Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 51
La marcha hacia Uhud

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EL sol ya estaba en el ocaso cuando llegaron a Shayjayn, a mitad de camino entre Medina y Uhud. Bilal hizo la llamada a la plegaria e hicieron la plegaria, después de lo cual el Profeta revisó sus tropas. Fue entonces cuando advirtió la presencia de ocho muchachos que, a pesar de su edad, estaban deseando tomar parte en la batalla. Entre ellos se encontraban Usamah, el hijo de Zayd, y el hijo de Omar, Abdallah, ambos de sólo trece años de edad.

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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El Profeta les ordenó a todos ellos que regresaran inmediatamente a casa. Protestaron los muchachos, y uno de los Ansar aseguró al Profeta que el quinceañero Rafi, del clan awsi de Harithah, era mejor arquero que muchos de sus mayores. A Rafi se le dejó, pues, quedarse, y ante esto, Samurah, un huérfano de una de las tribus de Nachd, cuya madre se había casado con un Ansar del clan de Rafi, afirmó que en la lucha podría derribar a Rafi. El Profeta pidió a los dos muchachos que le mostraran lo que podían hacer, y allí mismo ambos empezaron a pelearse. Samurah demostró que lo que había dicho era cierto, y también a él se le permitió quedarse mientras que los otros fueron enviados de vuelta con sus familias.

Los mequies esperaban que los musulmanes saldrían a luchar contra ellos y de ese modo estarían en disposición de emplear su mayor fuerza en condiciones más ventajosas y en particular la caballería. El Profeta sabía esto, y habiendo, sin embargo, decidido abandonar la ciudad, estaba resuelto a equilibrar la diferencia de número tomando una posición que le fuese favorable y que al mismo tiempo fuese inesperada y que, por tanto, desconcertase al enemigo. Pero para este fin necesitaría un guía; hizo entonces algunas pesquisas, y, como quiera que tenían que atravesar el territorio de los Bani Harithah aceptó los servicios que ofreció un miembro de ese clan que conocía a la perfección la configuración del terreno.

En Medina aquella noche Hanzalah y Yamila habían consumado su matrimonio, y mientras dormían, a altas horas de la noche, Yamilah tuvo un sueño en el que veía a su marido de pie fuera del Paraíso; una puerta se abría para él y entraba por ella, cerrándose entonces detrás suyo. Cuando ella se despertó, se dijo: "Esto es el martirio." Realizaron sus abluciones e hicieron juntos la plegaria del alba, después de lo cual él se despidió de Yamilah. Pero ella lo abrazó y no quería dejarle marchar. Hanzalah volvió a yacer con ella y después se arrancó de su abrazo, y sin ni siquiera darse tiempo para repetir la ablución se puso su cota de malla, cogió sus armas y se apresuró a salir de la casa." (W. 273).

El Profeta había dado instrucciones para que el ejército estuviese listo para partir de Shayjayn poco antes del alba. Pero Ibn Ubayy había tenido consultas con algunos de sus más próximos seguidores durante la noche y cuando llegó el momento de levantar el campamento se volvió a Medina con trescientos hipócritas y escépticos, para gran vergüenza de su hijo Abdallah, que se quedó con el ejército. Ibn Ubayy ni siquiera habló con el Profeta, y cuando le interrogaron algunos Ansar, dijo: "Me ha desobedecido, y ha obedecido a los niñatos y a los hombres sin juicio. No veo por que debemos perder nuestras vidas en este lugar mal elegido." Otro Abdallah, el padre de Yabir, salió en pos de ellos y les gritó: "Por Dios os suplico que no abandonéis a vuestro pueblo y a vuestro Profeta ante la misma presencia del enemigo." Pero su única respuesta fue: "Si supiéramos que fuerais a combatir no os abandonaríamos. Pero no creemos que vaya a haber una batalla." "Enemigos de Dios," replicó, "Dios le será al Profeta de mucho más provecho que vosotros."

Reducido ahora a setecientos hombres, el ejército avanzó a una corta distancia hacia el enemigo y luego, aún bajo el manto de la oscuridad, se movieron hacia la derecha y avanzaron por una extensión volcánica hasta que llegaron al extremo suroriental de la garganta de Uhud. Volviéndose de nuevo se dirigieron hacia el noroeste garganta arriba hasta que, en la penumbra del amanecer, vieron el campamento mequí delante de ellos, un poco a su izquierda y por debajo. Siguieron marchando hasta que estuvieron justo entre el enemigo y Uhud. Habiendo entonces alcanzado su objetivo, que era tener a su favor la ladera de la montaña, el Profeta hizo que se detuvieran y desmontó. Bilal hizo la llamada a la plegaria de la mañana, y se alinearon dando la espalda a la montaña. Esta era también su formación de batalla, pues el enemigo estaba en esos momentos entre ellos y la Meca. Después de dirigir la plegaria, el Profeta se volvió y los exhortó diciendo:

"Verdaderamente hoy estáis en una posición rica en recompensa y en tesoro, para el que es consciente de lo que tiene entre manos y que a ello dedica su alma con paciencia y certeza, con seriedad y esfuerzo." (W. 22). Cuando hubo terminado, Hanzalah avanzó para saludarlo, porque acababa de llegar de Medina.

El Profeta eligió entonces sus mejores arqueros. De éstos dejó consigo a Zayd, Saad, su primo Zuhrah y Saib el hijo de Uthman ibn Mazun entre otros; pero a cincuenta les dijo que ocupasen su posición en una elevación un poco a la izquierda de la fuerza principal. Al frente de ellos puso a Abdallah ibn Yubayr, un hombre de Aws, y les dio las siguientes órdenes:

"¡Mantened a su caballería con vuestras flechas lejos de nosotros! No dejéis que caigan sobre nosotros por la retaguardia. ¡Esté la suerte de la batalla a nuestro favor o a nuestra contra, no os mováis de este puesto! Si nos veis saqueando al enemigo, no busquéis participar en ello, y si veis que nos están dando muerte, no acudáis en nuestro socorro." (I.I.560).

Después de ponerse otra cota de malla empuñó una espada y la blandió diciendo: "¿Quién tomará esta espada, juntamente con su derecho?" Zubayr dijo que él lo haría, pero el Profeta una vez más se apartó, repitiendo su pregunta por tercera vez. "¿Cuál es su derecho, Enviado de Dios?" dijo Abu Duyanah, un hombre de Jazrach. "Su derecho", dijo el Profeta, "es que con ella debes golpear al enemigo hasta que se doble." "Yo la tomaré, junto con su derecho", respondió él, y el Profeta se la dio. Él era un valiente que se gloriaba en las batallas. Su turbante rojo era de todos conocido, llamándole los Jazrach el turbante de la muerte. Cuando se lo ponía, como hizo entonces atándoselo alrededor del casco, sabían que quería decir que iba a causar gran matanza en las filas del enemigo, y nadie podía dudar que ésta era su firme intención cuando espada en mano se pavoneaba entre las filas del ejército de un lado para otro. Al verlo, el Profeta dijo: "Ése es el modo de andar que Dios detesta, salvo en un momento y en un lugar como éste" (I.I. 561).


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