Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 54
El entierro de los mártires

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EL Profeta condujo entonces a sus Compañeros hacia la llanura. Ha rith ibn al-Simmah había sido enviado por delante para buscar el cuerpo de Hamzah, pero cuando lo encontró quedó tan horrorizado ante su visión y por tener que contárselo que no regresó en seguida. Ali fue enviado entonces tras él. Encontró a Harith de pie aterrorizado junto al cadáver mutilado, y los dos volvieron juntos. Cuando el Profeta se enteró de lo que habían hecho con el cadáver de Hamzah dijo: "Jamás he sentido una ira mayor que la que ahora siento, y cuando la próxima vez Dios me dé una victoria sobre el Quraysh mutilaré a treinta de sus muertos." (I.I. 584).

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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Pero poco después de esto vino la Revelación: "Si castigáis, hacedlo entonces en la misma medida en que se os afligió. Pero si tenéis paciencia, es mejor para el paciente". (XVI, 126). Y no solamente no cumplió su amenaza sino que prohibió expresamente la mutilación después de las batallas. Además, por lo que se refiere al combate mismo, les dijo que respetasen la cara humana por ser la parte más divina del cuerpo: "Cuando uno de vosotros aseste un golpe, que evite golpear la cara... porque Dios creó a Adán a Su imagen." (A.H. 1, 251; M. XLV, 32).

Abdallah ibn Yahsh había sido abatido no lejos de Hamzah y su cuerpo también había sido mutilado. Pero cuando el Profeta se apartó de ellos para buscar otros muertos, sus ojos fueron a dar con una visión muy diferente. Uno de los cuerpos más cercanos a los de sus parientes era el de Hanzalah. Ningún hombre o mujer del Quraysh había osado tocarlo, y allí yacía como los Ángeles lo habían dejado, sobre la tierra seca del mediodía, con el cabello todavía húmedo de agua. Nadie pasaba junto a él sin que diese las gracias, porque en su belleza y en su paz él era un signo del Cielo que informaba a los afligidos del estado en que se encontraban sus parientes martirizados.

No muy lejos se hallaban los cuerpos de Jaythamah e Ibn al-Dahdahah. Jaythamah, cuyo hijo martirizado se le había aparecido en sueños, mandándole que se apresurara a reunirse con él, y Thabit ibn al-Dahdahah, que había obsequiado la palmera al huérfano. Cuando el Profeta vio a Thabit, dijo: "Palmeras con racimos repletos pendiendo a baja altura, ¡qué enorme cantidad de éstas tiene en el Paraíso el hijo de Dahdahah!" (W. 505).

Cuando uno de los clanes de Aws estaba buscando sus muertos encontraron para su sorpresa a un hombre suyo llamado Usayrim al que apenas el día anterior le habían censurado el no ser musulmán. Siempre que le hablaban sobre el Islam, él decía: "Si supiese que es cierto todo lo que decís, no lo dudaría." Sin embargo, ahí estaba sobre el campo de batalla, mortalmente herido pero aún con vida. "¿Qué es lo que te trajo aquí?" le preguntaron. "¿Fue por preocupación por tu pueblo o fue por el Islam?" "Fue por el Islam" respondió. "De pronto creí en Dios y en Su Enviado y abracé el Islam. Entonces cogí mi espada y salí esta mañana temprano para estar con el Enviado de Dios, y luché hasta que recibí el golpe que me hizo caer aquí." No pudo decir más, y permanecieron con él hasta que murió. Luego se lo contaron al Profeta, que les aseguró que él era de las gentes del Paraíso, y en los años siguientes Usayrim vino a ser conocido como el hombre que había entrado en el Paraíso sin haber hecho jamás ninguna de las cinco plegarias de cada día.

Entre los muertos encontraron a un extraño, o por lo menos eso pareció al principio, hasta que uno de ellos lo reconoció como Mujayriq, un sabio rabino del clan judío de Thalabah. Aquella mañana temprano, como después se les informó, había convocado a su pueblo para guardar el pacto con el Profeta y unirse a él para luchar contra los idólatras, y cuando protestaron que era el Sabbath, él les dijo: "No guardáis el Sabbath verdaderamente." Entonces les ordenó solamente que fuesen testigos de que Muhámmad era su único heredero. "Si me matan hoy," dijo, "mis posesiones son para Muhámmad, para que las emplee como Dios le dé a entender." Luego tomó su espada y otras armas y partió para Uhud, donde combatió hasta que fue muerto. Después de eso una gran parte de las limosnas que se distribuían en Medina procedían de los ricos palmares que el Profeta había heredado de Mujayriq, "el mejor de los judíos", como le llamaba.

Tan pronto como resultó evidente que los mequíes tenían la intención de regresar por donde habían venido, evitando así el encuentro con Medina, las mujeres comenzaron a salir de la ciudad para atender a los heridos y comprobar por sí mismas la falsedad o la autenticidad de los rumores que desde mediodía habían estado llegando a sus oídos. Entre las primeras mujeres en salir estuvieron Safiyyah, Aishah y Umm Ayman. El Profeta se apenó al ver acercarse a Safiyyah y llamó a Zubayr: "Ayúdame con tu madre, y que se cave sin dilación la tumba de Hamzah. Ve a recibirla y llévatela de vuelta, no sea que vea lo que le ha sucedido a su hermano." Zubayr fue pues hacia ella y dijo: "Madre, el Enviado de Dios te ordena que regreses". Pero Safiyyah ya se había enterado de las noticias al borde del campo de batalla. "¿Por qué debo regresar?", dijo. "He sabido que mi hermano ha sido mutilado, pero fue por la causa de Dios, y todo lo que es por Su causa lo aceptamos plenamente. Prometo que me mantendré serena y paciente si Dios quiere." Zubayr volvió junto al Profeta, el cual le dijo que la dejase seguir su camino. Se acercó entonces ella y vio a su hermano. Rezó sobre él y recitó el Versículo del Retorno: "En verdad somos de Dios y a Él retornamos". Y todos ellos se consolaron al recordar el contexto de este versículo, de una Revelación que se había recibido después de Badr: "¡Oh creyentes! Buscad la ayuda de Dios en la paciencia y en la plegaria. En verdad Él está con los pacientes. Y no digáis de quienes han caído por la causa de Dios que están muertos, porque están vivos, pero vosotros no os dais cuenta. Y ciertamente os probaremos con algo de miedo y hambre, con pérdida de bienes y vidas, y de frutos. Pero se anuncian buenas nuevas a quienes son pacientes y cuando les sobreviene una desgracia dicen: 'En verdad somos de Dios y a Él retornamos'. Sobre ellos hay bendiciones y misericordia de su Señor y ellos son los rectamente guiados". (II, 153-7).

Safiyyah rezó luego junto al cuerpo del hijo de su hermana Umaymah, Abdallah ibn Yahsh, y pronto se le unió Fatimah. Las dos mujeres lloraron sobre sus muertos, y para el Profeta fue un alivio llorar con ellas. A continuación, Fatimah vendó las heridas de su padre. Vieron entonces aproximarse a su prima Hamnah, la hermana de Abdallah, y el pesar de todos fue mayor por tener que contarle la muerte de su marido, Musab, así como las de su hermano y su tío. Cuando la batalla estaba ya bastante avanzada el Profeta había visto a Musab, según pensó él, portando todavía el estandarte, y lo llamó. Pero el hombre respondió: "Yo no soy Musab". El Profeta supo entonces que se trataba de un Ángel y que Musab tenía que haber sido muerto o mutilado. Se colocó ahora junto al cuerpo del fallecido y recito el versículo: "Entre los creyentes hay hombres que son fieles a su alianza con Dios. Algunos de ellos han cumplido su juramento mediante la muerte. Otros aún esperan sin titubear ni cambiar". (XXXIII, 23).

Ordenó que llevaran todos los muertos cerca del cadáver de Hamzah, y que se cavasen tumbas. Hamzah fue envuelto en un manto y el Profeta hizo sobre él la oración funeraria, después de lo cual hizo lo mismo sobre cada uno de los caídos: setenta y dos en total. Tan pronto como estaba lista una tumba eran enterrados en ella dos o tres. Hamzah y su sobrino Abdallah fueron colocados juntos en una sepultura. El Profeta en persona presidió cada enterramiento. "Buscad a Amr, el hijo de Yamuh, y a Abdallah, el hijo de Amr", dijo. "En este mundo fueron amigos inseparables; que descansen pues en una sola tumba." Pero Hind, esposa de Amr y hermana de Abdallah -el padre de Yabir- ya había reunido los dos cadáveres y, con ellos, el cuerpo de su hijo Jallad. Había intentado llevárselos a Medina, pero cuando su camello llegó al límite de la llanura se negó a continuar -por orden de Dios, como el Profeta le dijo- y se vio obligada a llevar de nuevo los cadáveres al campo de batalla. En consecuencia los tres fueron dispuestos en la misma tumba, y el Profeta permaneció de pie junto a ellos hasta que fueron enterrados. "¡Oh Hind!", dijo, "todos ellos, Amr y tu hijo Jallad y tu hermano Abdallah están juntos en el Paraíso." "Oh Enviado de Dios", dijo Hind, "ruega a Dios para que me dé un sitio junto a ellos."

A diferencia de la mayoría de los muertos, el hombre de Muzaynah que se había batido tan esforzadamente no contó con la presencia de nadie de su gente, porque su sobrino también había luchado hasta morir. El Profeta se acercó a él y dijo: "Dios está satisfecho de ti, como yo lo estoy." (W. 277). Habían envuelto su cuerpo en un manto de rayas verdes que él llevaba, y cuando fue colocado en la tumba el Profeta tiró del manto hacia arriba para cubrirle la cara, pero sus pies quedaron al descubierto. Pidió entonces que reunieran algo de ruda de la llanura y que la extendiesen sobre sus pies. Y esto mismo les obligó a hacer con muchos de los muertos, cuyos rostros, así como sus pies, debían estar cubiertos antes de que se amontonase sobre ellos la tierra.

Cuando la última sepultura estuvo llena, el Profeta pidió su caballo y lo montó, y se pusieron en marcha barranco abajo por el camino por donde habían venido al alba. Cuando llegaron al comienzo de la extensión de lava les dijo que se alineasen para alabar a Dios y darle las gracias, y los hombres formaron dos filas mirando hacia la Meca, con las mujeres detrás de ellos, catorce mujeres en total. Entonces el Profeta glorificó a Dios y pidió, diciendo: "¡Oh Dios, te pido Tu bendición, Tu misericordia, Tu gracia y Tu indulgencia! ¡oh Dios, te pido la bienaventuranza eterna que no disminuye ni desaparece! ¡Oh Dios, te pido seguridad en el día del temor, y abundancia en el de la indigencia!" (W. 315).

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