Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 44
El retorno de los vencidos

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EL ejercito del Quraysh regresó a la Meca en pequeños grupos, precedidos o seguidos por individuos aislados. Uno de los primeros en llegar con las noticias fue el hashimí Abu Sufyan, cuyo hermano había sido hecho prisionero. La hostilidad de Abu Sufyan hacia la nueva religión le había incitado a escribir versos contra ella y contra su primo y hermano de leche, el Profeta. Pero la experiencia de Badr le había afectado mucho. Su primer pensamiento fue visitar la Kaabah, y sucedió que su tío Abu Lahab se encontraba sentado en la gran tienda conocida como la tienda de Zamzam.

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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Al ver a su sobrino, Abu Lahab le gritó que se acercase y se sentase junto a él y le contase lo que había. "No ha pasado más que esto", dijo Abu Sufyan. "Nos encontramos con el enemigo y volvimos la espalda, nos pusieron en fuga o nos tomaron cautivos según se les antojó. No puedo sin embargo culpar a ninguno de los nuestros, porque no sólo tuvimos que enfrentarnos con ellos sino también con hombres de blanco sobre caballos píos entre el cielo y la tierra que no perdonaban nada y a los que nada podía oponérseles."

Umm al-Fadí estaba sentada en un rincón de la tienda y con ella estaba Abu Rafi, uno de los esclavos de Abbas; ambos estaban haciendo flechas. Igual que ella, él era musulmán, y habían mantenido su Islam secreto a todos salvo a unos pocos. Pero Abu Rafi no pudo contener su alegría por la noticia de la victoria del Profeta, y cuando oyó hablar de los "hombres de blanco entre el cielo y la tierra" exclamó asombrado y triunfal: "Ésos eran los Ángeles." Inmediatamente Abu Lahab fue dominado por un paroxismo de rabia y propinó a Abu Rafí un violento golpe en la cara. El esclavo intentó desquitarse, pero era pequeño y débil y el grueso y pesado Abu Lahab lo derribó, se arrodilló sobre él y le golpeó una y otra vez. Entonces Umm al-Fadí agarró un poste de madera que a veces se empleaba para reforzar los mástiles de la tienda y lo precipitó con todas sus fuerzas sobre la cabeza de su cuñado, separando la piel de la carne de su cráneo en una larga raja que nunca habría de sanar, "ahora que su amo se halla lejos y no puede protegerle." La herida se gangrenó y al cabo de una semana todo su cuerpo estaba cubierto de pústulas ulcerantes que le produjeron la muerte.

Cuando llegaron más noticias de la batalla y cuando los afligidos comenzaron a lamentar a los muertos en la Asamblea se tomó rápidamente una decisión en el sentido de que había que decir que se reprimieran. "Muhammad y sus Compañeros", se les dijo, "tendrán noticias de esto y se alegrarán." En cuanto a los parientes de los prisioneros, se les instó a que demorasen el envío de ofertas de rescate a Yathrib. Debido a la muerte de tantos hombres eminentes, el umayya Abu Sufyan se había convertido, a los ojos de muchos, en el principal hombre del Quraysh, y, como queriendo dar ejemplo, dijo respecto a sus dos hijos, Hanzalah y Amr, el uno muerto y el otro hecho prisionero: "¿Tengo que sufrir la doble pérdida de mi sangre y de mi hacienda? ¿Han matado a Hanzalah, y ahora tengo que rescatar a Amr? Que se quede con ellos. Que lo retengan el tiempo que quieran!"

La vehemente esposa de Abu Sufyan, Hind, no era la madre de ninguno de los dos, pero al principio de la batalla había perdido a su padre, Utbah, a su tío Shaybah y a su hermano Walid, y, aunque refrenó sus lamentos, juró que cuando el Quraysh se vengase en el ejército musulmán -como era su obligación-se comería crudo el hígado de Hamzah, que había matadoa su tío y dado el golpe de muerte a su padre.

Respecto al cargamento de la rica caravana que Abu Sufyan había traído intacto a la Meca, en la Asamblea se acordó que todos los beneficios se dedicarían al reclutamiento de un ejército tan grande y tan poderosamente equipado que aplastaría cualquier resistencia que Yathrib pudiera presentarle, y esta vez las mujeres marcharían con los hombres para animarlos e incitarlos a superarse a sí mismos en proezas. También se acordó en el mismo sentido enviar emisarios a los numerosos aliados que tenían en toda Arabia, requiriéndoles para que se uniesen a su ataque, y dándoles lo que ellos pensaban que eran poderosas razones para considerar a los seguidores de la nueva religión como un enemigo comun.

Mientras que el precepto de la Asamblea sobre las lamentaciones fue respetado, la mayoría de los qurayshíes no tuvieron en cuenta lo que se había dicho acerca del pago de los rescates, y pronto hombres y mujeres de casi todos los clanes se encaminaron hacia Medina para llegar a un acuerdo con los apresadores y liberar a uno o más de sus parienes aliadós. Abu Sufyan mantuvo su palabra, pero durante la siguiente Peregrinación retuvo a uno de los peregrinos procedentes del oasis, un anciano de Aws, y dijo que no lo dejaría en libertad hasta que su hijo Amr le hubiera sido devuelto, y la familia del peregrino convenció al Profeta para que consintiese el intercambio.


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