Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 59
El foso
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Los judíos exiliados de los Bani Nadir que se habían asentado en Jaybar estaban determinados a recuperar la tierra que habían perdido. Sus esperanzas se centraban en los preparativos del Quraysh para un ataque definitivo sobre el Profeta, y a finales del quinto año del Islam -alrededor del Año Nuevo del año 627 de la era cristiana- estos preparativos llegaron a un punto decisivo gracias a una visita secreta a la Mecá de Huyay y otros jefes judíos de Jaybar.

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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"Somos uno contigo", le dijeron a Abu Sufyan, "para eliminar a Muhámmad". "Los hombres que nos son más queridos", respondió, "son quienes nos ayudan contra Muhámmad". Entonces él, Safwan y otros jefes del Quraysh introdujeron a los judíos en la Kaabah y juntos juraron solemnemente a Dios que no se abandonarían los unos a los otros hasta que hubiesen logrado su objetivo. Luego se les ocurrió a los qurayshíes que debían aprovechar esta oportunidad para preguntar la opinión de los judíos acerca de la legitimidad de su conflicto con el fundador de la nueva religión. "¡Judíos!" dijo Abu Sufyan, "vosotros sois el pueblo de la primera escritura, y tenéis conocimiento. Decidnos cuál es nuestra posición con respecto a Muhámmad. ¿Es nuestra religión mejor que la suya?" Respondieron: "Vuestra religión es mejor que la suya, y vosotros estáis más cerca de la verdad que él."

Los dos aliados trazaron sus planes sobre esta base de armonía. Los judíos se comprometieron a levantar a todos los nómadas de la llanura de Nachd que tenían agravios contra Medina, y allí donde el deseo de venganza no fuera suficiente se remacharía mediante el soborno. Los Bani Asad en seguida se mostraron dispuestos a ayudarles. En cuanto a los Bani Gatafan, se les prometió la mitad de la cosecha de los dátiles de Jaybar si se unían a la confederación, y su respuesta afirmativa aumentó el ejército en casi dos mil hombres más, de los clanes gatafaníes de Fazarah, Murrah y Ashya. Los judíos también tuvieron éxito en asegurarse un contingente de setecientos hombres de los Bani Sulaym, que sin duda habría sido mayor de no ser por el hecho de que desde la masacre en el pozo de Maunah, un grupo pequeño de la tribu, pero en continuo aumento, se mostraba favorable al Islam. Los Bani Amir permanecieron completamente leales a su pacto con el Profeta.

El Quraysh y sus aliados más próximos formaban una fuerza de cuatro mil hombres. Junto con uno o dos contingentes más procedentes del sur debían salir de la Meca y marchar a lo largo de la ruta costera occidental hacia Medina, la mism~ ruta que habían seguido para ir a Uhud. El segundo ejército, que era considerablemente menos compacto, debía aproximarse a Medina por el este, es decir, desde lá llanura de Nachd. Juntos los dos ejércitos por lo menos triplicaban la fuerza del Quraysh en Uhud. Allí los musulmanes habían sido derrotados por un ejército de tres mil. ¿Qué podían esperar hacer ahora contra diez mil? Además, en lugar de una tropa de sólo doscientos caballeros, el Quraysh contaba en esta ocasión con trescientos y podía confiar en que Gatafan aportaría otro destacamento de poderío semejante.

Partieron de la Meca según lo establecido, y aproximadamente al mismo tiempo, quizás con la connivencia de Abbas, unos jinetes de los Bani Juzaah salieron a toda velocidad hacia Medina para advertir al Profeta del inminente ataque y darle detalles de su fuerza. Llegaron ante él al cabo de cuatro días, dejándole así sólo una semana para hacer los preparativos. Inmediatamente alertó a todo el oasis y dirigió palabras de ánimo a sus seguidores, prometiéndoles la victoria si tenían paciencia, temían a Dios y cumplían sus órdenes. Luego, como había hecho en Uhud, los convocó a una consulta en la que se expresaron muchas opiniones sobre cuál sería el mejor plan de acción, pero finalmente Salman se levantó y dijo: "¡Enviado de Dios!, en Persia, cuando temíamos un ataque con caballos nos rodeábamos de un foso; cavemos, pues, ahora uno alrededor de nosotros." Todos aceptaron este plan con entusiasmo, tanto más cuanto que no querían repetir la estrategia de Uhud.

Quedaba poco tiempo y había que llevar los esfuerzos hasta el límite si no se quería dejar ninguna brecha peligrosa en las defensas. Pero el foso no necesitaba ser continuo; en muchos lugares un largo tramo de casasfortaleza en las afueras de la ciudad constituía una protección adecuada, y hacia el noroeste había algunas masas de roca que eran inexpugnables y que sólo necesitaban ser enlazadas entre sí. La más cercana de aquéllas, conocida como el Monte Sal, tenía que ser dejada detrás de las líneas del foso porque la superficie que tenía delante era excelente para el emplazamiento del campamento. Finalmente, el foso uniría el campamento al norte en un ancho movimiento desde una de las eminencias rocosas hasta un punto del muro oriental de la ciudad. Éste sería el tramo aislado más largo del foso y también el más importante.

A la vez que inventor de la estrategia, Salman sabía exactamente la anchura y la profundidad que tendría que tener el foso y, habiendo trabajado con los Bani Qurayzah, sabía que poseían todas las herramientas necesarias. No se mostraron contrarios a prestárselas, a la vista del peligro común, ya que, aunque no tenían ningún amor por el Profeta, la opinión de la mayoría de ellos era que su pacto con él constituía una ventaja política que no había que arrojar por la borda. Así pues dejaron en préstamo azadones, picos y palas. También proporcionaron cestas de dátiles firmemente trenzadas con fibra de palmera que pudieron emplearse para el acarreo de la tierra excavada.

El Profeta responsabilizó a cada sección de su comunidad de una parte del foso y él mismo trabajó con ellos. Salían todos los días al alba después de las plegarias y volvían a casa al crepúsculo. Mientras los conducía al trabajo, una de las primeras mañanas, el Profeta recordó su trabajo en la construcción de la Mezquita entonando el canto:

"¡Dios, no hay bien sino el bien venidero!

¡Perdona a los Ánsar y a los Emigrados!"

Inmediatamente todos unieron sus voces a la suya y cantaron:

"¡oh Dios, no hay vida sino la vida venidera!

¡Ten misericordia de los Ansar y de los Emigrados!"

Continuamente se recordaban los unos a los otros que era corto el tiempo que tenían. El enemigo pronto estaría sobre ellos, y si cualquier hombre mostraba signos de flaqueza al punto era objeto de burlas. Salman, por el contrario, era objeto de admiración; no solamente era fuerte y robusto sino que además durante años había estado acostumbrado a excavar y acarrear para los Bani Qurayzah. "Hace el trabajo de diez hombres", decían, y entre ellos comenzó una amistosa rivalidad. "Salman es nuestro", afirmaban los Emigrados en base a que eran muchos los hogares que había abandonado en su búsqueda de guía. "Es uno de los nuestros," replicaban los Ansar, "tenemos más derecho a él." Pero el Profeta dijo: "Salman es uno de nosotros, las gentes de la Casa."[i]

Rocas y piedras excavadas que podrían servir como proyectiles fueron amontonadas a lo largo del foso junto a Medina. La tierra se la llevaban en cestas sobre sus cabezas, y después de descargarla llenaban las cestas de piedras que se llevaban al foso. Las piedras mejores se encontraban al pie del Monte Sal. Los hombres iban todos desnudos hasta la cintura y los que no podían conseguir cestas se quitaban sus prendas externas, las convertían en sacos, anudándolas, y las empleaban para acarrear la tierra y también las piedras. La primera mañana habían sido seguidos hasta el campamento por cierto número de muchachos, todos ansiosos de tomar parte en el trabajo.

Los más jóvenes fueron enviados de vuelta a casa sin dilación, pero el Profeta permitió a muchos de los otros cavar y acarrear, bien entendido que tendrían que abandonar el campamento tan pronto como el enemigo apareciese. En cuanto a los que habían sido devueltos a casa cuando Uhud, Usamah y Abdallah, el hijo de Omar, y sus amigos, tenían ahora quince años, y a ellos, así como a otros de su edad, se les permitió unirse a las filas de los hombres no sólo para el trabajo sino también para la batalla cuando se produjese. Uno de ellos, Bara, del clan Harithah de Aws, hablaría años después de la gran belleza del Profeta tal y como lo recordaba en el foso, cubierto con un manto rojo, el pecho salpicado de polvo y su negra cabellera cayéndole por los hombros. "No he visto hombre más hermoso que él", decía. Mas no era él el único consciente de esta belleza, y de la belleza general de la escena. En particular el Profeta mismo, cuando miraba en torno suyo, se regocijaba por su simplicidad y su proximidad a la naturaleza la proximidad a la herencia primordial del hombre y comenzaba un canto en el que todos se le unían:

"Esta belleza no es la belleza de Jaybar.

Más inocente es, ¡oh Señor!, y más pura." (W. 446)

Él trabajaba unas veces con los Emigrados, otras con los Ansar, a veces con un pico, a veces con una pala, y en otras ocasiones como acarreador. Pero donde quiera que se encontrase se entendía que tenía que ser informado de cualquier dificultad imprevista. A pesar de la dureza del trabajo hubo momentos de alborozo. Un converso de los Bani Damrah, uno de las gentes del banco que vivían en la Mezquita, era un hombre de notable devoción pero su aspecto no era muy agraciado y sus padres, además, le habían puesto el nombre de Yuayl, que posee también el significado de "escarabajito". Hacia poco que el Profeta se lo había cambiado por el bello nombre de Amr, que quiere decir vida, bienestar espiritual, religión. La visión del damrí cavando en el foso sugirió un pareado a uno de los Emigrados:

"Su nombre él cambió, de Yuayl a Amr.

Aquel día le dio al pobre hombre su ayuda."

Se lo repitió a Amr, y los que acertaron a oírlo siguieron con ello y lo convirtieron en una canción, no sin risas. El Profeta se les unía solamente en las palabras "Amr" y "ayuda", que pronunciaba cada vez con más énfasis. Luego les condujo a otra canción:

"Señor, si no es por Ti, nunca habríamos sido guiados,

nunca limosna habríamos dado, ni Tu plegaria realizado.

Envía, entonces, serenidad sobre nosotros.

Afirma nuestros pies para el encuentro.

Estos enemigos nos oprimieron,

buscando nuestra perversión,

pero nosotros nos resistimos."

(W. 4489; I.S. 11/1, 51)

El primer grito de auxilio lo dio Yabir, quien, cavando, había alcanzado una roca que ninguno de sus instrumentos podía mover. El Profeta pidió agua y escupió en ella; luego, después de hacer una plegaria, aspergió el agua sobre la roca, y pudieron sacarla con palas como si se tratara de un montón de arena (I.I. 671). Otro día fueron los Emigrados quienes necesitaron ayuda. Después de muchos intentos baldíos de hender o remover una roca que habían golpeado, Omar se dirigió al Profeta, que le cogió el pico y dio un golpe a la roca, momento éste en que un fulgor como de relámpago resplandeció sobre la ciudad y hacia el sur. Le dio otro golpe y de nuevo se produjo un resplandor, ahora en la dirección de Uhud y más allá hacia el norte. Un tercer golpe hizo que la roca saltara en pedazos, y esta vez la luz brilló hacia el este. Salman vio los tres resplandores y supo que debían querer decir algo, y le pidió entonces una interpretación al Profeta, que dijo: "¿Los viste, Salman? Por la luz del primero vi los castillos del Yemen, por la luz del segundo vi los castillos de Siria, y por la del tercero el palacio blanco de Kisra,[ii] en Madain. Mediante la primera Dios me ha abierto el Yemen; mediante la segunda, Siria y el Occidente, y a través de la tercera me ha abierto el Oriente." (W. 450).

La mayoría de los excavadores del foso normalmente no tenían suficiente para comer, y el duro trabajo aumentaba el padecimiento del hambre. Yabir, en particular, había quedado impresionado por la extrema delgadez del Profeta el día en que había necesitado su ayuda en el foso, y aquella noche le pidió a su mujer que hiciera el favor de preparar una comida para él, "No tenemos más que esta oveja", dijo ella, "y una medida de cebada". Él sacrificó entonces la oveja, y al día siguiente la asó su mujer, molió la cebada e hizo pan. Luego, cuando fue demasiado oscuro para seguir trabajando, Yabir se dirigió al Profeta, que ya se marchaba del foso, y le invitó a la comida de cordero y pan de cebada. "El Profeta puso la palma de su mano sobre la mía", dijo Yabir, "y entrelazó sus dedos con los míos. Yo quería que viniera él solo, pero le dijo a un pregonero que gritase: 'Id con el Enviado de Dios a la casa de Yabir. Responded, porque Yabir os invita'." Yabir recitó entonces el versículo que se recomienda recitar a los creyentes en un momento de desastre: "En verdad de Dios somos y en verdad a Él retornaremos" y se adelantó a los demás para advertir a su esposa. "¿Los invitaste tú o él?", dijo ella, "No, él los invitó", contestó Yabir, "En ese caso, que vengan", dijo la mujer, "porque él sabe lo que hace". La comida fue dispuesta delante del Profeta, quien la bendijo, pronunció el Nombre de Dios sobre ella y comenzó a comer. Había otros diez sentados con él, y cuando todos hubieron comido hasta quedar satisfechos se levantaron y se fueron a sus casas, dejando sitio para diez más, y así se continuó hasta que todos los que trabajaban en el foso hubieron satisfecho su hambre, y todavía quedó algo de cordero y de pan. (I.I.672; W. 452).

Otro día, el Profeta vio a una muchacha entrar en el campamento con algo en la mano, y la llamó. Era la sobrina de Abdallah ibn Rawahah. En sus propias palabras: "Cuando le dije al Enviado de Dios que llevaba algunos dátiles para mi padre y mi tío, me ordenó que se los diese a él. Los derramé, pues, en sus manos, pero no las llenaron. Pidió una prenda de vestir, que extendieron ante él, y arrojó los dátiles sobre ella de tal forma que quedaron desparramados sobre la superficie. Entones mandó a los que se encontraban con él que invitasen a comer a los cavadores, y cuando vinieron comenzaron a comer, y los dátiles aumentaban y aun rebosaban los bordes del vestido cuando los hombres los dejaron." (I.I.672).
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[i] La familia del Profeta. [ii] Cosroes, rey de Persia.


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