Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 27
Abisinia

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Los emigrantes fueron bien recibidos en Abisinia, y se les dio la libertad de culto. En total, sin contar a los niños pequeños que se llevaron consigo, eran unas ochenta personas; pero no todos se fueron al mismo tiempo. Su huida se planeó en secreto y se llevó a cabo discretamente en pequeños grupos.
De haberlo sabido, sus familias hubieran querido y podido impedirles la marcha; pero el traslado había sido completamente inesperado y no supieron comprender lo que estaba ocurriendo hasta que todos los creyentes alcanzaron su destino.

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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Los líderes del Quraysh, sin embargo, de ninguna manera estaban dispuestos a dejarlos en paz para que establecieran allí, más allá de su control, una comunidad peligrosa que podría decuplicar su número si otros conversos se le unían. Elaboraron, pues, un plan rápidamente y dispusieron cierta cantidad de obsequios del género que se sabia que los abisinios estimaban más. Por encima de todo apreciaban el trabajo del cuero, así pues reunieron gran número de finas pieles, suficientes para hacer un rico soborno a cada uno de Tos generales del Negus. Había también valiosos presentes para el Negus. Luego escogieron cuidadosamente a dos hombres, uno de los cuales era Amr ibn al-As, del clan de Sahm. El Quraysh les dijo lo que tenían que hacer exactamente; tenían que abordar a cada uno de los generales por separado, darles su obsequio y decirles: "Algunos necios jóvenes y mujeres de nuestro pueblo han tomado refugio en este reino. Han abandonado su propia religión, no por la vuestra, sino por una que se han inventado, una que nos es desconocida a nosotros y a vosotros mismos A causa de ellos los nobles de su pueblo nos han enviado a vuestro rey, para que él los devuelva a casa. En consecuencia, cuando habléis con él sobre ellos, aconsejadle que nos Tos entregue y que no hable con ellos, porque su pueblo entiende mejor cual es su situación." Los generales se mostraron todos de acuerdo, y los dos hombres del Quraysh llevaron sus presentes al Negus, pidiendo que se les entregaran los emigrados y explicando el porqué, tal como lo habían hecho a los generales, y añadiendo finalmente: "Los nobles de su pueblo, que son sus madres, sus tíos y sus parientes, te ruegan que se los devuelvas." Los generales se encontraban presentes en la audiencia y, entonces, al unísono, instaron al Negus a acceder a su petición y a entregar a los refugiados, ya que los parientes son los mejores jueces de los asuntos de sus parientes. Pero el Negus se disgustó y dijo: "¡No, por Dios, no serán traicionadas unas personas que han buscado mi protección, han hecho de mi país su morada y me han elegido por encima de todos los demás! No los entregaré hasta que los haya convocado e interrogado sobre lo que estos hombres dicen de ellos. Si es como han dicho, entonces los pondré a su disposición para que los devuelvan a su gente. Pero si no, seré su buen protector mientras en mí busquen refugio."

Entonces envió por los compañeros del Profeta y, al mismo tiempo, reunió a sus obispos, que se trajeron sus libros sagrados y los dispusieron abiertos alrededor del trono. Amr y su compañero enviado habían esperado evitar esta reunión entre el Negus y los refugiados, y les interesaba impedirla, incluso más de lo que ellos suponían. Ignoraban que los abismos, aunque los toleraban por razones políticas y comerciales, los miraban por encima del hombro como idólatras y eran conscientes de la existencia de una barrera entre ellos. Ellos, que eran cristianos muchos de ellos fervientes, que habían sido bautizados, adoraban al Dios Uno y llevaban en su carne el sacramento de la Eucaristía. Como tales, eran sensibles a la diferencia entre lo sagrado y lo profano, y eran plenamente conscientes de la profanidad de hombres como Amr. Por lo mismo fueron tanto más receptivos -ninguno más que el mismo Negus- a la impresión de bendita seriedad e intensidad que la compañía de los creyentes les produjo. Éstos fueron introducidos en la sala del trono, y un murmullo de admiración surgió de los obispos y de los otros cuando reconocieron que allí tenían ante sí a hombres y mujeres más semejantes a ellos mismos que a los qurayshíes que habían encontrado con anterioridad. Además, la mayoría de ellos eran jóvenes y en muchos de ellos una gran belleza natural realzaba su porte piadoso.
No para todos ellos había sido una necesidad la emigración. La familia de Uthman había dejado de intentar que se retractase, pero el Profeta, sin embargo, le permitió marchar y llevarse a Ruqayyah. Su presencia supuso una fuente de fuerza para la comunidad de exiliados. Otra pareja de buen ver eran Yafar y su esposa Asma. Estaban bien protegidos por Abu Talib; pero 105 refugiados necesitan un portavoz y Yafar era un orador elocuente. Él era también muy agraciado en cuanto a su persona, y el Profeta le dijo en una ocasión: "Te pareces a mí en la apariencia y en el carácter." (I.S. IV! 1, 24). Era a Yafar a quien había elegido para presidir la comunidad de exiliados, y sus cualidades de atracción e inteligencia eran ampliamente secundadas por Musab de Abd ad-Dar, un joven al que el Profeta habría de confiar más tarde una misión de inmensa importancia en virtud de sus dotes naturales. Igualmente notable era un joven majzumí conocido como Shammas, cuya madre era hermana de Utbah. Su nombre, que significa diacono", le fue dado porque en una ocasión la Meca había sido visitada por un dignatario cristiano de ese rango, un hombre tan excepcionalmente hermoso que provocó la admiración general, ante lo cual Utbáh había dicho "Os mostraré un shammas más hermoso que él", y fue y trajo ante ellos al hijo de su hermana. Zubayr, hijo de Safiyyah, también estaba presente, al igual que otros primos del Profeta: Tulayb el hijo de Arwa, dos hijos de Umaymah, Abdallah ibn Yahsh y Ubaydallah, junto con la esposa umayya de Ubaydallah, Umm Habibah; los dos hijos de Barrah, Abu Salamah y Abu Sabrah, ambos con sus esposas. La mayoría de los relatos de esta primera emigración se han transmitido a través de la hermosa Umm Salamah.
Cuando todos estuvieron reunidos, el Negus les habló y dijo: "¿Cuál es esta religión por la que os habéis separado de vuestro pueblo, aunque no habéis abrazado la mía ni la de ninguna de las naciones que nos rodean?" Y Yafar le respondió diciendo: "Oh Rey, nosotros éramos un pueblo empapado en la ignorancia, que adoraba ídolos, comía carroña sin sacrificar, cometía abominaciones, y en el que el fuerte devoraba al débil. Así éramos, hasta que Dios nos envió un Mensajero de entre nosotros, uno cuyo linaje conocíamos, al igual que su veracidad, su mérito de confianza e integridad. Para dar testimonio de la Unidad de Dios nos convocó ante el mismo Dios. Para dar testimonio, para que lo adorásemos y renunciásemos a lo que nosotros y nuestros padres habíamos adorado en la forma de piedras y de ídolos, y nos ordenó decir la verdad, cumplir nuestras promesas, respetar los lazos de parentesco y los derechos de nuestros vecinos, y abstener-nos del crimen y el derramamiento de sangre. Adoramos, pues, a Dios solo, sin poner nada a su lado, considerando prohibido cuanto Él ha prohibido y lícito lo que es permitido por Él. Por estas razones nuestro pueblo se ha vuelto contra nosotros, y nos ha perseguido para hacernos renunciar a nuestra religión y volver de la adoración de Dios a la adoración de los ídolos. Por eso hemos venido a tu país, habiéndote elegido a ti sobre los otros: bajo tu protección hemos sido felices, y es nuestra esperanza, ¡oh Rey!, que aquí, contigo, no suframos más persecución."

Los intérpretes reales tradujeron todo lo que había dicho. El Negus preguntó entonces si tenían con ellos alguna Revelación que su Profeta les hubiera dado del Dios Uno, y cuando Yafar contestó que sí tenían, dijo:

"Entonces, recítamela." Y Yafar recitó un pasaje de la Azora de María. Era una azora llena de belleza, que había sido revelada poco antes de su partida:

Y recuerda a María en la Escritura cuando dejó a su familia para retirarse a un lugar hacia el Oriente y se ocultó de ellos. Le enviamos nuestro Espíritu y Éste se le presentó como un mortal perfecto. Dijo ella: Me refugio de ti en el Infinitamente Bueno, si eres piadoso. Dijo Él: Yo soy sólo el enviado de tu Señor para regalarte un niño puro. Ella dijo: ¿Cómo puedo tener un niño, si no me ha tocado mortal ni he perdido la castidad? Pero Así será, le respondió. Tu Señor dice: Es cosa fácil para Mí. Para hacer de Él un signo para la gente y una misericordia de Nosotros. Está ya decidido. (XIX, 16-21)

El Negus lloró, y lo mismo hicieron sus obispos, al escucharlo recitar, y cuando se tradujo lo recitado volvieron a llorar, y el Negus dijo: "Verdaderamente esto procede de la misma fuente que lo que Jesús trajo." Entonces se volvió hacia los dos enviados del Quraysh y dijo: "Os podéis marchar, porque por Dios no os los voy a entregar; no serán traicionados."

Pero cuando se retiraron de la presencia real, Amr dijo a su compañero:
"Mañana le contaré una cosa que arrancará de raíz esta verdeante prosperidad que disfrutan. Le diré que afirman que Jesús, el hijo de María, es un esclavo." Así pues, a la mañana siguiente se dirigió al Negus y dijo: "¡Oh Rey!, cuentan estos una mentira enorme sobre Jesús el hijo de María. Envía si no por ellos y pregúntales qué dicen de él." Les mandó entonces acudir de nuevo a su presencia y contarle lo que decían de Jesús, lo cual los inquietó, porque, hasta entonces, nunca les había sucedido nada de esta naturaleza. Consultaron entre sí para saber qué debían responder cuando se les planteara la cuestión, aunque todos sabían que no podían tener otra elección que la de decir lo que Dios había dicho. Por lo tanto, cuando se presentaron ante el rey y se les preguntó: "¿Qué decís de Jesús el hijo de María?" Yafar respondió: "Decimos de él lo que nuestro Profeta nos trajo: que es el siervo de Dios y Su Enviado y Su Espíritu y Su Palabra que Él depositó en María, la virgen Bendita." El Negus cogió un trozo de madera y dijo: "Jesús el hijo de María no excede lo que habéis dicho en la longitud de esta vara. Y cuando los generales que lo rodeaban bufaron, añadió: "A pesar de que buféis." Luego se volvió hacia Yafar y sus compañeros y dijo: "id tranquilos, porque estáis a salvo en mi país. Ni por montañas de oro dañaría a un solo hombre de vosotros"; con un movimiento de la mano hacia los enviados del Quraysh dijo a su acompañante: "Devolved a estos hombres sus presentes, porque no me sirven para nada. Así, Amr y el otro hombre volvieron vergonzosamente a la Meca.

Mientras tanto, las noticias de lo que el Negus había dicho sobre Jesús se difundieron entre el pueblo, que, perturbado, se declaró contra él, pidiendo una explicación y acusándolo de haber abandonado su religión. Él, entonces, envió a Yafar y a sus compañeros y dispuso botes para ellos y les dijo que embarcasen y estuviesen dispuestos a hacerse a la vela si fuese necesario. Luego cogió un pergamino y escribió en él: "Él da testimonio de que no hay dios sino Dios y que Muhammad es Su siervo y Enviado y que Jesús el hijo de María es Su siervo y Enviado y Su Espíritu y Su palabra que Él depositó en María." Luego lo guardó bajo su túnica y salió ante su gente, que se había congregado para entrevistarse con él. Y les dijo: "abisinios! ¿No tengo yo el mayor derecho para ser vuestro rey?" Dijeron que lo tenía. "Entonces, ¿qué pensáis de mi vida entre vosotros?" "Ha sido la mejor de las vidas", respondieron. "Luego ¿qué es lo que os preocupa?", dijo él. "Has abandonado nuestra religión", dijeron, "y has sostenido que Jesús es un esclavo." "¿Qué decís, entonces, vosotros de Jesús?", les preguntó. "Decimos que es el hijo de Dios", contestaron. Entonces él se puso la mano en el pecho, señalando hacia donde estaba oculto el pergamino, y dio testimonio de su creencia en "esto", lo cual consideraron que se refería a las palabras de ellos. (1.1.224). Quedaron pues satisfechos y se marcharon, porque vivían felices bajo su gobierno y sólo deseaban ser tranquilizados. El Negus, entonces, envió un mensaje a Yafar y sus compañeros diciéndoles que podían desembarcar y regresar a sus moradas, donde siguieron viviendo como antes, con seguridad y bienestar.


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