Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 37
La Hégira

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Mientras tanto, el Profeta había vuelto con Abu Bakr, y sin pérdida de tiempo salieron a través de una ventana, por la parte trasera de la casa, donde los estaban esperando dos camellos ya ensi­llados. El Profeta montó en uno de ellos y Abu Bakr en el otro, con su hijo Abdallah detrás de él. Tal y como habían planeado se encaminaron hacia una cueva en el monte Thawr, situado un poco hacia el sur, en el camino del Yemen, porque sabían que en cuanto se descubriese la ausencia del Profeta enviarían pelotones de búsqueda para cubrir todas las afueras del norte de la ciudad.

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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Tras haber recorrido un poco de camino más allá de los alrede­dores de la Meca, el Profeta detuvo su camello y dijo: "De toda la tierra de Dios, eres tú el lugar más querido para mí y el más querido para Dios; y si mi pueblo no me hubiera expulsado de ti, no te habría abandonado."

Amir Ibn Fuhayra, el pastor que Abu Bakr había comprado como escla­vo y que luego había liberado y puesto al cuidado de su rebaño, los había seguido con su rebaño para hacer desaparecer las pisadas. Cuando llegaron a la cueva, Abu Bakr envió a su hijo de vuelta a casa, con los camellos, diciéndole que escuchase lo que se diría en la Meca al día siguiente cuando se descubriera la ausencia del Profeta, y que se lo comunicase a ellos por la noche. Amir debía apacentar sus rebaños como habitualmente lo hacía con los otros pastores durante el día y llevarlos a la cueva por la noche, siempre cubriendo las huellas de Abdallah entre Thawr y la Meca.

La noche siguiente Abdallah volvió a la cueva y con él fue su hermana Asma, llevando alimentos. Sus noticias eran que el Quraysh había ofrecido una recompensa de cien camellos para quien pudiese encontrar a Muhám­mad y lo devolviese a la Meca. Ya había jinetes siguiendo todas las rutas normales que iban de la Meca a Yathrib, con la esperanza de dar alcance a ambos, porque se daba por sentado que Abu Bakr acompañaba al Profeta, ya que él también había desaparecido.

Otros, sin embargo, quizás desconocidos para Abdallah, pensaban que tenían que estar ocultos en una de las numerosas cuevas de las colinas que circundan la Meca. Además, los árabes del desierto son buenos rastreado­res: incluso cuando un rebaño de ovejas hubiese seguido el camino previamente hollado por dos o tres camellos el beduino medio adivinaría de un solo vistazo los restos de las huellas mayores de las pezuñas de los camellos que una multitud de pisadas menores habría borrado. Parecía improbable que los fugitivos estuviesen al sur de la ciudad; con todo, por una recom­pensa tan generosa había que intentar todas las posibilidades y, ciertamen­te, las ovejas habían sido precedidas por camellos en aquellos rastros que llevaban en dirección al Thawr.

Al tercer día, el silencio de su santuario de montaña fue roto por el sonido de unas aves -un par de palomas de las rocas, pensaron ellos- arrullándo­se y aleteando fuera de la cueva. Luego, después de un rato, escucharon el sonido débil de voces humanas, a alguna distancia, por debajo de ellos, pero haciéndose cada vez más audibles, como si los hombres estuviesen escalando la ladera de la montaña. No esperaban a Abdallah hasta después de la caída de la noche y todavía quedaban algunas horas para la puesta del sol, aunque, de hecho, extrañamente, había poca luz en la cueva para la hora del día que se suponía que era. Las voces ya no estaban lejos -cinco o seis hombres por lo menos- y aún continuaban acercándose. El Profeta miró a Abu Bakr y dijo: "No te aflijas, porque ciertamente Dios está con nosotros" (IX, 40). Y luego dijo: "¿Qué piensas tú de dos cuando Dios es su tercero?" (B. LVII, 5). Pudieron oír entonces el sonido de las pisadas, que se acercaron y luego se detuvieron: los hombres estaban delante de la cueva. Hablaban con decisión, mostrándose todos de acuerdo en que no había necesidad de entrar en ella; era imposible que alguien pudiera estar allí. Luego se volvie­ron hacia el camino por el que habían llegado.

Cuando el sonido de las pisadas y de las voces que se retiraban se hubo desvanecido el Profeta y Abu Bakr salieron a la boca de la cueva. Delante de ellos, casi ocultando la entrada, había una acacia de casi la altura de un hombre que esa misma mañana no se encontraba allí, y sobre el espacio que había quedado entre el árbol y la pared de la cueva una araña había tejido su tela. Miraron a través de la tela de araña y allí, en el hueco de la roca, donde un hombre podría pisar al entrar en la cueva, una paloma de las rocas había hecho su nido y se hallaba sentada cerca como si tuviese huevos, con el macho posado sobre un saliente algo más arriba.

Cuando a la hora que habían convenido oyeron aproximarse a Abdallah y a su hermana apartaron con cuidado la tela que había sido su protección y, procurando no molestar a la paloma, fueron a recibirlos. Amir también había venido, esta vez sin su rebaño. Había traído al beduino a quien Abu Bakr había confiado los dos camellos elegidos para su viaje. El hombre no era creyente aún, pero podía confiarse en él para guardar el secreto y tam­bién para que los guiase a su punto de destino a través de senderos aparta­dos tales que sólo un verdadero hijo del desierto conocería. Estaba esperan­do abajo en el valle con las dos monturas y un tercer camello que había traído para él. Abu Bakr se iba a llevar a Amir detrás de él en su camello, para que se ocupase de las necesidades de ambos. Dejaron la cueva y des­cendieron por la ladera. Asma, que trajo un saco con provisiones, se había olvidado de llevar cuerda. Se quitó entonces el cinturón y lo dividió en dos trozos de igual longitud, usando uno para asegurar el saco a la silla de su padre y otro lo guardó para ella. Fue así como se ganó el sobrenombre de "la de los dos cinturones".

Cuando Abu Bakr ofreció al Profeta el mejor de los dos camellos, dijo el Enviado de Dios: "No montaré una camella que no es de mi propiedad". "Pero es tuya, ¡oh Enviado de Dios!", respondió Abu Bakr. "No;" dijo el Profeta, "pero ¿qué precio pagaste por ella?" Abu Bakr se lo dijo, y él le contestó: "La tomo por ese precio". No insistió más Abu Bakr para que la tomase como presente -aunque el Profeta había aceptado muchos regalos de él en el pasado-, porque ésta era una ocasión solemne. Era la Hégira del Profeta, su ruptura con todos los vínculos de hogar y patria por la causa de Dios. Su ofrenda, el acto de emigrar, tenía que ser completamente suyo, no compartido por otro desde ningún punto de vista. Por consiguien­te, la montura sobre la que se iba a realizar el acto tenía que ser suya, pues era parte de su ofrenda. El nombre de la camella era Qaswa, y fue siempre su camella favorita.

Su guía se alejó de la Meca hacia el oeste y un poco hacia el sur hasta que llegaron a las orillas del Mar Rojo. Yathrib está justo al norte de la Meca en línea recta, pero fue solamente en este punto en el que tomaron rumbo norte. El camino costero corre en dirección noroeste y durante unos pocos días lo siguieron. En una de sus primeras noches, mirando a través de las aguas hacia el desierto de Nubia, vieron la luna nueva del mes de Rabi Al-Awwal. "¡Oh creciente de bien y de guía, mi fe está en Aquél que te creó!" (A.H. V, 329), diría el Profeta al ver la luna nueva.

Una mañana se sintieron algo consternados: una pequeña caravana se iba aproximando en dirección contraria. Pero sus sentimientos se trocaron en alegría cuando se dieron cuenta de que se trataba del primo de Abu Bakr, Talha, que venía de Siria, donde había comprado telas y otras mer­cancías con las que iban cargados sus camellos. En su camino de regreso se había detenido en Yathrib, y tenía la intención de volver allí tan pronto como hubiese vendido sus mercancías en la Meca. La llegada del Profeta al oasis, dijo, se esperaba con la mayor impaciencia; y antes de despedirse de ellos les dio a cada uno una muda de ropas de las finas prendas blancas de Siria que había planeado vender a algunos de los más ricos hombres del Quraysh.

Poco después de su encuentro con Talha viraron en dirección norte, dirigiéndose paulatinamente hacia el interior desde la costa, y luego hacia el noroeste, enfilando por fin el camino directo a Yathrib. En un punto de su viaje el Profeta recibió una Revelación que le decía: "Verdaderamente, Quien te ha impuesto el Corán te devolverá otra vez al hogar" (XXVIII, 85).

Poco antes del alba del duodécimo día después de abandonar la cueva llegaron al valle de Aqiq y, cruzando el valle, subieron por las accidentadas laderas del otro lado. Antes de alcanzar la cima el sol estaba bien alto y el calor era intenso. En otras circunstancias se habrían detenido para descan­sar hasta que los grandes calores del día hubiesen pasado, pero en aquel momento decidieron subir la cresta final de la pendiente, y cuando por fin pudieron contemplar la llanura que bajo su mirada se extendía no era ya cuestión de detenerse. El lugar con el que el Profeta había soñado, "la tierra bien regada entre dos extensiones de piedras negras", yacía ante ellos, y el gris-verde de los palmerales y el verde más tenue de los huertos y jardines se extendían en un punto hasta tres millas al pie de la ladera que habían de descender.

El punto más cercano de verdor era Quba, donde la mayoría de los emi­grados de la Meca se había establecido en primer lugar, y donde muchos de ellos permanecían aún. El Profeta dijo a su guía: "Condúcenos directa­mente a los Bani Amr en Quba, y no nos acerques todavía a la ciudad" -porque la parte más densamente poblada del oasis era llamada así-. Esa ciudad habría de ser conocida pronto en toda Arabia, y luego en todas partes, como "La Ciudad", en árabe Al-Madina, en español Medina.

Varios días antes habían llegado al oasis noticias de la Meca sobre la desaparición del Profeta y sobre la recompensa ofrecida por él. La gente de Quba esperaba su llegada todos los días, porque ya se había pasado aquél en el que debería haber llegado; cada mañana pues, después de la plegaria del alba, algunos de los Bani Amr salían a buscarlo, y con ellos iban hom­bres de otros clanes que habitaban allí al igual que aquellos emigrantes qurayshíes que aún no se habían trasladado a Medina y que salían también en busca de Muhámmad. Iban más allá de los campos y de los palmerales hacia la extensión de lava, y después de haber recorrido una cierta distan­cia se detenían y esperaban hasta que el calor del sol se hacia intenso; entonces volvían a sus hogares. Como cada mañana, aquélla también ha­bían salido; sin embargo, para cuando los cuatros viajeros comenzaron su descenso por la ladera rocosa, ellos estaban ya de regreso en sus casas. No hubo en esos momentos ojos fijos mirando hacia esa dirección; pero el sol brillaba sobre las ropas blancas y nuevas del Profeta y de Abu Bakr que se destacaban, con toda intensidad, contra el fondo de piedras volcánicas ne­gro-azuladas; y un judío, que por casualidad en ese momento se encontraba en el tejado de su casa, los vio. Al punto adivinó quiénes tenían que ser, porque los judíos de Quba habían preguntado y les habían contado la razón por la que a tantos de sus vecinos les había dado por salir en grupo hacia el yermo todas las mañanas sin excepción. Gritó entonces con toda su voz: ser "¡Hijos de Qayla, ha llegado, ha llegado!" La llamada fue inmediatamente recogida y hombres, mujeres y niños salieron deprisa de sus casas y se dirigieron hacia la franja de verdor que conducía a la extensión de piedra. Pero no tuvieron que ir muy lejos ya que los viajeros habían alcanzado para entonces el palmeral más distante. Fue una explosión de alegría por todas partes, y el Profeta se dirigió a ellos diciendo: "¡Oh gentes, daos los unos a los otros saludos de Paz; dad de comer al hambriento; honrad los vínculos de parentesco; orad durante las horas en que los hombres duer­men! Así entraréis en Paz en el Paraíso." (I.S. I/i, 159).

Se decidió que debía alojarse con Kulthum, un anciano de Quba que anteriormente había acogido en su casa a Hamza y a Zayd cuando llega­ron procedentes de la Meca. Los Bani Amr, el clan de Kulthum, eran de los Aws; y fue sin duda en cierto modo para que las dos tribus de Yathrib compartiesen la hospitalidad por lo que Abu Bakr se hospedó con un hom­bre del Jazrach en el pueblo de Sunh, el cual quedaba un poco más cerca de Medina. Al cabo de un día o dos llegó Ali de la Meca y se quedó en la misma casa que el Profeta. Había tardado tres días en devolver a sus pro­pietarios los bienes que le habían sido depositados.

Muchos fueron los que acudieron entonces a saludar al Profeta. Entre ellos, también algunos judíos de Medina, atraídos más por curiosidad que por buena voluntad. Pero la segunda o tercera noche acudió un hombre cuyo aspecto era diferente al de cualquiera de los demás. Claramente no era ni árabe ni judío. Salman, así se llamaba, había nacido de padres per­sas zoroástricos en el pueblo de Yayy, cerca de Isfahan, pero se había con­vertido al cristianismo y se había ido a Siria siendo muy joven. Allí se había vinculado a un obispo santo quien, en el lecho de muerte, le recomen­dó que fuese a ver al Obispo de Mosúl que, como él, era un anciano, pero también el mejor hombre que conocía. Salman partió hacia el norte de Iraq, y éste fue para él el comienzo de una serie de relaciones con ancianos sabios cristianos hasta que el último de éstos, también en el lecho de muer­te, le dijo que estaba a punto de llegar el momento en que aparecería un Profeta: "Será enviado con la religión de Abraham y aparecerá en Arabia donde emigrará de su hogar a un lugar entre dos zonas de lava, un país de palmeras. Sus señales son claras: comerá de un obsequio pero no si es dado como limosna; y entre sus hombros está el sello de la profecía". Salman resolvió unirse al Profeta y pagó a un grupo de mercaderes de la tribu de Kalb para que lo llevasen con ellos a Arabia. Pero cuando llegaron a Wadi-­l-Qura, cerca del golfo de Aqabah al norte del Mar Rojo, lo vendieron como esclavo a un judío. La visión de las palmeras en Wadi-l-Qura le hizo pre­guntarse si ésta podría ser la ciudad que estaba buscando, aunque tenía sus dudas. No pasó sin embargo mucho tiempo antes de que el judío lo vendiese a un primo suyo de los Bani Qurayza de Medina, y tan pronto como vio la configuración del terreno no le cupo ninguna duda de que ése era el lugar a donde el Profeta emigraría.

El nuevo dueño de Salman tenía otro primo que vivía en Quba, y a la llegada del Profeta este judío de Quba se encaminó hacia Medina con la noticia. Encontró a su primo sentado bajo una de sus palmeras, y Salman, que estaba trabajando en la copa de un árbol, le escuchó decir: "¡Dios mal­diga a los hijos de Qaylah! Todos están ahora congregados en Quba por un hombre que hoy ha llegado a ellos desde la Meca. Afirman que es un Profe­ta." Estas últimas palabras llenaron a Salman de la certeza de que sus esperanzas se habían realizado, y el impacto fue tan grande que todo su cuerpo se vio sacudido por temblores. Temió caerse del árbol, por lo que se bajó, y, una vez en el suelo, comenzó a interrogar con impaciencia al judío de Quba, pero su amo se enfadó y le ordenó volver a su trabajo en el árbol. Esa noche, sin embargo, se marchó sigilosamente llevándose consigo algu­nos alimentos que había guardado y se fue a Quba. Allí encontró al Profeta sentado con muchos compañeros, nuevos y antiguos. Salman ya estaba con­vencido; aun así, se acercó a él y le ofreció el alimento, especificando que lo daba en concepto de limosna. El Profeta dijo a sus compañeros que co­mieran de ello, pero El mismo no comió. Salman esperaba que un día vería el sello de la profecía, aunque haber estado en presencia del Profeta y ha­berlo escuchado fue bastante para aquel primer encuentro, y regresó a Me­dina alegre y agradecido.


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