Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 42
La marcha hacia Badr

--------------------------------------------------------------------------------

SE acercaba ya el momento en que Abu Sufyan emprendería el regreso con todas las mercancías que él y sus compañeros habían adquirido en Siria. El Profeta envió a Talhah y al primo de Omar, Said, hijo de Zayd el Hanif- a Hawra, justo al oeste de Medina, en la costa, para que lo informasen tan pronto llegase la caravana. Esto le permitiría, mediante una rápida marcha hacia el suroeste, alcanzarla un poco más abajo en la costa. Sus dos exploradores fueron recibidos de modo hospitalario por un jefe de Yahaynah que los ocultó en su casa hasta que la caravana hubo pasado.

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

Indice

Inicio Libros
Inicio Sufismo
 
 

Pero tanto él como ellos se podían haber ahorrado el esfuerzo, porque alguien de Medina, sin duda algún hipócrita o un judío, ya había puesto a Abu Sufyan al corriente de los planes del Profeta, y aquél había contratado a un hombre de la tribu de los Gifar, llamado Damdam, para que fuera rápidamente a la Meca e insistiera al Quraysh para que saliesen inmediatamente con un ejército en su socorro mientras que él apretaba el paso a través de la ruta de la costa viajando día y noche. Pero no era él el único que tenía una sensación de urgencia. El Profeta tenía sus razones para desear permanecer en Medina el mayor tiempo posible, porque su bienamada hija Ruqayyah había enfermado seriamente. Aun así, las consideraciones personales no podían tomarse en cuenta, y antes de arriesgarse a que fuera demasiado tarde decidió no esperar siquiera al regreso de los exploradores. Para cuando llegaron a Medina él ya había partido con un ejército de Emigrantes y de Ansar, trescientos cinco hombres en total. En aquel tiempo había en Medina setenta y siete Emigrantes aptos para la guerra y todos ellos estuvieron presentes en esta ocasión salvo tres: el Profeta había dicho a su yerno Uthman que se quedase en casa y cuidase de su esposa enferma. Los otros dos fueron Talhah y Said, que volvieron de la costa demasiado tarde para ponerse de nuevo en camino.

En el primer alto que hicieron, todavía en el oasis, Saad de Zuhrah, primo del Profeta, advirtió que su hermano de quince años, Umayr, parecía preocupado y esquivo, y le preguntó qué sucedía. "Temo", dijo Umayr, "que el Enviado de Dios me vea y diga que soy demasiado joven y me envíe de vuelta a casa. Yo anhelo proseguir. Podría ser que Dios me conceda el martirio." Como temía, el Profeta se dio cuenta de su presencia al formar las tropas; dijo que era demasiado joven y le mandó volverse. Pero Umayr comenzó a llorar y el Profeta le dejó quedarse y que participara en la expedición. "Era tan joven", dijo Saad, "que tuve que ajustarlé la correa del tahalí."

Había setenta camellos que los hombres montaban por turnos, tres o cuatro hombres por camello, y tres caballos, uno de los cuales pertenecía a Zubayr. El estandarte blanco fue dado a Musab, sin duda porque era del clan de Abd al-Dar, cuyo derecho ancestral era portar el estandarte del Quraysh en la guerra. Después de la vanguardia iba el Profeta precedido de dos gallardetes negros, uno por los Emigrantes y otro por los Ansar. Los llevaban Ah y Saad ibn Muadh respectivamente. Durante la ausencia del Profeta de Medina las plegarias debían ser dirigidas por Ibn Umm Maktum, el ciego al que se refiere la Revelación El frunció el ceño y se alejó porque el ciego se le acercó. 1

En la Meca, poco antes de la llegada de Damdam, Atikah, la tía del Profeta, tuvo un sueño que la dejó horrorizada y con la convicción de un inminente desastre para el Quraysh. Envió a buscar a su hermano Abbas y le contó lo que había visto: "Vi a un hombre montando un camello. Se detenía en el valle y gritaba con todas sus fuerzas: "¡Apresuraos, oh hombres de perfidia, hacia un desastre que en tres días os dejará postrados!" Vi cómo la gente se congregaba a su alrededor. Luego entraba en la Mezquita con la multitud siguiéndole y, abriéndose paso entre ella, su camello lo subía al tejado de la Kaabah, y de nuevo gritaba las mismas palabras. Entonces su camello lo llevaba a la cumbre del Monte Abu Qubays y otra vez empezaba a gritar como antes. Soltaba luego una roca y la arrojaba violentamente ladera abajo, fragmentándose al alcanzar el pie del monte, y no había c,,asa o morada en la Meca que no fuese alcanzada por alguno de sus trozos.

Abbas contó el sueño de su hermana a Walid, el hijo de Utbah, que era su amigo, y Walid se lo refirió a su padre y la noticia se difundió por toda la ciudad. Al día siguiente Abu Yahl exclamó en presencia de Abbas, burlándose alegremente: "Oh hijos de Abd al-Mutalib, ¿desde cuándo tenéis esta profetisa que os hace sus profecías? ¿No es bastante que vuestros hombres se las den de profetas? ¿Vuestras mujeres tienen que hacerlo también?" Abbas no pudo encontrar una réplica. Abu Yahl, sin embargo, tuvo su respuesta al día siguiente, cuando los peñascos de Abu Qubays resonaron con la poderosa voz de Damdam. La gente salió en tropel de ~ casas y de la Mezquita hacia el punto donde él se había detenido en el valle. Abu Sufyan le había pagado generosamente y estaba dispuesto a cumplir bien su papel. Había dado la vuelta a su silla, estaba sentado dando la espalda a la cabeza del camello y, como otro signo de calamidad, había rajado el hocico del camello y la sangre brotaba de él, y él mismo se había hecho jirones su camisa. "¡Hombres del Quraysh!" exclamó, "¡Los camellos de carga, los camellos de carga! ¡Vuestras mercancías que Abu Sufyan trae! ¡Muhammad y sus compañeros están sobre ellas! ¡Ayuda! ¡Ayuda!"

La ciudad inmediatamente se alborotó. La caravana que en esos momentos estaba amenazada era una de las más ricas del año, y eran muchos los que tenían razón para lemer su pérdida. Se reunió rápidamente un ejército de aproximadamente un millar de hombres. "¿Piensan Muhammad y sus compañeros que será como la caravana de Ibn Hadramí?" dijeron refiriéndose a Amr, el confederado de Abdu Shams que había sido muerto por una flecha en el mes sagrado en Najlah. El clan de Adi fue el único en nó tomar parte en la expedición. Todos los demás jefes de clan dirigían un contingente, salvo Abu Lahab, que envió en su lugar a un hombre de Majzum que le debía dinero. Pero los Baní Hisham y los Bani al-Muttalib tenían sin embargo sus intereses en la caravana y se sentían moralmente obligados a defenderla, por lo que Talib se puso al frente de un grupo de hombres de ambos clanes y Abbas fue con ellos, quizás con la intención de actuar como pacificador. Hakim de Asad, el sobrino dé Jadíyah, salió con el mismo propósito. Al igual que Abu Lahab, Umayyah de Yumah también había decidido quedarse en casa, porque era un hombre mayor y sumamente obeso. Pero estando sentado en la Mezquita se le acercó Uqbah con un incensario que puso ante él, y dijo "Perfúmate con esto, Abu Ah, porque tú eres de las mujeres." "Dios te maldiga" dijo Umayyah, y se dispuso a partir con los demás.

El Profeta había abandonado la ruta directa de Medina hacia el sur y se dirigía a Badr, que se encontraba en la ruta costera de Siria a la Meca, al oeste. En Badr esperaba salirle al paso a Abu Sufyan, y envió por delante a dos de sus aliados de Yuhaynah que conocían bien el distrito para que recogieran noticias de la caravana. En Badr se detuvieron en una colina que dominaba el pozo, y cuando fueron a sacar agua acertaron a escuchar una conversación entre dos muchachas del pueblo acerca de una deuda. "La caravana llegará mañana o pasado mañana," decía una a la otra, "trabajaré para ellos y te pagaré lo que te debo." Cuando oyeron estas palabras volvieron rápidamente al Profeta con las noticias. Pero si hubieran permanecido allí un poco más habrían visto a un jinete solitario aproximarse al pozo por el oeste. Era Abu Sufyan en persona, que se había adelantado al resto de la caravana para ver si era seguro encaminarse hacia la Meca por la ruta más cercana, esto es, a través de Badr. Al llegar al pozo se encontró con un aldeano y le preguntó si había visto algún desconocido. Le respondió que había visto dos jinetes que habían hecho un alto arriba en la colina, luego habían sacado agua y se la habían llevado. Abu Sufyan fue a donde se habían detenido y tomó algunos excrementos de camello, que acto seguido desmenuzó. Había en ellos algunos huesos de dátil. "Por Dios," dijo, "este es el forraje que emplean en Yathrib." Se volvió rápidamente hacia sus seguidores, y, alejando la caravana del camino, avanzaron a toda velocidad por la orilla, junto al mar, dejando Badr a su izquierda.

Mientras tanto los dos exploradores habían regresado con el Profeta con la noticia de que se esperaba que la caravana llegaría a Badr al día siguiente o al otro. Ciertamente se defendían en Badr, que durante mucho tiempo había sido una de las principales paradas en el camino de la Meca a Siria. Los musulmanes, pues, tendrían tiempo suficiente para sorprenderlos y vencerlos.

Llegó entonces la noticia de que el Quraysh se había puesto en camino con un ejército para socorrer la caravana. Siempre se había considerado esta posibilidad, pero ahora que era un hecho consumado el Profeta se sintió obligado a consultar a sus hombres y a dejar que fuesen ellos quienes eligiesen entre avanzar o dar marcha atrás. Abu Bakr y Omar hablaron por los Emigrantes en favor de avanzar. Después, como confirmación de todo lo que habían dicho, un aliado de los Bani Zuhrah, Miqdad, que llevaba poco tiempo en Medina se levantó y añadió: "¡Oh Enviado de Dios! Haz lo que Dios te ha mostrado que debes hacer. No te diremos como los hijos de Israel dijeron a Moisés: Ve, pues, tú y tu Señor y combatid. Nosotros nos quedamos aquí sentados. (C. V, 24), sino que diremos: "Ve, pues, tú con tu Señor y combatid, y nosotros también combatiremos, a la derecha y a la izquierda, delante y detrás de ti."" Abdallah ibn Masud solía hablar en años posteriores de la gran luz que había brillado en el rostro del Profeta cuando escuchó aquellas palabras y bendijo al que las decía. No es que estuviera sorprendido, porque él ya sabia que los Emigrantes estaban con él sin ningún tipo de reservas. Pero, ¿podía decirse lo mismo de los Ansar que se encontraban presentes? El ejército había partido de Medina con la esperanza de capturar la caravana. Pero ahora parecía que podrían tener que vérselas con algo mucho más formidable. Además, cuando los Ansar le prestaron fidelidad en Aqabah dijeron que no eran responsables de su seguridad hasta que no estuvieran en su territorio, pero que cuando se encontrase con ellos lo protegerían como lo hacían con sus mujeres y niños. ¿Estarían dispuestos a ayudarlo? "Hombres, dadme vuestro consejo", dijo, expresándose en general pero refiriéndose a los Ansar, algunos de los cuales ya habían adivinado sus pensamientos, aunque ninguno había hablado todavía. Entonces Saad ibn Muadh se incorporó. "Diríase" observó, "que te referías a nosotros, oh Enviado de Dios." Y cuando el Profeta asintió, continuó: "Tenemos fe en ti y creemos en lo que tú nos has contado; damos testimonio de que nos has traído la Verdad, y te hemos prestado nuestros juramentos vinculantes de oír y obedecer. Haz pues lo que desees y nosotros estaremos contigo. Por Aquél que te ha enviado con la Verdad; si nos ordenases cruzar aquel mar de allí y tú te sumergieras en él, nosotros nos sumergiríamos contigo; ni un solo hombre se quedaría atrás. Del mismo modo, no nos repugna encontrarnos con el' enemigo mañana. Somos de toda garantía en la guerra, leales en el combate. Quiera Dios mostrarte nuestro valor de tal manera que te traiga frescor a los ojos.2 Guíanos con la bendición de Dios."

El Profeta se alegró de estas palabras y tuvo la certeza de que realmente tendrían que enfrentarse con el ejército o con la caravana pero no con los dos. "¡Adelante!" dijo, y animo, porque Dios el Sublime me ha prometido que nos enfrentaremos con uno de los destacamentos. Y ya casi estoy viendo al enemigo yaciendo postrado." (I~I. 435).

Aunque estaban preparados para lo peor, aún tenían la esperanza de que podrían atacar la caravana y estar de regreso en Medina, enriquecidos con el botín y los prisioneros, antes de la llegada del ejército del Quraysh. Alcanzaron una parada que estaba a menos de un día de marcha de Badr. El Profeta siguió cabalgando con Abu Bakr y consiguió información de un anciano, de la cual dedujo que el ejército mequi se encontraba ya cerca. De regreso al campamento esperó la caída de la noche y envió a sus tres primos Ah, Zubayr y Saad con algunos otros de los compañeros al pozo de Badr para ver si el ejército o la caravana, o ambos, habían extraído agua de allí, o si alguien había sabido algo de cualquiera de los dos grupos. En el pozo tropezaron con dos hombres que estaban cargando sus camellos con agua para el ejército del Quraysh, y después de reducirlos sc los llevaron al Profeta, quien en ese momento estaba haciendo una plegaria. Sin esperar a que hubiese terminado comenzaron a interrogar a los dos hombres, que dijeron que eran los aguadores del ejército. Pero algunos de los que preguntaban prefirieron pensar que estaban mintiendo. Deseaban en el fondo fervientemente que fuera Abu Sufyan quien los había mandado por agua para la caravana, y comenzaron a golpearlos hasta que dijeron "Somos hombres de Abu Sufyan" y los dejaron en paz. El Profeta hizo las prosternaciones finales de su plegaria, dio los saludos de paz y dijo: "Cuando os dijeron la verdad los golpeasteis y cuando os mintieron los dejásteis en paz~ Ciertamente son del ejército del Quraysh." Entonces se volvió hacia los dos prisioneros~ "Vosotros dos, decid dónde se encuentra el Quraysh." "Están detrás de aquella colina," dijeron señalando hacia Aqanqal, "en la vertiente más lejana del valle que hay más allá~" "¿Cuántos hombres son?" "Muchos", respondieron, sin precisar el número, por lo que les preguntó cuántas bestias sacrificaban. "Algunos días nueve, otros días diez", fue la respuesta. "Entonces son entre novecientos y mil", dijo el Profeta~ "¿Y qué jefes del Quraysh están con ellos?". Nombraron a quince, que incluían, de Abdu Shams, a los hermanos Utbah y Shaybah. De Nawfal, a Harith y Tuaymah; de Abd al-Dar, a Nadr, que había opuesto sus historias de Persia al Corán; de Asad, a Nawfal, el medio hermano de Jadiyah; de Majzum, a Abu Yahl; de Yumah, a Umayyah; y de Amr, a Suhayl. Escuchando estos nombres eminentes el Profeta hizo la siguiente observación cuando se reunió con sus hombres: "Esta Meca os ha arrojado los mejores pedazos de su hígado."

No transcurrió mucho tiempo hasta que Abu Sufyan tuvo noticias del poderoso ejército de mil hombres: en aquel momento había alcanzado un punto desde el cual sus salvadores estaban entre él y el enemigo. Al comprender que la caravana estaba a salvo envió un mensaje al Quraysh diciendo: "Salisteis para defender vuestros camellos, vuestros hombres y vuestras mercancías; Dios los ha puesto a salvo, regresad por lo tanto." Este mensaje les llegó cuando ya habían acampado en Yuhfa, a poca distancia al sur de Badr. Había, por otra parte, otra razón por la que no debían avanzar más~ El pesimismo se había abatido sobre todo el campamento a causa de un sueño -casi una visión- que había tenido Yuhaym, un hombre de Muttalib. "Entre el sueño y la vigilia", dijo, "vi un hombre que se aproximaba a caballo guiando un camello. Entonces se detenía y decía:

"Muertos están Utbah y Shaybah, Abu-l-Hakam y Umayyah"" Y siguió encionando a otros jefes del Quraysh que el jinete había nombrado. "Entonces", continuó Yuhaym, "lo vi apuñalar al camello en el pecho y dejarlo correr suelto por el campamento, y no quedó ni una tienda que no fuese salpicada con su sangre." Cuando le contaron esto a Abu Yahl, dijo éste en un tono triunfante y de mofa: "Aquí tenemos otro profeta más de los hijos de Muttalib." "Otro más", ya que los dos clanes de Muttalib y Hashim eran a menudo considerados como uno solo. Entonces, para disipar el pesimismo, se dirigió a todos ellos: "Por Dios, no regresaremos hasta que hayamos estado en Badr. Permaneceremos tres días allí. Sacrificaremos camellos, nos regalaremos con banquetes, haremos correr el vino, y las cantantes y las actrices tocarán y cantarán para nosotros. Los árabes se enterarán de cómo proseguimos nuestra marcha y de nuestra poderosa hueste, y por siempre nos temerán. ¡Adelante hacia Badr!"

Ajnas ibn Shariq, que había salido con Zuhrah, de quien era confederado, les recomendó entonces encarecidamente que no prestaran atención a Abu Yahl, y todos ellos se volvieron, pues, desde Yuhfah a la Meca. Talib también regresó con algunos de sus compañeros de clan, ya que había cruzado ciertas palabras con algunos qurayshíes que habían dicho: "¡Oh hijos de Hashim, sabemos que aunque hayáis salido con nosotros vuestros corazones están con Muhammad." Abbas, sin embargo, decidió continuar a Badr con el resto del ejército y se llevó consigo a sus tres sobrinos Abu Sufyan y Nawfal, los hijos de Harith, y Aqil, el hijo de Abu Talib.

Más allá de la colina, un poco hacia el noreste, los musulmanes estaban levantando el campamento. El Profeta sabía que les era imperioso llegar a las aguas de Badr antes que el enemigo, así que ordenó un avance inmediato. Apenas se habían puesto en marcha cuando empenzó a llover, y el Profeta se alegró de ello, considerándolo como una señal del favor Divino, una bendición y una garantía. Refrescó a los hombres, hizo desaparecer el polvo y endureció la arena suave del valle de Yalyal por donde ahora marchaban. Pero estorbaría al enemigo, que todavía tenía que subir las laderas de Aqanqal, que se hallaban a la izquierda de los musulmanes, en el lado opuesto del valle de Badr. Los pozos se encontraban todos en las laderas más suaves de la zona más próxima, y el Profeta ordenó un alto en el primer pozo que alcanzaron. Pero un hombre del Jazrach, Hubab ibn al-Mundhir se le acercó y dijo: "¡Oh Enviado de Dios! ¿Te ha revelado El que debemos avanzar o retroceder desde este lugar donde ahora estamos, o es una cuestión de opinión y estrategia militar?". El Profeta le contestó que se trataba simplemente de un asunto de opinión, y Hubab dijo: "No es éste el lugar para detenerse, sino que es mejor que nos conduzcas, ¡oh Enviado de Dios! hasta llegar a uno de los pozos grandes que está más cerca del enemigo. Paremos allí, ceguemos los pozos que están detrás de aquél y hagamos una cisterna. Luego lucharemos con el enemigo y nosotros tendremos todo el agua para beber y ellos no tendrán nada." El Profeta asintió al punto, y el plan de Hubab se puso en práctica en todos sus detalles. Los restantes pozos fueron cegados, se hizo una cisterna y todos los hombres llenaron sus recipientes.

Después, Saad ibn Muadh se aproximó al Profeta y dijo: "¡Oh Profeta de Dios!, deja que construyamos un refugio para ti y que junto a él preparemos tus camellos de montar. Luego nos encontraremos con el enemigo, y, sí Dios nos fortalece y nos da la victoria sobre ellos, eso es lo que deseamos fervorosamente. Pero, si no, entonces tú podrás montar y cabalgar para ir al encuentro de los que atrás dejamos. Porque, por lo que se refiere a algunos de los que no vinieron contigo, oh Profeta de Dios, nuestro amor por ti no es mayor que el que ellos te tienen, y no se habrían quedado en casa si hubieran sabido que tropezarías con una guerra. Dios te protegerá a través de ellos, y ellos te darán buen consejo y lucharán a tu lado." Muhammad lo elogió e invocó bendiciones sobre él, y se levantó el refugio con ramas de palmera.

Aquella noche Dios envió un sueño reconfortante a los creyentes y se despertaron como nuevos.3 Era el viernes 17 de Marzo del año 623 d.c. que fue el día 17 de Ramadán del año 2 de la hégira.4 En cuanto se hizo el alba el Quraysh prosiguió su marcha y subieron a la colina de Aqanqal. El sol ya estaba alto cuando alcanzaron la cima, y cuando el Profeta los vio en sus caballos y camellos ricamente enjaezados descendiendo la ladera hacia el valle de Yalyal en dirección a Badr, hizo la siguiente invocación: "¡Oh Dios! Aquí está el Quraysh, han venido arrogantes y vanos, oponiéndose a Ti y desmintiendo a Tu Enviado. ¡Oh Señor, concédenos la ayuda que nos prometiste! ¡Oh Señor, destrúyelos en esta alborada!"

Hicieron su campamento al pie de la ladera y, como les pareciera que los musulmanes eran menos de los que habían previsto, enviaron a Umayr de Yumah a caballo para estimar su número y ver si tendrían refuerzos en la retaguardia. Umayr les informó de que no había señal de más tropas que las que tenían delante de ellos en el otro lado del valle. "Pero, oh hombres del Quraysh," añadió, "por cierto que no creo que ninguno de ellos vaya a morir sin antes haber dado muerte a uno de los vuestros, y si ellos terminan con la vida de un número de vosotros equivalente al suyo, ¿qué bien quedará en la vida después?" Umayr. gozaba de una cierta reputación de adivino en toda la Meca, lo que añadía peso a sus palabras. Apenas había terminado de hablar cuando Hakim de Asad, el sobrino de Jadiyah, aprovechó su oportunidad sin dudarlo un instante y atravesó a pie el campamento hasta que llegó junto a los hombres de Abdu Shams. "Padre de Walid,", le dijo a Utbah, "tú eres el hombre más notable del Quraysh, eres su Señor y el único a quien obedecen. ¿Te gustaría que te recordasen con alabanzas hasta el final de los tiempos?" "¿Cómo podría ser eso?" preguntó Utbah. "Haz que tus hombres se vuelvan", dijo Hakim, "y toma sobre ti mismo la causa de Amr, tu confederado asesinado." Quería decir que Utbah debía eliminar una poderosa razón para la lucha y pagar el rescate de sangre a los parientes del hombre que había muerto en Najlah, cuyo hermano, Amir, había venido de hecho para tomarse la venganza en el campo dc batalla. Utbah estuvo de acuerdo en hacer todo lo que decía, pero le recomendó que fuese a hablar con Abu Yahl, el hombre que probablemente más insistía en la guerra. Mientras tanto, se dirigió a sus tropas, diciendo: "¡Hombres del Quraysh, nada ganaréis luchando con Muhammad y sus Compañeros! Si los vencéis, cada uno de vosotros mirará siempre con aversión a la cara de otro que haya dado muerte a su tío, a su primo o a algún pariente todavía más próximo. Así pues, dad media vuelta, y dejad que el resto de los árabes se encarguen de Muhammad. Si terminan con él, eso es lo que deseáis; y si no, él verá que habéis mostrado autodominio hacia él."

Sin duda alguna tuvo la intención de aproximarse en seguida a Amir al-Hadrami con la idea de pagar el rescate de sangre por su hermano, pero Abu Yahl se le adelantó en rapidez. Reprochó a Utbah en tono de mofa ser cobarde, tener miedo a morir él mismo y también su hijo Abu Hudayfah, que estaba en las filas del enemigo. Luego se volvió a Amir y le insistió para que no dejase escapar la oportunidad de vengar la muerte de su hermano. "Levántate," dijo, "y recuérdales tu pacto y el asesinato de tu hermano." Amir se incorporó y, despojándose frenéticamente de sus ropas, comenzó a emitir lamentaciones a voz en grito. "¡Ay de Amr! ¡Ay de Amr!" De esta manera se avivó el fuego de la guerra, los ánimos de los hombres se llenaron de violencia y fue tarea vana para Utbah o cualquier otro el pretender hacerlos volverse atrás.

La absorción general en los preparativos finales para la batalla proporcionó a un hombre la oportunidad que hasta entonces había estado esperando. Por temor a que pudiera escaparse durante su ausencia, Suhayl había llevado consigo a su hijo Abdallah a Badr. Umayyah, jefe de Yumah, había hecho lo mismo con su hijo Ah, al cual había forzado a rechazar el Islam. Pero a diferencia de Ah, que era irresoluto, Abdallah era inquebrantable en su fe, y, después de salir del campo de visión del campamento, ocultándose detrás de un montículo cercano, se encaminó rápidamente a través de las onduladas arenas del campamento musulmán, donde fue inmediatamente a ver al Profeta. La alegría brilló en el semblante de ambos. Luego, lleno de dicha, saludó a sus cuñados Abu Sabrah y Abu Hudhayfah.


siguiente