Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 22
Los líderes del Quraysh
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Los seguidores del Profeta aumentaban sin cesar, pero siempre que se les acercaba un nuevo converso y le prometía su lealtad, la mayoría de las veces se trataba de un esclavo, de un liberto, de un miembro del Quraysh de los Alrededores o, todo lo más, un joven o una mujer del Quraysh de la hondonada, de familia influyente pero ellos mismos de ninguna influencia, y cuya conversión incrementaba diez veces la hostilidad de sus padres y parientes mayores. Abd al-Rahman, Hamzah y Arqam habían sido excepciones, pero estaban lejos de ser líderes.

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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El Profeta anhelaba atraerse a alguno de los jefes; ninguno de los cuales, ni siquiera su tío Abu Talib, había mostrado ninguna inclinación a unírsele. Le sería de una gran ayuda para la propagación de su mensaje al contar con el apoyo de un hombre como el tío de Abu Yahl, Walid, que no sólo era el jefe de Majzum sino que, además, si se pudiera designar así, podía ser considerado como el líder extraoficial del Quraysh. Era, igualmente, un hombre que parecía más abierto al debate que muchos de los otros. Un día se le presentó al Profeta la oportunidad de hablar con WaTid a solas. Pero cuando estaban inmersos en la conversación acertó a pasar junto a ellos un ciego, uno que recientemente había abrazado el Islam, y, al escuchar la voz del Profeta, le pidió que le recitase algo del Corán. Cuando se le rogó que tuviese un poco de paciencia y que esperase otra ocasión más propicia, el ciego se molestó tanto que, al final, el Profeta frunció el ceño y le volvió la espalda. La conversación se había echado a perder; pero la interrupción no fue la causa de ninguna pérdida; Walid, en realidad, no estaba más abierto al mensaje que aquellos cuyo caso parecía desesperado.

Una nueva azora fue revelada casi inmediatamente; comenzaba con Tas palabras: Él frunció el ceño y se alejó, porque el ciego se le acercó. La Revelación continuaba: En cuanto a aquél que a si mismo se basta, a él le prestas toda tu atención, ¡aunque no es cosa tuya si no está purificado! Pero en cuanto a aquél que llega a ti lleno de celo y de temor de Dios, a ése no le haces caso.

(LXXX, 1-2, 5-10).

No mucho tiempo después de esto, WaTid habría de traicionar su propia autosuficiencia al decir: "¿Se le envían revelaciones a Muhammad y a mí no, cuando yo soy su señor y el principal hombre del Quraysh? ¿No se me envían ni a mí ni a Abu Masud, el jefe de Thaqif, cuando nosotros somos los dos grandes hombres de las dos ciudades?"' La reacción de Abu Yahl era menos fríamente confiada y más apasionada. La posibilidad de que Muhammad pudiera ser un profeta era demasiado intolerable para abrigarla ni por un solo momento. "Nosotros y los hijos de Abdu Manaf", decía, "hemos competido los unos con los otros por el honor. Ellos han dado de comer y nosotros hemos dado de comer. Ellos han cargado con los fardos de otros y nosotros hemos cargado con los fardos de otros. Ellos han dado y nosotros hemos dado; hasta que, cuando íbamos corriendo a la misma altura, rodilla con rodilla, como dos yeguas en una carrera, ellos van y dicen: "Uno de nuestros hombres es un Profeta; ¡le vienen Revelaciones del Cielo!" "¿Y cuándo lograremos nosotros algo parecido a esto? Por Dios, nunca lo creeremos, nunca admitiremos que dice la verdad." En cuanto al shamsí Utbah, su reacción fue menos negativa, pero carente en casi igual medida del sentido de la proporción; porque su primer pensamiento no fue que Muhammad tenía que ser seguido si era un profeta, sino que su condición de profeta aportaría honor a los hijos de Abdu Manaf. Así, un día, cuando Abu Yahl señaló con el dedo burlonamente al objeto de su odio y dijo a Utbah: "Ahí está vuestro Profeta, ¡oh hijos de Abdu Manaf!", Utbah respondió bruscamente: "¿Y por qué habrías de llevar a mal si tenemos un profeta o un rey?" Esta última palabra era una referencia a Qusayy y un sutil recordatorio al majzumi de que Abdu Manaf era hijo de Qusayy mientras que Majzum sólo era su primo. El Profeta se encontraba lo suficientemente cerca para oír este altercado, y se acercó a ellos y dijo: "¡Oh Utbah, tú no te has irritado por la causa de Dios, ni por la de su Enviado, sino por la tuya misma! Y en cuanto a ti, Abu Yahl, te sobrevendrá una desgracia. Reirás poco y llorarás mucho." (Tab. 1203, 3).
Las fortunas de los diversos clanes del Quraysh estaban en continua fluctuación. Dos de los más poderosos en aquel tiempo eran Abdu Shams y Majzum. Utbah y su hermano Shaybah eran los líderes de una rama del clan shamsí. Su primo Harb, el antiguo líder de su rama umaya, había sido sucedido a su muerte por su hijo Abu Sufyan, que había desposado, entre otras, a la hija de Utbah, Hind. El éxito de Abu Sufyan, tanto en la política como en el comercio, se debía en parte a la reserva de su opinión y a su capacidad para la deliberación fría y paciente, y también al dominio' de sí mismo, si su astuto sentido de la oportunidad veía que de ello se podía obtener algún beneficio. Su imperturbabilidad provocaba frecuentemente la exasperación de Hind, impetuosa y de genio vivo, pero él raramente permitía que ella lo persuadiera una vez que había tomado una decisión, Como podía esperarse, era menos violento que Abu Yahl en su hostilidad hacia el Profeta.

Pero si los líderes del Quraysh estaban algo divididos en cuanto a su actitud hacia el Enviado, se mostraban, sin embargo, unánimes en su re-rechazó del mensaje. Habiendo todos ellos alcanzado un cierto éxito en la vida aunque los hombres más jóvenes esperaban que para ellos esto no fuese más que el principio habían logrado según la opinión unánime algo de lo que se había llegado a aceptar en Arabia como el ideal de la grandeza humana. La riqueza no era considerada un aspecto de esa grandeza, pero de hecho era casi una necesidad como medio para lograr el fin. Un hombre destacado tenía que estar muy solicitado como aliado y protector, lo cual significaba que él a su vez tenía que obtener aliados fieles. Esto, en parte, podía lograrlo tejiendo para sí, a través de sus propios matrimonios y los matrimonios de sus hijos e hijas, una red de relaciones poderosas y formidables. En este sentido, era mucho lo que se podía conseguir gracias a la riqueza, que el hombre prominente también necesitaba en su calidad de anfitrión. Las virtudes eran un aspecto esencial del ideal en cuestión, en especial la virtud de la generosidad, pero no con vistas al logro de una recompensa celestial. Ser alabados por los hombres, a lo largo y ancho de Arabia e incluso más allá, por estar colmados de riqueza, por una valentía leonina, por la inquebrantable fidelidad a la palabra dada, tanto silo había sido por alianza, protección, garantía o por cualquier otro propósito, ser alabados por estas virtudes en vida y después de la muerte constituía el honor y la inmortalidad que les parecía que daba un sentido a la vida. Hombres como Walid sentían algo de tal grandeza, y esto generaba en ellos una complacencia que los hacía sordos a un mensaje que hacía hincapié en la vanidad de la vida terrena, la vanidad del mismo marco donde habían tenido lugar sus propios éxitos. Su inmortalidad dependía de que Arabia continuase como estaba, de que los ideales árabes provenientes del pasado se perpetuasen en el futuro. Todos ellos eran sensibles, en diversos grados, a la belleza del lenguaje de la Revelación, pero en cuanto a su significado sus almas se cerraban espontáneamente a versículos como el que sigue, que les decían que ellos y sus venerados antepasados no habían conseguido nada, y que todos sus esfuerzos habían sido hechos en una dirección equivocada: Y la vida de este mundo no es sino una diversión y un juego, pero la morada del más allá, e/la es ciertamente la Vida, si supieran al menos sólo esto. (XXXIX, 64).


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