Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 43
La batalla de Badr

--------------------------------------------------------------------------------

EL Profeta dispuso su ejército para el combate y pasó por delante de cada hombre para darles ánimo y enderezar las filas, portando una ~ flc~cha en la mano. Guarda las filas, Oh Sawad", le dijo a uno de los Ansar que estaba demasiado adelantado y le dio con la flecha un leve pinchazo en el estómago. "¡Oh Enviado de Dios!, me has hecho daño," dijo Sawad, "y Dios te ha enviado con la verdad y la justicia; dame pues una reparación." "Tómala" dijo el Profeta, dejando al desnudo su propio vientre a la vez que le daba la flecha: ante esto, Sawad se inclinó y besó el lugar donde debía poner la punta de la saeta.

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

Indice

Inicio Libros
Inicio Sufismo
 
 

"¿Por qué has hecho esto?", dijo el Profeta. Sawad respondió: "¡Oh Enviado de Dios, tenemos que enfrentarnos ahora con lo que tú ves, y deseé que en mi último momento contigo -si así lo fuera-mi piel tocara tu piel." El Profeta pidió por él y 19 bendijo.

El Quraysh ya había comenzado a avanzar. Visto a través de las ondulantes dunas el ejército mequi parecía mucho más pequeño de lo que era. Pero el Profeta conocía perfectamente su número verdadero y era consciente de la gran disparidad que existía entre los dos ejércitos. Regresó entonces al refugio con Abu Bakr y rezó pidiendo la ayuda que Dios le había prometido.

Le sobrevino un sueño ligero, y cuando se despertó dijo: "¡Ánimo, Abu Bakr, la ayuda de Dios te ha llegado! Aquí está Gabriel, y, en su mano, las riendas de un caballo que él conduce, y él está armado para la guerra." (B. LXIV, 101.1.444).

En la historia de los árabes eran muchas las batallas que se habían evitado en el último momento, incluso estando dos fuerzas dispuestas frente a frente para la contienda. Pero el Profeta estaba seguro de que en esta ocasión la batalla tendría lugar, y que esta formidable formación era uno de los dos grupos que le había sido pronosticado. Los buitres también sabían que era inminente una carnicería, y ya estaban al acecho para alimentarse de los cadáveres de los muertos, unos girando por encima de las cabezas y otros posados en las laderas rocosas, en la retaguardia de ambos ejércitos. Estaba claro, además, por los movimientos del Quraysh, que se estaban preparando para atacar. Ya se encontraban cerca y se habían detenido a corta distancia de la cisterna que los musulmanes habían construido. Parecía probable que su primer movimiento consistiera en apoderarse de ella.

Aswad de Majzum se adelantó a grandes zancadas de los demás con la intención evidente de beber. Hamzah salió a su encuentro y le asestó un golpe que le seccionó una pantorrilla, y un segundo golpe que acabó con su vida. Entonces Utbah, todavía escondido por las mofas de Abu Yahl, salió de entre las filas y lanzó el desafio para el combate individual, y, para mayor honor de la familia, su hermano Shaybah y su hijo Walid dieron un paso adelante y se pusieron cada uno a un lado suyo. El desafío fue aceptado inmediatamente por Awf, del clan de Nayyar del Jazrach, que había sido uno de los seis primeros Ansar en jurar fidelidad al Profeta. Con Awf avanzó su hermano Muawwidh. Su barrio de Medina era el que Qaswa había elegido como parada final de la Hégira. El tercero que aceptó el desafío fue Abdallah ibn Rawahah, que había desafiado a su jefe, Ibn Ubbay, al pronunciar palabras de bienvenida y consuelo al Profeta.

"¿Quiénes sois vosotros?" dijeron los que desafiaban. Cuando los hombres respondieron, dijo Utbah: "Vosotros sois nobles y nuestros pares, todavía nada tenemos que ver con vosotros. Nuestro desafío no es sino hacia los hombres de nuestra propia tribu." Entonces el heraldo del Quraysh gritó:

"Oh Muhammad, envía contra nosotros a nuestros iguales de nuestra propia tribu!" El Profeta no había pretendido otra cosa, pero el vivo deseo de los Ansar se le había anticipado. Se volvió entonces hacia su propia familia, porque sobre todo era a ellos a quienes correspondía iniciar la batalla. Los que desafiaban eran dos hombres de edad madura y un joven. "¡Adelante, oh Ubaydah!, dijo el Profeta. "¡Adelante, oh Hamzah! ¡Adelante, oh Ah!" Ubaydah era el hombre más viejo y más experimentado del ejército, nieto de Muttalib, y se enfrentó con Utbah mientras que Hamzah se enfrentó con Shaybah y Ah con Walid. Los combates no duraron mucho: Shaybah y Walid al poco rato yacían muertos, mientras que Hamzah y Ah estaban ilesos. Pero en el momento en que Ubaydah derribó de un golpe a Utbah recibió de la espada de éste un tajo que le amputó una pierna. Era un enfrentamiento triple, tres contra tres, por lo que Hamzah y Ah volvieron sus espadas contra Utbah, y Hamzah le asestó el golpe mortal. Luego se llevaron al campamento al primo herido. Había perdido una cantidad mortal de sangre y la médula se le salía por el muñón de la pierna. Solamente tenía un pensamiento. "¿No soy un mártir, oh Enviado de Dios?" le dijo al Profeta cuando lo tuvo cerca. "Sin duda alguna lo eres", respondió éste.

La tensa quietud entre los dos ejércitos fue rota por el sonido de una flecha del Quraysh, y un liberto de Omar cayó al suelo herido de muerte.

Una segunda flecha atravesó la garganta de Harithah, un joven del Jazrach, cuando estaba bebiendo en la cisterna. El Profeta exhortó entonces a sus hombres, diciendo: "¡Por Aquél en cuyas manos está el alma de Muhammad! ¡No morirá ningún hombre que hoy caiga luchando contra ellos, con firme esperanza en su recompensa, y avanzando sin retroceder, sino que Dios lo introducirá inmediatamente en el Paraíso!" (1.1, 445). Sus palabras fueron transmitidas por los que las oyeron a quienes estaban fuera del alcance de su voz. Umayr, del clan Salimah del Jazrach, tenía un puñado de dátiles que estaba comiendo. "¡Maravilla de las Maravillas!" exclamó. "¿Entre mi entrada al Paraíso y yo solamente está el que estos hombres me den muerte?", y arrojó los dátiles llevándose la mano a la espada dispuesto con impaciencia a recibir la voz de mando.

Awf estaba cerca del Profeta, decepcionado por haber perdido el honor del desafío que había sido el primero en aceptar, y se volvió entonces hacia él y dijo: "¡Oh Enviado de Dios! ¿Qué es lo que hace que el Señor sienta júbilo por su siervo?" La respuesta vino al punto:- "El pi'ecipitarse en medio del enemigo sin cota de malla." Y Awf comenzó a despojarse de la cota que llevaba, mientras que el Profeta tomó un puñado de guijarros y se los arrojó a los qurayshies, gritando: "¡Que esos rostros sean desfigurados!", consciente de que los estaban lanzando al desastre. Luego dio la orden de cargar. El grito de batalla que había ideado para ellos, Ya mansur amit, 1 salió de todas las gargantas cuando los hombres avanzaron en tropel. Awfal, sin su cota, y Umayr fueron de los primeros en chocar con el enemigo y ambos lucharon hasta morir. Sus muertes y las de Ubaydah y los dos muertos por las flechas elevaron a cinco el número de mártires. Sólo nueve creyentes más habrían de morir ese día, entre ellos el otro Umayr, el hijo menor de Saad, al que el Profeta había querido devolver a casa.

No eras tú quien arrojaba cuando arrojaste, sino que era Dios quien lo hacía. (VIII, 17). Estas palabras eran parte de la Revelación que se produjo inmediatamente después de la batalla. Los guijarros no fueron la única manifestación de la fuerza Divina que, de la mano del Profeta, irradió aquel día. En un momento en que la resistencia del Quraysh era más fuerte una espada se rompió en las manos de un creyente; su primer pensamiento fue ir a pedirle otra al Profeta. Se trataba de Ukkashah, un pariente de la familia de Yahsh. El Profeta le dio una porra de madera, y le dijo: "Lucha con esto, Ukkashah." La cogió y la blandió y en su mano se convirtió en una espada larga, sólida y brillante. Combatió con ella durante el resto de la batalla y en todas las demás batallas del Profeta, y recibió el nombre de al-Awan, que quiere decir la Ayuda Divina.

Cuando a los creyentes se les ordenó cargar, no lo hicieron solos, como el Profeta bien sabía, porque se les había prometido: Os ayudaré con mil ángeles, uno tras otro. (VITI, 9). Y los Ángeles también habían recibido un mensaje Divino: Cuando tu Señor inspiró a los Ángeles: Yo estoy con vosotros, así que confirmad a los creyentes, infundiré el terror en los corazones de los incrédulos. ¡Cortad/es, pues, el cuello y golpead/es en los dedos! (VIII, 12).

La presencia de 105 Ángeles fue percibida por todos; como una fuerza por los creyentes y como un terror por los infieles; pero esa presencia sólo fue visible o audible para unos pocos, y en diferentes grados. Dos hombres de una tribu árabe de las inmediaciones se habían situado en la cima de una colina para ver el resultado y tomar parte -eso esperaban ellos- en el pillaje después de la batalla. Una nube se exteñdió junto a ellos -una nube llena de caballos- y uno de los hombres cayó a tierra instantáneamente muerto. "Su corazón reventó de terror", dijo el que vivió para contarlo, juzgando a tenor de lo que su propio corazón había sentido.

Uno de los creyentes que estaba persiguiendo a un enemigo vio cómo la cabeza del hombre se separaba de su cuerpo antes de que pudiera alcanzarlo, cercenada por una mano invisible. Otros tuvieron breves vislumbres de los Ángeles cabalgando en caballos cuyos cascos nunca se posaban en el suelo, guiados por Gabriel tocado con un turbante amarillo, mientras que los turbantes de los demás Ángeles eran blancos, con una de las puntas suelta por detrás. Pronto el Quraysh se encontró derrotado por completo y puesto en fuga, salvo pequeños grupos por donde los Ángeles no habían pasado. En uno de éstos, Abu Yahl siguió luchando con una ferocidad sin mengua hasta que Muadh, el hermano de Awf, lo derribó de un golpe. Entonces Ikrimah, el hijo de Abu Yahl, atacó a Muadh y le cortó un brazo por el hombro. Muadh siguió batiéndose con el brazo sano, mientras que el otro le colgaba medio suelto de la piel sobre el costado. Pero cuando se le hizo demasiado doloroso se inclinó, puso el pie sobre la mano muerta, dio una sacudida hacia arriba y amputó el miembro que le estorbaba, tras de lo cual prosiguió su persecución del enemigo. Abu Yahl todavía estaba lleno de vida, pero Muawwidh, el segundo hermano de Awf, lo reconoció en el suelo y le asestó un golpe que lo dejó moribundo. Muawwidh continuó luchando y, al igual que Awf, combatió hasta que cayó herido de muerte.

La mayoría de los qurayshíes escaparon, pero unos cincuenta fueron heridos de muerte o muertos sin más en la batalla o alcanzados y derribados en su huida. Aproximadamente el mismo número fueron hechos prisioneros. El Profeta había dicho a sus Compañeros: "Sé que algunos hombres de los hijos de Hashim y otros han venido a pesar suyo, sin ningún deseo de luchar contra nosotros." Y mencionó los nombres de aquellos a los que se les perdonaría la vida si eran apresados. Aun así, la mayoría de su ejército estaba resuelto a retener a los cautivos para obtener un rescate antes de pasarlos por las armas.

Puesto que el Quraysh superaba en tan gran número a los creyentes había que tomar en consideración la posibilidad de que se reagruparan y volvieran al combate, y se persuadió al Profeta para que se retirara a su refugio con Abu Bakr mientras que algunos Ansar se mantenían vigilantes. Saad ibn Muadh se encontraba de guardia a la entrada con la espada desenvainada, y cuando sus compañeros comenzaron a traer al campamento

a los cautivos el Profeta se sorprendió por la expresión de enérgica desaprobación perceptible en su rostro. "~Oh Saad!" dijo, "parecería que te resulta odioso lo que están haciendo." Saad asintió con vigor y añadió: "Ésta es la primera derrota que Dios ha inflingido a los idólatras, y yo hubiera preferido ver a sus hombres muertos antes que dejarlos con vida." Omar era de la misma opinión, pero Abu Bakr consideraba que había que dejar vivir a los prisioneros, con la esperanza de que antes o después podrían convertirse en creyentes, opinión que también compartía el Profeta. Pero ese mismo día, un poco más tarde, cuando Omar volvió al refugio se encontró al Profeta y a Abu Bakr con lágrimas en los ojos por una Revelación que había tenido lugar. No es digno de un Profeta que tome cautivos sin antes haber combatido y triunfado en la tierra. 2 Vosotros deseáis los bienes de este mundo mientras que Dios quiere para vosotros el Más Allá, y Dios es Poderoso y Sabio. (VIII, 67>. Pero la Revelación luego dejó claro que la decisión de perdonar la vida a los prisioneros había sido aceptada por Dios y no debía ser revocada, y al Profeta se le dio un mensaje para los mismos cautivos: ¡Profeta! Di a aquellos cautivos que están en tus manos: Si Dios reconoce algún bien en vuestros corazones Él os dará a/go mejor que /0 que se os ha quitado y os perdonará. Ciertamente Dios es Indulgente y Misericordioso. (VIII, 70).

Había sin embargo un hombre, Abu Yahl, a quien claramente no se podía permitir que viese. La opinión generalizada era que había sido muerto y el Profeta ordenó que se buscase su cuerpo. Abdallah ibn Masud volvió de nuevo al campo de batalla y buscó hasta que encontró al hombre que había hecho más que cualquier otro para fomentar el odio hacia el Islam entre los mequíes. Abu Yahl conservaba todavía vida suficiente para reconocer al enemigo que en aquel momento estaba de pie junto a él. Abdallah había sido el primer hombre que había recitado en alto el Corán delante de la Kaabah, y Abu Yahl le había asestado un golpe contundente y le había herido en la cara, porque era simplemente un confederado de Zuhrah y un pobre cuya madre había sido una esclava. Abdallah colocó entonces su pie sobre el cuello de Abu Yahl, quien dijo: "Ciertamente has subido alto pastorcillo." Luego le preguntó en qué dirección había soplado la fortuna de la guerra aquel día, como queriendo decir que la próxima vez lo haría en sentido contrario. "Dios y Su Enviado han vencido", respondió Abdallah, y a continuación le cortó la cabeza y se la llevó al Profeta.

Abu Yahl no fue el único de los jefes del Quraysh que había muerto una vez concluida la lucha. Abd al-Rahman ibn Awf estaba llevando unas cotas de malla que había tomado como botín cuando pasó junto al corpulento Umayyah, que había perdido su montura y no podía escapar. Con él se encontraba su hijo Ah, de cuya mano le tenía cogido; Umayyah gritó al en otro tiempo amigo suyo: "Tómame prisionero, porque valgo más que las cotas de malla." Abd al-Rahman asintió y, tirando al suelo de las mallas, los cogió a él y a su hijo a cada uno de una mano. Pero mientras los llevaba al campamento los vio Bilal y reconoció a su antiguo amo y torturador. "Umayyah!" exclamó, "¡el cabeza de la incredulidad! ¡Que yo muera si él vive!" Abd al-Rahman protestó indignado que se trataba de sus prisioneros, pero Bilal repitió su grito: "¡Que yo muera si él vive."" ¿No me escucharás, oh tú, hijo de madre negra?" dijo el apresador, indignado, después de lo cual Bilal gritó con toda la fuerza de una voz que le había ganado la función de muecín: "¡Oh Ayudantes de Dios, el cabeza de la incredulidad, Umayyah! ¡Que yo no viva si él sobrevive!" De todos lados llegaron corriendo hombres e hicieron un estrecho círculo alrededor de Abd al-Rahman y sus dos prisioneros. Entonces una espada fue desenvainada y Ah cayó al suelo, pero no muerto sino herido. Abd al-Rahman soltó la mano del padre. "Escapa como puedas", le dijo, "aunque no hay escapatoria posible, porque yo no puedo hacer nada por ti." Los hombres lo apartaron y, acercándose, rodearon a los prisioneros con sus espadas y rápidamente pusieron fin a sus vidas. Abd al-Rahman solía decir años después: "¡Dios tenga misericordia de Bilal! Perdí las cotas de malla y él me despojó de mis dos prisioneros." (1.1.448-49).

El Profeta ordenó que los cuerpos de los infieles muertos en la batalla fueran arrojados a un foso, y cuando estaban arrastrando el cuerpo de Utbah hacia el lugar fijado, el rostro de su hijo Abu Hudhayfah empalideció y quedó anegado de pena. El Profeta lo sintió por él y le obsequió con una mirada compasiva, pronunciando entonces Abu Hudhayfah las siguientes palabras: "¡Oh Enviado de Dios! No es que cuestione tu orden en cuanto a mi padre y el lugar donde lo han arrojado, sino que lo conocí como un hombre de sabio consejo, paciente y virtuoso, y había esperado que estas cualidades lo condujeran al Islam, y al ver cuál ha sido su suerte y recordar en qué estado de incredulidad murió después de las esperanzas que había abrigado a su respecto, todo ello me ha entristecido." Entonces el Profeta bendijo a Abu Hudhayfah y le dirigió palabras cariñosas.

La paz y la tranquilidad del campamento pronto fueron rotas por voces que se elevaron airadas porque los que se habían quedado protegiendo al Profeta durante la batalla exigían una participación en el botín, y los que habían perseguido al enemigo y capturado hombres, armaduras y armas no estaban dispuestos a renunciar a lo que sus propias manos habían tomado. Pero antes de que el Profeta tuviera tiempo de restablecer la armonía, ordenando un reparto equitativo de todo lo que había sido capturado, se logró el efecto deseado de forma más sencilla e inmediata a través de una Revelación: Te preguntarán por el botín. Di: El botín pertenece a Dios y a su Enviado. (VIII, 1). Así fue. El Profeta ordenó que todo lo que se había tomado, incluidos los cautivos, debía ser reunido y ya no podía ser considerado como la propiedad privada de nadie. La orden fue obedecida inmediatamente sin ponerse en duda.

El cautivo más eminente era el jefe de Amir, Suhayl, primo de Sawdah y hermano del primer marido de ésta. Otros más directamente relacionados con el Profeta eran su tío Abbas, su yerno Abu-l-As, marido de Zaynab, y sus primos Aqil y Nawfal. Dio una orden general en el sentido de que los prisioneros fueran tratados bien, aunque evidentemente tenían que ser atados. Pero el pensamiento de su tío sufriendo semejante sujeción le impidió al Profeta dormir aquella noche, y ordenó que le aflojaran las ataduras. Otros cautivos recibieron un tratamiento menos indulgente de sus parientes más próximos. Musab pasó junto a su hermano Abu Azíz cuando lo estaba atando el Ansar que lo había capturado y dijo: "Átalo con fuelza porque su madre es rica y quizás pague el rescate por él." "Hermano", dijo Abu Aziz, ¿es asi como me encomiendas a otros?" "El es ahora mi hermano en tu lugar", dijo Musab. Sin embargo, en años posteriores Abu Azíz hablaría con frecuencia del buen trato que recibió por parte de los Ansar, que lo llevaron a Medina, de donde fue rescatado por su madre por 4.000 dirhemes.

Tan pronto como se hizo evidente que los ochocientos o más mequies huidos habían sido derrotados sin posibilidad de reagruparse, el Profeta envió a Abdallah ibn Rawahah para que llevase las nuevas de la victoria a la gente de Medina Alta, es decir, la parte más meridional de la ciudad, y envió a Zayd a la gente de Medina Baja. El permaneció con el ejército en Badr y aquella noche se acercó al foso en el que habían arrojado los cuerpos de los enemigos del Islam. "¡Oh hombres del foso," dijo, "parientes de vuestro Profeta, malo fue el parentesco que me mostraseis! Mentiroso me llamasteis, cuando otros me acogieron; luchasteis contra mí, cuando otros me ayudaron a vencer. ¿Habéis encontrado que era verdad lo que vuestro Señor os prometió? Yo he visto que era verdad lo que mi Señor me había prometido." Algunos de los compañeros lo oyeron por casualidad y se maravillaron de que hablase a cuerpos sin vida. "No escucháis lo que yo digo mejor que ellos," dijo el Profeta, "pero ellos no pueden responderme." (1.1.454).

A la mañana siguiente, temprano, partió para Medina con su ejército y el botín. Dos de los prisioneros más valiosos, es decir, aquellos en cuyas familias podía confiarse que pagarían la totalidad del rescate de 4.000 dirhemes, eran Nadr de Abd al-Dar y Uqbah3 de Abdu Shams. Pero éstos eran dos de los peores enemigos del Islam y si se les permitía regresar al punto reemprenderían sus actividades diabólicas, a no ser que la victoria de los musulmanes en Badr, a pesar de las desventajas, les hubiera hecho reflexionar. Los ojos del Profeta no se apartaban de ellos, pero no había señal de cambio alguno en el corazón de ambos hombres, y durante la marcha comprendió que no se ajustaba a la Voluntad de Dios el dejarlos con vida. En una de las primeras paradas dio órdenes de que Nadr fuera ejecutado, y fue Ah quien lo decapitó. En la siguiente parada Uqbah sufrió la misma suerte a manos de un hombre de Aws. En una parada a tres días de marcha de Medina el Profeta dividió los prisioneros que quedaban y el resto del botín, otorgando hasta donde era posible una parte igual a cada hombre que había tomado parte en la expedición.

A esas alturas, Zayd y Abdallah ibn Rawahah habían llegado a Medina y hubo gran regocijo entre todos excepto por parte de los judíos e hipócritas.

Sin embargo, Zayd recibió malas noticias a cambio de sus buenas noticias: Ruqayyah había muerto. Uthman y Usamah acababan de regresar de enterrarla. Los lamentos en aquella parte de la ciudad fueron todavía mayores cuando Zayd comunicó a Afra la muerte de sus dos hijos, Awf y Muawwidh. Sawdah estuvo entre su propia casa y la de ellos para unirse a ambas lamentaciones. Para Afra la alegría se mezclaba con el dolor a causa de la forma gloriosa en que sus hijos habían muerto. Pero Zayd también tuvo que informar a Rubayyi de la muerte de su joven hijo Harithah ibn Suraqah, cuyo cuello había sido atravesado por una flecha cuando estaba bebiendo en la cisterna. Tan pronto como llegó el Profeta, unos días después, Rubbayyi se le acercó y le preguntó por su hijo, porque le afligía el pensamiento de que el joven hubiera sido muerto antes de la batalla y antes de que hubiese tenido tiempo de dar un golpe por el Islam. "Oh Enviado de Dios!" dijo ella, "¿querrás hablarme de Harithah, para que si él está en el Paraíso pueda sobrellevar la pérdida con paciencia, o, si no, para que haga penitencia llorando por ~?" El Profeta ya había dado su respuesta a estas preguntas en general, porque había anunciado y prometido que un creyente es recompensado por lo que pretende aunque no llegue a conseguirlo: "Las obras cuentan según la intención." (B. 1, 1). Pero respondió ahora en particular, diciendo: "Madre de Harithah, en el Paraíso hay muchos jardines y, ciertamente, tu hijo ha alcanzado el más elevado de todos, el Firdaws." (B. LVI, 14).


siguiente