Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 57
Bani Nadir

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La tribu de Nadir era desde hacía mucho tiempo confederada de los Bani Amir, y el Profeta se decidió a solicitar su ayuda para el pago del precio de sangre. Fue, pues, a verlos con Abu Bakr, Omar y otros de los compañeros y les expuso el asunto. Se mostraron dispuestos a hacer lo que pedía y les invitaron a quedarse mientras les preparaban una comida. El Profeta aceptó su invitación y algunos de los judíos se retiraron, entre ellos uno de sus jefes, Huyay, en apariencia para dar instrucciones sobre el agasajo de los invitados.

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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Mientras se encontraban allí sentados, delante de una de las fortalezas, Gabriel se apareció al Profeta, invisible para todos salvo para él, y le dijo que los judíos planeaban matarlo y que tenía que volver a Medina de inmediato. Se levantó entonces, dejando a los demás sin decir palabra, y todos supusieron que se les reuniría rápidamente. Pero cuando pasó algún tiempo y no regresaba, Abu Bakr sugirió a los otros Compañeros que ellos también debían marcharse. Así pues, dejaron a los judíos y se fueron a la casa del Profeta. Él les explicó lo que había sucedido y luego envió a Muhámmad ibn Maslamah a los Bani Nadir, dándole instrucciones sobre lo que tenía que decirles. Fue rápidamente a sus fortalezas y algunos de sus jefes salieron a recibirlo. "El Enviado de Dios, -les dijo- me ha enviado a vosotros, y ha dicho: 'Por vuestro propósito de matarme habéis roto el pacto que hice con vosotros'." Entonces, después de contarles los detalles exactos de la conjura, como el Profeta le había ordenado hacer, les hizo saber el punto esencial de su mensaje: "Os doy diez días para que partáis de mi país", decía el Profeta. "Cualquiera que sea visto después de ese plazo será decapitado." "¡Oh hijo de Maslamah", dijeron, "nunca pensamos que un hombre de Aws nos traería un mensaje de ese tenor." "Los corazones han cambiado", fue la respuesta.

La mayoría de ellos ya habían comenzado los preparativos para la marcha, pero Ibn Ubayy les envió un mensaje incitándolos a quedarse y prometiéndoles su apoyo, y Huyay, no sin dificultad, los persuadió para que se mantuvieran firmes, porque estaba seguro de que sus aliados beduinos no les fallarían en la crisis, y mucho menos sus poderosos aliados de la ciudad, los judíos de Bani Qurayzah. Después de enviar peticiones urgentes de ayuda a todos, mandó a su hermano al Profeta con el mensaje: "No abandonaremos nuestras moradas y nuestras posesiones; haz pues lo que quieras." "Allahu Akbar", dijo el Profeta, "Dios es el más grande", y sus Compañeros que estaban sentados con él repitieron su magnificación. "Los judíos nos han declarado la guerra", les informó. Inmediatamente reunió un ejército y, poniendo el estandarte en las manos de Ali, se puso en camino hacia los caseríos de los Bani Nadir, un poco al sur de la ciudad. Hicieron la plegaria del mediodía en un espacioso recinto que los judíos habían desocupado porque se encontraba fuera de sus defensas. Después de la plegaria el Profeta condujo sus tropas hacia las fortalezas.

Sus murallas estaban guarnecidas por arqueros y honderos que también tenían a su disposición rocas por si llegaban a ser atacados los muros. Los dos bandos mantuvieron un intercambio de flechas y piedras hasta la caída de la noche. Los judíos habían quedado asombrados por la rapidez de los asaltantes, pero al día siguiente -eso pensaban ellos- tenía que llegar auxilio de los Qurayzah e ibn Ubayy, y luego, al cabo de dos o tres días, sus aliados de Gatafán estarían con ellos. Mientras tanto, el ejército musulmán estaba siendo incrementado por un continuo flujo de hombres procedentes de Medina que por una u otra razón no habían podido salir con el Profeta. Para cuando llegó el momento de la plegaria de la noche el ejército, enormemente reforzado, era lo bastante numeroso como para rodear al enemigo por todos lados. El Profeta hizo la plegaria con ellos, y luego se volvió con diez de sus Compañeros a Medina, dejando a Ali al mando del campamento. Durante toda la noche estuvieron entonando una letanía de magnificación hasta que fue la hora de la plegaria del alba. El Profeta se les reunió durante la mañana.

Los días pasaban y los Bani Nadir comenzaron a desesperar de una ayuda que muchos de ellos habían creído segura. Los Bani Qurayzah rehusaban romper su pacto con el Profeta, los Bani Gatafán guardaban un enigmático silencio y de nuevo Ibn Ubayy se veía forzado a admitir que nada podía hacer. A medida que las esperanzas de los asediados disminuían aumentaba la animosidad entre ellos. Hacía tiempo que la tribu estaba escindida por el rencor y el odio, y ahora que se encontraban completamente aislados del mundo exterior, sin señal de ayuda en ninguna dirección, se sentía que la situación era intolerable; y lo fue completamente cuando, pasados unos diez días, el Profeta ordenó talar algunas de las palmeras que estaban a la vista de las murallas. Era esto un sacrificio, porque sabía que el territorio era virtualmente suyo, pero se hizo con el permiso Divino (Corán LIX, 5),que podía tomarse como un mandato, y tuvo el efecto inmediato de derrumbar la resistencia del enemigo. Sus palmeras eran para ellos motivo de orgullo, y constituían una de sus principales fuentes de ingresos, y si ahora eran forzados a abandonar su tierra las seguirían considerando como suyas, porque tenían motivos para esperar que en un futuro cercano tendrían la oportunidad de recobrarla. El Quraysh había prometido erradicar el Islam del oasis. Pero si las palmeras eran destruidas llevaría muchos años el reponerlas. Sólo unas pocas habían sido derribadas, pero ¿hasta dónde podían llevar esta destrucción? Huyay envió un mensaje al Profeta diciéndole que abandonarían su tierra. El Profeta, sin embargo, respondió que ya no estaba dispuesto a aceptar que se llevasen consigo al exilio todas sus posesiones. "Marchaos de vuestra tierra", dijo, "y llevaos con vosotros todo lo que vuestros camellos puedan cargar, excepto vuestras armas y armaduras."

Huyay se negó en un principio, pero sus compañeros de tribu le obligaron a aceptar y reiniciaron los preparativos que habían sido interrumpidos dos semanas antes. Las puertas de sus casas e incluso los dinteles fueron cargados sobre camellos, y cuando todo estuvo dispuesto se pusieron en marcha hacia el norte sobre la ruta de Siria. No se recordaba haber visto jamás una caravana tan imponente. Al abrirse paso a través del atestado mercado de Medina, los camellos iban en fila de a uno, y cada cual a su paso era objeto de admiración, tanto por la riqueza de sus arreos como por el valor de la carga. Las espléndidas cortinas de las literas se descorrieron para mostrar a las mujeres vestidas de seda, brocado o terciopelo, verde, encarnado, la mayoría de ellas cargadas de ornamentos del cobre más fino, engastados con rubíes, esmeraldas y otras piedras preciosas. Se sabía que los Bani Nadir eran opulentos pero hasta entonces sólo una pequeña porción de sus riquezas había sido vista por otros que no fuesen ellos mismos. Prosiguieron su marcha al son de panderos y pífanos, y anunciaron orgullosamente que si habían tenido que dejar sus palmeras tenían otras igualmente buenas en otra parte, y hacia ellas pues se dirigían. Muchos de ellos se detuvieron y se establecieron en tierras que poseían en Jaybar, pero otros prosiguieron más hacia el norte y se asentaron en Jericó o el sur de Siria. Según la Revelación, la tierra de los Bani Nadir y todo lo que dejaron tras ellos era la posesión del Profeta, para ser dada a los pobres y necesitados y en particular a "los Emigrados necesitados que han sido expulsados de sus hogares" (LIX, 8). Solamente dos de los Ansar recibieron una porción, y eso se debió a su pobreza. Pero al dar la mayor parte a los Emigrados el Profeta los hizo independientes, y de esta manera liberó a los Ansar de una pesada carga.

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