Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 36
Una conspiración
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Las aparentes apostasías de Hisham y Ayyash no fueron más que pequeños triunfos del Quraysh, completamente rebasados por el flujo continuo de emigrantes que les era imposible controlar. Algunas de las casas mayores de la Meca se encontraban ahora sin inquilinos; otras, que habían estado llenas, estaban vacías salvo con una o dos personas ancianas. En la ciudad que tan sólo diez años antes había parecido tan próspera y armoniosa todo había cambiado gracias a este único hombre.

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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Pero mientras que estos sentimientos de tristeza y melancolía iban y venían, existía la conciencia persistente de un peligro cada vez mayor proveniente de esa ciudad del norte donde ahora se estaban agrupando tantos enemigos potenciales; hombres a quienes no les importaban los vínculos de la sangre si entraban en conflicto con su religión. Quienes habían oído al Profeta decir: "Quraysh, os traigo inmolación", nunca lo habían olvidado, aunque cuando lo dijo no parecía que hubiese nada que temer. Pero si él ahora se escapaba, a pesar de la continua vigilancia a la que lo tenían sometido, y se iba a Yathrib, esas palabras podrían demostrar ser algo más que una simple amenaza.

La muerte de Mutim, el protector del Profeta, pareció abrir el camino para la acción y dar un horizonte a sus aspiraciones. Abu Lahab se ausentó deliberadamente de la reunión que los líderes del Quraysh mantenían en la Asamblea. Después de una larga discusión, cuando se habían presentado y rechazado varias sugerencias, se mostraron de acuerdo -algunos con reservas- con el plan ideado por Abu Yahl como la única solución efectiva para su problema. Cada clan tenía que designar a un joven fuerte, digno de confianza y bien relacionado, y, en un momento dado, estos hombres escogidos deberían caer todos juntos sobre Muhámmad, asestándole cada uno un golpe mortal para que su sangre fuese derramada por todos los clanes. Los Bani Hashim no podrían enfrentarse con la totalidad de la tribu del Quraysh; aceptarían el dinero manchado de sangre -que les sería ofreci­do- en lugar de la venganza. De este modo, por fin, la comunidad se vería libre de un hombre que, mientras había vivido, no les había dado más que desasosiego.

Gabriel se presentó entonces al Profeta y le dijo lo que tenía que hacer. Era mediodía, una hora poco habitual para hacer visitas, pero el Profeta se fue derecho hacia la casa de Abu Bakr; éste supo inmediatamente, en cuan­to lo vio a esa hora del día, que algo importante había sucedido. 'Aisha y su hermana mayor Asma estaban con su padre cuando el Profeta entró. "Dios me ha permitido abandonar la ciudad y emigrar", dijo. "¿Junto con­migo?", preguntó Abu Bakr. "Junto contigo", dijo el Profeta. 'Aisha contaba por aquella época siete años de edad. Posteriormente solía decir: "Yo no había sabido antes de aquel momento que alguien pudiera llorar de alegría, hasta que vi llorar a Abu Bakr por esas palabras".

Cuando hubieron elaborado sus planes el Profeta regresó a su casa y le contó a Ali que estaba a punto de partir a Yathrib, ordenándole que se quedase en la Meca hasta que hubiese devuelto a sus propietarios los bienes que habían sido depositados en su casa para su salvaguarda. El Profeta nunca había dejado de ser conocido como Al-Amin, y todavía había muchos incrédulos que le confiaban sus riquezas como no se las confiarían a ningún otro. También le contó a Ali lo que Gabriel le había dicho acerca de la conjura que el Quraysh había tramado contra él.

Los hombres elegidos para asesinarlo habían quedado en reunirse a la puerta de la casa del Profeta cuando la noche hubiese caído. Mientras se encontraban esperando a estar congregados todos escucharon el sonido de voces de mujeres procedente de la casa, las voces de Sawda, Umm Kult­hum, Fátima y Umm Ayman. Ello les hizo pensar; y uno de los hombres dijo que si franqueaban la tapia e irrumpían en la casa sus nombres serían tenidos por siempre en deshonor entre los árabes por haber violado la inti­midad de las mujeres. Decidieron, pues, esperar a que su supuesta víctima saliese, tal y como solía hacer por la mañana temprano, sí es que no antes.

El Profeta y Ali no tardaron en darse cuenta de su presencia, y el Profeta tomó un manto en el que solía dormir y se lo dio a Ali, diciendo: "Duerme en mi cama y envuélvete en este manto verde hadramí mío. Duerme con él y ningún mal procedente de ellos podrá alcanzarte". Entonces comenzó a recitar la azora que recibe el nombre de sus dos letras iniciales, Ya-Sin; y, cuando llegó a las palabras: "Y nosotros los hemos cubierto para que no vean" (XXXVI, 9), salió de la casa y Dios les privó de la visión de manera que no lo vieron, y pasó a través de ellos y continuó su camino.

Un hombre venía en la dirección contraria, tropezó con él y reconoció al Profeta. Poco después sus pasos le llevaron cerca de la casa del Profeta, y al ver que había hombres a su puerta les gritó que si era a Muhámmad a quien querían no se encontraba allí sino que había salido no hacía mucho. "¿Cómo podía ser eso?", pensaron. Uno de los conspiradores había estado vigilando la casa y había visto al Profeta entrar en ella antes de que los otros hubiesen llegado, y estaban seguros de que nadie había abandonado la casa desde que ellos se encontraban allí. Pero ahora comenzaron a in­quietarse. Uno que sabía dónde dormía el Profeta se dirigió a un punto desde el cual pudo ver a través de la ventana, y se aseguró de que alguien estaba durmiendo en el lecho del Profeta, envuelto en un manto. Por consi­guiente tranquilizó a sus compañeros diciéndoles que su hombre todavía estaba allí. Pero cuando llegó el alba Ali se levantó y fue hacia la puerta de la casa, aún envuelto en el manto, pudiendo entonces ver ellos quién era, y comenzaron a pensar que de un modo u otro habían sido burlados. Espera­ron un poco más; el más fino de los crecientes, que era todo lo que quedaba de la luna menguante del mes de Safar, se había elevado sobre las colinas orientales y ahora comenzaba a palidecer a medida que la luz aumentaba. Seguía sin haber señales del Profeta, y, con un impulso repentino, decidieron ir cada uno a su jefe de clan para dar la alarma.


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