Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 46
Bani Qaynuqa

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HACIA mucho tiempo que estaba claro que los judíos no consideraban que el pacto del Profeta fuese obligatorio para ellos, y que la mayoría de ellos antes prefería a los idólatras paganos que a los musulmanes adoradores del Dios Uno. Al mismo tiempo que afirmaban la piedad y honradez de algunos individuos de entre los judíos, las Revelaciones estaban ahora llenas de advertencias contra la mayoría.

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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El Profeta y sus seguidores eran instados a tener precaución con ellos: Harán todo cuanto puedan para causaros la ruina, y aman produciros aflicción. Su odio resulta evidente de lo que sale por sus bocas, y lo que sus pechos ocultan es todavía peor. (III, 118).

No había duda de que las esperanzas de los judíos estaban puestas cada vez más en la propia tribu del Profeta como el principal medio de erradicar la nueva religión y así devolver al oasis de Yathrib la situación que había disfrutado en el pasado. Regularmente daban cuenta a la Meca de los movimientos del Profeta, y, si el Quraysh marchara contra el Profeta y llegara hasta las fortalezas judías situadas al sur de Medina, es decir, a más o menos medio día de jornada de su Mezquita, parecía seguro que el ejército mequí seria reforzado en el momento crucial por poderosos contingentes judíos.

Si os sobreviene algo bueno, les contraría, y si os sobreviene algún mal se alegran de ello. (III, 120). La reacción de los judíos ante la victoria de Badr lo demostró claramente. Cuando llegaron las noticias, las tribus de Qaynuqa, Nadir y Qurayzah fueron incapaces de ocultar su consternación. Particularmente llamativo fue el caso de Kaab, el hijo de Ashraf. Su padre era un árabe de la tribu de Tayy, pero Kaab se consideraba a sí mismo, a través de su madre, de los Bani Nadir, que lo aceptaban como uno de ellos aporque su madre era judía. De hecho se había convertido en uno de los miembros prominentes de la tribu, en parte debido a su riqueza y a su fuerte personalidad, y también porque era un poeta de cierta fama. Cuando oyó las noticias que Zayd y Abdallah trajeron, con los nombres de todos los destacados hombres del Quraysh que habían sido muertos, exclamó: "¡Por Dios!, si Muhammad ha matado a estos hombres, entonces el interior de la tierra es mejor que la superficie", y cuando tuvo la certeza de que las noticias eran verdaderas abandonó inmediatamente el oasis antes del regreso del Profeta y fue a la Meca, donde compuso una elegía por Abu Yahl, Utbah, Shaybah y otros de los caídos. Al mismo tiempo incitó al Quraysh a redimir su honor y a tomarse venganza reuniendo una cantidad invencible de tropas y dirigiéndolas contra Yathrib.

A Medina llegaron noticias de las actividades de Kaab, pero por el momento éste estaba fuera de alcance, y se requería una acción más inmediata contra una tribu judía que no era la suya. El Profeta estaba especialmente bien informado de la falsedad y odio de los Bani Qaynuqa, porque Abdallah ibn Sallam había sido uno de sus hombres principales y conocía bien sus maneras. Además, ellos eran los aliados del jazrachi Ibn Ubayy, líder de los hipócritas, y su presencia se dejaba sentir más que la de las otras tribus judías porque estaban asentados cerca de la misma ciudad, mientras que los Bani Nadir y los Qurayzah, los aliados de Aws, vivían a alguna distancia fuera de ella.

Recientemente el Profeta había recibido la orden: Si temes la traición de algún pueblo, arrójales en términos de igualdad su tratado. Ciertamente Dios no ama a los traidores. (VITI, 58). Pero la Revelación también decía: Si se inclinan hacia la paz, inc/mate tú también hacia ella y confía en Dios. (VIII, 61). Por lo tanto no deseaba emprender una acción irreversible si se podía conseguir algo por medios más suaves, y uno de los primeros días después de su regreso de Badr fue a ver a los Bani Qaynuqa a su lugar de mercado en el sur de Medina. La reflexión sobre el milagro de Badr podría conducirles a un cambio en los corazones; así pues, el Profeta los amonestó para que no atrajeran sobre si la cólera de Dios, la cual acababa de abatirse sobre el Quraysh. "Oh Muhammad!" respondieron, "no te dejes engañar por ese encuentro, porque fue contra hombres que no tenían conocimiento de la guerra, y así conseguiste vencerlos. Pero, por Dios, si te hacemos la guerra sabrás que somos hombres a los que hay que temer." El Profeta dio media vuelta y los dejó, y por el momento se imaginaron que habían triunfado.

Unos pocos días después, en el mismo mercado, ocurrió un incidente que elevó la tensión al máximo: una mujer musulmana que había venido para vender o trocar algunas mercancías fue groseramente insultada por un orfebre judío. Un Ansar que se encontraba allí por casualidad acudió en defensa de la mujer y el ofensor resultó muerto en la lucha que se siguió, después de la cual los judíos cayeron sobre el musulmán y lo mataron. Su familia entonces exigió venganza y procedió a excitar a los Ansar contra los Qaynuqa. Pero la sangre había sido derramada por ambas partes, y el asunto podría haber sido zanjado fácilmente y reducido a sus verdaderas proporciones silos judíos, ajustándose al pacto, hubieran pedido el arbitraje del Profeta. Pero desdeñaron hacerlo y, decidiendo que había llegado el momento de dar uña lección a los intrusos, pidieron refuerzos a sus dos antiguos aliados de Jazrach, Ibn Ubayy y Ubadah ibn Samit, mientras que ellos mismos se retiraron por el momento, -según pensaban- a sus poderosamente fortificadas y bien abastecidas plazas fuertes. Podían reunir un ejército de setecientos hombres, lo cual era más del doble del ejército musulmán en Badr, y contaban por lo menos con otros tantos hombres de Ibn Ubayy y Ubadah. Cuando éstos aparecieron se propusieron sin duda salir de sus fortalezas y demostrar al Profeta que sus recientes amenazas no habían sido palabras vanas.

Pero en realidad esas amenazas habían sido su propia autocondena, y a las pocas horas veían con asombro y consternación cómo se encontraban bloqueados por todos lados por un ejército que les superaba en número y que exigía su rendición incondicional.

Ibn Ubayy fue a consultar con Ubadah, pero Ubadah mantenía obstinadamente que ningún tratado anterior podía ser opuesto al pacto, y renunció a toda responsabilidad por Qaynuqa. En cuanto a Ibn Ubayy, no estaba en su naturaleza cortar en un momento los vínculos que él tan a propósito había ido forjando a lo largo de los años entre unos aliados tan poderosos y él. Pero le era imposible ser ciego, como los judíos lo eran, a la devoción que en aquellos momentos le tenían al Profeta la mayoría de sus conciudadanos. Demasiado a menudo había saboreado la amargura de que sus otrora fieles seguidores le mostraran claramente que su fidelidad a él había pasado a tener para ellos mucho menos valor que otra fidelidad. Dos años antes, con la ayuda de los asediados desde su fortaleza, podría haber roto el bloqueo de un ejército mayor. Pero ahora sabia que, una vez que el Profeta había tomado medidas, él no podía hacer nada en contra suya. En consecuencia, los Bani Qaynuqa esperaron en vano detrás de sus almenas, y sus esperanzas se trocaron en desesperación a medida que fueron pasando los días sin ninguna señal de ayuda. Durante dos semanas resistieron, y luego se rindieron sin condiciones.

Ibn Ubayy se acercó entonces al campamento y abordando al Profeta le dijo: "¡Oh Muhammad! trata bien a mis confederados." El Profeta no le prestó atención y entonces, cuando la demanda fue repetida, el Profeta se apartó de él, en vista de lo cual Ibn Ubayy agarró al Profeta por la cota de malla, introduciendo su mano por el cuello de ésta. El rostro del Profeta enrojeció de ira. "Suéltame", dijo. "Por Dios, no lo haré", dijo Ibn Ubayy, "hasta que prometas que los tratarás bien. Cuatrocientos hombres sin malía y trescientos con malla me protegían de los rojos y de los negros. 1 ¿Los aniquilarás en una mañana?" "Te concedo sus vidas", dijo el Profeta. Pero la Revelación había ordenado respecto a quienes rompían los tratados con él: Si los vences en la guerra, haz con ellos un escarmiento para quienes los siguen; quizás así presten atención. (VIII, 57). Y habiendo decidido que los Bani Qaynuqa debían perder todas sus posesiones y exiliarse, le dijo a Ubadah que los escoltase fuera del oasis. Se refugiaron con una colonia de parientes judíos al noreste de Wadi-l-Qura, y, con su ayuda, terminaron estableciéndose en los límites con Siria.

De oficio eran herreros, y los Emigrantes y los Ansar se enriquecieron grandemente con las armas y armaduras que se repartieron entre ellos después de que el Profeta hubiera tomado su quinto legal para si y para su estado teocrático.


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