Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 45
Los cautivos

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LOS cautivos llegaron a Medina con sus guardianes un día después de la llegada del Profeta. Sawdah, que una vez más había ido a visitar a Afra, se quedó asombrada al regresar y ver a su primo y cuñado Suhayl, el jefe de su clan, sentado en un rincón de la habitación con las manos atadas al cuello. La visión hizo resurgir sentimientos hacía mucho tiempo olvidados y por un momento le hizo olvidar todo lo que los había reemplazado. "¡Oh Abu Yazid!" protestó ella, "demasiado pronto te rendiste. Deberías haber tenido la muerte más noble." "¡Sawdah!" exclamó el Profeta, cuya presencia ella no había advertido.

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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El tono de reprensión en su voz la devolvió inmediatamente, no sin un sentimiento de vergüenza, de su pasado preislámico a su presente islámico. Todavía había esperanzas de que Suhayl abrazara el Islam, y, ciertamente, el impacto de la teocracia ya floreciente y poderosa no podía dejar de impresionarle a él y a otros prisioneros. Pero el Profeta confiaba en que sus seguidores les inculcaran ideas islámicas y no paganas. Nuevamente se volvió hacia la arrepentida Sawdah: "¿Acaso fomentas la discordia contra Dios y su Enviado?"

La eminencia de Suhayl, al igual que la de Abu Sufyan, había quedado enormemente realzada por las muertes de tantos caudillos. Podía haberse esperado que su influencia trajese al Islam a muchos vacilantes de su propio clan y también a otros, pero su estancia en Medina fue abreviada porque los Baní Amir enviaron rápidamente a uno de su clan para que lo rescatase, y el hombre consintió en quedarse como rehén mientras su jefe volvía a la Meca para disponer el pago de la suma convenida.

Cada uno de los cautivos había sido compartido por tres o más de los combatientes, y el grupo de Ansar que poseía a Abbas se lo llevó al Profeta y dijeron: "¡Oh Enviado de Dios! Permítenos renunciar al rescate que nos es debido por el hijo de nuestra hermana." Al decir "hermana" se referían a Salma, la abuela del prisionero. Pero el Profeta dijo: "No perdonaréis ni un solo dirhem." Luego se volvió hacia su tío y le dijo: "Rescátate a ti mismo, Abbas, a tus dos sobrinos Aqil y Nawfal, y a tu aliado Utbah, porque tú eres un hombre rico." Abbas protestó: "Yo ya era musulmán, pero la gente me hizo partir con ellos a la expedición." El Profeta respondió: "En cuanto a tu Islam, Dios es el más sabio. Si lo que dices es verdad, Él te recompensará. Pero externamente has estado contra nosotros. Paga, pues, tu rescate." Abbas respondió que no tenía dinero, pero el Profeta dijo: "¿Dónde está entonces el dinero que dejaste con Umm al-Fadí? Vosotros dos estabais solos cuando le dijiste: "Si muriera, tanto es para Fadí, tanto para Abdallah, tanto para Qitam y tanto para Ubaydallah."" Fue solamente entonces cuando la fe entró sinceramente en el corazón de Abbas. "Por Aquél que te envió con la verdad," dijo, "nadie conocía esto salvo ella y yo. Ahora sé que eres el Enviado de Dios." (Tab. 1344). Y aceptó pagar el rescate de sus dos sobrinos y de su confederado, así como el suyo propio.

Uno de los prisioneros que estaba alojado con el Profeta era su yerno Abu-l-As, cuyo hermano Amr llegó de la Meca con una suma de dinero eviada por Zaynab para liberarlo. Con el dinero le enviaba un collar de ónice que su madre le había dado el día de su boda. Cuando el Profeta vio el collar empalideció al reconocerlo de inmediato como el de Jadiyah. Pro-fundamente emocionado, dijo a los que tenían una participación en el prisionero: "Si estimáis conveniente liberar a su marido cautivo y devolverle a ella el rescate, hacedlo." Se mostraron de acuerdo sin vacilar, el dinero y -el collar fueron devueltos junto con Abu-l-As. Se había esperado que abrazase el Islam mientras estaba en Medina, pero no lo hizo, y cuando partió para la Meca el Profeta le dijo que cuando estuviera de regreso enviase a Zaynab a Medina, cosa que no sin tristeza se comprometió a hacer. La Revelación había dejado claro que una mujer musulmana no podía ser la esposa de un hombre pagano.

Abdallah ibn Yahsh tenía una participación en Walid, el hijo menor del ya fallecido Walid, antiguo jefe del Majzum. Los dos hermanos del joven, Jalid e Hisham, vinieron para rescatarlo. Abdallah no estaba dispuesto a aceptar menos de cuatrocientos dirhemes, y Jalid, el medio hermano del cautivo, no quería dar tanto, pero su hermano uterino Hisham se lo repro-chó diciendo: "Cierto, no es el hijo de tu madre", después de lo cual Jalid consintió. El Profeta, sin embargo, estaba contra la transacción y le dijo a -Abdallah que no debía pedirles menos que las famosas armas y armaduras de su padre. Jalid se negó una vez más, pero de nuevo IIisham lo convenció, -y cuando hubieron traído la reliquia familiar a Medina se volvieron con su hermano nuevamente a la Meca. Pero en uno de los primeros altos del camino Walid se evadió de ellos y regresó a la Meca, donde fue a ver al Profeta, abrazó formalmente el Islam y le juró fidelidad. Sus hermanos lo siguieron de cerca, y cuando vieron lo que había sucedido, el airado Jalid le dijo: "¿Por qué no hiciste esto antes de ser rescatado y antes de que el tesoro del legado de nuestro padre hubiese abandonado nuestras manos? ¿Por qué no te hiciste seguidor de Muhammad entonces si ése era tu propóSito?" Walid respondió que él no era el tipo de hombre que dejaría al Quraysh decir de él: "Por cierto que no siguió a Muhammad sino para evitar el pago del rescate." Luego se volvió con sus hermanos a la Meca para traerse algunas de sus posesiones sin sospechar que fuesen a hacer nada contra él. Pero una vez allí lo encerraron con Ayyas y Salamah, los dos medio hermanos musulmanes de Abu Yahl, a los que Ikrimah, el hijo de Abu Yahl todavía tenía bajo guardia después de la muerte de su padre.. El Profeta a menudo solía invocar a Dios para que fuese posible la huida de los tres y de Hisham de Sahm y otros que estaban detenidos a la fuerza en la Meca.

Yubayr, el hijo de Mutim, vino a rescatar a su primo y a dos confederados, y el Profeta lo recibió afablemente. Le dijo que si Mutim hubiese estado vivo y hubiese venido a verle por los prisioneros se los habría entregado sin pagar rescate. Yubayr estaba impresionado por todo lo que veía en Medina, y una tarde, a la puesta del sol, desde fuera de la Mezquita escuchó la plegaria. El Profeta recitó la azora llamada al-Tur, el Monte, que advierte acerca del Juicio y del Infierno, y luego habla de las maravillas del Paraíso. Terminó con las palabras: Fspera con paciencia el cumplimiento del decreto de tu Señor, porque en verdad tú estás de/ante de Nuestros ojos, y celebra la alabanza de tu Señor cuando te levantes, y glorifícalo por la noche y cuando se pongan las estrellas. (LII, 48-49). "Fue entonces", dijo Yubayr, "cuando la fe arraigó en mi corazón." (B. LII, 25). Pero no escuchó todavía sus dictados porque estaba aún demasiado absorto en los pensamientos de la reciente muerte de su bienamado tío en Badr. Tuaymah, el hermano de Mutim, era uno de los que Hamzah había matado. Yubayr sentía que por honor tenía que vengar su muerte; así pues, temiendo~ que se debilitase su propósito, partió para la Meca tan pronto como hubo alcanzado un acuerdo sobre los rescates.

La mayoría de los rescatadores eran por lo menos corteses con el Profeta. Una excepción fue Ubayy de Yumah, el hermano de Umayyah y amigo íntimo de Uqbah, ambos muertos después de la batalla. Cuando se marchaba con su hijo rescatado dijo: "Oh, Muhammad! Tengo un caballo llamado Awd al que todos los días le doy de comer muchas medidas de grano. Cuando lo monte te daré muerte." "No," dijo el Profeta, "soy yo quien te dará muerte, si Dios quiere." (W. 251).

Mientras tanto en la Meca los dos sobrinos de Ubayy, Safwan y Umayr, hablaban con furiosa amargura sobre la pérdida irreparable causada al Quraysh por la muerte de los líderes que habían sido arrojados a la fosa en Badr. Safwan era hijo de Umayyah y era probable que se convirtiese en jefe de Yumah ahora que su padre había muerto. Su primo Umayr era el hombre que a caballo 'labia inspeccionado el ejército musulmán en Badr y estimado su fuerza. "Por Dios, no hay ningún bien en la vida ahora que ellos han partido", dijo Safwan. Umayr estaba de acuerdo y era más sincero que el otro. Su hijo era uno de los cautivos, pero él se encontraba demasiado endeudado para pagar el rescate y se sentía tan agobiado con su vida que estaba dispuesto a sacrificaría por la causa común. "Si no fuese por una deuda que no puedo pagar," dijo, "y una familia a la que temo dejar en la miseria, iría a donde está Muhammad y lo mataría." "¡Sobre mi recaiga tu deuda!" dijo Safwan, "¡y considera tu familia como si fuese mía! Cuidaré de ellos mientras vivan. No les faltará nada de lo que yo pueda darles." Umayr aceptó inmediatamente su ofrecimiento y juraron mantenerlo en secreto entre ambos hasta que hubiesen logrado su objetivo. Luego Umayr afiló su espada, la untó de veneno y se puso en camino para Yathrib con el pretexto de ir a pagar el rescate de su hijo.

Cuando llegó a Medina baja, el Profeta estaba sentado en la Mezquita. Al ver a Umayr con la espada ceñida Omar le impidió entrar, pero el Profeta lo llamó para que dejase aproximarse al yumahi. Omar dijo entonces a algunos Ansar que estaban con él: "íd con el Enviado de Dios, sentaos con él y estad en guardia contra este villano, porque no es prudente fiarse de él." Umayr le deseó buen día un saludo pagano y el Profeta dijo: "Dios nos ha dado un saludo mejor que el tuyo, ¡oh Umayr! Es la Paz, el saludo de las gentes del Paraíso." Entonces le preguntó por qué había venido, y Umayr mencionó a su hijo como motivo. "¿Por qué entonces esa espada?" dijo el Profeta. "¡Dios maldiga las espadas!" dijo Umayr. "¿Nos han presta-do algún servicio?" "Dime la verdad," dijo el Profeta, "¿con qué fin has venido?" Y cuando Umayr insistió en el pretexto de su hijo, el Profeta repitió palabra por palabra la conversación que había tenido con Safwan. "Así pues Safwan se encargó de tu deuda y de tu familia", concluyó, "para que tú me matases; pero Dios se ha interpuesto entre este asunto y tú." "¿Quién te lo contó?" exclamó Umayr, "porque, por Dios, no había con nosotros un tercer hombre." "Gabriel me lo contó", dijo el Profeta. "Te llamábamos mentiroso", dijo Umayr, "cuando nos traías nuevas del Cielo. Pero la alabanza sea a Dios que me ha guiado al Islam. Doy testimonio de que no hay ningún dios sino Dios y de que Muhammad es el Enviado de Dios." El Profeta se volvió hacia algunos de los presentes y dijo: "Instruid a vuestro hermano en su religión, recitadle el Corán, y poned en libertad a su hijo prisionero." (I.S. IV, 147; 1.1.472-3).

Umayr deseaba vivamente regresar a la Meca para intentar llevar a otros al Islam, entre ellos a Safwan. El Profeta le dio permiso para marcharse e hizo muchos conversos, pero Safwan consideró que era un traidor y resueltamente se negó a hablarle o a tener nada que ver con él. Al cabo de unos meses Umayr volvió a Medina como Emigrante.

Cuando Abu-l-As regresó a la Meca le dijo a Zaynab que le había prometido a su padre enviarla a Medina. Estuvieron de acuerdo en que su hijita Umamah se iría con ella. Su hijo Ah había muerto en la infancia y Zaynab esperaba entonces un tercer hijo. Cuando todos los preparativos para el viaje estuvieron hechos, Abu-l-As envió con ellos como escolta a su hermano Kinanah. Habían mantenido en secreto sus planes, pero sin embargo se pusieron en camino a plena luz del día y se habló mucho de ello en la Meca, hasta que finalmente. algunos qurayshíes decidieron seguirlos y devolver a Zaynab al seno del clan de Abdu Shams, al cual pertenecía por matrimonio. Cuando estuvieron cerca de ellos, un hombre de Fihr, de nombre Habbar, se adelantó galopando y giró muy cerca alrededor de ellos blandiendo su lanza contra Zaynab, que estaba sentada con Umamah en la litera del camello, para acto seguido reunirse con los demás -que ya estaban pegados a ellos. Kinanah desmontó, cogió su arco, se arrodilló delante de ellos y vació su aljaba en el suelo ante él. "Que se acerque uno de vosotros," dijo, "y, por Dios, le meteré una flecha en el cuerpo." Los hombres retrocedieron cuando tensó el arco. Luego, después de una breve consulta, su jefe, Abu Sufyan, le dijo: "Fue un grave error sacar a la mujer públicamente sin hacer caso de la gente, cuando conocías el desastre que sobre nosotros se ha abatido y todo lo que Muhammad nos ha hecho. Se tomará como una señal de que hemos sido humillados y los hombres dirán que no es sino impotencia de nuestra parte. Por mi vida, no es nuestro deseo impedir que se encuentre con su padre, ni que eso nos sirva de venganza. Pero lleva a la mujer de vuelta a la Meca, y cuando se hayan aplacado las lenguas que por nuestra mansedumbre se agitan y se haya difundido la noticia de que salimos en pos de ella y de que la trajimos de nuevo, debía entonces salir secretamente para reunirse con su padre." Kinanah aceptó la propuesta y todos volvieron a la Meca. Poco después Zaynab tuvo un aborto que se atribuyó al susto que le había dado Habbar. Cuando se recuperó y cuando hubo pasado suficiente tiempo, Kinanah las sacó a ella y a su hija Umamah al amparo de la noche y las escoltó hasta el valle de Yayach, a unas ocho millas de la Meca. Allí se encontraron con Zayd, como previamente había sido dispuesto, y él las hizo llegar sin novedad a Medina.


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