Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 56
Víctimas de la venganza
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Durante más de dos meses nada alteró la paz. Luego llegaron noticias de que los Bani Asad ibn Juzaymah estaban planeando una incursión sobre el oasis. A pesar del Islam de la familia de Yahsh y de otros asadíes que anteriormente habían vivido en la Meca, el cuerpo principal de esta extensa y poderosa tribu de Nachd se mantenía aún estrechamente aliado al Quraysh, el cual ahora los incitaba a sacar partido de los estragos de Uhud.

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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Era, por lo tanto, necesario demostrarles a ellos y a toda Arabia que los musulmanes habían sacado de Uhud fuerza antes que debilidad. El Profeta envió, pues, un grupo de ciento cincuenta hombres bien armados y con buenas cabalgaduras hacia su territorio al norte del desierto central bajo el mando de su primo Abu Salamah, con instrucciones de hacer todo lo posible para caer por sorpresa sobre su campamento. Les acompañó el éxito en esta empresa, pero después de un breve encuentro, con escaso derramamiento de sangre por ambas partes, los beduinos se retiraron y se dispersaron en todas direcciones, mientras que los musulmanes retornaban a Medina al cabo de once días con un gran rebaño de camellos y tres camelleros. La expedición había cumplido su propósito principal, que era afirmar el poder no mermado del Islam.

Por la misma época llegaron noticias del peligro de otra incursión proyectada desde el distante sur, pero en esta ocasión el Profeta adivinaba que la hostilidad contra el Islam estaba toda ella concentrada en un hombre notablemente perverso, el jefe de la rama Lihyaní de Hudhayl. Si podían desembarazarse de él, el peligro procedente de aquella dirección sería insignificante. Envió entonces a Abdallah ibn Unays, un hombre del Jazrach, con órdenes de matarlo. "¡Enviado de Dios!", dijo Abdallah, "descríbemelo para que pueda conocerlo." "Cuando lo veas", dijo el Profeta, "te recordará a Satanás. La señal cierta para reconocerlo es que al verlo te estremecerás ante él." Fue como había dicho, y, después de darle muerte, Abdallah pudo escapar indemne.

Cualquier idea de la proyectada incursión contra Medina fue abandonada entonces, pero al mes siguiente, sin duda como venganza por la muerte de uno de sus jefes, algunos hombres de Hudhayl atacaron a seis musulmanes que se dirigían hacia dos de las tribus vecinas más pequeñas para dar instrucción religiosa. El encuentro tuvo lugar en Rayi, una aguada cerca de la Meca. Tres de los hombres del Profeta murieron luchando, y los otros tres fueron hechos prisioneros, siendo muerto uno de ellos más tarde al intentar escapar. Entre los que perdieron la vida peleando se encontraba Asim de Aws, que había dado muerte a dos de los abanderados del Quraysh en Uhud. La madre de ellos había jurado que bebería vino en su cráneo, y los hombres de Hudhayl se mostraron resueltos a venderle la cabeza de Asim para ese propósito. Pero el cuerpo de Asim fue preservado de ellos por un enjambre de abejas hasta la caída de la noche, y a esta hora se lo llevó una inundación, de forma que el juramento de la madre nunca pudo cumplirse. En cuanto a los dos prisioneros, Jubayb de Aws y Zayd de Jazrach, fueron vendidos al Quraysh, que recibía con agrado cualquier forma de vengar a los muertos de Badr. Jubayb fue comprado por un confederado de los Bani Nawfal y regalado a un miembro de ese clan para que pudiera matarlo en venganza por su padre. Safwan compró a Zayd con la misma finalidad, y los dos hombres fueron mantenidos cautivos en la Meca hasta que pasaron los dos meses sagrados.

Después de la visión de la luna nueva de Safar fueron sacados del recinto santificado y llevados a Tanim. Allí se encontraron ambos por primera vez desde su reclusión, y se abrazaron y exhortaron mutuamente a la paciencia. Entonces los Bani Nawfal y otros que se encontraban con ellos se llevaron a Jubayb a una cierta distancia, y cuando él vio que se disponían a atarlo a un poste les pidió que le permitieran rezar antes. Hizo entonces dos ciclos de la plegaria ritual. Se dice que fue él quien inauguró la costumbre de que un condenado haga una plegaria antes de morir. Luego lo ataron al poste, diciendo: "Abandona el Islam y te dejaremos en libertad." "No renunciaría al Islam", dijo, "si por hacerlo obtuviera todo cuanto hay sobre la tierra." "¿No desearías que Muhámmad estuviese en tu lugar", le dijeron, "y tú estar sentado en tu casa?" "No querría que Muhámmad fuese pinchado por una sola espina para que por ello yo pudiera estar sentado en mi casa", respondió. "¡Jubayb, abjura!" insistieron, "porque si no lo haces con toda seguridad que te mataremos." "Que yo muera por la causa de Dios no es sino una insignificancia, si muero en Él", dijo, y luego: "En cuanto a haberme apartado la cara de la dirección de la santidad" -quería decir de la Meca, porque lo habían puesto mirando hacia otra dirección- ciertamente Dios ha dicho: "Adonde quiera que os volváis, allí estará la Faz de Dios." (II, 115).

A continuación dijo: "¡Oh Dios! No hay aquí ningún hombre que lleve a Tu Enviado mi saludo de paz, llévaselo, pues, Tú." El Profeta se encontraba entonces sentado con Zayd y otros de sus compañeros en Medina, y le sobrevino un estado como cuando descendía sobre él la Revelación, y le oyeron que decía: "Este es Gabriel, que me trae el saludo de paz de Jubayb."(W.360).

El Quraysh tenía consigo a unos cuarenta muchachos cuyos padres habían sido muertos en Badr, y a cada chico le dieron una lanza y le dijeron: "Este es quien mató a vuestros padres." Le alancearon pero no lo mataron; un hombre puso entonces su mano sobre la mano de uno de los muchachos y asestó a Jubayb una herida mortal, y otro hizo lo mismo; sin embargo, continuó con vida durante una hora más, repitiendo continuamente las dos testificaciones del Islam: "No hay dios sino Dios, y Muhámmad es el Enviado de Dios".

Su compañero cautivo, Zayd, también fue ejecutado, y él igualmente hizo una plegaria de dos ciclos antes de ser atado al poste, y dio respuestas similares a las mismas preguntas. Ajnas ibn al-Shariq, el confederado de Zuhrah que había acudido con los otros a Tanim, se vio impelido a hacer la siguiente observación: "Ningún padre amó tanto a su hijo como los compañeros de Muhámmad aman a Muhámmad."

Cuando Ubaydah murió, después de su combate individual con Utbah al comienzo de la batalla de Badr, dejó una viuda muchos años más joven que él, Zaynab, la hija de Juzaymah de la tribu beduina de Amir. Era ella de naturaleza muy generosa, y ya antes de los días del Islam se la conocía como "la madre de los pobres". Un año después de enviudar seguía sin haber vuelto a casarse, y cuando el Profeta le pidió que se casase con él ella aceptó con alegría. Se preparó para ella un cuarto aposento en su casa contigua a la Mezquita, y sin duda debido a esta nueva alianza el Profeta recibió entonces una visita de Abu Bara, el anciano jefe de la tribu de Zaynab. Cuando se le expuso el Islam manifestó que no le producía repulsión. No se convirtió entonces, sin embargo, pero pidió que fuesen enviados algunos musulmanes para instruir a toda su tribu. El Profeta dijo que temía que fuesen atacados por otras tribus. Los Bani Amir eran una rama de los Hawazin y su territorio se extendía al sur de Sulaym y otras tribus de Gatafán, contra las cuales el oasis de Yathrib tenía que estar continuamente en guardia. Pero Abu Bara prometió que nadie violaría la protección que, como jefe de Amir, les diese. El Profeta escogió entonces a cuarenta de sus Compañeros sumamente representativos del Islam tanto en piedad como en conocimiento, y al frente de ellos puso a un hombre de Jazrach, Mundhir ibn Amr. Uno de ellos era Amir ibn Fuhayrah, el liberto elegido por Abu Bakr para que los acompañase al Profeta y a él durante la Hégira.

Se desconocía en Medina que el liderazgo de Abu Bara era contestado dentro de su tribu, y su sobrino, que aspiraba a ser jefe en lugar suyo, dio muerte a uno de los Compañeros que había sido enviado por delante con una carta del Profeta, e invitó a su tribu a matar a los otros. Cuando se vio que la tribu se mostraba casi unánime en la aceptación de la protección de Abu Bara, el decepcionado sobrino envió un mensaje de instigación a dos clanes de Sulaym que recientemente habían estado involucrados en hostilidades con Medina. Rápidamente enviaron un destacamento de jinetes que masacró a los sorprendidos musulmanes en su campamento junto al pozo de Maunah; tan sólo se salvaron dos hombres que habían salido para apacentar los camellos. Uno de ellos era Harith ibn al-Simmah, que con toda valentía había peleado en Uhud. El otro era Amr, del clan Damrah de Kinanah. Cuando regresaban de pastorear quedaron consternados al ver cómo gran número de buitres sobrevolaban en círculo el campamento situado a sus pies como sobre un campo de batalla cuando la lucha ha terminado. Encontraron a sus compañeros yaciendo muertos en su propia sangre, con los jinetes de Sulaym cerca de ellos, absortos en una discusión tan ardorosa entre ellos que no parecieron advertir la presencia de los recién llegados. Amr era partidario de escapar a Medina con las noticias, pero Harith dijo: "Yo no soy uno que se abstenga de luchar en un campo en el que Mundhir ha sido muerto", y se arrojó sobre el enemigo matando a dos de ellos antes de que él y Amr fuesen reducidos y hechos prisioneros. Estaban extrañamente poco inclinados a darles muerte, ni siquiera a Harith, aunque dos de sus hombres acababan de morir a sus manos, y le preguntaron qué debían hacer con él. El les respondió que sólo quería que lo llevasen a donde yacía el cuerpo de Mundhir y que le diesen armas y libertad para combatirles a todos. Le concedieron la petición, y mató a otros dos hombres antes de perder él mismo finalmente la vida. A Amr lo dejaron en libertad y le pidieron que les dijese los nombres de sus compañeros muertos. Se acercó con ellos a cada uno y les fue diciendo su nombre y su linaje. Luego le preguntaron si faltaba alguno. "No puedo encontrar a un liberto de Abu Bakr", dijo, "llamado Amir ibn Fuhayrah." "¿Qué posición ocupaba entre vosotros?", le preguntaron. "Él era uno de los mejores de nosotros," dijo Amr, "uno de los primeros Compañeros de nuestro Profeta." "¿Te cuento lo que le sucedió?" le dijo quien lo estaba interrogando. Entonces llamaron a uno de ellos, Yabbar, que había matado a Amir, y Yabbar contó cómo se había acercado a él por detrás y lo había herido entre los hombros con una lanza. La punta le salió por el pecho, y con el último aliento pronunció las palabras "He triunfado por Dios". "¿Qué podía querer decir eso?", pensó Yabbar, sintiendo que él mismo tenía más derecho a proclamar su triunfo. Asombrado, sacó la lanza, y su asombro fue aún mayor cuando unas manos invisibles alzaron el cuerpo hacia el cielo hasta que se perdió de vista. Cuando explicaron a Yabbar que "triunfo" quería decir el Paraíso abrazó el Islam. El Profeta dijo al enterarse del acontecimiento que los Ángeles se habían llevado a Amir al Illiyyun (W. 349), que es uno de los Paraísos supremos. (Corán, LXXXIII, 18-19).

Los hombres de Sulaym se volvieron a su tribu, donde la historia de lo que había sucedido fue contada una y otra vez, siendo éste el comienzo de la conversión de los sulaymies. En cuanto al superviviente liberado, Amr; le dijeron que la masacre había sido instigada por los Bani Amir, y de vuelta a Medina asesinó a dos hombres de esa tribu, pensando que así vengaba a sus compañeros muertos. Pero los dos hombres eran de hecho completamente inocentes, leales a Abu Bara, y habían reconocido su protección de los creyentes. Así pues, el Profeta insistió en que se tenía que pagar a sus parientes más cercanos el precio de sangre por ello debido.


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