Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 40
La nueva casa

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CUANDO la Mezquita estuvo prácticamente terminada, el Profeta dio instrucciones para que se le añadiesen dos pequeñas viviendas al muro oriental, una para su esposa Sawda y otra para su prometida 'Aisha. La construcción había durado en total siete meses, y durante ese tiempo se había hospedado con Abu Ayyub. Pero cuando la casa de Sawda estuvo casi a punto envió a Zayd para que la trajese a Medina y, con ella, a Umm Kulthum y a Fátima. Por su parte, Abu Bakr envió un mensaje a su hijo Abdallah para que trajera a Umm Ruman, Asma y 'Aisha. Al mismo tiempo, Zayd también se llevó consigo a su esposa Umm Ayman y a su hijito Usamah.

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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También viajó con ellos Talha, habiendo dispuesto de to­dos sus bienes inmuebles y haciendo entonces su hégira. Poco después de la llegada del grupo, Abu Bakr dio a Asma en matrimonio a Zubayr, quien junto con su madre, Safiyya, ya llevaba viviendo algunos meses en Medi­na. La hermana de Abu Bakr, Qurayba, se quedó en la Meca para cuidar de su padre, Abu Quhafa, que era anciano y ciego. A diferencia de Quray­ba, todavía no había abrazado el Islam.

El Profeta decidió por aquel entonces que, además de Umm Ayman, Zayd debía tener una segunda esposa, más próxima en edad a él, y le pidió a su primo Abdallah, el hijo de Yahsh, la mano de su bella hermana Zaynab. Al principio, Zaynab estaba poco dispuesta, y tenía razones para estarlo, como los acontecimientos pondrían de manifiesto. La razón que ella expuso, que era una mujer del Quraysh, no era convincente. Su madre, Umayma, de puro linaje qurayshí por ambas partes, se había casado con un hombre de Asad y, dejando a un lado la adopción de Zayd por el Quraysh, no podía decirse que las tribus de sus padres, los Bani Kalb y los Bani Tayy, fuesen inferiores a la de Los Bani Asad. Cuando Zaynab vio que era deseo del Profeta que se casase con Zayd, consintió, y pudo realizarse el matrimonio. Por la misma época su hermana Hamnah fue dada en matrimonio a Musab. Poco tiempo después Umayma vino a Medina y prestó fidelidad al Profeta.

Muhámmad y sus hijos se fueron entonces a vivir con Sawda, y al cabo de uno o dos meses se decidió que debía celebrarse la boda de 'Aisha. Tenía ella en aquella época solamente nueve años y era una niña de excep­cional belleza, como podría esperarse por su familia. El Quraysh había dado a su padre el nombre de Atiq, y algunos decían que esto se debía a su hermoso rostro (I.H. 161). De su madre el Profeta había dicho: "Quien desee contemplar una mujer de las Huríes de grandes ojos del Paraíso, que mire a Umm Ruman." (I.S. VII, 202). Para 'Aisha, desde hacía tiempo, el Profeta se había convertido en una persona muy cercana y muy querida, y se había acostumbrado a verlo diariamente, salvo durante los pocos meses en que él y su padre ya habían emigrado, mientras ella y su madre aún permanecían en la Meca. Desde sus años más tiernos había visto a su padre y a su madre tratarlo con un amor y una reverencia que no daban a ninguna otra perso­na. No habían dejado de inculcar en ella las razones de esto: sabia 'Aisha que él era el Enviado de Dios, que regularmente hablaba con el arcángel Gabriel y que era único entre los hombres vivos porque había ascendido al cielo y regresado de allí a la tierra. Su sola presencia hablaba de ese ascen­so y comunicaba algo de la dicha del Paraíso. En su contacto milagroso esta dicha era incluso tangible. Cuando otros eran abrumados por el calor, su mano se mantenía "más fría que la nieve y más fragante que el almizcle" (B. LXI, 22). Además, parecía eternamente joven, como un inmortal. Sus ojos no habían perdido nada de su brillo, su cabello y barba negros tenían aún el lustre de la juventud y su cuerpo poseía la gracia de un hombre cuya edad fuera solamente la mitad de los cincuenta y tres años que habían pasado desde el año del elefante.

Se hicieron pequeños preparativos para la boda -no los suficientes, de cualquier forma, para que 'Aisha hubiera tenido la sensación de una oca­sión grande y solemne-, y poco antes de la hora en que debían abandonar la casa 'Aisha se había escabullido al patio para jugar con una amiga de paso. En sus propias palabras: "Estaba jugando en un balancín y mi larga cabellera ondulada estaba suelta. Vinieron, me quitaron del juego y me prepararon" (I.S. VIII, 40-41).

Abu Bakr había comprado tela fina listada en rojo de Bahrayn, y con ella se le había hecho un traje de bodas a 'Aisha. Ahora fue vestida con él. Luego, su madre la llevó a la casa recién construida, donde afuera la esta­ban esperando algunas mujeres de los Ansar. La saludaron con las palabras "Por el bien y por la felicidad, -¡que todo salga bien!-" y la condujeron a la presencia del Profeta. Permaneció él allí, sonriendo, mientras arreglaban el pelo de 'Aisha y la engalanaban con ornamentos. A diferencia de sus otros matrimonios, no hubo en éste banquete de bodas. El acontecimiento fue celebrado lo más sencillamente posible. Fue presentado un tazón de leche y el Profeta, después de beber de él, se lo ofreció a 'Aisha, que rehusó tímidamente. Cuando le insistió para que bebiera ella lo hizo, y ofreció el cuenco a su hermana Asma, que estaba sentada a su lado. También bebie­ron otros; después cada cual se fue a sus asuntos, y dejaron al novio y la novia solos.

Durante los últimos tres años apenas había pasado un día sin que una o más de las amigas de 'Aisha acudieran a jugar con ella en el patio contiguo a la casa de su padre. Su mudanza a la casa del Profeta no cambió nada sobre este particular. Las amigas venían ahora todos los días para visitarla en su propio aposento -amigas nuevas hechas desde su llegada a Medina y también algunas de las antiguas cuyos padres, como los suyos, habían emigrado-. "Permanecía jugando con mis muñecas", decía 'Aisha, "con mis amigas, y el Profeta entraba y ellas salían sigilosamente de la casa. Salía entonces él en pos de ellas y las traía de vuelta, porque por mi causa a él le agradaba que estuvieran allí" (I.S. VIII, 42). Algunas veces él decía "per­maneced donde estáis" antes de que tuvieran tiempo de moverse. En algu­nas ocasiones él también se unía a sus juegos, porque le encantaban los niños y a menudo había jugado con sus hijas. Las muñecas desempeñaban diferentes funciones. "Un día", dijo 'Aisha, "el Profeta entró cuando estaba jugando con las muñecas y dijo: 'Oh 'Aisha, ¿qué juego es éste?' Yo res­pondí: 'Son los caballos de Salomón' y él se rió" (Ibíd. 41). Pero en otras ocasiones, cuando el Profeta entraba, simplemente se ocultaba en su manto para no molestarlas.

La vida de 'Aisha también contaba con su faceta más seria. Yathrib tenía fama en toda Arabia de ser un lugar donde en determinadas estaciones existía un gran peligro de contraer fiebre, especialmente si no se era nativo del oasis. El Profeta escapó de la fiebre, pero ésta atacó con rigor a muchos de sus Compañeros, incluido Abu Bakr y sus dos libertos Amir y Bilal, que en aquella época vivían con él. Una mañana 'Aisha fue a visitar a su padre y quedó desolada al encontrar a los tres hombres acostados y extremada­mente débiles. "¿Cómo estás, padre mío?", le dijo; pero él se encontraba demasiado enfermo para adaptar su respuesta a una niña de nueve años, y le respondió con unos versos:

"A cada hombre cada mañana sus parientes

lo saludan deseándole buen día,

y sin embargo tiene a la muerte más cerca

que la correa de su sandalia."

Pensó ella que su padre no sabía lo que estaba diciendo y se volvió hacia Amir, que también respondió en verso, queriendo decir que aun sin estar realmente muriéndose había estado tan cerca de la muerte como para saber cómo era. Mientras tanto, Bilal había quedado libre de fiebre, aunque toda­vía se encontraba demasiado débil para hacer nada excepto permanecer tumbado en el patio de la casa. Sin embargo, su voz tuvo la fuerza suficiente para permitirle cantar:

"¡Ah, ¿volveré alguna vez a dormir por la noche

entre el tomillo y los nardos que fuera

de la Meca crecen?

¿Y beberé las aguas de Mayannah[i]

y veré ante mí Shama y Tafil?[ii]"

'Aisha volvió a casa profundamente afligida. "Están delirando", dijo, "por el calor de la fiebre". El Profeta se tranquilizó algo cuando, con la memoria retentiva de un niño, ella le repitió prácticamente palabra por palabra las líneas que habían pronunciado y que ella no había comprendido plenamente. Fue en aquella ocasión cuando el Profeta hizo la petición: "¡Oh Dios!, haznos Medina tan querida como nos has hecho la Meca, o incluso más querida. Y bendice para nosotros sus aguas y su grano y aleja de ella su fiebre por lo menos hasta Mahyaah[iii]" (I.I. 414). Y Dios atendió su plegaria.

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[i] Un lugar cercano a la Meca. [ii] Dos colinas de la Meca.
[iii] Un lugar a unos siete días de camello al sur de Medina.


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