Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 23
Asombro y esperanza

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Los jóvenes y los menos favorecidos por el éxito de ninguna manera aceptaron el mensaje Divino en el acto; pero por lo menos la complacencia no había bloqueado sus oídos frente a la intensidad y vehemencia de las llamadas, que habían irrumpido sobre su pequeño mundo como las notas de un toque de trompeta. La voz que Uthman había oído clamando en el desierto

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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"Durmientes, despertad" era análoga al mensaje, y éste era, ciertamente, para aquellos que ahora lo habían aceptado, lo mismo que si hubiesen despertado de un sueño y entrado en una nueva vida.

La actitud de los incrédulos, en el pasado y en el presente, se resume en las palabras: No hay más vida que la de acá y no seremos resucitados. (VI, 29). A esto respondían las palabras Divinas: No creamos el cielo, la tierra y lo que entre ellos hay como diversión. (XXI, 16; XLV, 38) ¿Pensáis que nosotros os hemos creado en vano y que no seréis devueltos a nosotros? (XXIII, 115). Para aquellos en los que la incredulidad no había cristalizado, estas palabras sonaban a algo verdadero; e igual sucedía con la Revelación en conjunto, que se describía a sí misma como una luz y con el poder de guiar. Un motivo básico paralelo para aceptar el mensaje era el Mensajero mismo, un hombre que estaba, tenía certeza de ello, demasiado lleno de verdad para engañar y demasiado lleno de sabiduría para engañarse a sí mismo. El mensaje contenía una advertencia y una promesa: la advertencia los impulsaba a tomar medidas, y la promesa los llenaba de gozo.

En verdad aquellos que dicen: "Nuestro Señor es Dios" y que después siguen Su vía rectamente, sobre ellos descienden los Ángeles diciendo: "No temáis ni os aflijáis; antes bien, escuchad' 'buenas nuevas del Paraiso que se os ha prometido. Somos vuestros amigos que os protegen en la vida de este Mundo y en el más allá, donde se os dará lo que vuestras almas anhelen, lo que pidáis, como don de Aquél que es Indulgente, Misericordioso. (XLI, 30-2).

Otro de los muchos versículos sobre el Paraíso que ya había sido revelado era uno que hablaba del Jardín de Inmortalidad que se ha prometido a los temerosos de Dios. De éste decía: En él tendrán cuanto deseen, eternamente -una promesa cuyo cumplimiento Tu Señor se ha impuesto. (XXV, 15).

Los creyentes verdaderos son definidos como quienes ponen sus esperanzas en el encuentro con Nosotros, mientras que los incrédulos son quienes no ponen sus esperanzas en el encuentro con Nosotros y están satisfechos con la vida de este mundo, hallando en ella su tranquilidad, y quienes no prestan atención a Nuestros signos. (X, 7). La actitud del creyente tiene que ser la opuesta en todos los sentidos. Uno de los aspectos de la ilusión onírica en la que los infieles estaban sumidos era el de no prestar atención a las bendiciones de la naturaleza, dándolas por supuestas. Estar despierto a la realidad significaba no solamente trasladar las esperanzas de uno de este mundo al venidero, sino también maravillarse en este mundo por los signos de Dios que en él se manifiestan: Bendito sea Quien ha puesto las constelaciones del Zodiaco en los cielos y entre ellas ha puesto un luminar y una luna luminosa. Y Él es Quien ha hecho que la noche y el día se sucedan, como signo para quien quiera reflexionar o quiera dar gracias. (XXXV, 61-62).

Los líderes del Quraysh habían pedido insolentemente señales tales como que descendiese un Ángel para confirmar la condición de Profeta de Muhammad, y que éste fuese elevado al Cielo. En una ocasión, una noche de luna llena, no mucho después de haber salido, cuando se la veía suspendida en el cielo sobre el monte Hira, un grupo de incrédulos se acercó al Profeta y le pidió que la partiese en dos como prueba de que él era realmente el Enviado de Dios. Muchos otros estaban también presentes, incluyendo creyentes y gentes que dudaban, y cuando se le hizo la petición todas las miradas se volvieron hacia la luminaria. Fue grande su asombro al verla dividirse en dos mitades que se alejaron la una de la otra hasta que a cada lado de la montaña refulgió una media luna. "Dad testimonio", dijo el Profeta. (B. LXI, 24). Pero los que se lo habían pedido rechazaron este milagro óptico tachándolo de pura magia (C. LIV, 1-2), diciendo que los había hechizado. Los creyentes, por otro lado, se regocijaron y algunos de los que titubeaban abrazaron el Islam, mientras que otros se acercaron más a él.

Esta inmediata respuesta celestial a un reto cargado de burla fue una excepción. Otras de las señales exigidas por el Quraysh realmente se cumplieron, pero no exactamente como ellos habían pedido, y no en su tiempo sino en el de Dios. Hubo también muchos milagros menores de los que sólo los creyentes fueron testigos. Pero nunca se permitió que tales maravillas ocupasen el centro, porque el mismo Libro revelado era el milagro central de la intervención Divina que entonces estaba teniendo lugar, del mismo modo que Cristo había sido el milagro central de la anterior intervención.

Según el Corán, Jesús es a la vez el Enviado de Dios y también Su Palabra, que Él ha comunicado a María, y un Espíritu que procede de Él (IV, 171). Y como había sucedido con la Palabra-hecha-carne, así ahora, de forma análoga, era a través de la Presencia Divina en este mundo de la Palabra- hecha-libro que el Islam era una religión en el verdadero sentido del vínculo o conexión con el Más Allá. Una de las funciones de la Palabra-hecha-libro, con miras a la religión primordial que el Islam afirmaba ser (XXX, 30), era volver a despertar en el hombre su primitivo sentido de admiración que, con el paso del tiempo, se había debilitado o extraviado. Por lo tanto, cuando el Quraysh pide maravillas, la principal respuesta del Corán es señalar aquellas maravillas que siempre han tenido ante los ojos sin verles su carácter prodigioso:

¿Acaso no ven cómo han sido creados los camellos? ¿Y cómo ha sido elevado el firmamento? ¿Y cómo han sido asentadas las montañas? ¿Y cómo ha sido extendida la tierra? (LXXXVIII, 17-20).

El asombro y la esperanza exigidos del creyente son, ambas, actitudes de vuelta hacia Dios. El sacramento de acción de gracias, decir La Alabanza a Dios, Señor de los Mundos, incluye asombro y devuelve la cosa alabada, y, con ella, al que alaba, al Origen Trascendente de todo bien. El sacramento de consagración, decir En el Nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso, precipita al alma en la misma dirección hacia la corriente de esperanza. En esta vía de retorno se centra la plegaría básica del Islam, al-Fatihah, la Apertura, llamada así porque es el primer capítulo del Coran :

La alabanza a Dios, Señor de los mundos, El Clemente, El Misericordioso, Señor del Día del Juicio, A Ti adoramos, y en Ti buscamos ayuda. Guíanos en el camino recto, el camino de aquellos a quienes has agraciado, no de aquellos sobre quienes está tu ira ni de aquellos que están extraviados. (1, 2-7).

También básica como una expresión perfecta y concentrada de la doctrina del Islam es la Surat al-Ijías, la Azora de la Sinceridad, que está situada al final del Corán, la antepenúltima azora, y que fue revelada cuando un idólatra pidió al Profeta que describiera a su Señor:

Di: Él, Dios, es Uno.
Dios, El Perfecto, de Quien todas las cosas dependen.
Él no engendra, ni es engendrado,
y nadie es como Él. (CXII).


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