Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 
Capítulo 31
El año de la tristeza

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En el año 619, no mucho después de que el boicot se hubiera revocado, el Profeta sufrió una gran pérdida con la muerte de su esposa Jadiyah. Tenía ella unos sesenta y cinco años y él se aproximaba a los cincuenta. Habían vivido juntos en profunda armonía durante veinticinco años, y ella no sólo había sido su esposa sino también su amigo íntimo, su sabio consejero, y madre para todos cuantos vivían en la casa, incluidos Ali y Zayd. Sus cuatro hijas estaban abatidas de dolor, pero el Profeta pudo consolarlas diciéndoles que en una oración Gabriel lo había visitado y le había dicho que diese a Jadiyah saludos de Paz de parte de su Señor y le dijese que Él había preparado para ella una morada en el Paraíso.
 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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Otra pérdida siguió a la muerte de Jadiyah, menos grande y menos penetrante pero, al mismo tiempo, también menos consolable y más seria en sus consecuencias externas. Abu Talib enfermó; pronto se hizo evidente que se estaba muriendo. En su lecho de muerte fue visitado por un grupo de líderes del Quraysh -Utbah, Shaybah y Abu Sufyan de Abdu Shams, Umayyah de Yumah, Abu Yahl de Majzum y otros- que le dijeron: "Abu Talib, sabes el aprecio que te tenemos, y ahora esto que ves se ha abatido sobre ti, y tememos por ti. Conoces lo que se interpone entre nosotros y el hijo de tu hermano. Llámale pues y toma para él un regalo de nuestra parte, y toma para nosotros un presente de su parte, para que nos deje tranquilos, y nosotros lo dejaremos en paz a él también. Que nos deje en paz a nosotros y a nuestra religión." Abu Talib envió entonces por él, y cuando llegó le dijo: "Hijo de mi hermano, estos nobles de tu pueblo han venido juntos por causa tuya para dar y tomar." "Así sea", dijo el Profeta. "Dadme una palabra, una palabra por la cual gobernaréis sobre todos los árabes, y los persas os estarán sometidos." "Sin duda, ¡por tu padre!" dijo Abu Yahl, "para eso te daremos una palabra, y diez palabras más." "Tenéis que decir", dijo el Profeta, "no hay ningún dios sino Dios, y tenéis que renunciar a lo que adoráis aparte de ÉL" Dieron palmadas y dijeron: "¿Quieres hacer de todos los dioses un solo Dios, oh, Muhammad? ¡Tu orden es ciertamente extraña!" Entonces se dijeron entre sí: "Este hombre no nos dará nada de lo que pedimos; así pues, sigamos nuestro camino y mantengámonos en la religión de nuestros padres hasta que Dios juzgue entre nosotros y él."

Cuando se hubieron ido, Abu Talib dijo al Profeta: "Hijo de mi hermano, tal y como lo vi, no les pediste nada extraordinario." Estas palabras llena­ron al Profeta de anhelo de que abrazase el Islam. "Tío," dijo entonces, "di tú las palabras, para que por ellas pueda interceder por ti el día de la Resurrección." "Hijo de mi hermano," dijo él, "si no temiera que el Quraysh pensase que las había pronunciado por miedo a la muerte, las diría. Sin embargo, mis palabras no serían más que para complacerte." Luego, cuan­do la muerte se aproximó a Abu Talib, Abbas lo vio mover los labios y acercó su oído a él, escuchó, y dijo: "Mi hermano ha pronunciado las pala­bras que le ordenaste decir." Pero el Profeta dijo: "Yo no lo oí." La situación se estaba haciendo difícil en la Meca para casi todos los que no gozaban de protección oficial. Antes de unirse al Profeta, Abu Bakr había sido un hombre de considerable influencia pero, a diferencia de Omar y Hamzah, él no era un hombre peligroso y, por lo tanto, no inspiró temor excepto en aquellos que habían aprendido a apreciarlo por razones espirituales: cuando su Islam estableció una barrera entre él y los líderes del Quraysh su influencia quedó prácticamente anulada; exactamente igual, por otra parte, que dentro de la comunidad de la nueva religión iba aumentando. Para Abu Bakr la situación se agravaba, además, por ser conocido como el responsable de muchas conversiones, y puede haber sido en parte como venganza por la conversión de Aswad, el hijo de Nawfal, por lo que un día Nawfal mismo, el medio hermano de Jadiyah, organizó un ataque contra Abu Bakr y Talha, los cuales quedaron tumbados en el camino, con las manos y los pies atados y amarrados los dos juntos con una cuerda. Ningún hombre de Taym intervino contra los de Asad, lo que sugiere que habían renegado de sus dos destacados compañeros musulmanes.

Hubo quizás otros incidentes. Abu Bakr mantenía unas relaciones cada vez peores con el antiguo amo de Bilal, Umayyah, que era el jefe de Yumah, entre quienes él vivía, y llegó un momento en que sintió que no le quedaba más alternativa que la de emigrar. Habiendo obtenido el permiso del Profeta, partió para unirse a los que habían permanecido en Abisinia. Pero antes de llegar al Mar Rojo se encontró con lbn al-Dugunnah, en aquella época jefe de un pequeño grupo de tribus confederadas que vivían cerca de la Meca, aliadas del Quraysh. Este jefe beduino había conocido bien a Abu Bakr en sus días de riqueza e influencia, sin embargo ahora tenía el aspecto de un ermitaño vagabundo. Asombrado por el cambio, le interrogó. "Mi pueblo me ha maltratado," dijo Abu Bakr, "y me ha expulsado, y todo lo que pretendo es viajar sobre la faz de la tierra, adorando a Dios." "¿Por qué te han hecho esto?" dijo Ibn al-Dugunnah. "Tú eres un ornamento para tu clan, una ayuda en el infortunio, un bienhechor, siempre satisfaciendo necesidades de otros. Regresa, porque estás bajo mi protección." Lo llevó, pues, de vuelta a la Meca y habló a la gente, diciendo: "Hombres del Quraysh, he otorgado mi protección al hijo de Abu Quhafah, por tanto, que todo el mundo lo trate bien." El Quraysh confirmó la protección y prometió que Abu Bakr estaría a salvo, pero, por instigación de los Bani Yumah, dijeron a su protector: "Dile que adore a su Señor en privado y que así rece y recite lo que desee, pero dile que no nos cause problemas dejándose ver y oír, porque su aspecto es impresionante y tiene atractivo personal, y por ello tememos que seduzca a nuestros hijos y a nuestras mujeres." Ibn al-Dugunnah le dijo esto a Abu Bakr, y durante un tiempo éste hizo sus plegarias y sus recitaciones del Corán solamente en su casa; de esta forma, durante una temporada se relajó la tensión entre él y los líderes de los Bani Yumah. Abu Talib fue sucedido por Abu Lahab como jefe de Hashim; pero la protección que Abu Lahab daba a su sobrino era puramente nominal, y el Profeta fue maltratado como nunca lo había sido antes. En una ocasión un transeúnte se inclinó sobre su puerta y echó un trozo de asadura putrefacta en el puchero de la comida; otra vez, cuando estaba haciendo la plegaria en el patio de su casa, un hombre le arrojó el útero de una oveja lleno de sangre y excrementos. Antes de deshacerse de ello, el Profeta levantó el objeto con la punta de un palo y dijo, de pie en su puerta: "¡Oh hijos de Abdu Manaf! ¿qué protección es ésta?" Había visto que el ofensor era el shamsí Uqbah,[i] padrastro de Uthman, el marido de Ruqayyah. En otra ocasión, cuando el Profeta volvía de la Kaabah, un hombre tomó un puñado de tierra y lo arrojó contra su cara y su cabeza. Cuando volvió a casa, una de sus hijas se la lavó, llorando mientras lo limpiaba. "No llores, hijita," dijo él, "Dios protegerá a tu padre."

Fue entonces cuando decidió buscar ayuda de los Thaqif, los habitantes de Taif -una decisión que reflejaba elocuentemente la aparente gravedad de su situación en la Meca-. Porque, aparte de la verdad, que puede conquistar todas las cosas, ¿qué es lo que realmente podía esperarse de los Thaqif, los guardianes del templo de la diosa al-Lat, cuyo santuario gustaban de pensar que era comparable a la Casa de Dios? Tenía que haber, no obstante, excepciones en Taif como las había en la Meca, y al Profeta no le faltaban esperanzas cuando atravesaba el desierto en dirección a los acogedores huertos, jardines y trigales de las afueras de la ciudad amurallada. Cuando llegó se dirigió directamente a la casa de los tres hermanos que eran los líderes del Thaqif en aquel tiempo, los hijos de Amr Ibn Umayyah, el hombre al que Walid consideraba como su equivalente en Taif, el segundo de "los dos grandes hombres de las dos ciudades." Pero cuando el Profeta les pidió que aceptasen el Islam y lo ayudasen contra sus oponentes, uno de ellos rápidamente dijo: "¡Si Dios te envió a ti, arrancaré las colgaduras de la Kaabah!" , y otro dijo: "¿No pudo Dios encontrar a otro más que a ti para enviar?". El tercero dijo a su vez: "¡No permitas que jamás te hable! Porque, si como dices, tú eres el enviado de Dios, entonces eres un personaje demasiado grande para dirigirte la palabra, y, si mientes, no eres digno de que te hable." Entonces el Profeta se levantó para dejarlos, quizás con la inten­ción de probar en otros sitios en Taif; pero cuando hubo abandonado a los tres hermanos estos incitaron a sus esclavos y criados para que lo insulta­sen y gritasen, hasta que se congregó contra él un gentío y se vio forzado a buscar refugio en un huerto privado. Una vez que penetró en él la multitud comenzó a dispersarse, y, atando su camello a una palmera, fue a buscar cobijo bajo una parra y se sentó a su sombra.

Cuando se sintió a salvo y en paz, imploró a Dios: "¡Oh Dios, ante Ti me quejo de mi debilidad, de mi desamparo y de mi bajeza ante los hombres! ¡Oh el Más Misericordioso de los misericordiosos! Tú eres el Señor del débil. Y Tú eres mi Señor. ¿En manos de quién me confiarás? ¿En las de algún remoto forastero que me maltrate? ¿o en las de un enemigo al que Tú has dado poder contra mí? No me importa, no estés pues airado contra mí. Pero si tuviera Tu ayuda a mi favor -¡eso sería para mí el camino más fácil y mayores oportunidades! Me refugio en la Luz de Tu Rostro por la cual la oscuridad es iluminada y todas las cosas de este mundo y del otro son rectamente ordenadas, por temor a que Tú hagas descender Tu ira sobre mí, o por temor a que Tu cólera me acose. Es cosa Tuya, sin embargo, reprochar hasta que estés bien satisfecho. No hay poder ni fuerza sino en Ti." (I.I. 280).

El lugar donde el Profeta había encontrado sosiego no estaba vacío como parecía. Todos los hombres del Quraysh anhelaban riquezas suficientes para comprar un jardín y una casa en la verde colina de Taif, a donde poder escapar del calor de la Meca cuando éste alcanzaba sus cotas más elevadas; y este huerto no era propiedad de un hombre de Thaqif sino que se trataba de parte de una propiedad de los líderes shamsíes Utbah y Shaybah, quienes, además, estaban en aquellos momentos sentados en un rincón de su jardín, junto al viñedo. Habían visto lo que había sucedido, y no les faltaban sentimientos de indignación por la forma en que la chusma del Thaqif se había atrevido a tratar a un hombre del Quraysh que era además, como ellos mismos, de los hijos de Abdu Manaf. En cuanto a las diferencias que se habían interpuesto entre ellos, ¿no habían desaparecido prácticamente ya? Habían visto por última vez a Muhámmad junto al lecho de muerte de Abu Talib. En estos momentos se encontraba sin protector y en una situación evidentemente apurada. Sintiendo que podían permitirse ser generosos llamaron a un joven cristiano esclavo suyo que se llamaba Addas y le dijeron: "Toma un racimo de estas uvas y ponlo en esta fuente. Luego llévaselo a aquel hombre y dile que coma." Addas obró como le habían ordenado; y cuando el Profeta puso su mano en las uvas, dijo: "En el Nombre de Dios." Addas lo miró fijamente a la cara; entonces dijo: "Esas palabras no las dicen los hombres de este país." "¿De qué país eres tú?" preguntó el Profeta, y "¿cuál es tu religión?" "Soy cristiano", dijo, "de las gentes de Nínive." "De la ciudad del recto Jonás, hijo de Matta", dijo el Profeta. "¿Cómo, es que sabes algo de Jonás el hijo de Matta?" dijo Addas. "Él es mi hermano", fue la respuesta. "Él fue un Profeta y yo soy un Profeta." Entonces Addas se inclinó hacia él y le besó la cabeza, las manos y los pies. Al ver esto, los dos hermanos exclamaron el uno para el otro, como a una sola voz: "¡Se acabó tu esclavo! ¡Ya lo ha corrompido!" Y cuando Addas volvió a ellos, dejando al Profeta comer en paz, le dijeron: "¡Maldito seas, Addas! ¿Qué te ha hecho besar la cabeza, las manos y los pies de ese hombre?" Respondió: "Amo, no hay nadie mejor sobre la tierra que ese hombre. Me ha hablado de cosas que sólo un Profeta podría saber." "¡Maldito seas, Addas!" respondieron. "No dejes que te aparte de tu religión, porque tu religión es mejor que la suya."

Cuando el Profeta comprendió que en aquellas circunstancias no podía conseguirse nada bueno de la Tribu de Thaqif, salió de Taif y se puso en camino hacia la Meca. Aquella noche, ya tarde, llegó al valle de Najlah, el alto que había a mitad de camino entre las dos ciudades que lo habían rechazado. En el momento en el que había sentido con mayor intensidad la conciencia del rechazo había sido un hombre de la lejana Nínive quien había reconocido su condición de Profeta, y, ahora, mientras erguido hacía la plegaria en Najlah, un grupo de yins pasó junto a él -siete yins procedentes de Nasibin- y se detuvieron hechizados por las palabras del Corán que Muhámmad estaba recitando. El Profeta sabía que no había sido enviado solamente al reino de los hombres. La Revelación había afirmado hacía poco: "Nosotros no te hemos enviado sino como misericordia para los Mundos." (XXI, 107). Y una de las primeras azoras (LV) se dirige a los yins tanto como a los demás hombres, advirtiendo a ambos del Infierno como un castigo por el mal y prometiendo el Paraíso como recompensa por la Piedad. Se produjo entonces la Revelación: "Di: 'Se me ha revelado que un grupo de los yins escucharon y luego dijeron: ciertamente hemos escuchado una recitación maravillosa que guía hacia la vía recta, y creemos en ella." (LXXII, 1-2). Y otra Revelación (XLVI, 30-31) contaba cómo los yins se volvieron luego a su comunidad e incitaron a los demás a responder a el que llama a Dios, como ellos llamaron al Profeta.

El profeta se mostraba poco inclinado a volver a las mismas condiciones que apenas dos días antes le habían obligado a abandonar su hogar. Pero si él tuviera un protector, podría continuar cumpliendo su misión. Los Bani Hashim no le habían respondido. En consecuencia, sus pensamientos se volvieron hacia el clan de su madre. La situación que en él imperaba era irregular, porque el hombre que, con mucho, era el más destacado e influyente de Zuhrah era Ajnas Ibn Shariq, quien, estrictamente hablando, no era miembro del clan y ni siquiera del Quraysh. De hecho pertenecía al Thaqif, pero desde hacía mucho tiempo era confederado de Zuhrah, y habían terminado por considerarlo como su jefe. El Profeta ya se había resuelto a solicitar su ayuda cuando fue alcanzado por un jinete que también iba hacia la Meca pero viajando más rápido que Él; así pues le pidió que le hiciese el favor de que cuando llegase fuese a ver a Ajnas y le dijera: "Muhámmad ha dicho: ¿Quieres darme tu protección para que pueda difundir el mensaje de mi Señor?" El jinete se mostró bien dispuesto, e incluso no tuvo inconveniente en regresar con la respuesta; ésta demostró ser negativa, porque Ajnas simplemente observó que un confederado no tenía poder para hablar en el nombre del clan con el que estaba federado ni para otorgar una protección que podía obligar a todos. El Profeta, que entonces no estaba lejos de la Meca, envió pues la misma petición a Suhayl. Su respuesta fue igualmente decepcionante, aunque la razón que alegó para negarse no tenía nada que ver con su oposición al Islam. Una vez más se trataba de una cuestión de principios tribales. En la hondonada de la Meca su clan se distinguía de todos los demás por ser descendiente de Amir, el hijo de Luayy,[ii] mientras que los otros descendían de Kab, el hermano de Amir. Suhayl respondió simplemente que los hijos de Amir no daban protección contra los hijos de Kab. El Profeta se apartó del camino que conducía a la ciudad y se guareció en la cueva del Monte Hira, donde había recibido la primera Revelación. Desde allí envió su petición a un líder más estrechamente relacionado con él, Mutim, el jefe de Nawfal, uno de los cinco que habían organizado la anulación del boicot contra su clan, y Mutim aceptó de inmediato. "Que entre en la ciudad", respondió en su mensaje. A la mañana siguiente, fuertemente armado, junto con sus hijos y sobrinos, escoltó al Profeta a la Kaabah. Abu Yahl les preguntó si se habían hecho seguidores de Muhammad. "Le estamos dando protección", respondieron; y los majzumíes sólo pudieron decir: "A quien protegéis vosotros, nosotros protegemos."


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