Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 48
Las Gentes del Banco

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Parte de una de las largas columnatas de la Mezquita estaba reservada para los recién llegados que no tenían dónde vivir y carecían de medios de subsistencia. Eran conocidos como "las gentes del banco", Ahl as-Suffah, a causa de un banco de piedra que había sido colocado allí para su provecho. Ya que la Mezquita era una prolongación de la propia morada del Profeta, él y los miembros de su casa se sentían especialmente responsables de este número creciente de refugiados empobrecido que vivían a su misma puerta,

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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de cuya condición eran a diario testigos y que venían de uno en uno y de dos en dos desde todas las direcciones, arrastrados por el mensaje del Islam y las noticias sobre él y su comunidad, que por entonces habían alcanzado a las tribus de toda Arabia. La noticia de Badr dejó sentir sus efectos en este sentido. Así pues, los que vivían en las casas adyacentes a la Mezquita raramente podían comer su porción completa en cualquier comida. El Profeta decía: " La comida de uno vale para dos, la comida de dos vale para cuatro, y la de cuatro vale para ocho". (M. XXXVI, 176).

Del mismo modo que amaba los perfumes y la fragancia en general, era también sumamente sensible al más insignificante olor desagradable, especialmente en el aliento, en él y en los demás. Aishah decía que la primera cosa que hacía el Profeta al entrar en casa era coger su cepillo de dientes, que estaba hecho de madera de palmera verde. Cuando estaba de viaje podía confiar en que Abdallah ibn Masud siempre tenía uno a mano para él. Los Compañeros seguían su ejemplo en el uso del cepillo de dientes y también en enjuagarse la boca después de cada comida.

El hambre no afecta mucho a su extremada sensibilidad, la cual no siempre esperaba que fuese compartida por otros. Había ciertas clases de alimentos que la ley permitía y que él a sus compañeros a comer, pero que él mismo no tomaba; por ejemplo, los grandes lagartos, que eran muy comunes en Medina. A veces rechazaba un plato más por considera­ción a otros que a sí mismo. En una ocasión se le trajo un guiso como presente de uno de los Ansar, pero justo cuando estaba a punto de tomar un poco advirtió que tenía un fuerte olor a ajo y retiró la mano. Los que estaban con él hicieron lo mismo. "¿Qué sucede?" les dijo. "Retiraste tu mano," contestaron, "por eso las retiramos nosotros también." "Comed, en el nombre de Dios", dijo el Profeta. "Converso íntimamente con alguien con quien vosotros no conversáis." (I.S. 1/2, 110). Sabían que se refería al Arcángel. En aquella ocasión el plato había sido preparado y no tenía que ser desperdiciado. Sin embargo, el Profeta los disuadía en general de tomar alimentos que estuviesen sobrecargados de ajo o cebolla, especialmente an­tes de ir a la Mezquita. (B. XCVI, 24)

Fatimah, antes de su matrimonio, había sido una especie de sirvienta de las gentes del banco. A pesar de los sacrificios que formaban parte de la vida diaria en la casa del Profeta, su vida después del matrimonio le pare­ció aún más rigurosa debido a una carencia que hasta entonces no había experimentado. Nunca había habido para ella escasez de manos dispuestas a ayudar. Además de su hermana, Umm Kulthum, Umm Ayman siempre había estado allí, dispuesta a hacer cuanto podía. Umm Sulaym había dado a su hijo de diez años, Anas, como criado al Profeta y Anas era mucho más diligente y atento de lo normal para su edad, mientras que su madre y Abu Talhah, su segundo marido, siempre estaban en un segundo plano, listos para ayudar. Ibn Masud se había vinculado al Profeta tan estrechamente que era casi uno más de la casa, y, recientemente, después de su regreso a la Meca, Abbas había enviado a su esclavo Abu Rafi al Profeta como obse­quio. El Profeta lo había liberado, pero la libertad no había disminuido su disposición para servir. También estaba Jawlah, la viuda de Uthman ibn Mazun, que desde hacía mucho se consideraba como su criada. Pero ahora Fatimah no tenía a nadie que la ayudara en la casa. Para paliar su extrema­da pobreza Ali ganaba algún dinero extrayendo agua y haciendo de agua­dor, mientras que ella molía grano. "He molido hasta salirme ampollas en las manos", le dijo a Ali un día. "Y a mí me duele el pecho de tanto sacar agua", fue la respuesta de Ali, "Dios le ha dado a tu padre algunos cautivos, ve pues y pídele que te dé un criado." No de muy buena gana fue ella a ver al Profeta, el cual dijo: "¿Qué te trae por aquí, hijita?" "He venido para darte saludos de paz", contestó, y que, debido a su temor reverencial por él, no cobró ánimos para pedirle lo que quería. "¿Qué hiciste?" preguntó Ali cuando su mujer regresó con las manos vacías. "Tuve vergüenza de pedírselo", dijo ella. Así pues, los dos juntos fueron a ver al Profeta, a quien, sin embargo, le pareció que estaban menos necesitados que otros. "No voy a daros a vosotros," dijo, "y a dejar que las gentes del banco estén atormen­tadas por el hambre; No tengo suficiente para mantenerlos, pero gastaré en ellos lo que pueda venir de la venta de los cautivos."

Volvieron a casa algo decepcionados; pero aquella noche, ya acostados, oyeron la voz del Profeta pidiendo permiso para entrar. Ambos se incorpo­raron dándole la bienvenida, pero él les dijo: "Seguid donde estáis", y se sentó a su lado. "¿Queréis que os hable de algo que es mejor que lo que me pedisteis?" dijo, y, cuando le respondieron que sí, prosiguió: "Palabras que Gabriel me enseño. Que debéis decir Gloria a Dios diez veces después de cada plegaria, y diez veces Alabado sea Dios, y diez veces Dios es el más grande. Y cuando os vayáis a la cama debéis repetirlas treinta y tres veces cada una." Ali solía decir años después: "Ni una sola vez dejé de recitarlos desde que el Enviado de Dios nos las enseñó." (I.S. VIII, 16).

Su casa no estaba muy lejos de la Mezquita, pero al Profeta le habría gustado que su hija estuviera todavía más cerca de él, y algunos meses después del matrimonio, Harithah de Jazrach, un pariente lejano del Profe­ta, fue a verle y le dijo: "¡Oh Enviado de Dios! He oído que de buen grado querríais tener a Fatimah más cerca. Mi casa es la más próxima de todas las moradas de los hijos de Nayyar, y tuya es. Mis bienes y mi persona son para Dios y para Su Enviado, y me es más querido lo que tomes de mi que lo que me dejes." El Profeta lo bendijo y aceptó su donación, y llevó, pues, a su hija y a su yerno a vivir como sus vecinos.

El Profeta se alegró hondamente con la generosidad de Harithah, tanto como con los muchos actos de generosidad que se llevaron a cabo en Medi­na. Uno de éstos, sin embargo, estuvo lleno de una cierta decepción. El Profeta tenía una opinión elevada de Abu Lubabah de Aws, y, de camino hacia Badr, lo había enviado de vuelta desde Rawha para que estuviese al frente de Medina durante su ausencia. Más tarde, aquel mismo año, un huérfano bajo la tutela de Abu Lubabah acudió ante el Profeta y reclamó la propiedad de una feraz palmera que, según decía, se había apropiado indebidamente su tutor. Enviaron por Abu Lubabah, quien dijo que la pal­mera le pertenecía a él, como era en efecto. Muhámmad escuchó el caso y falló en favor del tutor y contra el huérfano, que quedó profundamente afligido por la pérdida del árbol que siempre había considerado suyo. Al ver esto, el Profeta pidió que le regalasen a él la palmera, con la intención de dársela él a su vez al huérfano, pero Abu Lubabah rehusó. "¡Oh Abu Lubabah!" dijo el Profeta, "dásela entonces tú al huérfano, y tendrás una igual en el Paraíso." Pero el sentido de justicia legal de Abu Lubabah había sido excitado demasiado por todo el asunto como para asentir ahora, y de nuevo se negó, en vista de lo cual otro de los Ansar, Thabit ibn al-Dah­dahah, le dijo al Profeta: "¡Oh Enviado de Dios! Si compro la palmera y se la doy al huérfano, ¿tendré una como ella en el Paraíso?" "Por cierto que sí", fue la respuesta. Se dirigió, pues, a Abu Lubabah y le ofreció un palmar por un solo árbol. La oferta fue aceptada, e Ibn al-Dahdahah regaló la pal­mera al huérfano. (W. 505). El Profeta se alegró mucho por él, pero quedó hondamente entristecido a causa de Abu Lubabah.
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[i] "El frescor de los ojos" es un término favorito de los árabes para expresar alegría, deleite, etc.


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