Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 50
Preparativos para la batalla

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LOS mequies sentían intensamente la pérdida de la ruta del Mar Rojo. Una de las desventajas de la única alternativa que les quedaba era que en la llanura de Nachd los pozos estaban relativamente alejados entre sí. Pero ahora que los meses de estío estaban a punto de terminar, el viaje podía realizarse fácilmente añadiendo más camellos aguadores. Así pues, decidieron enviar una rica caravana al Iraq, bajo la dirección de Safwan, consistente principalmente en lingotes de plata y vasos del mismo metal, todo ello valorado en unos cien mil dirhemes.

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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Algunos judíos de Medina tenían información secreta sobre la caravana y uno de los Ansar les oyó por casualidad hablando de ello. El Profeta sabía que Zayd tenía dotes de mando y lo puso a la cabeza de cien jinetes para interceptar el paso a la caravana cerca de Qaradah, que era una de las principales aguadas de la ruta. La fuerza relativamente pequeña y, por tanto, más manejable de que disponía Zayd le permitió poner en práctica todos los elementos esenciales de una emboscada efectiva. Su ataque repentino, feroz e inesperado puso en fuga a Safwan y sus compañeros, mientras que Zayd y sus hombres regresaron triunfantes a Medina, convertidos en la escolta de todos los camellos de carga mequies con su preciosa mercancía de plata y otros productos y con algunos cautivos.

En la Meca el desastre de Qaradah intensificó y aceleró los preparativos que se habían venido realizando desde Badr para un ataque irresistible sobre Medina. Pasó el mes sagrado de Rayab y, con él, el solsticio de invierno y el año 625 de la era cristiana. Fue en el mes siguiente cuando tuvo lugar el matrimonio de Hafsah. Luego vino Ramadán, y en este mes de ayuno, para alegría de todos los creyentes, Fatimah dio a luz un hijo. El Profeta pronunció las palabras de la llamada a la plegaria en el oído del recién nacido y le dio el nombre de al-Hasan, que significa "el hermoso". Vino la luna llena, y uno o dos días después fue el aniversario de Badr, y en los últimos días del mes un jinete que había cabalgado de la Meca a Medina durante tres días le trajo al Profeta una carta sellada. Era de su tío Abbas, advirtiéndole que un ejército de tres mil hombres estaba a punto de ponerse en marcha hacia Medina. Setecientos de los combatientes llevaban malla, y había una tropa de doscientos hombres de a caballo. Los camellos eran tan numerosos como los hombres, sin contar los camellos de carga y los que portaban las literas para las mujeres.

Para cuando la carta llegó el Quraysh ya se había puesto en marcha. Abu Sufyan, el comandante en jefe, llevaba consigo a Hind y también a una segunda esposa. Salwan llevaba también a dos esposas, otros jefes solamente una. Yubayr, el hijo de Mutim se quedó en la Meca, pero envió con el ejército a un esclavo suyo abisinio llamado Wahshi que era, al igual que muchos de sus paisanos, un experto en el lanzamiento de la jabalina. Se sabía que Wahshi raras veces había errado el blanco, y Yubayr le dijo: "Si matas a Hamzah, el tío de Muhámmad, como venganza mía, eres un hombre libre." Hind se enteró de esto, y durante las paradas, siempre que pasaba junto a Wahshi en el campamento o lo veía pasar por su lado, le decía:

"¡A ello!, ¡oh padre de la oscuridad, apaga y luego relámete!" Hind ya le había dejado claro que -al igual que su amo- ella también tenía una sed que apagar y una recompensa para quien la apagase.

Los Emigrados y los Ansar disponían todavía de una semana antes de que el enemigo estuviese sobre ellos; pero durante ese tiempo había que hacer sitio dentro de los muros de Medina para todos los que vivían en las partes distantes del oasis junto con sus animales. Se hizo esto y ni un solo caballo, camello, vaca, oveja o cabra se quedó fuera de las murallas. Quedaba por ver cuál seria el plan de acción de los mequies. Llegaron noticias de que estaban tomando la ruta occidental cerca de la costa. A su debido tiempo se desviaron hacia el interior e hicieron una breve parada a unas cinco millas al oeste de Medina. Luego marcharon en dirección noreste durante unas pocas millas y acamparon en una franja de tierra cultivada en el llano situado bajo el Monte Uhud, que domina Medina desde el norte.

El Profeta envió exploradores, que regresaron a la mañana siguiente con la información de que el número de los enemigos era ciertamente el que se decía en la carta. El Quraysh llevaba consigo un centenar de hombres de Thaqif y también contingentes de Kinanah y otros aliados. Los más de tres mil camellos y los doscientos caballos se estaban comiendo todo el pasto y todas las cosechas aún sin recoger al norte de la ciudad, y pronto no quedaría ni una brizna de hierba. El ejército no mostraba señales de estar preparado para una acción inmediata. Sin embargo, la ciudad estuvo rigurosamente vigilada aquella noche, y los dos Saad de Aws y Jazrach, es decir, Ibn Muadh e Ibn Ubadah, insistieron en mantenerse vigilando fuera de la puerta del Profeta, y con ellos estuvo Usayd y una aguerrida guardia personal.

El Profeta estaba todavía desarmado. Pero soñó que llevaba una cota de malla impenetrable y que montaba sobre un carnero. Llevaba la espada en la mano y advertía en ella una mella, y veía algunas vacas que sabia que eran suyas y que eran sacrificadas ante sus ojos.

A la mañana siguiente contó a sus Compañeros lo que había visto, y lo interpretó diciendo: "La cota de malla impenetrable es Medina y la mella de mi espada es un golpe que se lanzará contra mí; las vacas sacrificadas son algunos de mis Compañeros que serán muertos, y en cuanto al carnero sobre el que monta es el jefe de su escuadrón a quien, si Dios quiere, daremos muerte." (W. 209).

Su primer pensamiento fue no salir de la ciudad, sino aguantar un asedio dentro de sus murallas. Deseaba, sin embargo, que otros le confirmasen en su idea, porque de ninguna manera se trataba de una convicción. Dispuso, pues, una consulta sobre si debían salir de la ciudad o no. Ibn Ubayy fue el primero en hablar: "Nuestra ciudad", dijo, "es una virgen que nunca ha sido violada contra nosotros. Nunca hemos salido de ella para atacar al enemigo sin que no hayamos sufrido numerosas pérdidas, y nadie ha penetrado en ella frente a nosotros sin que hayan sido ellos los que han padecido las pérdidas. Por lo tanto, déjalos donde están, oh Enviado de Dios. Desdichada será su situación mientras se queden, y cuando regresen retornarán abatidos y con su objetivo frustrado, sin haber ganado nada bueno".

Un elevado número de los Compañeros más antiguos, tanto de los Emigrados como de los Ansar, se inclinaban por la opinión de Ibn Ubayy. En consecuencia, dijo el Profeta: "Permaneced en Medina, y guardad a las mujeres y a los niños en las fortalezas." Solamente cuando hubo pronunciado estas palabras se hizo aparente que la mayoría de los hombres más jóvenes ardían de impaciencia por salir a combatir contra el enemigo. "Oh Enviado de Dios," dijo uno de ellos, guía nuestro avance contra el enemigo. Que no piensen que les tememos o que somos demasiado débiles para ellos." Estas palabras fueron recibidas con un murmullo de aprobación procedente de diferentes partes de la asamblea, y otros vinieron a decir lo mismo, añadiendo el argumento de que su inactividad y el no tomar represalias por los cultivos devastados solamente serviría para envalentonar al Quraysh contra ellos en el futuro, por no hablar de las tribus del Nachd. Hamzah, Saad ibn Ubadah y otros de los más experimentados comenzaron entonces a inclinarse hacia este parecer. "En Badr", dijo uno de ellos, "no contabas sino con trescientos hombres, y Dios te dio la superioridad sobre ellos. Y ahora somos muchos y hemos estado poniendo nuestra esperanza en esta ocasión y pidiendo a Dios por ello, y Él nos la ha traído a nuestra misma puerta." (W. 210-11). Entonces se levantó para hablar uno de los más ancianos allí presentes, un hombre de Aws llamado Jaythamah. Repitió muchos de los argumentos que ya se habían escuchado contra permanecer a la defensiva. Luego habló sobre un asunto más personal. Su hijo Saad era uno de los pocos musulmanes que había perdido la vida en Badr. "Anoche, en sueños," dijo, vi a mi hijo. Su aspecto era de lo más hermoso, y yo presencié cómo le eran satisfechos todos sus deseos entre los frutos y ríos del Jardín. Y él decía: "Ven con nosotros y sé nuestro compañero en el Paraíso. He visto que era cierto todo lo que mi Señor me prometió". Y yo soy anciano y anhelo encontrarme con mi Señor; pide, pues, Enviado de Dios, para que Él me conceda el martirio y la compañía de Saad en el Paraíso." (W. 212-13). El Profeta hizo una plegaria por Jaythamah, sin duda en voz baja, porque no se han conservado las palabras. Luego se levantó para hablar otro de los Ansar, esta vez un hombre del Jazrach, Malik ibn Sinan. "¡Oh Enviado de Dios!", dijo, "tenemos ante nosotros dos cosas buenas por igual: o bien Dios nos concede la superioridad sobre ellos y eso es lo que obtendríamos o por el contrario nos da el martirio. No me importa cuál de las dos cosas pueda ser, porque por cierto que en ambas hay bien." (Ibíd.). Ahora estaba claro, no sólo por las palabras pronunciadas sino también por la aprobación general con que habían sido acogidas, que la mayoría estaba contra quedarse detrás de las murallas, y el Profeta decidió atacar. A mediodía se reunieron para la plegaria del viernes y el tema de su "jutbah" (sermón) fue la Guerra Santa y todo lo que requería de seriedad y esfuerzo, y dijo que la victoria sería de ellos si se mantenían resueltos. Luego les ordenó que se prepararan para enfrentarse al enemigo.

Después de la plegaria dos hombres esperaron atrás para hablar con el Profeta, cada uno con una decisión urgente que tomar. Uno de ellos era Hanzalah, hijo de Abu Amir -el supuesto abrahámico-, que se encontraba entonces sin que su hijo lo supiera en el campamento enemigo bajo Uhud. Era el día de las bodas de Hanzalah -un día que había sido elegido con varias semanas de anticipación-. Estaba prometido a su prima Yamilah, la hija de Ibn Ubayy, y se hallaba poco dispuesto a retrasar el matrimonio, aunque estaba determinado a luchar. El Profeta le dijo que celebrase la boda y que pasase la noche en Medina. No podría haber ninguna lucha antes de la salida del sol, y Hanzalah tendría tiempo suficiente para reunirse con él a la mañana siguiente en el campo de batalla. Preguntando podría averiguar qué camino había tomado el ejército.

El otro hombre era Abdallah ibn Amr, de los Bani Salimah, uno de los clanes del Jazrach. Era él quien apenas tres años antes había salido hacia la peregrinación como pagano y había abrazado el Islam en el valle de Mina, donde había prestado obediencia al Profeta en el segundo Aqabah. Y ahora, dos o tres noches antes, Abdallah había tenido un sueño semejante al que Jaythamah había relatado en la asamblea. Un hombre al que había reconocido como un Ansar llamado Mubashshir se le había aparecido en el sueño y le había dicho: "Unos pocos días, y estarás con nosotros." "¿Y dónde estás tú?" dijo Abdallah. "En el Paraíso", contestó Mubashshir. "Allí hacemos todo lo que nos agrada hacer." "¿No fuiste tú muerto en Badr?" "Eso es", dijo Mubashshir, "pero luego fui devuelto a la vida." "Padre de Yabir", le dijo el Profeta a Abdallah cuando le contó el sueño, "eso es el martirio." (W. 266).

Abdallah en el fondo lo sabía, pero deseó sin embargo que el Profeta se lo confirmase. Luego se fue a casa para prepararse para la guerra y despedirse de sus hijos. Su mujer había muerto hacía poco, dejándole un hijo, Yabir, apenas en la edad viril, y siete hijas mucho más jóvenes que el hermano. Yabir ya había regresado de la Mezquita y estaba ocupado con sus armas y armadura. No habiendo estado presente en Badr, estaba enormemente ilusionado por salir con el Profeta en esta ocasión. Pero su padre tenía otros pensamientos. "Hijo mío," dijo Abdallah, "no conviene que las dejemos" -se refería a sus hijas- "sin ningún hombre. Son jóvenes e indefensas, temo por ellas. Pero yo me iré con el Enviado de Dios, quizás para conseguir el martirio si Dios me lo da, y las dejo a tu cuidado."

Todos se reunieron de nuevo para la plegaria de la tarde y para ese momento los hombres de Medina alta se habían juntado y estaban presentes en la Mezquita. Después de la plegaria el Profeta se llevó consigo a Abu Bakr y a Omar a su casa y le ayudaron a vestirse para la batalla. Los hombres se alinearon afuera, y Saad ibn Muadh y sus compañeros de clan les reprendieron diciendo: "Habéis obligado al Enviado de Dios a salir contra su voluntad, a pesar de la orden que le vino del Cielo. Poned la decisión de nuevo en sus manos y dejadle decidir otra vez." Cuando el Profeta salió había enrollado su turbante alrededor del casco y se había puesto el peto, bajo el cual llevaba una cota de malla sujeta con un cinto de cuero. Además se había ceñido la espada y colgado el escudo a la espalda. En aquellos momentos eran muchos los hombres que lamentaban el rumbo que habían tomado, y tan pronto como apareció le dijeron: "¡Oh Enviado de Dios! No tenemos que oponernos a ti en nada, haz pues lo que te parezca mejor." Pero él les respondió diciendo: "No es propio de un Profeta, cuando se ha puesto su armadura, quitársela hasta que Dios haya juzgado entré él y sus enemigos. En consecuencia, prestad atención a lo que os ordene y hacedlo, y avanzad en el Nombre de Dios. La victoria será vuestra, si sois constantes." (W. 214). Luego pidió tres lanzas y les ató tres estandartes. El estandarte de Aws se lo dio a Usayd, el de Jazrach a Hubab, que le había aconsejado sobre los pozos en Badr, y el de los Emigrados a Musab. De nuevo volvió a designar al ciego Abdallah ibn Umm Maktum para que dirigiese las plegarias en su ausencia. Luego montó en su caballo Sakb[i] y pidió su arco, que colgó del hombro, llevando en la mano una lanza. Ningún otro hombre iba montado. Los dos Saad marchaban delante de él, y había hombres a cada lado. En total eran alrededor de un millar.
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[i] "Agua corriente", llamado así porque sabía amblar.


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