Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 39
Armonía y discordia

--------------------------------------------------------------------------------

El Profeta dio instrucciones para que su recién adquirido patio fuese convertido en una mezquita y, al igual que en Quba, comenzaron a trabajar inmediatamente en ello. La mayor parte del edificio fue hecho de ladrillos, pero en medio del muro septentrional, es decir, el muro de Jerusalén, pusieron piedras a ambos lados del nicho de la plegaria. Las palmeras del patio fueron cortadas y sus troncos se utilizaron como pilares para sostener el tejado de ramas de palmera, aunque la mayor parte del patio se dejó abierta.

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

Indice

Inicio Libros
Inicio Sufismo
 
 

El Profeta había dado el título de Ansar, que significa Ayudantes, a los musulmanes de Medina, mientras que a los musulmanes del Quraysh y otras tribus que habían abandonado sus hogares y emigrado al oasis les llamaba Muhayira, es decir, Emigrantes. Todos participaron en el trabajo, incluido el Profeta, y mientras trabajaban cantaban dos versos que alguien había compuesto para la ocasion:

"Oh Dios, no hay más bien que el bien futuro,

ayuda pues a los Ansar y a los Emigrantes."

Y algunas veces cantaban:

"No hay más vida que la del Más Allá.

Misericordia, oh Dios, para los Emigrantes y los Ansar."

Se esperaba que estos dos grupos serían reforzados por un tercero. El Profeta hizo entonces un pacto de obligación mutua entre sus seguidores y los judíos del oasis, constituyéndolos en una sola comunidad de creyentes, pero aceptando las diferencias entre las dos religiones. Musulmanes y judíos tenían que tener una condición semejante. Si un judío era agraviado tenía que ser auxiliado, para defender sus derechos, por un musulmán y por un judío, y lo mismo ocurría si la víctima del agravio era un musulmán. En caso de guerra contra los politeístas tenían que luchar como un solo pue­blo, y ni los judíos ni los musulmanes podían hacer una paz por separado, sino que ésta era indivisible. En caso de diferencia de opinión o disputa o controversia el caso tenía que ser remitido a Dios a través de su Enviado. No había, sin embargo, ninguna estipulación explícita de que los judíos debían reconocer formalmente a Muhámmad como el Enviado y Profeta de Dios, aunque a lo largo de todo el documento se le trataba como tal.

Los judíos aceptaron este pacto por razones políticas. El Profeta ya era con mucho el hombre más poderoso de Medina y parecía probable que su poder aumentase. No había otra elección que la de aceptar; aun así, muy pocos de ellos eran capaces de creer que Dios enviase un Profeta que no fuera judío. Al principio se mostraron abiertamente cordiales, dijesen lo que dijesen entre ellos y por muy convencidos que estuvieran de su propia superioridad, la superioridad inmensa e incomparable del pueblo elegido sobre todos los demás. De todas formas, aunque su escepticismo acerca de la nueva religión normalmente se hallaba encubierto, siempre estaban dis­puestos a compartirlo con cualquier árabe que abrigase dudas sobre el ori­gen Divino de la Revelación.

El Islam continuó extendiéndose rápidamente entre los clanes de Aws y Jazrach, y algunos creyentes esperaban con impaciencia el día en que, gra­cias al pacto con los judíos, el oasis sería un todo armonioso. Pero la Reve­lación advirtió entonces sobre elementos de discordia ocultos. Fue por esta época cuando comenzó la revelación de la azora más extensa del Corán. Al-Baqara (La Vaca), que está situada al comienzo del Libro, inmediatamente después de los siete versículos de Al-Fatiha, la Apertura. Comienza con una definición de quienes están bien guiados: "Alif-Lam-Mim. Este es el Libro -indudablemente-, guía para los temerosos de Dios, que creen en lo Oculto, que cumplen la plegaria y dan limosna de lo que les hemos concedido, que creen en lo que te fue revelado y en lo que fue revelado antes de ti, y que están seguros del Más Allá. Ellos son quienes siguen la guía de tu Señor y ellos prosperarán" (II, 2-5).

Luego, después de mencionar a los infieles que están ciegos y sordos a la verdad, se cita un tercer grupo de gentes: "y entre los hombres hay quienes dicen: 'creemos en Dios y en el Último Día', y sin embargo no son creyentes. Cuando encuentran a quienes creen dicen: 'Creemos'. Y cuando están a solas con sus demonios dicen: 'Estamos con vosotros. Nos estábamos mofando'." Eran éstos los irresolutos, los dudosos y los hipócritas de Aws y Jazrach en todos los distintos grados de insinceridad; y sus demonios, es decir las ins­piraciones del mal, eran los hombres y mujeres infieles que hacían cuanto podían para sembrar las semillas de la duda. El Profeta fue puesto aquí en guardia contra un problema que de ninguna manera le había preocupado en la Meca. Allí la sinceridad de los que abrazaron el Islam jamás fue puesta en duda. Las razones para la conversión solamente podían ser espirituales, ya que por lo que se refería a las cosas de este mundo un converso no tenía nada que ganar y en muchos casos mucho que perder. Pero ahora había ciertas razones mundanas que podían incitar a abrazar la nueva religión, y éstas aumentaban continuamente. Los día de la total ausencia de hipócri­tas entre las filas de los musulmanes habían terminado para siempre.

Algunos de los demonios a los que se hace referencia eran de los judíos. La misma Revelación dice: "Mucha de la gente de la Escritura, por envidia, desearía volver a haceros infieles después de que habéis creído" (II, 109). Los judíos habían esperado con impaciencia la llegada del Profeta anunciado, no por la iluminación espiritual que traería sino porque podrían recuperar la anterior supremacía que habían disfrutado en Yathrib. Y ahora, para su consternación, veían que era un descendiente de Ismael, y no de Isaac, quien estaba proclamando la Verdad con un éxito que verdaderamente ha­cía pensar en la asistencia Divina. Temían que fuera realmente el Profeta prometido, de ahí su envidia del pueblo al que le había sido enviado. Aun así, esperaban que no lo fuese, e incesantemente buscaban la forma de persuadirse a sí mismos y a otros de que no reunía los verdaderos requisi­tos de un Enviado del Cielo. "Muhámmad afirma que le vienen nuevas del Cielo, sin embargo no sabe dónde está su camella", dijo un judío un día en que se había extraviado una de las camellas del Profeta. "Yo sólo sé lo que Dios me da a conocer", afirmó el Profeta cuando se enteró de ello, "y Él me ha mostrado esto: la camella está en la cañada que os diré, enganchada a un árbol por el ronzal" (I.I.361). Algunos de los Ansar fueron y la encontra­ron donde él había dicho que estaba.

Muchos de los judíos dieron la bienvenida a lo que parecía ser el final de todas las amenazas de un nuevo estallido de contienda civil en el oasis. Había habido sin embargo ventajas en ese peligro, porque la división entre los árabes había realzado en gran medida la situación de los no árabes, que eran muy solicitados como aliados. Pero la unión de Aws y Jazrach hacía innecesarias las antiguas alianzas, mientras que al mismo tiempo daba a los árabes de Yathrib una fuerza formidable. El pacto de los judíos con el Profeta les permitía ser partícipes de esa fuerza. Pero también significaba obligaciones contraídas de cara a una posible guerra contra la fuerza árabe mucho mayor que existía más allá del oasis: podía haber otras desventajas graves para ellos en el nuevo orden de cosas, conocían muy bien el antiguo orden y estaban tan versados en sus maneras que muchos pronto comenza­ron a anhelar el retorno a él. Un anciano político judío de los Bani Qaynu­qa, maestro en el arte de explotar la discordia ente las tribus árabes, se sintió especialmente frustrado por la nueva amistad entre Aws y Jazrach. Dio por lo tanto instrucciones a un joven que tenía una hermosa voz para que fuese y se sentase entre los Ansar cuando estuviesen todos reunidos y les recitase algunas poesías que habían sido compuestas por hombres de ambas tribus inmediatamente antes y después de Buath, -la batalla más reciente de la guerra civil-, poemas de injuria a los enemigos, de glorifica­ción de las gestas heroicas, elegías por los muertos, amenazas de venganza. El joven hizo como se le había dicho, y pronto centró la atención de todos los que estaban allí, llevándoles del presente al pasado. Los hombres de Aws aplaudían con entusiasmo la poesía de Aws, y los de Jazrach, la de Jazrach, y entonces ambos bandos comenzaron a discutir entre sí, a jactar-se, a insultarse y amenazarse hasta que al final se produjo el grito de "¡A las armas, a las armas!" resueltos a recomenzar la pendencia. En cuanto el Profeta tuvo noticia de esto congregó a todos los Emigrantes que en ese momento estaban disponibles y partieron sin demora hacia donde las dos huestes estaban ya casi formadas en orden de batalla. "¡Oh musulmanes!" dijo el Profeta, y luego pronunció dos veces el nombre de Dios, "Allah, Allah". "¿Actuaréis" -continuó- "como en los días de la ignorancia, sin importa­ros que yo esté con vosotros, que Dios os haya guiado al Islam, os haya honrado con ello y, por ende, os haya hecho posible romper con vuestras costumbres paganas, os haya salvado de la infidelidad y haya unido vues­tros corazones?". Al instante comprendieron que habían sido extraviados, y lloraron y se abrazaron entre sí, y regresaron con el Profeta a la ciudad, atentos y obedientes a sus palabras. (I.I. 386).

A fin de unir aún más la comunidad de los creyentes, el Profeta instituyó entonces un pacto de hermandad entre los Ansar y los Emigrantes, para que cada Ansar tuviese un hermano Emigrante que fuese para él más cerca­no que cualquier Ansar, y cada Emigrante tuviese a su vez un hermano Ansar que le fuese más cercano que cualquier Emigrante. Pero él hizo de sí y de su familia una excepción, ya que le habría sido demasiado odioso elegir como hermano a un Ansar en lugar de otro; tomó pues a Ali de la mano y dijo: "Este es mi hermano", y hermanó a Hamza con Zayd.

Entre los principales adversarios del Islam se encontraban dos primos, los hijos de dos hermanas, pero de Aws y Jazrach por parte de padre, te­niendo cada uno de ellos gran influencia en su tribu. El hombre de Aws, Abu Amir, a veces era conocido como "el Monje" porque durante mucho tiempo había sido un asceta y se sabía que había vestido un manto de pelo. Decía ser de "la religión de Abraham" (II,135). "Pero yo soy de ella", dijo Abu Amir, y obstinándose a la vista de la negación acusó al Profeta de haber falsificado la fe de Abraham. "No lo he hecho", dijo el Profeta, "sino que la he traído blanca y pura". "¡Dios haga que el mentiroso muera en el exilio proscrito y solo!" dijo Abu Amir, "¡Que así sea!" dijo el Profeta, "¡Que Dios castigue con eso al que miente!" (I.I. 411-12).

Abu Amir pronto vio que su autoridad estaba perdiendo peso rápidamen­te, y se sintió aún más amargado por la devoción de su hijo Hanzala por el Profeta. No transcurrió mucho tiempo hasta que decidió llevarse a los seguidores que le quedaban, unos diez en total, a la Meca, sin darse cuenta aparentemente de que ése era el comienzo de su exilio autoimprecado.

Su primo del Jazrach era Abdallah Ibn Ubayy, que también se sentía frustrado por la venida del Profeta y que consideraba que le había sido robada no la autoridad espiritual sino el principal poder temporal en el oasis de Yathrib. También él hubo de experimentar la amargura de ver a su propio hijo, Abdallah, completamente ganado por el Profeta para su causa, así como a su hija Yamila. Pero a diferencia de Abu Amir, Ibn Ubayy estaba preparado para la espera, pensando que tarde o temprano la irresistible influencia del recién llegado tendría que empezar a declinar. Mientras tanto, su política era la de no comprometerse hasta donde fuera posible, aunque a veces lo traicionaban sus propios sentimientos.

En una de esas ocasiones fue cuando enfermó Saad ibn Ubadah, otro jefe del Jazrach, y el Profeta fue a visitarlo. Todos los hombres ricos del oasis habían construido sus casas como fortalezas, y de camino el Profeta pasó junto a Muzaham, la fortaleza de Ibn Ubayy, quien se encontraba sentado a la sombra de sus muros y rodeado por algunos de sus compañeros de clan y otros hombres del Jazrach. El Profeta, por cortesía hacia este jefe, desmontó de su asno y fue a saludarlo, sentándose durante un rato en su compañía. Recitó el Corán y lo invitó al Islam. Cuando hubo dicho todo lo que se había visto impulsado a decir, Ibn Ubayy se volvió hacia él y dijo:

"Nada podría ser mejor que este discurso vuestro, si fuera verdad. Siéntate entonces en casa, en tu propia casa, y a quien vaya á verte sermonéale así, pero a quien no vaya no le cargues con tu charla, y no te metas en la reunión de quien no lo desea." "No", dijo una voz. "Ven a nosotros con ello, y visítanos en nuestras reuniones, en nuestros barrios, en nuestras casas, porque nos encanta eso, y eso nos lo ha dado Dios en su Munificencia, y hacia ello nos ha guiado." El que hablaba era Abadallah Ibn Rawaha, un hombre con cuyo apoyo Ibn Ubayy había pensado que podía contar ante cualquier contingencia. El decepcionado jefe recitó entonces hoscamente un verso en el sentido de que cuando los amigos desertan de uno, ese uno está abocado a ser vencido. Había aprendido con más claridad que nunca que era inútil resistir. En cuanto al Profeta, se marchó profundamente en­tristecido, a pesar del encendido tributo de Abdallah, y cuando entró en la casa del enfermo era como si todavía llevara en la cara el desaire recibido. Saad le preguntó inmediatamente qué le sucedía; cuando le contaron la infidelidad impenetrable de Ibn Ubayy dijo: "Trátale con suavidad, oh En­viado de Dios, porque cuando Dios te trajo aquí nosotros estábamos enton­ces forjando una diadema con la que coronarlo, y considera que le has robado un reino".

El Profeta nunca olvidó estas palabras; y por lo que a Ibn Ubayy se refie­re, pronto comprendió que su influencia, otrora tan grande, disminuía con rapidez y que si no abrazaba el Islam se desvanecería por completo. Por otro lado sabía que una aceptación nominal del Islam le confirmaría en su autoridad, porque los árabes sentían repugnancia por romper los viejos vínculos de fidelidad a no ser que hubiese una razón de peso para hacerlo.

En consecuencia, no tardó mucho tiempo en decidirse a abrazar el Islam; con todo, aunque se comprometió personalmente con el Profeta y en ade­lante acudió con regularidad a las plegarias, los creyentes nunca llegaron a estar muy seguros de él. Había otros acerca de quienes existían igualmen­te dudas, pero Ibn Ubayy era distinto de la mayoría de los conversos poco entusiastas e insinceros debido al gran alcance de su influencia, lo que lo hacia tanto más peligroso.

Durante los primeros meses, mientras todavía se estaba construyendo la mezquita, la comunidad sufrió una gran pérdida con la muerte de Asad, el primer hombre del oasis en rendir fidelidad al Profeta. Él había sido el anfitrión de Musab, y había trabajado muy estrechamente con él durante el año entre los dos Aqabah. El Profeta dijo: "Los judíos y los árabes hipó­critas seguramente dirán de mí: 'Si fuese un Profeta no habría muerto su compañero'." Y ciertamente de poco vale mi voluntad para mí o para mi compañero contra la voluntad de Dios" (I.I. 346).

Fue posiblemente en el funeral de Asad cuando tuvo lugar el segundo encuentro entre Salman el Persa y el Profeta. En años posteriores Salman describiría este encuentro al hijo de Abbas, diciendo: "Fui a ver al Enviado de Dios cuando se encontraba en el Baqi Al-Garqad,[i] donde él había ido siguiendo el féretro de uno de sus Compañeros". Salman había sabido que el Profeta estaría allí y se las había arreglado para ausentarse de su trabajo, con tiempo para llegar al cementerio después del entierro, mientras que el Profeta todavía estaba allí sentado con algunos Emigrantes y Ansar. "Lo saludé", dijo Salman, "y luego me senté en el círculo detrás de él con la esperanza de poder verle el Sello. El supo lo que yo quería; agarró, pues, su manto y se lo bajó por la espalda, y observé el Sello de la Profecía tal y como me lo había descrito mi Señor. Me incliné sobre él, lo besé y lloré. Entonces el Enviado de Dios me ordenó que me acercase y fui y me senté delante de él, le conté mi historia y él se sintió feliz de que sus Compañeros la escuchasen. Luego abracé el Islam." (I.I. 141; I.S. IV, 56). Pero Salman siguió trabajando duramente como esclavo entre los Bani Qurayzah y du­rante los cuatro años siguientes no pudo tener mucho contacto con sus correligionarios musulmanes.

Otro hombre de "las gentes del Libro" que abrazó el Islam por esta época fue un rabino de los Bani Qaynuqa, Husayn Ibn Sallam. Acudió al Profeta en secreto y le prestó juramento de fidelidad. Acto seguido el Profeta le dio el nombre de Abdallah, y el nuevo converso sugirió que antes de que su Islam fuese conocido debían preguntar a su gente sobre la posición que él ocupaba entre ellos. El Profeta lo ocultó en su casa y envió por algunos de los hombres principales de los Qaynuqa. "El es nuestro jefe", fue su res­puesta a la pregunta, "y el hijo de nuestro jefe; él es nuestro rabino y nues­tro sabio". Entonces Abdallah apareció ante ellos y dijo: "¡Oh judíos, temed a Dios y aceptad lo que El os ha enviado, porque sabéis que este hombre es el Enviado de Dios!". A continuación afirmó su Islam y el de los miembros de su casa, y su gente lo injurió y negó la buena posición que antes habían afirmado que tenía entre ellos.

El Islam estaba ya firmemente establecido en el oasis. La Revelación prescribía la donación de limosnas y el ayuno durante el mes de Ramadán, y establecía en general lo que estaba prohibido y lo que se permitía. Las cinco plegarias rituales diarias se realizaban regularmente en asamblea, y cuando llegaba el momento de cada plegaria la gente se congregaba en el lugar donde se estaba construyendo la mezquita. Todo el mundo juzgaba sobre el momento de la plegaria por la posición del sol en el cielo o por las primeras señales de su luz en el horizonte oriental o por el declive de su brillo después del ocaso. Pero las opiniones podían diferir y el Profeta sentía la necesidad de encontrar un medio para convocar a la gente cuando hubiese llegado el tiempo exacto de cada plegaria. En un principio pensó en designar a un hombre que hiciese sonar un cuerno como el de los judíos, pero después se decidió por un badajo de madera, naqus, como el que por aquel entonces empleaban los cristianos orientales, y para ese fin se prepa­raron dos trozos de madera juntos. Pero estaban destinados a no ser utiliza­dos nunca: Una noche un hombre del Jazrach, Abdallah Ibn Zayd -que había tomado parte en el segundo juramento de Aqabah, tuvo un sueño, que contó al día siguiente al Profeta: "Pasó junto a mí un hombre que vestía dos prendas de color verde y llevaba en la mano un naqus y yo le dije: 'Oh siervo de Dios, ¿me quieres vender este naqus?' '¿Qué harás con él?' , respondió. 'Con él convocaremos a la gente a la plegaria' le dije. '¿De­searías que te mostrara una forma mejor?' '¿Qué forma es ésa?' pregunté. Y él respondió: 'Que digáis: ¡Dios es el más Grande! -Allahu Akbar-". El hombre de verde repitió esta magnificación cuatro veces, y después dos veces cada una de las siguientes: 'Doy testimonio de que no hay dios sino Dios. Doy testimonio de que Muhámmad es el Enviado de Dios. Venid a la plegaria. Venid a la salvación. Dios es el más Grande'. Y luego, una vez más, 'no hay dios sino Dios'."

El Profeta afirmó que se trataba de una visión auténtica y le dijo que acudiese a Bilal, que tenía una voz excelente, y le enseñase las palabras exactamente tal y como las había escuchado en el sueño. La casa más alta del vecindario donde estaba la mezquita pertenecía a una mujer del clan de Nayyar, y Bilal iba allí antes de cada amanecer y se sentaba en el tejado esperando la salida del sol. Cuando veía las primeras débiles luces por el oriente extendía sus brazos y decía en súplica: "¡Oh, Dios, te alabo y pido tu ayuda para el Quraysh, para que acepten Tu religión!" Luego, de pie, pronunciaba la llamada a la plegaria.

--------------------------------------------------------------------------------
[i] El cementerio del extremo sudeste de Medina.


siguiente