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"Durmientes,
despertad" era análoga al mensaje, y éste
era, ciertamente, para aquellos que ahora lo habían
aceptado, lo mismo que si hubiesen despertado de un
sueño y entrado en una nueva vida.
La
actitud de los incrédulos, en el pasado y en
el presente, se resume en las palabras: No hay más
vida que la de acá y no seremos resucitados.
(VI, 29). A esto respondían las palabras Divinas:
No creamos el cielo, la tierra y lo que entre ellos
hay como diversión. (XXI, 16; XLV, 38) ¿Pensáis
que nosotros os hemos creado en vano y que no seréis
devueltos a nosotros? (XXIII, 115). Para aquellos en
los que la incredulidad no había cristalizado,
estas palabras sonaban a algo verdadero; e igual sucedía
con la Revelación en conjunto, que se describía
a sí misma como una luz y con el poder de guiar.
Un motivo básico paralelo para aceptar el mensaje
era el Mensajero mismo, un hombre que estaba, tenía
certeza de ello, demasiado lleno de verdad para engañar
y demasiado lleno de sabiduría para engañarse
a sí mismo. El mensaje contenía una advertencia
y una promesa: la advertencia los impulsaba a tomar
medidas, y la promesa los llenaba de gozo.
En
verdad aquellos que dicen: "Nuestro Señor
es Dios" y que después siguen Su vía
rectamente, sobre ellos descienden los Ángeles
diciendo: "No temáis ni os aflijáis;
antes bien, escuchad' 'buenas nuevas del Paraiso que
se os ha prometido. Somos vuestros amigos que os protegen
en la vida de este Mundo y en el más allá,
donde se os dará lo que vuestras almas anhelen,
lo que pidáis, como don de Aquél que es
Indulgente, Misericordioso. (XLI, 30-2).
Otro
de los muchos versículos sobre el Paraíso
que ya había sido revelado era uno que hablaba
del Jardín de Inmortalidad que se ha prometido
a los temerosos de Dios. De éste decía:
En él tendrán cuanto deseen, eternamente
-una promesa cuyo cumplimiento Tu Señor se ha
impuesto. (XXV, 15).
Los
creyentes verdaderos son definidos como quienes ponen
sus esperanzas en el encuentro con Nosotros, mientras
que los incrédulos son quienes no ponen sus esperanzas
en el encuentro con Nosotros y están satisfechos
con la vida de este mundo, hallando en ella su tranquilidad,
y quienes no prestan atención a Nuestros signos.
(X, 7). La actitud del creyente tiene que ser la opuesta
en todos los sentidos. Uno de los aspectos de la ilusión
onírica en la que los infieles estaban sumidos
era el de no prestar atención a las bendiciones
de la naturaleza, dándolas por supuestas. Estar
despierto a la realidad significaba no solamente trasladar
las esperanzas de uno de este mundo al venidero, sino
también maravillarse en este mundo por los signos
de Dios que en él se manifiestan: Bendito sea
Quien ha puesto las constelaciones del Zodiaco en los
cielos y entre ellas ha puesto un luminar y una luna
luminosa. Y Él es Quien ha hecho que la noche
y el día se sucedan, como signo para quien quiera
reflexionar o quiera dar gracias. (XXXV, 61-62).
Los
líderes del Quraysh habían pedido insolentemente
señales tales como que descendiese un Ángel
para confirmar la condición de Profeta de Muhammad,
y que éste fuese elevado al Cielo. En una ocasión,
una noche de luna llena, no mucho después de
haber salido, cuando se la veía suspendida en
el cielo sobre el monte Hira, un grupo de incrédulos
se acercó al Profeta y le pidió que la
partiese en dos como prueba de que él era realmente
el Enviado de Dios. Muchos otros estaban también
presentes, incluyendo creyentes y gentes que dudaban,
y cuando se le hizo la petición todas las miradas
se volvieron hacia la luminaria. Fue grande su asombro
al verla dividirse en dos mitades que se alejaron la
una de la otra hasta que a cada lado de la montaña
refulgió una media luna. "Dad testimonio",
dijo el Profeta. (B. LXI, 24). Pero los que se lo habían
pedido rechazaron este milagro óptico tachándolo
de pura magia (C. LIV, 1-2), diciendo que los había
hechizado. Los creyentes, por otro lado, se regocijaron
y algunos de los que titubeaban abrazaron el Islam,
mientras que otros se acercaron más a él.
Esta
inmediata respuesta celestial a un reto cargado de burla
fue una excepción. Otras de las señales
exigidas por el Quraysh realmente se cumplieron, pero
no exactamente como ellos habían pedido, y no
en su tiempo sino en el de Dios. Hubo también
muchos milagros menores de los que sólo los creyentes
fueron testigos. Pero nunca se permitió que tales
maravillas ocupasen el centro, porque el mismo Libro
revelado era el milagro central de la intervención
Divina que entonces estaba teniendo lugar, del mismo
modo que Cristo había sido el milagro central
de la anterior intervención.
Según
el Corán, Jesús es a la vez el Enviado
de Dios y también Su Palabra, que Él ha
comunicado a María, y un Espíritu que
procede de Él (IV, 171). Y como había
sucedido con la Palabra-hecha-carne, así ahora,
de forma análoga, era a través de la Presencia
Divina en este mundo de la Palabra- hecha-libro que
el Islam era una religión en el verdadero sentido
del vínculo o conexión con el Más
Allá. Una de las funciones de la Palabra-hecha-libro,
con miras a la religión primordial que el Islam
afirmaba ser (XXX, 30), era volver a despertar en el
hombre su primitivo sentido de admiración que,
con el paso del tiempo, se había debilitado o
extraviado. Por lo tanto, cuando el Quraysh pide maravillas,
la principal respuesta del Corán es señalar
aquellas maravillas que siempre han tenido ante los
ojos sin verles su carácter prodigioso:
¿Acaso
no ven cómo han sido creados los camellos? ¿Y
cómo ha sido elevado el firmamento? ¿Y
cómo han sido asentadas las montañas?
¿Y cómo ha sido extendida la tierra? (LXXXVIII,
17-20).
El
asombro y la esperanza exigidos del creyente son, ambas,
actitudes de vuelta hacia Dios. El sacramento de acción
de gracias, decir La Alabanza a Dios, Señor de
los Mundos, incluye asombro y devuelve la cosa alabada,
y, con ella, al que alaba, al Origen Trascendente de
todo bien. El sacramento de consagración, decir
En el Nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso,
precipita al alma en la misma dirección hacia
la corriente de esperanza. En esta vía de retorno
se centra la plegaría básica del Islam,
al-Fatihah, la Apertura, llamada así porque es
el primer capítulo del Coran :
La
alabanza a Dios, Señor de los mundos, El Clemente,
El Misericordioso, Señor del Día del Juicio,
A Ti adoramos, y en Ti buscamos ayuda. Guíanos
en el camino recto, el camino de aquellos a quienes
has agraciado, no de aquellos sobre quienes está
tu ira ni de aquellos que están extraviados.
(1, 2-7).
También
básica como una expresión perfecta y concentrada
de la doctrina del Islam es la Surat al-Ijías,
la Azora de la Sinceridad, que está situada al
final del Corán, la antepenúltima azora,
y que fue revelada cuando un idólatra pidió
al Profeta que describiera a su Señor:
Di: Él, Dios, es Uno.
Dios, El Perfecto, de Quien todas las cosas dependen.
Él no engendra, ni es engendrado,
y nadie es como Él. (CXII).
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