obtendrían todos si la nueva religión era aniquilada. Finalmente, profirió en el nombre de Dios el más solemne juramento: "Si el Quraysh y Gatafan regresan a sus territorios sin haber terminado con Muhámmad entraré contigo en tu fortaleza y correré tu misma suerte." Esto convenció a Kaab de que no podía haber posibilidad de supervivencia para el Islam, y aceptó renunciar al pacto entre su pueblo y el Profeta. Huyay solicitó ver el documento, y cuando lo hubo leído lo rompió en dos. Kaab fue entonces a contar a sus compañeros de tribu lo que había sucedido entre ellos dos. "¿Qué ventaja hay -dijeron- en que si te matan Huyay pierda su vida contigo?", y en un primer momento se encontró con una oposición considerable. Entre los Bani Qurayzah se había establecido Ibn al Hayyaban, el anciano judío de Siria que había esperado conocer al Profeta anunciado, al cual había descrito y cuya inminente venida había pronosticado. Muchos de ellos sentían que Muhámmad ciertamente tenía que ser el hombre, aunque eran pocos los dispuestos a interesarse por un Profeta que no era judío, y aún menos los capaces de extraer ninguna conclusión práctica sobre la gravedad de oponerse a un Profeta, fuese judío o gentil. En cuanto a la mayoría, se oponían simple-mente a la ruptura de un pacto político, pero cuando algunos hipócritas trajeron noticias que confirmaban lo que Huyay había dicho, y cuando algunos de sus propios hombres fueron individualmente y de forma discreta a ver por sí mismos, la opinión general comenzó a decantarse hacia el Quraysh y sus aliados. Mirando a través del foso desde el lado de Medina, era sin duda una visión formidable la de la llanura, al otro lado, hirviendo de caballos y de hombres hasta donde los ojos podían alcanzar.

Mientras tanto Jalid e Ikrimah examinaban el foso, aunque a distancia, para ver por dónde podría cruzarse más fácilmente. "¡Esta muestra de astucia!", exclamaron irritados. "Seguramente tiene que estar con él un hombre de Persia". Para desilusión suya vieron que el trabajo había sido bien hecho, salvo una corta sección que era ligeramente más angosta que el resto, y ésta estaba rigurosamente defendida. Uno o dos intentos de asaltarla fueron un completo fracaso. Sus caballos nunca habían visto nada parecido al foso y manifestaban una firme aversión a él. Esto podría cambiar, pero por el momento la lucha tendría que limitarse a un intercambio de arquería.

La renuncia de los Bani Qurayzah a su pacto no permaneció oculta. Muchos hipócritas estaban indecisos en cuanto a cuál era su bando, y estaban dispuestos a traicionar los secretos de cualquiera de los dos bandos al contrario. Omar fue el primero de los Compañeros en enterarse de que los judíos eran ahora un enemigo potencial. Fue a ver al Profeta, que se encontraba sentado en su tienda con Abu Bakr. "¡Enviado de Dios!", dijo, "me han dicho que los Bani Qurayzah han roto su tratado y están en guerra con nosotros." El Profeta quedó visiblemente perturbado y envió a Zubayr para que averiguase la verdad del asunto. Luego, por temor a que los Ansar pudieran sentirse excluidos, llamó a los dos Saad de Aws y de Jazrach, junto con Usayd, y, después de contarles las noticias, les dijo: "íd a ver si es verdad. Si es falso decidlo entonces claramente, pero si fuese cierto, hacédmelo saber de una forma sutil que yo entienda." Llegaron a los alcázares de los Qurayzah poco después que Zubayr y descubrieron que efectivamente habían renunciado al pacto. Les ordenaron solemnemente que volviesen a aceptarlo antes de que fuese demasiado tarde, pero su única respuesta fue: "¿Quién es el Enviado de Dios? No hay ningún pacto entre nosotros y Muhámmad, ni ningún acuerdo." En vano les recordaron la suerte de los Bani Qaynuqa y de los Bani Nadir. Kaab y los otros confiaban ahora tanto en la victoria del Quraysh que no les prestaron oídos, y cuando vieron que estaban malgastando sus palabras se volvieron con el Profeta. "Adal y Qarah", le dijeron a éste; eran éstas las dos tribus que habían traicionado a Jubayb y sus compañeros ante los hombres de Hudhayl. El Profeta comprendió y magnificó a Dios: "¡Allahu Akbar! ¡Ánimo, musulmanes!".

Ahora era necesario reducir el número de las fuerzas apostadas en el foso y mantener una guarnición dentro de la ciudad, y a tal fin el Profeta envió cien hombres hacia allí. Fue entonces cuando le llegó el aviso de que Huyay estaba apremiando al Quraysh y a Gatafan para que enviasen cada uno mil hombres por la noche a las fortalezas de los Qurayzah y para hacer, desde ellas, una incursión en el centro de la ciudad, atacar las fortalezas de los musulmanes y llevarse a sus mujeres y niños. La noche señalada, por diversas razones, fue aplazada más de una vez, y el proyecto nunca se realizó; aun así, tan pronto como el Profeta estuvo al tanto de esto envió a Zayd con un destacamento de trescientos hombres a caballo para vigilar las calles, magnificando a Dios durante todas las noches, y fue como si la ciudad estuviese ocupada por un gran ejército.

No se necesitaban los caballos en el campamento, pero se echaba de menos a los jinetes, porque el tener que estar vigilando el foso día y noche las guardias de cada hombre eran más largas. Los días pasaban y la tensión era grande, con Jalid e Ikrimah y sus hombres siempre buscando cómo aprovecharse de un momento de descuido. Pero solamente consiguieron cruzar el foso en una ocasión, y fue cuando Ikrimah súbitamente advirtió que la sección más estrecha se encontraba en ese momento muy mal defendida. Logró que su caballo saltase al vacío, y fue seguido por otros tres. Pero para cuando el cuarto hombre hubo cruzado, Ali y quienes con él estaban habían vuelto a guarnecer el sector haciéndolo de nuevo inexpugnable y, por consiguiente, cortando la retirada de los jinetes enemigos, que se encontraron entonces arrinconados. Uno de ellos, Amr, gritó desafiando a un combate individual. Cuando Ali mismo se ofreció, el otro se negó diciendo: "Detesto matar a alguien como tú. Tu padre fue un compañero inseparable para mí. Vuélvete pues atrás; no eres más que un jovencito imberbe." Pero Ali insistió. Amr, entonces, desmontó y ambos hombres avanzaron. Pronto una nube de polvo los ocultó de la vista, después oyeron la voz de Ali, que se elevó en una magnificación y supieron que Amr había muerto o estaba moribundo. Mientras tanto, Ikrimah y sus compañeros aprovecharon la distracción para volver a ganar el otro lado del foso, pero Nawfal de Majzum no pudo salvar el espacio y se precipitó con su caballo en el foso. Comenzaron a apedrearlo, y él exclamó: "¡Árabes, la muerte es mejor que esto!" Así pues, descendieron y terminaron con él.

El cruce del foso, aunque frustrado, había mostrado que se trataba de una posibilidad, y al día siguiente se lanzaron ataques en diferentes puntos ya antes del alba. El Profeta exhortó a los creyentes y les prometió la victoria si eran perseverantes y permanecían firmes, a pesar del cansancio producido por la tensión de las duras vigilias. La ubicación del campamento había sido bien elegida, ya que el declive del terreno a distancia del Monte Sal significaba que la loma vecina era considerablemente más alta que la alejada. Una y otra vez durante todo el día el enemigo intentó abrirse paso, pero no pudieron conseguir nada, y la lucha real estuvo limitada, como en días anteriores, a las descargas de arquería. Nadie resultó muerto en ninguno de los bandos, aunque Saad ibn Muadh recibió en el brazo el impacto de una flecha que le cortó una vena, y muchos de los caballos del Quraysh y Gatafan fueron heridos.

Llegó la hora de la plegaria del mediodía, pero era imposible que ningún hombre relajase su vigilancia ni por un momento. Cuando la hora se estaba pasando, los que estaban más cerca del Profeta le dijeron: "¡Enviado de Dios!, no hemos hecho la plegaria" un hecho evidente pero sumamente turbador, ya que nunca había sucedido tal cosa desde el inicio del Islam. Su contestación los tranquilizó un poco: "Ni yo, por Dios. Yo tampoco la he hecho". Llegó la hora de la plegaria de la tarde, y se marchó con la puesta del sol. Sin embargo, los ataques del enemigo no remitían, y sólo cuando la última luz se hubo extinguido por el oeste regresaron a sus dos campamentos. En cuanto desaparecieron de la vista el Profeta se retiró del foso, dejando a Usayd para que continuase la guardia con un destacamento de hombres mientras él dirigía a los restantes en las cuatro plegarias que tenían que hacer. Jalid reapareció aquella noche más tarde con un grupo de jinetes esperando encontrar el foso desamparado, pero Usayd y sus arqueros les hicieron frente.

La Revelación se refirió entonces a la tensión de aquellos días como el tiempo "cuando los ojos dejaron de mirar con fijeza, cuando los corazones de los hombres subieron a las gargantas y tuvisteis extraños pensamientos sobre Dios. En esa ocasión los creyentes fueron probados y sus almas sufrieron una fuerte sacudida" (XXXIII, 10-11).

Todos comenzaron a preguntarse cuántos días más podrían aguantar en aquellas condiciones. El alimento empezaba a escasear, las noches eran excepcionalmente frías, y muchos de los de fe débil, acobardados por el hambre, el frío y la falta de sueño, casi estaban dispuestos a unirse a los hipócritas, que iban difundiendo ahora que no era posible seguir resistiendo a un enemigo semejante con tan sólo un foso de por medio, y que debían, pues, retirarse tras los muros de la ciudad. La fe de los verdaderos creyentes, por el contrario, se fortaleció por las privaciones, y recibieron el elogio de la Revelación por haber dicho en los momentos de mayor tensión, cuando veían a los clanes concentrados en masa contra ellos: "Esto es lo que Dios y Su Enviado nos prometieron. Verdaderamente se ha cumplido lo que Dios y Su Enviado nos anunciaron". La Revelación añadía: "Esto no hizo sino aumentar su fe y su sumisión" (XXXIII, 22). Habían hablado así recordando un versículo que el Profeta les había revelado dos o tres años antes: "¿Creéis que vais a entrar en el Paraíso antes de haber pasado lo mismo que pasaron quienes os precedieron? La aflicción y el daño los golpearon y fueron sacudidos violentamente hasta que el Enviado de Dios y con él quienes creían dijeron: ¿Cuándo llegará el auxilio de Dios? Ciertamente el auxilio de Dios está cerca" (II, 214).

El Profeta sabía que en los ánimos de muchos de los suyos la capacidad de resistencia estaba a punto de agotarse. Aun así, también sabía que, a medida que pasaban los días, el enemigo igualmente sentía estrecharse sobre sí el apretón de las privaciones. Halló, pues, un medio de enviar por la noche un mensaje a dos caudillos de Gatafan, ofreciéndoles un tercio de la cosecha de dátiles de Medina si se retiraban del campo. Contestaron:"Dadnos la mitad de los dátiles de Medina". El Profeta se negó a aumentar su oferta de un tercio, y ellos aceptaron al fin. Muhámmad envió entonces en busca de Uthman y le dijo que redactase un tratado de paz entre los creyentes y los clanes de Gatafan. Luego envió por los dos Saad y fueron a su tienda -el jefe de Aws, con el brazo herido vendado-y les habló de su plan. Dijeron ellos: "¡oh Enviado de Dios! ¿Es esto algo que tú quieres que hagamos o que Dios lo ha ordenado y tiene que hacerse? ¿O es algo que tú haces por nosotros?" El Profeta les respondió: "Es algo que hago por vosotros, y no lo haría si no fuera porque he visto que los árabes se han unido contra vosotros y os han atacado por todos lados, y desearía romper esta ofensiva". Pero el herido Saad le dijo: "Enviado de Dios, nosotros y esa gente creíamos en dioses junto con Dios, adorábamos a ídolos sin adorar verdaderamente a Dios ni conocerlo. Ellos entonces no tenían ninguna esperanza de comer un dátil nuestro, salvo como convidados o mediante trueque. ¿Y ahora que Dios nos ha dado el Islam, nos ha guiado y nos ha fortalecido contigo y con la Revelación, les vamos a dar nuestros bienes? Por Dios, que no les daremos sino la espada hasta que Él decida entre nosotros." "Que sea como queréis", dijo el Profeta, y Saad le cogió a Uthman la pluma y la vitela y tachó lo que éste había escrito, diciendo: "¡Ya verán ellos lo que hacen!".

Estas negociaciones que quedaron en nada habían sido mantenidas con los jefes de los dos clanes de Fazarah y Murrah. El tercer aliado gatafaní del Quraysh era el clan de Ashya, al que pertenecía Nuaym, el hombre que había sido sobornado por Abu Sufyan y Suhayl para intentar disuadir a los musulmanes de mantener su promesa de encontrarse con los mequíes en el segundo Badr. Su estancia en Medina le había afectado profundamente, y ahora, con sentimientos encontrados, había salido con el resto de su clan para apoyar a los mequíes. Su admiración por los hombres de la nueva religión se había reforzado y aumentado por su resistencia ante un ejército tres veces más fuerte que ellos. Entonces llegó la hora en que, como él mismo dijo, "Dios arrojó el Islam a mi corazón", y aquella noche -casi justo después de que hubiese sido abandonado el proyecto de un pacto por separado con Gatafan- se introdujo en la ciudad, y fue allí, en el campamento, donde pidió ver al Profeta. "¿Qué te ha traído por aquí, Nuaym?" le dijo Muhámmad. "He venido", respondió, "para declarar mi creencia en tu palabra y testimoniar que tú has traído la Verdad. Ordéname, pues, lo que desees, Enviado de Dios, porque no tienes más que mandarme y yo cumpliré tu orden. Mi pueblo y los otros no saben nada de mi Islam." "Con todo el poder que tengas", replicó el Profeta, "siembra entre ellos la enemistad." Nuaym pidió permiso para mentir y el Profeta dijo: "Di lo que quieras con tal de que sea para apartarlos de nosotros, porque la guerra es engaño" (I.I.681; W. 489-1).

Nuaym volvió a través de la ciudad y se dirigió a los Bani Qurayzah, que lo recibieron como a un viejo amigo y le ofrecieron alimento y bebida. "No he venido para esto," les dijo, "sino para poner en vuestro conocimiento mis temores por vuestra seguridad y daros mi consejo". Entonces procedió a señalarles que si el Quraysh y Gatafan no conseguían infligir una derrota decisiva a su enemigo volverían a casa y dejarían a los judíos a merced de Muhámmad y sus seguidores. Por lo tanto, debían negarse a dar un solo golpe por el Quraysh mientras no se les hubiese entregado cierto número de hombres destacados como rehenes, en garantía de que no se retirarían hasta que el enemigo hubiese sido aplastado. Su consejo fue aceptado con entusiasmo por los Bani Qurayzah que se habían visto acosados de forma creciente por los mismos temores aludidos por él. Estuvieron de acuerdo, pues, en hacer lo que había propuesto, y prometieron no decir a su propia gente o al Quraysh que era él quien les había dado el consejo.

Entonces se fue a ver al, en otro tiempo, amigo suyo Abu Sufyan, y le dijo, a él y a otros jefes del Quraysh que con él se encontraban, que estaba en posesión de una información muy seria que comunicaría a condición -condición que aceptaron- de que no dirían a nadie que él era su informante. "Los judíos", dijo pues, "lamentan el tratamiento que han dado a Muhámmad, y han ido a él diciendo: 'Nos arrepentimos de lo que hemos hecho, ¿te agradaría si tomamos como rehenes a algunos de los principales del Quraysh y Gatafan y te los entregamos para que puedas cortarles la cabeza? Entonces lucharíamos contigo contra los que quedasen'. Muhámmad les ha enviado su asentimiento. Por lo tanto, si los judíos os piden a algunos de vuestros hombres como rehenes no les deis ni uno solo". A continuación se dirigió hacia su propia gente y los otros clanes de Gatafan y les contó lo mismo que había dicho al Quraysh.

Después de consultarlo, los jefes de los dos ejércitos invasores decidieron no decir nada a Huyay por el momento, sino más bien someter a prueba lo que Nuaym les había dicho. Enviaron, pues, a Ikrimah a los Bani Qurayzah con el mensaje: "Aprestaos para combatir mañana, para de una vez por todas desembarazarnos de Muhámmad." Respondieron: "Mañana es sábado, y de cualquier forma no lucharemos con vosotros contra Muhámmad a menos que nos entreguéis rehenes que nos sirvan de seguridad hasta que hayamos terminado con él. Porque tememos que si la batalla os es adversa os marchéis a vuestro país, dejándonos aquí con ese hombre, y nosotros solos no podemos enfrentarnos con él." Cuando este mensaje hubo llegado a oídos del Quraysh y Gatafan, dijeron: "¡Por Dios! Ciertamente es verdad lo que nos dijo Nuaym", y enviaron un nuevo recado a los Bani Qurayzah diciendo que no les darían un solo hombre y ordenándoles, sin embargo, luchar; a lo cual respondieron que no darían ningún golpe mientras no hubiesen recibido rehenes.

Abu Sufyan fue entonces a ver a Huyay y dijo: "¿Dónde está la ayuda que nos prometiste de tu pueblo? Han desertado de nosotros y ahora buscan traicionarnos." "¡Por la Torah, no!" dijo Huyay. "El sábado está aquí y nosotros no podemos quebrantar el sábado. Pero el domingo lucharán contra Muhámmad y sus Compañeros como un fuego devastador." Fue entonces solamente cuando Abu Sufyan le habló de las exigencias de los rehenes. Huyay quedó visiblemente desconcertado, y Abu Sufyan, interpretando su desconcierto como una señal de culpabilidad, dijo: "Juro por al-Lat que esto no es sino una traición de ellos y tuya, porque considero que has tomado parte en la traición de tu pueblo." "Por cierto que no," protestó, "por la Torah que le fue revelada a Moisés el día del Monte Sinaí, yo no soy un traidor." Pero Abu Sufyan no estaba convencido, y temiendo por su vida abandonó el campamento y se dirigió a las fortalezas de los Bani Qurayzah.

En cuanto a las relaciones entre el Quraysh y las tribus del Nachd, no había apenas necesidad de ninguna acción por parte de Nuaym. Habían pasado casi dos semanas y nada se había conseguido. Las provisiones de ambos ejércitos estaban comenzando a escasear, mientras que cada vez morían más caballos a diario por el hambre, las flechas o ambas cosas a un tiempo. También habían muerto algunos camellos. El Quraysh no podía dejar de percibir que Gatafan y los otros beduinos eran en el mejor de los casos unos aliados poco dispuestos. Habían participado en la campaña mucho más por las esperanzas de botín que por la hostilidad hacia la nueva religión, y esas esperanzas por las que habían sido atraídos al oasis de Yathrib habían demostrado ser totalmente vanas. En boca de muchos había recriminaciones, y la mutua desconfianza se extendía entre los dos ejércitos invasores. La expedición había fracasado virtualmente y el Cielo, entonces, estampó sobre ella el sello final del fracaso.

Durante tres días después de la plegaria ritual, el Profeta había hecho la súplica: "¡Oh Dios, Revelador del Libro, que tomas presto las cuentas!, haz que los confederados huyan, hazlos huir y que se estremezcan" (I.S. II/1, 53; W. 487). "Y cuando todo hubo terminado se reveló el siguiente versículo: ¡Oh vosotros que creéis! Recordad el favor que Dios os hizo cuando las huestes llegaron hasta vosotros y Nosotros env~amos Contra ellas un viento y unas huestes que podíais ver" (XXXIII, 9).

Hacia varios días que el tiempo era excepcionalmente frío y húmedo, pero ahora se desató por el este un viento cortante con torrentes de lluvia que obligó a todos los hombres a buscar resguardo. Cayó la noche, y sobre la llanura se desencadenó una tempestad. El viento alcanzó la fuerza de un huracán y lo que no hizo el viento lo hicieron unas manos invisibles. En la totalidad de los dos campamentos de los invasores pronto no quedó ni una sola tienda en pie ni un solo fuego ardiendo, y los hombres se acurrucaban tiritando sobre el suelo, apretados los unos contra los otros en busca de calor.

El campamento de los musulmanes estaba algo resguardado del viento, y éste no derribó ninguna de sus tiendas. Pero su agudeza impregnaba el aire, y esto junto con la tensión acumulada del asedio redujo a los creyentes a una debilidad de ánimo que no habrían creído posible. El Profeta estuvo orando hasta bien entrada la noche, luego fue con los hombres que en aquel momento se encontraban más cerca de su tienda, y uno de ellos, Hudhayfab, el hijo de Yaman, contó después cómo le habían oído decir: "¿Quién de vosotros se levantará e irá a ver qué hace el enemigo y luego regresará, y yo le pediré a Dios que sea mi compañero en el Paraíso?" Pero no hubo ninguna respuesta. "Estábamos tan acobardados", dijo Hudhayfah, "tan ateridos de frío y tan hambrientos que nadie se levantó". Cuando estuvo claro que ninguno tenía intención de ofrecerse, el Profeta llamó a Hudhayfah, quien se incorporó y fue hacia él, estimulado a ponerse en movimiento por haber sido elegido entre todos. "No pude sino levantarme", dijo, "cuando oí mi nombre en sus labios." "Ve tú", dijo el Profeta, "y penetra entre los hombres y mira qué hacen, pero no hagas nada más hasta que hayas regresado con nosotros." "Fui, pues," dijo Hudhayfah, "y me introduje entre la gente mientras el viento y las huestes de Dios estaban haciendo su trabajo contra ellos". Contó cómo se abrió paso entre las figuras acurrucadas del Quraysh -era en su campamento donde se había introducido- hasta que se acercó al lugar donde estaba sentado su jefe. Pasaron la noche entumecidos por el frío, y luego hacia el amanecer, cuando el viento amainó, Abu Sufyan exclamó en voz alta: "Hombres del Quraysh, nuestros caballos y nuestros camellos se están muriendo, los Bani Qurayzah nos han fallado, y hemos sido informados de que pretenden traicionarnos, y ahora hemos sufrido por el viento lo que vuestros ojos pueden contemplar. Partid por lo tanto de este lugar, porque yo me voy". Tras estas palabras, se fue hacia su camello y se montó, tan impaciente por marcharse que olvidó desatar la manea, lo cual hizo sólo después de haberlo forzado a levantarse sobre tres patas. Pero Ikrimah le dijo: "Tú eres el cabeza de tu pueblo y su jefe. ¿Tan apresuradamente nos abandonas, dejando a los hombres detrás?", ante lo cual Abu Sufyan se sintió avergonzado, volvió a hincar de rodillas su camello y se apeó. El ejército levantó el campo y se puso en movimiento, y él esperó hasta que la mayoría estuvo ya en marcha hacia casa. Entonces partió él, habiendo acordado con Jalid y Amr que deberían cerrar la retaguardia con un destacamento de doscientos hombres a caballo. Mientras esperaban, Jalid dijo: "Todo hombre sensato sabe ahora que Muhámmad no ha mentido", pero Abu Sufyan lo interrumpió diciendo: "Tú tienes menos derecho que cualquier hombre a decir eso." "¿Por qué razón?", dijo Jalid, y él respondió: "Porque Muhámmad despreció el honor de tu padre y terminó con la vida del jefe de tu clan, Abu Yahl."

En cuanto Hudhayfah hubo escuchado la orden de partida se dirigió al campamento de Gatafan, pero halló el lugar desierto; el viento también había roto su resistencia y ya estaban de camino hacia el Nachd. Regresó, pues, junto al Profeta, que se encontraba de pie haciendo una plegaria, envuelto en el manto de una de sus esposas para protegerse del frío. "Cuando me vio", dijo Hudhayfah, "me hizo señas para que me sentase junto a él a sus pies, y arrojó sobre mí el extremo del manto. Luego, conmigo todavía así envuelto, realizó la inclinación y las prosternaciones. Cuando hubo pronunciado el saludo final de paz, le conté la noticia." (I.I. 683-4; W. 488-90).

Bilal hizo la llamada a la plegaria del alba. Cuando la hubieron terminado, la luz aún tenue del nuevo día reveló el vacío absoluto de la llanura que estaba más allá del foso. El Profeta anunció que todos los hombres podían volver a casa, y la mayoría de ellos se encaminó hacia la ciudad con rapidez. Luego, temiendo que los confederados hubiesen dejado algunos espías o que los Bani Qurayzah estuvieran pendientes de sus movimientos e intentaran persuadir al enemigo para que volviera avisándole de que el foso ya no estaba defendido, envió a Yabir y a Abdallah, el hijo de Omar, detrás de los Compañeros que se habían marchado para que los trajeran de vuelta. Ambos fueron tras ellos, gritando tan fuerte como fueron capaces, pero ni uno solo volvió la cabeza. Yabir siguió a los Bani Harithah durante todo el camino y se quedó un rato gritándoles desde fuera de sus casas, pero nadie salió a verlo. Cuando él y Abdallah regresaron por fin junto al Profeta para contarle su completo fracaso, rió Muhámmad y partió él mismo para la ciudad con aquéllos de sus Compañeros que se habían quedado aguardando para darle escolta.
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[1] Ver capítulo 32. [2] Ibn Saad, VIII, 71.

[3] Ibid. 72. Vease también Tab., Tafsir, Baydawi, Yalalayn, etc. sobre Corán, XXXIII, 37.


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