Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 55
Después de Uhud

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El sol se estaba poniendo cuando se aproximaron a la ciudad; y tan pronto como llegaron a la Mezquita hicieron la plegaria del crepúsculo. El Profeta se echó luego para descansar y cayó en un sueño tan profundo que no oyó la llamada de Bilal para la plegaria de la noche, y la hizo el solo en su casa cuando se despertó. Los dos Saad de los Ansar y otros jefes de Aws y Jazrach pasaron la noche a la puerta de la Mezquita y se fueron turnando en la guardia, porque todavía existía la posibilidad de que el Quraysh pudiera volver sobre sus pasos; a la mañana siguiente tem­prano, una vez hecha la plegaria, el Profeta le dijo a Bilal que les anunciase a ellos y a otros que había que perseguir al enemigo. "Pero nadie saldrá con nosotros", dijo, "salvo los que estuvieron presentes en la batalla de ayer".

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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Cuando los jefes regresaron a sus diferentes clanes encontraron que la mayoría de los hombres estaban siendo atendidos de sus heridas, o ya lo habían sido, por sus mujeres, porque muy pocos combatientes de Uhud habían resultado ilesos, y muchos de ellos se encontraban heridos de grave­dad. Pero al oír la llamada del Profeta vendaron sus heridas como buena­mente pudieron y se prepararon para ponerse en marcha nuevamente. To­dos lo hicieron exepto Malik y Shammas. Malik, que se encontraba suma­mente débil, estaba siendo cuidado por su familia. Shammas, que no tenía en Medina ningún pariente próximo, había sido transportado inconsciente desde el campo de batalla al aposento de Aishah. Pero Umm Salamah re­clamó el derecho de atender a los hombres de su propio clan, y le fue con­fiado el cuidado de Shammas. Puesto que su muerte parecía inminente, el Profeta dejó órdenes para que no fuese enterrado en Medina sino en Uhud con sus compañeros mártires.

El Profeta mismo fue uno de los primeros en estar preparado, a pesar de que apenas podía mover el hombro derecho, que había recibido el impacto del golpe dirigido contra su cabeza. Cuando se le acercó Talhah para pre­guntar por la hora de la partida quedó asombrado al verle montado a caballo a la puerta de la mezquita, con la visera bajada, sólo sus ojos visibles. A pesar de encontrarse impedido, Talhah corrió hacia su casa para arre­glarse.

Entre los de los Bani Salimah que se pusieron en marcha había cuarenta hombres heridos, algunos de ellos con más de diez cuchilladas, estocadas o heridas de flecha. Al ver el Profeta la situación en que se encontraban, cuando se alinearon para él en el lugar señalado, se alegró por el poder de sus almas sobre sus cuerpos, y pidió: "¡Oh Dios, ten misericordia de los Bani Salimah!" De todos los clanes, sólo un hombre que no había luchado en Uhud salió ahora al combate, se trataba de Yabir. Al escuchar aquella mañana el llamamiento fue a ver al Profeta y dijo: "¡Oh Enviado de Dios, ansiaba estar presente en la batalla, pero mi padre me dejó al cuidado de mis siete jóvenes hermanas! Y fue así que Dios lo prefirió a él para el mar­tirio y no a mi, aunque yo lo había estado esperando. ¡Déjame entonces ir ahora contigo, Enviado de Dios!" Y el Profeta le dio permiso para salir con los otros.

Hicieron su primer alto a unas ocho millas de Medina. En aquellos mo­mentos el enemigo estaba acampado en Rawha, no muy lejos de ellos. Al enterarse de esto, el Profeta ordenó a sus hombres desplegarse sobre una amplia extensión de terreno y recoger toda la leña que pudieran, apilándo­la cada hombre por separado para él. Para cuando el sol se puso habían preparado más de quinientas almenaras, y cuando fue de noche cada hom­bre prendió fuego a la suya. Las llamas se veían por todas partes, como si un gran ejército estuviese allí acampado. Esta impresión se la confirmó a Abu Sufyan un hombre de Juzaah que, aunque aún era idólatra, sentía simpatía por los musulmanes, y que le contó, mintiendo deliberadamente, que toda la ciudad de Medina había salido en su persecución, incluyendo a los que no habían ido a Uhud y todos sus confederados. "Por Dio", dijo, "no te habrás alejado antes de haber visto las crines de su caballería". Algu­nos qurayshíes habían querido regresar y atacar Medina, pero entonces decidieron unánimemente apretar el paso todo lo posible hacia la Meca. Sin embargo, Abu Sufyan envió un mensaje de despedida al Profeta con unos jinetes que se dirigían a Medina a por provisiones. "Decidle a Muhámmad de mi parte", dijo, "que estamos resueltos a ir contra él y sus compañe­ros y a suprimir de la faz de la tierra a los que todavía quedan de ellos. Decidle esto, y, cuando de regreso lleguéis a Ukaz, cargaré de pasas vues­tros camellos." Cuando le comunicaron el mensaje, el Profeta les respondió con las palabras de una reciente Revelación: "¡Dios es suficiente para noso­tros y Él es un excelente guardián!" (III, 173).

El Profeta y sus Compañeros pasaron el lunes, el martes y el miércoles en el campamento, encendiendo almenaras todas las noches, y aquéllos fueron unos días de muy necesitado descanso y de abundancia. El verano anterior había habido una excelente cosecha de frutas, y Saad ibn Ubadah había cargado con dátiles treinta camellos, y otros habían sido traídos para ser sacrificados. El jueves volvieron a Medina.

Shammas había muerto poco después de su partida, y había sido enterra­do en Uhud. Malik también había muerto durante su ausencia, pero su familia le había dado sepultura en Medina. El Profeta ordenó entonces que su cuerpo fuese llevado a Uhud y enterrado allí.

De regreso de combatir en Uhud, Abdallah el hijo de Ubayy había pasado parte de la noche después de la batalla cauterizando una herida, mientras su padre se explayaba sobre la locura de haber salido a atacar al enemigo. "Por Dios, fue como si lo hubiese visto todo", dijo. "Lo que Dios hizo por Su Enviado y los musulmanes estuvo bien hecho", explicó su hijo. Pero Ibn Ubayy no estaba dispuesto a dejarse convencer. "Si los muertos se hubiesen quedado con nosotros no habrían perdido la vida", insistió. Tampoco se había mantenido en silencio durante la reciente ausencia de su hijo de Medina con el resto de los combatientes mientras que los judíos no se ha­bían privado de afirmar con más convicción que nunca: "Muhámmad no busca más que el poder. Ningún Profeta se ha encontrado jamás con un revés semejante. Fue herido en su propio cuerpo, al igual que sus compañeros".

Gran parte de lo que habían dicho tanto los judíos como los hipócritas le fue repetido a Omar cuando regresó de la expedición de las almenaras. Inmediatamente fue a ver al Profeta y le pidió permiso para matar a los responsables, pero el Profeta se lo prohibió. "Dios hará prevalecer Su reli­gión", dijo, "y Él dará poder a Su Profeta". Luego dijo: "¡Hijo de Jattab!, ciertamente el Quraysh no nos volverá a ganar como nos ha ganado hoy, y además saludaremos a la Esquina" (W. 317) -quería decir que entrarían en la Meca y besarían la Piedra Negra-.

Aunque Omar no pudo cumplir su deseo, Ibn Ubayy no escapó de las censuras. Le había dado por ocupar un lugar de honor en la Mezquita en la plegaria del viernes, y nadie había pensado negárselo a causa de su posi­ción en Medina. Cuando el Profeta subía al púlpito para predicar él se levantaba y decía: "¡Oh gentes!, éste es el Enviado de Dios. ¡Que Dios a través de él sea generoso con vosotros y os dé fuerza! Ayudadle, por lo tanto, honradle, escuchadle y obedecedle." Entonces se sentaba de nuevo. Pero cuando se levantó para hablar como solía el día después del regreso, el primer viernes después de Uhud, los Ansar que estaban junto a él lo agarraron por ambos lados, diciendo: "Siéntate, enemigo de Dios, no eres digno de hablar, después de hacer lo que hiciste." Ibn Ubayy abandonó entonces la asamblea, abriéndose paso por entre la multitud de hombres sentados. Uno de los Ansar que se encontró con él en la puerta de la Mez­quita le dijo: "Vuelve y deja que el Enviado de Dios pida perdón para ti." Pero él respondió: "Por Dios, no quiero que pida perdón para mí."

En los días que siguieron a Uhud el Profeta recibió muchas Revelaciones relativas a la batalla, y de ellas se deducía que una porción considerable de dos de los clanes había pensado seriamente en desertar del ejército poco antes de entablarse la lucha, y que Dios les había dado fuerzas y resolución. Uno de los dos clanes era el de los Bani Salimah, de Jazrach, cuyo compor­tamiento tanto había agradado al Profeta cuando se pusieron en movimien­to para perseguir al enemigo. Cuando ellos y los Bani Harithah de Aws escucharon la Revelación (III, 122) dijeron que se refería a ellos pero que no se lamentaban de su momento de debilidad porque les había traído fuerza procedente de Dios, que era mejor que su propia fuerza. Otros versí­culos fueron revelados respecto a los supervivientes de la súbita carga de caballería que habían huido presas del pánico hacia la montaña, y en espe­cial de los que previamente habían animado al Profeta a salir al combate para poder alcanzar ellos el martirio. "¿Creéis que vais a entrar en el Paraíso antes de que Dios haya sabido quiénes de vosotros se esfuerzan sinceramente y quiénes son constantes? Deseabais la muerte antes de haberla encontrado; ¡ahora la habéis visto cara a cara!" (III, 142-143).

La Revelación, sin embargo, dejaba claro que los que habían desobedecido las órdenes habían expiado sus faltas en el campo de batalla y habían sido perdonados. Parte de su expiación había sido el enorme pesar sentido al oír que el Profeta había muerto (III, 152-5). También se afirmaba en las Reve­laciones, respecto de las ruinas visibles que quedaban de civilizaciones pa­sadas, que el orden de cosas establecido en Arabia desaparecería y que triunfaría el Islam: "Muchas formas de vida se han sucedido antes de vosotros. Recorred la tierra y ved cuál fue el fin de quienes desmintieron a los enviados de Dios. Ésta es una exposición clara para los hombres, y una guía y una amonestación para los piadosos. No os desaniméis ni os aflijáis porque voso­tros venceréis si sois creyentes." (III, 137-9).

Había también otra referencia al futuro de distinta naturaleza: "Muhámmad no es sino un Enviado, y antes han pasado otros Enviados. Si él muere o es muerto, ¿os volveréis sobre vuestros pasos? Quien se vuelve sobre sus pasos no daña a Dios, y Dios recompensará a los agradecidos". (III, 144).

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