Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 58
Paz y guerra

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Durante los meses que siguieron, poco después del Año de 626, Fatimah dio a luz otro hijo. Al Profeta le gustaba tanto el nombre "al-Hasan" que entonces puso al hermano menor el nombre de "al-Husayn", que significa "el pequeño Hasan" o, lo que es lo mismo, "el hermosito". Por la misma época más o menos su nueva esposa, Zaynab, "la madre de los pobres" enfermó y murió, menos de ocho meses después de haberla desposado Muhámmad.

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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El Profeta dirigió la oración funeraria y la enterró en el Baqi, no lejos de la tumba de su hija Ruqayyah. Al mes siguiente su primo Abu Salamah moría a causa de una herida recibida en Uhud que se había cerrado demasiado pronto y luego se había vuelto a abrir. El Profeta estuvo con él en sus momentos finales y pidió por él mientras exhalaba su último aliento, y fue el Profeta quien le cerró los ojos cuando hubo fallecido.

Abu Salamah y su esposa habían sido una pareja sumamente fiel, y ella había querido que ambos hicieran un pacto: si uno de los dos moría, el otro no volvería a casarse; pero él dijo que si él moría primero, ella debía casarse de nuevo, e hizo la siguiente plegaria: "Dios conceda a Umm Salamah después de mí un hombre que sea mejor que yo, uno que no le cause tristeza ni daño." Cuatro meses después de su fallecimiento, el Profeta fue a verla y le pidió su mano en matrimonio. Ella le respondió que temía no ser buen partido para él, "yo soy una mujer cuyos mejores años ya han pasado", dijo, "y soy la madre de unos huérfanos. Además, soy de naturaleza muy celosa, y vos, oh Enviado de Dios, ya tenéis más de una esposa." El le respondió: "En cuanto a la edad, la mía es mayor que la vuestra. Por lo que se refiere a vuestros celos, pedid a Dios para que os los quite. Con respecto a vuestros hijos huérfanos, Dios y Su Enviado cuidarán de ellos". Se celebró, pues, el matrimonio, y Muhámmad la alojó en la casa que había pertenecido a Zaynab.

A pesar de lo que había dicho sobre su edad, Umm Salamah aún se encontraba en su juventud: no tenía más de veintinueve años. Solamente contaba con dieciocho cuando había emigrado a Abisinia con Abu Salamah. En cuanto a sus celos, temía con razón que este matrimonio la pondría a prueba, y no era ella la única que albergaba temores de esa naturaleza. Aishah había aceptado a Hafsah sin dificultad, y también a Zaynab; pero con esta nueva esposa era diferente, en parte sin duda porque ella misma era ya algo mayor, con casi catorce años de edad. Había visto a menudo a Umm Salamah, y ambas habían hecho los preparativos para la boda de Fatimah. Pero nunca la había considerado como una posible rival. Sin embargo, cuando todo el mundo en Medina hablaba del nuevo matrimonio del Profeta y de la gran belleza de la novia, Aishah se encontraba preocupada e inquieta. "Me encontraba en un estado de profunda tristeza", dijo más tarde, "por lo que me habían contado de su belleza; me hice, pues, simpática a ella para poder observarla atentamente, y vi que era mucho más hermosa de lo que habían dicho. Se lo conté a Hafsah, y ella observó: 'No, no son sino tus celos; ella no es como dicen'." Entonces ella también se hizo agradable a Umm Salamah para poder juzgar por sus propios ojos, y dijo después: "La he observado, pero no es como tú dijiste, ni mucho menos, aunque ciertamente es bella". "Entonces fui de nuevo a verla, y era, por mi vida, como Hafsah había dicho. Sin embargo tenía celos" (I.S. VIII, 660).

Se acercaba el momento del segundo encuentro en Badr, de acuerdo con el desafío de despedida de Abu Sufyan después de Uhud -un desafío que el Profeta había aceptado-. Pero era un año de sequía, y Abu Sufyan veía que no iba a haber ni una brizna de hierba para dar de comer a sus camellos y caballos durante el camino. Todo el forraje para la expedición habría que llevarlo desde la Meca, y sus reservas ya estaban mermadas. Pero le repugnaba el deshonor de romper la cita que él mismo había propuesto. Era de desear que fuese Muhámmad el que la rompiese, pero habían llegado informes de Yathrib de que ya estaba haciendo preparativos para partir. ¿Podría ser inducido a cambiar de idea? Abu Sufyan fue a consultar con Suhayl y uno o dos jefes más del Quraysh, y elaboraron un plan. Sucedió que en aquella época se encontraba en la Meca un amigo de Suhayl, llamado Nuaym, uno de los hombres principales de los Bani Asya, un clan de Gatafan. Les pareció que podían confiar en él y, puesto que no era del Quraysh, podía hacerse pasar por un observador neutral y objetivo. Le ofrecieron veinte camellos si lograba convencer a los musulmanes para que renunciasen a su proyecto de ir a Badr. Nuaym se mostró conforme, y al punto se encaminó hacia el oasis, donde pintó un cuadro alarmante de las fuerzas que Abu Sufyan estaba preparando para llevar a Badr. Habló con los diferentes sectores de la comunidad: Ansar, Emigrados, judíos e hipócritas, y quiso terminar su valoración del peligro con un consejo apremiante: "Por lo tanto, quedaos aquí y no salgáis a luchar contra ellos. ¡Por Dios, no creo que ni uno solo de vosotros escaparía con vida!" Los judíos y los hipócritas se alegraron por las noticias de los preparativos mequíes para la guerra, y ayudaron a difundir las nuevas por toda la ciudad. Tampoco dejó Nuaym de impresionar a los musulmanes, muchos de los cuales se inclinaban a pensar que, sin duda, sería imprudente salir hacia Badr. Le llegaron al Profeta noticias de esta actitud, y comenzó a temer que nadie quisiese partir con él. Pero Abu Bakr y Omar le insistieron para que de ningún modo rompiese su pacto con el Quraysh; "Dios prestará apoyo a Su Religión", dijeron, "y dará fuerza a Su Enviado." "Marcharé," dijo el Profeta, "aunque vaya solo."

Estas pocas palabras le costaron a Nuaym sus camellos, haciendo vanos todos sus esfuerzos justo cuando empezaba a pensar que había tenido éxito. Pero a pesar suyo quedó impresionado por el fracaso completo de su misión: en Medina estaba funcionando algún poder que estaba por completo más allá de su influencia y de su experiencia, y las semillas del Islam quedaron sembradas en su corazón. El Profeta se puso en marcha, como en un principio había planeado, con mil quinientos hombres a camello y diez a caballo. Muchos de ellos llevaban consigo mercancías, con el fin de comerciar en la feria de Badr.

Mientras tanto, Abu Sufyan se había dirigido al Quraysh en estos términos: "Salgamos y pasemos una o dos noches en el camino para luego regresar. Si Muhámmad no acude tendrá noticias de que nosotros partimos y luego volvimos porque él no se presentó a la cita. Esto irá en su contra y a nuestro favor." Pero lo que sucedió fue que el Profeta y sus compañeros pasaron ocho días en la feria de Badr, y los que allí acudieron difundieron por todos lados la noticia de que el Quraysh había roto su palabra pero que Muhámmad y sus seguidores habían mantenido la suya y habían hecho acto de presencia para luchar contra el Quraysh, como habían prometido. Cuando llegaron a la Meca las nuevas de la gran victoria moral de su enemigo y de su propia derrota moral a los ojos de toda Arabia, Safwan y otros censuraron acremente a Abu Sufyan por haber propuesto el segundo encuentro en Badr. Pero esta humillación, sin embargo, sirvió para que intensificaran sus preparativos para la definitiva e imperecedera venganza que planeaban infligir al fundador y a los seguidores de la nueva religión.

Después del regreso de Badr el Profeta disfrutó de un mes pacífico en Medina, y luego, a comienzos del quinto año islámico, en junio de 626, llegaron noticias de que algunos clanes de Gatafan preparaban de nuevo una incursión contra el oasis. El Profeta marchó inmediatamente hacia la llanura de Nachd con cuatrocientos hombres, pero el enemigo desapareció, como había sucedido anteriormente cuando estaban casi sobre ellos. Fue en esta expedición cuando, en el momento en que parecía más inminente el encuentro, el Profeta recibió la Revelación que le instruía acerca de cómo realizar la "Plegaria del Temor", es decir, cómo un ejército debe abreviar la plegaria ritual y modificar sus movimientos en los momentos de peligro, y cómo algunos deben mantener la vigilancia mientras otros hacen la plegaria (Corán, IV, 101-2).

Uno de los Ansar presentes en aquella fuerza era Yabir, el hijo de Abdallah. Años después contaría un incidente que tuvo lugar en uno de sus campamentos: "Estábamos con el Profeta cuando un Compañero trajo un pajarito que había cogido, y uno de los padres del pájaro vino y se arrojó a las manos de quien había tomado a su pequeñuelo. Vi cómo las caras de los hombres se llenaban de asombro, y el Profeta dijo: '¿Os asombráis de este pájaro? Habéis cogido a su pequeño y se ha lanzado con una ternura misericordiosa hacia él. Sin embargo, juro por Dios que vuestro Señor es más misericordioso con vosotros que este pájaro con su cría' (W. 487). Y le dijo al hombre que devolviese la cría al lugar donde la había encontrado."

El Profeta también dijo: "Dios tiene cien misericordias, y ha enviado una de ellas entre los yins y los hombres, el ganado y las bestias de presa. Por ello son amables y misericordiosos los unos con los otros, y por ello la criatura salvaje se inclina con ternura hacia su descendencia. Y Dios se ha reservado para Si noventa y nueve misericordias, para con ellas mostrar misericordia a Sus siervos el Día de la Resurrección." (M. XLIX, 4).

Yabir también relató cómo en el camino de vuelta a Medina la mayoría de las tropas iban por delante, mientras que el Profeta y unos pocos más cabalgaban en la retaguardia. Pero el camello de Yabir estaba viejo y débil y no podía seguir el paso de la fuerza principal, por lo que pronto el Profeta le dio alcance y le preguntó por qué iba tan retrasado: " '¡Oh Enviado de Dios!' - contesté- 'este camello mío no puede ir más rápido'. 'Ponle de rodillas' -dijo el Profeta, que a su vez arrodilló también a su propio camello-. Entonces dijo: 'Dame ese palo', lo cual hice. Lo cogió y le dio uno o dos pinchazos con él. A continuación me dijo que montase, y proseguimos nuestro camino, y por Aquél que envió al Profeta con la verdad, mi camello dejó atrás al suyo".

"Por el camino hablé con el Enviado de Dios, y me dijo: '¿Quieres venderme tu camello?'. Yo respondí: 'Os lo daré'. 'No', dijo él, 'sino véndemelo'. Yabir sabía, por el tono de voz del Profeta, que tenía que regatear. 'Le pedí', comenzó Yabir, 'que me dijese un precio', y él respondió: 'Lo tomaré por un dirhem' 'No', fue mi respuesta, 'porque entonces me estarías dando demasiado poco' 'Por dos dirhem', dijo él. 'No', volví a negarme, y siguió subiendo el precio hasta que llegó a los cuarenta dirhem, es decir, una onza de oro, cantidad que acepté. Entonces dijo él: '¿Estás ya casado, Yabir?', y cuando le respondí que sí, inquirió: '¿Con una mujer que ya estuvo casada antes o con una virgen?' 'Con una mujer que ya estuvo casada', respondí. '¿Y por qué no con una doncella', dijo él, 'con la que tú podrías jugar, y ella contigo?' '¡Oh Enviado de Dios', le contesté, 'mi padre fue abatido en la jornada de Uhud, y me dejó con siete hermanas, por lo que me casé con una mujer maternal que las agrupase en torno suyo, les peinase el cabello y cuidase de sus necesidades'. Estuvo de acuerdo en que había hecho una buena elección, y a continuación dijo que cuando llegásemos a Sirar, que estaba sólo a unas tres millas de Medina, sacrificaría camellos y pasaríamos el día allí, y ella tendría noticias de nuestro regreso a casa, de modo que podría ponerse a sacudir el polvo de los cojines. 'No tenemos cojines', le dije al Profeta. 'Vendrán', respondió él, 'cuando regreses, pues, haz lo que haya que hacer'.

"La mañana después de nuestra vuelta cogí mi camello y lo arrodillé delante de la puerta del Profeta. El Profeta salió y me dijo que dejase el camello y me fuese a hacer dos 'raka' en la Mezquita, lo cual hice. Luego ordenó a Bilal que me pesara una onza de oro, y me dio un poco más de lo que marcaba la balanza. La tomé y me volví para irme, pero el Profeta me llamó nuevamente. 'Coge tu camello', dijo, 'es tuyo, y guárdate el precio que se te ha pagado por él'." (I.I. 664).

Fue en estos meses, entre una campaña y otra, cuando Salman el Persa acudió al Profeta para buscar su consejo y su ayuda. Su amo, un judío de los Bani Qurayzah, lo mantenía trabajando tan duramente en su propiedad al sur de Medina que nunca había podido tener un contacto estrecho con la comunidad musulmana. Ni siquiera se había planteado el estar en Badr o Uhud o tomar parte en cualquiera de las incursiones menores que el Profeta había conducido o enviado durante los últimos cuatro años. ¿No existía ninguna forma de escapar de su situación presente? Le había preguntado a su amo cuánto le costaría comprar su libertad, pero el precio excedía de sus posibilidades. Tendría que pagar cuarenta onzas de oro y plantar trescientas palmeras datileras. El Profeta le dijo que escribiera un contrato a su amo para pagar el oro y plantar las palmeras; luego llamó a los Compañeros para que ayudaran a Salman con las palmeras, cosa que hicieron, aportando un'o treinta retoños de palmera, otro veinte, y así sucesivamente, hasta que se reunió la cantidad completa. "Ve y cava los hoyos, Salman", dijo el Profeta, "y cuando lo hayas hecho, dímelo; mía será la mano que introduzca en ellos las palmeras." Los Compañeros ayudaron a Salman a preparar el suelo, y el Profeta plantó cada uno de los trescientos renuevos, lOS cuales arraigaron y crecieron.

En cuanto al precio del rescate, al Profeta le habían dado una pieza de oro del tamaño de un huevo de gallina extraída de una mina. Él se la dio a su vez a Salman, diciéndole que con ello comprase su libertad. "¿Hasta dónde alcanzará esto de lo que tengo que pagar?", dijo Salman, pensando que se había subestimado bastante el precio. El Profeta le cogió el oro e introduciéndolo en su boca le dio unas vueltas con la lengua, luego se lo devolvió a Salman y le dijo: "Tómalo y paga con ello todo el precio." Salman pesó la pieza y arrojó un peso de cuarenta onzas, convirtiéndose así en un hombre libre. (I.I.141-2).

Transcurrió otro mes de paz en Medina, y luego, a la cabeza de un millar de hombres, el Profeta realizó una rápida marcha de unas quinientas millas hacia el norte hasta el límite de bumat al-Yandal, un oasis en las márgenes de Siria que se hallaba infestado de merodeadores, la mayoría de ellos de los Bani Kalb. Más de una vez habían saqueado provisiones de aceite, harina y otras mercancías que iban de camino a Medina. Existían también razones para suponer que habían establecido un acuerdo con el Quraysh, lo que significaba que rodearían a los musulmanes por el norte cuando llegase el día en que se desencadenara una ofensiva general contra el Islam. El Profeta y sus Compañeros tenían continuamente presente ese día, y aunque el resultado inmediato de la expedición no fuese más que la dispersión de los merodeadores y la captura de sus rebaños que pacían en los pastos meridionales del oasis, tendría también el efecto deseado de dejar impresa en las tribus del norte en general la sensación de la presencia de un poder nuevo y en rápido aumento en Arabia. Los años de discordia habían sido reemplazados por una fuerza expansiva estrechamente unida que podía golpear por todas partes con asombrosa rapidez y que era tanto más de temer cuanto que se sabía que el ataque era su más seguro medio de defensa.

Ésa era la impresión exterior; pero para quienes eran capaces de acercarse más la fuerza era vista como aún mayor de lo que parecía, porque estaba basada en una unidad que en sí misma era un milagro. La Revelación había dicho al Profeta: "Aunque hubieras gastado todo Cuanto hay en la tierra, no habrías podido unir sus Corazones. Sin embargo, Dios ha podido unirlos" (VIII, 63). La presencia del Profeta era, con todo, uno de los principales medios de realizar esta unidad. Providencialmente, la atracción de esa presencia había sido hecha tan poderosa que ningún hombre de buena voluntad podía resistirla. "Ninguno de vosotros tendrá fe hasta que yo le sea más querido que su hijo y su padre y que todos los hombres juntos." (M. I, 16). Pero estas palabras del Profeta no eran tanto una exigencia como una confirmación de la exactitud de un amor que ya había sido dado, un amor que tan a menudo hallaba su expresión en las palabras: "Que mi padre y mi madre sean tu rescate."

Un tiempo de paz no era un tiempo de descanso para el Profeta. Proponía como un ideal que un tercio de cada ciclo de veinticuatro horas debía ser para el servicio divino, otro tercio para el trabajo y otro para la familia. Este último incluía el empleado en dormir y comer. En cuanto al servicio divino, buena parte de él se hacía durante la noche. Además de las plegarias de la noche y del alba hacían plegarias supererogatorias según el mismo modelo. El Corán también imponía largas recitaciones de sus propios versículos, y el Profeta recomendaba diversas letanías de arrepentimiento y alabanza. El servicio divino nocturno de larga duración se había establecido como norma en las primeras Revelaciones, pero la comunidad que había recibido éstas había sido una comunidad de elegidos espirituales. Medina también había contado con su élite inicial de creyentes. Pero la rápida difusión del Islam, en pocos años había convertido a los elegidos en una minoría. A ellos se refería una Revelación, que tuvo lugar en aquel tiempo, al mencionar a "un grupo de los que están Contigo". Dicho versículo fue revelado con el fin de disminuir el sentido de obligación ligado a las largas vigilias: "Ciertamente tu Señor sabe que te mantienes en vigilia casi dos tercios de la noche y algunas veces la mitad o un tercio de ella, tú y un grupo de los que están contigo. Dios mide la noche y el día. Él sabe que no podréis cumplir plenamente con ello, y por eso os perdonará. ¡Recitad, pues, lo que podáis del Corán!" (LXXIII, 20).

Los elegidos de los Compañeros continuaron sin embargo haciendo plegarias durante la noche, cuyo último tercio decía el Profeta que era especialmente bendito: "Cada noche, cuando todavía queda un tercio por transcurrir, nuestro Señor -bendito y exaltado sea- desciende al cielo más bajo y dice: '¿Quién me llama, para que Yo pueda responderle? ¿Quién me pide, para que Yo pueda darle? ¿Quién pide perdón, para que Yo pueda perdonarlo?'." (B. XIX, 12). También fue revelado por esta época, definiendo a los creyentes: "Abandonan sus lechos para invocar a su Señor con temor y dan de lo que les hemos concedido. Ningún alma conoce la bendición oculta que les está reservada por lo que acostumbran a hacer" (XXXII, 16-17).

La igual distribución de las horas del ciclo diario entre las tres exigencias de servicio divino, trabajo y familia sólo podía ser aproximada. En cuanto a la familia, el Profeta no disponía de una habitación propia. Cada noche se trasladaba a la estancia de la esposa a la que le correspondía el turno de brindarle un hogar durante las veinticuatro horas siguientes. Durante el día recibía frecuentes visitas de sus hijas y de su tía Safiyyah o él las visitaba. Fatimah traía a menudo a sus dos hijos para que le vieran; Hasan tenía ya casi un año y medio de edad, y Husayn, de ocho meses, ya estaba comenzando a andar. El Profeta también amaba a su nietecilla Umamah, que casi siempre acompañaba a su madre Zaynab. En una o dos ocasiones la llevó consigo a la Mezquita, subida sobre sus hombros, y en esa posición la mantuvo mientras recitaba los versículos del Corán, bajándola antes de las inclinaciones y prosternaciones, y devolviéndola a sus hombros al recuperar la posición erecta. (I.S. VIII, 26). Otro amado era Usamah, el hijo de quince años de Zayd y Umm Ayman, muy querido del Profeta tanto por sus padres como por él mismo. Como un nieto de la casa, a menudo se le encontraba dentro o alrededor de ella.

La mayoría de las tardes el Profeta visitaba a Abu Bakr, como había hecho en la Meca. Hasta cierto punto las exigencias del trabajo y la familia coincidían, porque con frecuencia deseaba hablar con Abu Bakr sobre asuntos de estado, al igual que lo hacía con Zayd y con sus dos yernos Ali y Uthman. Pero el trabajo amenazaba invadir la totalidad de la vida del Profeta, ya que en toda Medina ninguna voz podía compararse con la suya a la hora de resolver un problema, contestar una pregunta o zanjar una disputa. Incluso aquéllos que no creían que era un Profeta buscaban su ayuda si era necesario, a no ser que fuesen demasiado orgullosos. Las disputas entre los musulmanes y los judíos no eran infrecuentes, y a menudo la culpa la tenía un fervor mal entendido, como cuando, por ejemplo, uno de los Ansar golpeó a un judío simplemente por un juramento que le había oído pronunciar. "¿Juras tú -dijo el musulmán- por Aquél que eligió a Moisés sobre todos los hombres, cuando el Profeta está presente entre nosotros?" El judío se quejó al Profeta, cuyo rostro estaba lleno de cólera cuando reprendió al agresor. En el Corán mismo se menciona a Dios diciendo: "¡Moisés! Te he escogido sobre todos los hombres con Mis mensajes y con Mis palabras. (VII, 144). El Corán también había dicho: "Dios ha escogido a Adán, a Noé, a la familia de Abraham y a la de Imran por encima de todos" (III, 33). Pero adivinando lo que pensaba el hombre, el Profeta añadió: "No digas que soy mejor que Moisés" (B. LXV, azora VII). También dijo, quizás refiriéndose a otro caso de celo equivocado: "Que ninguno de vosotros diga que soy mejor que Jonás" (B. LXV, azora XXXVII). La Revelación ya les había dado las palabras, como parte del credo musulmán: "No hacemos distinción entre ninguno de Sus Enviados"[i].

Además de lo que concernía al bienestar de la comunidad en su conjunto, tanto en su armonía interna como en sus relaciones con el resto de Arabia y los países allende sus fronteras, apenas pasaba un día sin que uno o varios creyentes buscasen su consejo o su ayuda en relación con algún problema puramente personal, ya material, como en el reciente caso de Salman, o espiritual, como cuando en una ocasión Abu Bakr le trajo a un hombre de los Bani Tamim, llamado Hanzalah, que se había establecido en Medina. Hanzalah había abordado primero a Abu Bakr con su problema, pero éste consideró que la respuesta en este caso debía venir de la autoridad suprema. La cara del hombre estaba llena de aflicción, y cuando el Profeta le preguntó, dijo: "¡Enviado de Dios! Hanzalah es un hipócrita." El Profeta le pidió que le explicase qué quería decir con esas palabras, y él respondió: "Enviado de Dios! Estamos con vos, y nos habláis del Fuego y del Paraíso hasta que es como si estuviesen ante nuestros mismos ojos. Luego abandonamos vuestra presencia y nuestras mentes se absorben con nuestras esposas y nuestros hijos, y con nuestras riquezas, y ciertamente nos olvidamos mucho." La respuesta del Profeta puso de manifiesto que el ideal era buscar la perpetuación de la conciencia que tenían de las realidades espirituales sin alterar el tenor de sus vidas cotidianas: "Por Aquél en cuyas manos está mi alma," dijo, "si fueseis a permanecer siempre como cuando estáis en mi presencia, o como lo estáis en vuestros momentos de recuerdo de Dios, entonces los Ángeles bajarían para tomaros de la mano cuando estáis tumbados en vuestros lechos o cuando seguís vuestro camino. Pero sin embargo, Hanzalah, cada cosa tiene su momento." (M. XLIX, 2).

Exigencias tales como éstas sobre el tiempo del Profeta no podían evitarse, pero había una necesidad creciente de que estuviese protegido de otros asuntos, y la protección que ahora vino no estuvo desconectada del siguiente acontecimiento, completamente inesperado, que sirvió para subrayar su posición especialmente privilegiada. Sucedió que un día quiso hablar con Zayd sobre algo y fue a su casa. Zayd se hallaba fuera de la casa, y cuando le dijeron a Zaynab, que en ese momento no esperaba visitas, que el Profeta había llegado, sintió un deseo tan grande de saludarlo que, incorporándose, corrió hacia la puerta para invitarle a quedarse. "No está aquí, ¡oh Enviado de Dios!", dijo ella, "pero entrad, que mi padre y mi madre sean vuestro rescate."[ii] Mientras ella permanecía en el umbral, como radiante figura de gozosa bienvenida, el Profeta quedó sorprendido por su belleza. Profundamente impresionado, se volvió y murmuró algo que ella no acertó a escuchar. Lo único que oyó claramente fueron sus palabras de admiración mientras se marchaba: "¡Glorificado sea Dios, el Infinito! ¡Glorificado sea Aquél que dispone de los corazones de los hombres!" Cuando Zayd regresó ella le contó la visita del Profeta y las palabras que le había escuchado pronunciar. Zayd se fue inmediatamente a verlo y dijo: "Me han dicho que viniste a mi casa. ¿Por qué no entraste, tú que eres para mí más que mi padre y mi madre? ¿Acaso fue que Zaynab te cayó en gracia? Si es así, la dejaré."[iii] "Consérvala como tu esposa y teme a Dios", replicó el Profeta con alguna insistencia. En otra ocasión había dicho: "De todas las cosas lícitas la más odiosa para Dios es el divorcio" (A.D. XIII, 3). Cuando al día siguiente Zayd volvió a verle con la misma proposición, el Profeta de nuevo le insistió en que debía seguir con ella como esposa. Pero el matrimonio entre Zayd y Zaynab no había sido feliz, y Zayd no podía seguir así por mas tiempo; de modo que, por mutuo acuerdo con Zaynab, se divorciaron. Esto, sin embargo, no convertía a Zaynab en partido como esposa para el Profeta porque, aunque el Corán sólo había especificado que a los hombres les estaba prohibido casarse con las esposas de los hijos "salidos de sus riñones", era un firme principio social el no hacer ninguna distinción entre los hijos de nacimiento y los hijos de adopción. El Profeta tampoco podía ser partido para ella, porque ya tenía cuatro esposas, el máximo permitido por la ley islámica.

Pasaron algunos meses, y un día, cuando el Profeta estaba conversando con una de sus esposas se sintió abrumado por el poder de la Revelación. Cuando volvió en sí sus primeras palabras fueron: "¿Quién irá a ver a Zaynab y le dará las buenas nuevas de que Dios me la ha concedido en matrimonio desde el Cielo?" Salma -la criada de Safiyyah, que desde hacía mucho tiempo se consideraba como un miembro más de la familia del Profeta- se encontraba cerca y se fue corriendo a la casa de Zaynab. Cuando se enteró de la maravillosa noticia, Zaynab magnificó a Dios y se arrojó al suelo en postración hacia la Meca. Luego se quitó sus ajorcas y brazaletes de plata y se los dio a Salma.

Zaynab ya no era joven -tenía casi cuarenta años- pero conservaba la juventud en su apariencia. Era ella, además, una mujer de gran piedad, que ayunaba mucho, hacía largas vigilias y daba con generosidad a los pobres. En tanto que experta trabajadora del cuero, podía hacer zapatos y otros objetos, y todo lo que ganaba de esta manera era un medio para hacer caridad. En su caso no se realizaría una boda formal, ya que el matrimonio había sido anunciado en los versículos revelados como un vínculo ya contraído: "Te la hemos dado por esposa" (XXXIII, 37). Quedaba que la novia fuese llevada a la casa del esposo, y esto se hizo sin demora.

Los versículos también decían que en lo sucesivo los hijos debían ser llamados por el nombre del padre que los había engendrado, y desde aquel día Zayd fue conocido como Zayd ibn Harithah en lugar de Zayd ibn Muhámmad, como había sido llamado desde su adopción unos treinta y cinco años antes. Pero este cambio no anuló su adopción como tal, ni afectó de ninguna manera al amor y la intimidad entre el adoptante y el adoptado, que tenían ahora unos sesenta y cincuenta años respectivamente. Era un simple recordatorio de que no había una relación de sangre, y en este sentido la Revelación proseguía: "Muhámmad no es el padre de ninguno de vuestros hombres, sino que es el Enviado de Dios y el Sello de los profetas" (XXXIII, 40).

Al mismo tiempo otras Revelaciones insistían en la gran diferencia entre el Profeta y sus seguidores. Jamás tenían que dirigirse a él por su nombre, como era la costumbre de llamarse entre ellos. El permiso que Dios le había otorgado, en virtud de su nuevo matrimonio, de tener más de cuatro esposas, era sólo para él y no para el resto de la comunidad. Además, a sus mujeres se les daba el título de "madres de los creyentes", y su rango era tal que sería una enormidad a los ojos de Dios si, después de haberse casado con el Profeta, fuesen alguna vez dadas en matrimonio a otro hombre. Si los creyentes querían pedir un favor a una de ellas -ya que a menudo se buscaba su intercesión ante el Profeta- tenían que hacerlo desde detrás de una cortina. También se les decía: "¡oh vosotros que creéis, no entréis en las moradas del Profeta para una comida, antes de que sea la hora, salvo si se os da permiso. Pero si se os invita, entonces entrad, y cuando hayáis comido, dispersaos, sin demoraros en la conversación. Ciertamente eso sería molesto para el Profeta, y le avergonzaría decíroslo. Sin embargo, Dios no se avergüenza de la verdad" (XXXIII, 53).

Tales preceptos eran necesarios debido al gran amor que le profesaban, y su deseo de estar en su compañía el mayor tiempo y lo más a menudo posible. Los que estaban con él siempre se encontraban poco dispuestos a abandonar su presencia. No se les podría haber censurado si se quedaban, porque cuando el Profeta hablaba a alguien se volvía hacia él tan completamente y hacía de él de una forma tal el objeto de su atención que el hombre bien podía imaginarse que tenía el suficiente privilegio para libertades que otros no osaban tomarse, y cuando tomaba la mano de un hombre él nunca era el primero en soltarla. Pero mientras que protegía al Profeta, la Revelación introdujo por esta época un nuevo elemento en la liturgia, que posibilitó a su pueblo dar expresión a su amor y beneficiarse de su resplandor espiritual sin imponerle de forma excesiva su presencia: "Ciertamente Dios y Sus Ángeles bendicen al Profeta. ¡oh vosotros que creéis, invocad bendiciones sobre él y dadle saludos de Paz!" (XXXIII, 56). Poco después, el Profeta le dijo a uno de sus Compañeros: "Un Ángel ha venido a mí y me ha dicho: 'Si uno invoca bendiciones sobre ti una vez, Dios invoca bendiciones sobre él diez veces'.
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[i] Ver capítulo 32. [ii] Ibn Saad, VIII, 71.

[iii] Ibid. 72. Vease también Tab., Tafsir, Baydawi, Yalalayn, etc. sobre Corán, XXXIII, 37.


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