Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 21
El Quraysh hace ofertas y demandas

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Desde el día Hamzah mantuvo fielmente su Islam y siguió todas las ordenes del Profeta. Su conversión no dejó de ejercer cierta influencia sobre el Quraysh, que ahora se mostraba más titubeante a la hora de hostigar directamente a Muhammad sabiendo que Hamzah lo protegía Por otro lado, este acontecimiento totalmente inesperado les hizo ser tanto mas conscientes de lo que consideraban que era la gravedad de la situación,

 

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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cuanto que incrementó la sensación que tenían de que se necesitaba encontrar una solución para detener un movimiento que, así les parecía a ellos, sólo podía terminar en la ruina de la posición privilegiada que disfrutaban entre los árabes.

A la vista de este peligro, acordaron cambiar sus tácticas y seguir la sugerencia hecha en una asamblea por uno de los hombres principales de Abdu Shams, Utbah íbn Rabiah. "¿Por qué no voy a ver a Muhammad," dijo, "y le hago ciertas ofertas, algunas de las cuales podría aceptar? y lo que aceptase, se le daría, a condición de que nos dejase en paz." Se supo entonces que Muhammad estaba sentado solo junto a la Kaabah. Así pues, sin dilación, Utbah dejó la asamblea y se dirigió hacia la Mezquita. Se había propuesto a sí mismo para esta misión, en parte, porque era nieto de Abdu Shams, el hermano de Hashim; y aunque los clanes que habían tomado sus nombres de estos dos hijos de Abdu Manaf, hijo del gran Qusayy, habían seguido direcciones opuestas, sus diferencias podían ser fácilmente enterradas en virtud de su ascendencia común. Además, Utbah era de una naturaleza menos violenta y más conciliadora que la mayoría de los qurayshíes, y era también más inteligente.

"Hijo de mi hermano," le dijo al Profeta, "como bien sabes, tú eres un noble de la tribu y tu ascendencia te asegura una plaza de honor. Y ahora has traído a tu pueblo un asunto que produce una profunda preocupación, por cuya causa has escindido su comunidad, has declarado necio su modo de vida, has hablado vergonzosamente de sus dioses y de su religión, y a sus antepasados los has llamado infieles. Escucha, pues, lo que propongo, y mira si algo de ello te resulta aceptable. Si lo que buscas es la riqueza, de nuestras distintas propiedades juntaremos una fortuna para ti para que puedas ser el hombre más rico de entre nosotros. Si lo que quieres es el honor, te haremos nuestro jefe supremo y no tomaremos ninguna decisión sin que tú antes la apruebes; si ambicionas la realeza, te designaremos nuestro rey, y si tú mismo no puedes desembarazarte de este genio que se te aparece, encontraremos para ti un físico y gastaremos nuestra riqueza hasta que te cure por completo." Cuando hubo terminado de hablar, el Profeta le dijo: "Ahora escúchame tú, ¡oh padre de Walid!" "Lo haré", dijo Utbah, y el Profeta le recitó parte de una Revelación que había recibido recientemente.

Utbah estaba preparado para simular al menos que prestaba atención, como política hacia un hombre al que esperaba ganarse, pero después de unas pocas frases todos esos pensamientos se mudaron en admiración por las mismas palabras. Estaba allí sentado con las manos a la espalda, apoyándose sobre ellas mientras escuchaba, asombrado por la belleza del lenguaje que penetraba en sus oídos. Las señales que le fueron recitadas hablaban de la Revelación y de la Creación de la Tierra y el Firmamento. Luego, de los Profetas y de los pueblos antiguos que, habiéndoles resistido, habían sido destruidos y condenados al Infierno. Después venía un pasaje que hablaba de los creyentes, prometiéndoles la ayuda de los ángeles en esta vida y la satisfacción de todos sus deseos en el Más Allá. El Profeta terminó su recitación con las palabras: ¡Y entre sus signos están la noche y el día y el sol y la luna! No os prosternéis en adoración ante el sol y ante la luna, sino prosternaos en adoración ante Dios su Creador, si verdaderamente Lo adoráis. (Corán, XLI, 31). Después de esto se postró tocando el suelo con su frente, para decir al fin: "Ya has oído, ¡Oh Abu-l-Walid! El resto es cosa tuya."

Cuando Utbah volvió a sus compañeros, éstos quedaron tan impresionados por el cambio de la expresión de su rostro que exclamaron: "¿Qué te ha sucedido, oh Abu-l-Walid?" Él les respondió diciendo: "He escuchado unas palabras como jamás había oído nada antes. No es poesía, por Dios, ni es brujería ni adivinación. Hombres del Quraysh, escuchadme, y haced como digo. No os interpongáis entre este hombre y lo que hace, sino dejadle, porque por Dios las palabras que he escuchado de él serán recibidas como grandes nuevas. Si los árabes le dan muerte os habréis deshecho de él a manos de otros, y si él vence a los árabes, entonces su soberanía será vuestra soberanía y su poderío será vuestro poderío y seréis los hombres más afortunados." Pero se mofaron de él, diciendo: "Te ha hechizado con su lengua." "Os he dado mi opinión", respondió él, "haced pues lo que consideréis mejor." No se opuso más a ellos, y el impacto que le habían producido los versículos coránicos no fue más que una impresión pasajera. Entre tanto, ya que no había traído ninguna respuesta a las preguntas que había planteado, uno de los otros dijo: "Enviemos por Muhammad, hablemos y discutamos estas cosas con él, para que no se nos pueda culpar de no haber intentado todas las soluciones. Mandaron pues por Muhammad, diciendo:

"Los nobles de tu pueblo se encuentran reunidos para poder hablar contigo." Él se dirigió con toda premura hacia donde lo estaban esperando, pensando que tenían que haber sido persuadidos a cambiar su actitud. Anhelaba guiarlos hacia la verdad; pero sus esperanzas se desvanecieron tan pronto como empezaron a repetir las ofertas que ya le habían hecho. Cuando hubieron concluido, él les dijo: "No estoy poseído, ni busco el honor entre vosotros ni la realeza sobre vosotros. Antes bien, Dios me ha enviado a vosotros como mensajero, me ha revelado un libro y me ha ordenado que sea para vosotros un portador de buenas nuevas y un amonestador. Así que os he comunicado el mensaje de mi Señor, y os he aconsejado bien. Si aceptáis lo que os he traído, eso significa vuestra buena fortuna en este mundo y en el venidero; pero si lo rechazáis, entonces esperaré pacientemente a que Dios juzgue entre nosotros."

La única respuesta que obtuvo fue la de volver al mismo sitio donde se habían quedado, y de nuevo escuchar que si no quería aceptar sus ofrecimientos que entonces hiciese algo que les demostrase que era un mensajero de Dios y que al mismo tiempo les facilitase la vida. "Pide a tu Señor que nos quite estas montañas que nos encierran, que nos allane nuestra tierra y que haga que fluyan por ella ríos como los de Siria e Iraq; que nos resucite a algunos de nuestros antepasados, Qusayy entre ellos, para que podamos preguntarles silo que tú dices es cierto o falso. O, si no quieres hacer estas cosas para nosotros, pide entonces favores para ti mismo. Pide a Dios que te envíe un Ángel que confirme tus palabras y nos desmienta a nosotros. Y pídele que te otorgue jardines y palacios y tesoros de oro y plata para que sepamos lo buenas que son tus relaciones con tu Señor. El Profeta les respondió, diciendo: "Yo no soy de los que piden a Dios esa clase de cosas, ni he sido enviado para eso, sino que Dios me envió para amonestar y comunicar buenas nuevas." Negándose a escuchar, le dijeron: "Entonces haz que el cielo se caiga en pedazos sobre nuestras cabezas", en desdeñosa referencia al versículo ya revelado: Si nos place, podemos hacer que la tierra se los trague o que el firmamento caiga en pedazos sobre ellos. (XXXIV, 9). "Eso tiene que decidirlo Dios", dijo. "Si Él lo desea, lo hará."

Sin responder, salvo el mutuo intercambio de miradas, pasaron a otro punto. Para ellos, uno de los rasgos más misteriosos de la Revelación era la recurrencia constante al extraño nombre Rahman, aparentemente relacionado con la fuente de la inspiración del Profeta. Una de las Revelaciones comenzaba con las palabras El Compasivo (al-Rahman) ha enseñado el Corán (LV, 1), y porque les agradaba aceptar el rumor de que Muhammad aprendía las palabras que decía de un hombre de Yamamah, su réplica final en esta ocasión fue decir: "¡Hemos oído que todo esto te lo enseña un hombre de Yamamah llamado Rahman, y en Rahman nunca creeremos!" El Profeta permaneció en silencio, y ellos continuaron: "Nos hemos justificado ahora ante ti, Muhammad; y por Dios juramos que no te dejaremos en paz ni desistiremos del tratamiento que ahora te deparamos hasta que terminemos contigo o tú termines con nosotros." Y uno de ellos añadió:

"No creeremos en ti hasta que nos traigas a Dios y a los Ángeles como garantía." Ante estas palabras, el Profeta se incorporó y, cuando estaba a punto de dejarlos, Abdallah, el hijo de Abu Umayyah de Majzum, también se levantó y le dijo: "Jamás te creeré; mejor dicho, no hasta que cojas una escalera y subas por ella al cielo, y hasta que traigas cuatro Ángeles para que den testimonio de que eres lo que afirmas ser; e incluso entonces creo que seguiría sin creerte." Este Abdallah era por parte de padre primo carnal de Abu Yahl; pero su madre era Atikah, hija de Abd al-Muttalíb, y había puesto a su hijo el nombre de su hermano, el padre del Profeta. Así pues, éste se marchó a casa con la tristeza de oír semejantes palabras de boca de un pariente tan cercano, tristeza que se sumaba a su pesar general por la gran distancia que ahora se extendía entre él y los jefes de su pueblo.

Sin embargo, del clan Majzum, en el que tanto odio parecía concentrarse, tenía por lo menos la devoción de Abu Salamah, el hijo de su tía Barrah; y ahora, de esta dirección le vinieron a la nueva religión de Muhammad una ayuda y fuerza inesperadas. Abu Salamah tenía un rico primo, por parte de padre, llamado Arqam -sus abuelos majzumíes eran hermanos-, y Arqam acudió al Profeta y pronunció las dos testificaciones la ilaha illa Llah, "no hay dios sino Dios", y Muhammad rasulu Llah, "Muhammad es el Enviado de Dios." Luego puso a disposición del Islam su gran casa situada casi al pie del monte de Safa. A partir de entonces los creyentes tuvieron un refugio en el mismo centro de la Meca, donde podían reunirse y hacer las plegarias en común sin temor a ser vistos o molestados.


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