Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 
Capítulo 34
Yathrib responde

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"Dividida por la enemistad y el mal". No habían exagerado los seis recién conversos de Yathrib al describir de este modo a su gente. La batalla de Buath, el cuarto y más feroz enfrenta­miento de la guerra civil, en absoluto había sido decisiva; no había sido seguida de ninguna paz digna de ese nombre, sino simplemente de un acuerdo de cese momentáneo de hostilidades. El estado peligrosamente prolongado de odio crónico, cargado de un número cada vez mayor de inci­dentes violentos, había ganado a muchos de los hombres más moderados de ambos bandos para la opinión de que necesitaban un jefe único que los uniese, como Qusayy había unido al Quraysh, y de que no había otra solu­ción a su problema.
 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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Uno de los hombres principales del oasis, Abdallah Ibn Ubayy, contaba con el apoyo de muchos como posible rey. No había com­batido contra Aws en el reciente enfrentamiento, sino que había retirado a sus hombres la víspera de la batalla. Pertenecía, sin embargo, al Jazrach, y era sumamente dudoso que el Aws fuese capaz de aceptar un rey que no fuera de su tribu.

Los seis hombres del Jazrach comunicaron el mensaje del Islam a tantos cuantos quisieron escucharlos de entre su pueblo, y el verano siguiente, es decir, en el año 621, cinco de ellos repitieron su Peregrinación, llevando consigo a otros siete, dos de los cuales, eran de Aws. En Aqabah, estos doce hombres se comprometieron con el Profeta, y este compromiso es conocido como el Primer Aqabah. En palabras de uno de ellos: "Juramos nuestra fidelidad al Enviado de Dios en la noche del Primer Aqabah. Juramos que no asociaríamos nada con Dios, que no robaríamos, no fornicaríamos, no daríamos muerte a nuestros hijos[i] ni proferiríamos calumnias, y que no le desobedeceríamos a él en lo que fuese correcto. Y nos dijo: 'Si cumplís este juramento, entonces el Paraíso es vuestro; si cometéis uno de estos pecados y luego recibís su castigo en este mundo, eso servirá como expiación. Y si lo ocultáis hasta el Día de la Resurrección, entonces a Dios le corresponde castigar o perdonar, según Su Voluntad'." (I.I. 289).

Cuando se marcharon para Yathrib, el Profeta envió con ellos a Musab de Abd al-Dar, que por aquel tiempo había regresado de Abisinia. Les reci­taría el Corán y les daría instrucción religiosa. Se hospedó en casa de Asad Ibn Zurarah, uno de los seis que habían abrazado el Islam el año anterior. Musab también tenía que dirigir la plegaria porque, a pesar de su Islam, ni Aws ni Jazrach podían todavía soportar el darse el uno al otro esa prece­dencia.

La rivalidad entre los descendientes de los dos hijos de Qaylah venía de muy antiguo. Había habido, sin embargo, frecuentes matrimonios entre miembros de las dos tribus, y como resultado de uno de ellos, Asad, el jazrachí anfitrión de Musab, era el primo carnal de Saad Ibn Muadh, jefe de uno de los clanes de Aws. Saad estaba firmemente en contra de la nueva religión. Por eso se enfadó, aunque al mismo tiempo se sintió turbado, al ver un día a su primo Asad, junto con Musab y algunos musulmanes recién conversos, sentado en un jardín en medio del territorio de su gente, mante­niendo una seria conversación con miembros de su clan. Dispuesto a poner fin a tales actividades, aunque sin desear verse implicado él mismo en nin­guna desavenencia, se dirigió a Usayd, que era el siguiente en autoridad después de él, y dijo: "Ve a esos dos hombres que han venido a nuestra zona para engañar a nuestros hermanos más débiles" -sin duda alguna estaba pensando en su hermano menor, el entonces ya fallecido Iyas, que había sido el primer hombre de Yathrib en abrazar el Islam[ii]- "y expúlsalos, y prohíbeles que vuelvan a nuestra zona otra vez. Si Asad no fuera pariente mío te habría evitado esta molestia, pero él es hijo de la hermana de mi madre, y no puedo hacer nada contra él". Usayd cogió su lanza, se dirigió hacia ellos y, después de obsérvalos, dijo, con la expresión más feroz que pudo poner: "¿Qué os ha traído por aquí a vosotros dos? ¿Engañar a nuestros hermanos más débiles? Dejadnos, si apreciáis en algo vuestras vidas". Musab lo miró y dijo suavemente: "¿Por qué no te sientas y escuchas lo que tenemos que decir? Luego, si te gusta, acéptalo; y si no, evita cualquier contacto con ello". "Esas palabras son justas", dijo Usayd, al cual agradaron el aspecto y los modales del enviado del Profeta, y clavando su lanza en el suelo se sentó junto a ellos. Musab le habló sobre el Islam y le recitó el Corán; la expresión de Usayd cambió de manera que los que esta­ban presentes pudieron ver el Islam en su rostro por la luz que en él brilló y el reposo que le suavizó antes de que se pusiese a hablar. "¡Cuán excelen­tes y hermosas son esas palabras!", dijo cuando Musab hubo terminado. "¿Qué hay que hacer si uno desea abrazar esa religión?" Le dijeron que tenía que lavarse de la cabeza a los pies para purificarse y que también tenía que purificar las ropas, para luego hacer la plegaria. Había un pozo donde estaban sentados, así pues se purificó a sí mismo y a sus ropas y dio testimonio de que "No hay dios sino Dios y Muhámmad es el Enviado de Dios". Le enseñaron cómo ofrecer las plegarias, e hizo la que correspondía a ese momento. Luego dijo: "Detrás de mí hay un hombre que, si os sigue, será seguido sin vacilación por todos los hombres de su pueblo. Os lo envia­ré ahora."

Se dirigió pues hacia sus compañeros de clan, los cuales, ya antes de que llegara a donde estaban, pudieron advertir que era un hombre distinto. "¿Qué has hecho?", dijo Saad. "Hablé con los dos hombres", dijo Usayd, "y por Dios que no vi ningún mal en ellos. Pero les prohibí continuar y ellos dijeron: 'Haremos lo que desees'. 'Ya veo que no has sido de ningún prove­cho'.", dijo Saad tomándole la lanza y encaminándose hacia donde los creyen­tes todavía estaban tranquilamente sentados en el jardín. Amonestó a su primo Asad y le recriminó por aprovecharse del parentesco. Pero Musab intervino, y le habló tal y como lo había hecho a Usayd; después de esto Saad consintió en escucharlo, y, finalmente, el resultado fue el mismo.

Cuando Saad hubo hecho la plegaria se reunió con Usayd y quienes con él estaban, y todos juntos se dirigieron a la asamblea de su pueblo. Saad les dirigió la palabra y dijo: "¿Qué sabéis de mi posición entre vosotros?" "Tú eres nuestro Señor", respondieron, "y el mejor de nosotros en juicio, y el más auspicioso en el liderazgo". "Entonces os diré:", dijo él, "Juro que no hablaré a vuestros hombres ni a vuestras mujeres hasta que creáis en Dios y en su Enviado". Y a la caída de la noche no había ningún hombre o mujer de su clan que no se hubiera convertido al Islam.

Musab permaneció con Asad durante unos once meses y fueron muchos los que abrazaron el Islam durante ese tiempo. Luego, cuando se fue apro­ximando el mes de la siguiente Peregrinación, regresó a la Meca para dar nuevas al Profeta de cómo le había ido entre los diferentes clanes de Aws y Jazrach.

El Profeta sabía que la tierra bien regada entre dos extensiones de pie­dras negras que había visto en una visión era Yathrib, y sabía que esta vez él también sería de los emigrantes. Había entonces en la Meca pocas perso­nas en quienes él confiase tanto como en su tía política Umm al-Fadl. Tenía también la seguridad de que su tío Abbas, aunque no había abrazado el Islam, nunca lo traicionaría ni divulgaría un secreto que le hubiese sido confiado. Les contó pues a ambos que esperaba marcharse a vivir a Yathrib y que ello dependía mucho de la delegación procedente del oasis que se esperaba para la próxima Peregrinación. Al oír esto, Abbas dijo que sentía que era su obligación acudir con su sobrino a recibir a los delegados y hablar con ellos, y el Profeta se mostró de acuerdo.

Poco después de la partida de Musab, algunos de los musulmanes de Yathrib se pusieron en camino para la Peregrinación como había sido dis­puesto entre él y ellos, setenta hombres y dos mujeres en total, con la espe­ranza de ponerse en contacto con el Profeta. Uno de sus líderes era un jefe jazrachí llamado Bara, y durante los primeros días del viaje se vio acosado por un pensamiento preocupante. Se dirigían hacia la Meca, centro de Pere­grinación de toda Arabia; allí estaba también el Profeta, al cual iban a ver, y allí era donde había sido revelado el Corán, y hacia allí se les adelantaban sus almas anhelantes. ¿Era por lo tanto correcto o razonable que, al llegar la hora de la plegaria, diesen la espalda a esa dirección y mirasen hacia el norte, hacia Siria? Esto tuvo que haber sido más que un simple pensamien­to porque a Bara le quedaban tan sólo unos pocos meses de vida y los hombres cuya muerte está próxima reciben a menudo el don de la premoni­ción. Sea lo que fuere, contó a sus compañeros lo que pensaba, y ellos le dijeron que hasta donde sabían el Profeta solía hacer sus plegarias orienta­do hacia Siria, es decir, hacia Jerusalén, y que ellos no deseaban hacerlo de un modo diferente al del Profeta. "Yo oraré hacia la Kaabah", dijo Bara, y así lo hizo durante todo el viaje, mientras que los otros continuaron hacien­do sus plegarias hacia Jerusalén. Le reconvinieron sin que sirviera de nada. Pero cuando llegaron a la Meca tuvo algunas dudas y le dijo a Kab Ibn Malik, uno de sus compañeros de clan más jóvenes -y uno de los poetas más inspirados de Yathrib-: "Hijo de mi hermano, vayamos a ver al Enviado de Dios y preguntémosle sobre lo que yo hice en este viaje, porque han aparecido dudas en mi alma al ver que estabais contra mí". Por consiguien­te, preguntaron a un hombre en la Meca dónde podían encontrar al Profeta, al cual ni siquiera conocían de vista. "¿Conocéis a su tío Abbas?", dijo el hombre, y ellos le respondieron que sí, porque Abbas visitaba con frecuen­cia Yathrib y era allí bien conocido. "Cuando entréis en la Mezquita",les dijo su informador, "él es el hombre sentado junto a Abbas". Abordaron pues al Profeta, el cual, respondiendo a la pregunta de Bara, dijo: "Tú te­nías una dirección, si te hubieras mantenido fijo en ella". Bara volvió a hacer las plegarias mirando hacia Jerusalén, a fin de hacer igual que el Profeta, aunque la respuesta que había recibido podría haberse interpreta­do en más de un sentido.

Habían hecho el viaje a la Meca en una caravana junto con los peregrinos politeístas de Yathrib, uno de los cuales abrazó el Islam en el valle de Mina, Abu Yabir Abdallah Ibn Amr, un eminente jazrachí, líder de los Bani Salamah y un hombre de gran influencia. Había sido acordado que se en­contrarían secretamente con el Profeta, como anteriormente, en Aqabah, la segunda noche inmediatamente posterior al Peregrinaje. En palabras de uno de ellos: "Dormimos esa noche con nuestra gente en la caravana hasta que pasado un tercio de la noche nos deslizamos de entre los durmientes hacia nuestra reunión fijada con el Enviado de Dios, escabulléndonos tan sigilosamente como la perdiz del desierto, hasta que estuvimos todos reuni­dos en el barranco cerca de Aqabah. Allí esperamos hasta que el Enviado de Dios vino y con él acudió su tío Abbas que, aunque en aquella época seguía aún la religión de su pueblo, no obstante deseaba estar presente en la transacción de su sobrino y asegurarse de que las promesas que le hacían eran dignas de crédito". Cuando el Profeta se hubo sentado, Abbas fue el primero en hablar: "Gentes de Jazrach y Aws, conocéis bien la estima en que tenemos a Muhámmad y cómo lo hemos protegido de su gente para que su clan lo respete y esté a salvo en su país. Sin embargo él ha resuelto volverse hacia vosotros y unirse a vosotros. Así pues, si pensáis que vais a guardar lo que le prometáis y que lo protegeréis contra todos los que se le oponen, vuestra sea esa carga que tomáis. Pero si por el contrario pensáis que lo vais a traicionar y abandonar después de haberse ido con vosotros, entonces dejadle ahora". "Hemos escuchado lo que has dicho", respondie­ron, "pero habla tú, oh Enviado de Dios, y elige por ti mismo y por tu Señor lo que desees".

Después de unas recitaciones del Corán y de pronunciar unas llamadas a Dios y al Islam, el Profeta dijo: "Hago con vosotros este pacto con la condi­ción de que la lealtad que me prestéis os obligue a protegerme como prote­géis a vuestras mujeres y vuestros hijos." Bara se levantó, le cogió de la mano, y dijo: "Por Aquél que te envió con la Verdad, te protegeremos como los protegemos a ellos. Acepta por consiguiente nuestra promesa de lealtad, oh Enviado de Dios, porque nosotros somos hombres de guerra en posesión de armas que han pasado de padres a hijos". Entonces lo interrumpió un hombre de Aws y dijo: "Oh Enviado de Dios, hay vínculos entre nosotros y otros hombres," -se refería a los judíos- "y deseamos romperlos; pero ¿no podría suceder que si hacemos esto y luego Dios te da la victoria te vuelvas con tu pueblo y nos abandones?" El Profeta sonrió y dijo: "No, yo soy vuestro y vosotros sois míos. Contra quienes hacéis la guerra, yo hago la guerra. Con quienes hacéis la paz, yo hago la paz".

Luego dijo: "Traedme como líderes a doce de vuestros hombres para que se ocupen de los asuntos de su pueblo". Le presentaron, pues, a doce líderes, nueve de Jazrach y tres de Aws, pues sesenta y dos de los hombres eran de Jazrach, y también las dos mujeres, mientras que solamente once eran de Aws. Entre los nueve líderes de Jazrach estaban Asad y Bara; entre los trees de Aws se encontraba Usayd, a quien Saad Ibn Muadh había mandado para representarle.

Cuando los medineses estaban a punto de prestar juramento, uno por uno, al Profeta, un hombre de Jazrach, uno de los doce que lo había presta­do el año anterior, hizo una señal para que esperasen y se dirigió a ellos diciendo: "¡Hombres de Jazrach! ¿Sabéis lo que significa prestarle jura­mento a este hombre?" "Lo sabemos", dijeron, pero él no les hizo caso. "Os comprometéis", continuó, "a hacer la guerra contra todos los hombres, los rojos y los negros.[iii] Por consiguiente, si pensáis que cuando sufráis la pérdi­da de posesiones y cuando algunos de vuestros nobles sean muertos lo abandonaréis, abandonadlo ahora, porque si lo abandonáis entonces eso os traerá el oprobio en este mundo y en el otro. Pero si pensáis que cumpliréis vuestro pacto, entonces tomadle, porque en ello, por Dios, está lo mejor de este mundo y del otro." Ellos dijeron: "¿Qué importa que nuestras posesiones se pierdan y nuestros nobles sean muertos? Tomaremos a Muhámmad. ¿Y qué nos corresponderá por ello, oh Enviado de Dios, si cumplimos nuestro pacto contigo?" "El Paraíso", dijo él; y ellos dijeron: "Extiende tu mano". Extendió su mano y le prestaron juramento.

Satanás había estado observando y escuchando desde la cima de Aqabah, y, cuando no pudo contenerse más, gritó lo más alto que pudo y pronunció el nombre de Mudhammam. Réprobo. El Profeta supo quién era el que había gritado así, y le respondió diciendo: "Oh enemigo de Dios, no te daré tregua".


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[i] En referencia a la práctica que se había desarrollado entre los beduinos indígentes de Arabia, especialmente en tiempos de hambre, de enterrar a las hijas pequeñas no deseadas.

Es decir, todos los hombres. Después de este segundo pacto de Aqabah, el primero vino a llamarse "el pacto de las mujeres". Continuó usándose, pero sólo para las mujeres, porque no contenía ninguna mención de los deberes de la guerra.

[ii] Véase final del capítulo 19: "Aws y Jarach".

[iii] Es decir, todos los hombres.

Después de este segundo pacto de Aqabah -el primero vino a llamarse "el pacto de las mujeres"-, continuó usándose, pero sólo para las mujeres, porque no contenía ninguna mención de los deberes de la guerra.


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