Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 18
El Quraysh toma medidas

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En estos días iniciales del Islam los compañeros del Profeta salían a menudo juntos, en grupos, hacia los estrechos valles de las cercanías de la Meca, donde podían realizar, en congregación y sin ser vistos, la plegaria ritual. Pero un día mientras hacían la plegaria se les acercó un grupo de idólatras y Tos interrumpió groseramente con burlas. Finalmente llegaron a las manos, y Sad de Zuhrah golpeó a uno de los incrédulos con la quijada de un camello y lo hirió. Ésta fue la primera sangre que se derramó en el Islam.

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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Pero después de este incidente resolvieron abstenerse de la violencia hasta que Dios decidiese de otra manera, porque la Revelación continuamente le imponía al Profeta la paciencia y, por lo tanto, a ellos también. Soporta con paciencia lo que dicen y apártate de ellos con una cortés despedida, y también Trata amablemente con los infieles, dales tregua por un tiempo. (LXXXVI, 17).

Este caso de violencia había sido una especie de excepción por ambas partes ya que el Quraysh en su conjunto pareció dispuesto a tolerar la nueva religión, incluso después de que el Profeta la había proclamado abiertamente, hasta que vio que se dirigía contra sus dioses, sus principios y sus prácticas ancestrales. Una vez que se dieron cuenta de ello algunos de sus hombres principales fueron a ver a Abu Talib para insistirle en que debía reprimir las actividades de su sobrino. Abu Talib les dio largas con una respuesta conciliadora; pero cuando vieron que no había hecho nada volvieron de nuevo a verlo y le dijeron: "¡Oh Abu Talib! Posees entre nosotros un rango elevado y honorable, y te hemos pedido que moderaras al hijo de tu hermano, pero no lo has hecho así. ¡Por Dios! No permitiremos que nuestros padres sean insultados, que nuestras costumbres sean objeto de burla ni que nuestros dioses sean injuriados.

O le haces desistir o bien os combatiremos a los dos." Entonces lo dejaron, y, profundamente afligido, envió por su sobrino, y después de contarle con lo que habían amenazado, dijo: "¡oh hijo de mi hermano, ten consideración de mí y de ti mismo. No me cargues con un fardo mayor del que puedo aguantar." El Profeta le respondió diciendo: "Juro por Dios que aunque ellos pusieran el sol en mi mano derecha y la luna en la izquierda para que abandonara esta misión antes de que Él la haya hecho victoriosa, a no ser que muriera en el empeño, no la abandonaría." (1.1.168). Luego, con lágrimas en los ojos, se incorporó y se volvió para marcharse, pero su tío lo volvió a llamar: "Hijo de mi hermano," dijo, "vete y di lo que desees, porque por Dios no te abandonaré bajo ningún concepto."
Cuando vieron que sus palabras no habían conseguido nada con Abu Talib, el Quraysh todavía vaciló en atacar directamente a su sobrino, porque, como jefe del clan, Abu Talib tenía el poder de conceder protección inviolable, y a todos los restantes jefes de clan de la Meca les interesaba procurar que los derechos de los jefes se respetasen debidamente. Así pues por el momento se limitaron a organizar una amplia persecución de los partidarios de la nueva religión que no tenían a nadie que los protegiera.

Mientras tanto consultaron entre sí para intentar elaborar una política común sobre el problema que se les presentaba. La situación era sumamente grave: pronto llegaría la época de la Peregrinación y árabes de todas las partes de Arabia vendrían a la Meca. Ellos, el Quraysh, gozaban de una elevada reputación por la hospitalidad, no solamente en cuanto al alimento y la bebida sino también porque daban una buena acogida a todos los hombres, al igual que a sus dioses. Pero este año los peregrinos oirían a Muhammad y a sus seguidores insultar a sus dioses y serían instados a abandonar la religión de sus antepasados y a adoptar una religión nueva que parecía tener numerosas desventajas. Sin duda muchos de ellos no volverían otra vez a la Meca, lo cual no sólo resultaría perjudicial para el comercio sino que también socavaría el honor en que eran tenidos los guardianes del Santuario. En el peor de los casos, los árabes podrían coaligarse para expulsarlos de la Meca y establecer a otra tribu o grupo de tribus en su lugar como ellos mismos habían hecho anteriormente con Juzaah, y como Juzaah había hecho con Yurhum. Por lo tanto, era esencial que a los árabes visitantes se les dijera que Muhammad de ninguna manera representaba al Quraysh. Pero, aunque era fácil negar su condición de Profeta, eso era simplemente expresar una opinión e indirectamente invitar a los otros a escuchar sus demandas y juzgar por sí mismos. Había que decir algo más, y aquí fallaba el asunto, ya que a algunos les había dado por decir que era un adivino, a otros que se trataba de un poseso, a otros que de un poeta, y aún había otros que decían que era un hechicero.

Consultaron a Walid, el hijo de Mugirah, probablemente el hombre más influyente de la tribu en ese momento, sobre cuál de esas acusaciones sería la más convincente, pero él las rechazó todas como desacertadas; sin embargo, pensándoselo mejor, decidió que aunque el hombre en cuestión no era ciertamente un hechicero, compartía por lo menos una cosa con los hechiceros: poseía el poder de separar a un hombre de su padre, o de su hermano o de su esposa o de su familia en general. Por lo tanto les aconsejó que dejasen que su acusación unánime siguiese esas líneas, es decir, que Muhammad era un hechicero peligroso al que había que evitar a toda costa. Una vez que se hubo acordado seguir su consejo, decidieron que había que vigilar desde fuera de la Meca todos los caminos por los que se llegaba a la ciudad, y que había que advertir por anticipado a los visitantes para que estuviesen en guardia contra Muhammad, porque sabían por propia experiencia qué gran carisma podía tener. ¿No había sido, antes de empezar a predicar, uno de los hombres más queridos de la Meca? Y ni su lengua había perdido nada de su elocuencia ni su presencia nada de su incitante majestad.

Llevaron a cabo sus planes con minuciosidad y con celo. Por lo menos en un caso en concreto, sin embargo, estuvieron condenados al fracaso desde el principio. Un hombre de los Bani Gifar llamado Abu Dharr su tribu vivía al noreste de la Meca, no lejos del Mar Rojo ya había tenido noticias del Profeta y de la oposición a él. Como la mayoría de los miembros de su tribu, Abu Dharr era un salteador de caminos; pero, a diferencia de ellos, él creía firmemente en la Unidad de Dios y se negaba a prestar ninguna consideración a los ídolos. Su hermano Unays había ido a la Meca por alguna razón, y de regreso contó a Abu Dharr que allí había un hombre del Quraysh que afirmaba ser un profeta y que decía que no hay dios sino Dios, y su pueblo lo había rechazado por ello. Abu Dharr partió inmediatamente para la Meca, con la certeza de que allí había un verdadero profeta, y, a su llegada, los qurayshíes que vigilaban las entradas le dijeron todo lo que deseaba saber antes de que tuviera tiempo de preguntar. No resultó difícil encontrar el camino que conducía a la casa del Profeta. Éste yacía dormido sobre un banco en el patio; un pliegue del manto le cubría el rostro. Abu Dharr lo despertó y le deseó buenos días. "¡Sobre ti sea la Paz!" dijo el 3 Profeta. "Declama para mí tus palabras", dijo el beduino. "Yo no soy un poeta," dijo el Profeta, sino que lo que recito es el Corán, y no soy yo quien habla sino que es Dios quien lo hace." "Recita para mí", insistió Abu Dharr, y el Profeta le recitó una azora; después de lo cual, Abu Dharr dijo: "Doy testimonio de que no hay más dios que Dios, y de que Muhammad es el mensajero de Dios." "¿Quién es tu gente?" le preguntó el Profeta; ante esta respuesta del hombre lo miró de arriba abajo, asombrado, y dijo: "Ciertamente Dios guía a quien Él quiere." (I.S. IV, 164). Demasiado bien se sabía que los Bani Gifar eran en su mayoría salteadores de caminos. Después de instruirlo en el Islam, el Profeta le pidió que se volviese con su gente y que esperase sus órdenes. Por consiguiente, se volvió con los Baní Gifar, muchos de los cuales abrazaron el Islam a través de él. Mientras tanto siguió con su ocupación de salteador, con atención especial a las caravanas del Quraysh. Pero cuando había despojado una caravana se ofrecía a devolver lo que había tomado con la condición de que diesen testimonio de la Unidad de Dios y de que Muhammad era un profeta.

Otro encuentro con el Profeta tuvo como resultado la entrada al Islam de los Bani Daws, que era, del mismo modo que Gifar, una distante tribu occidental. Tufayl, un hombre de Daws, contaría más tarde cómo había sido advertido a su llegada a la Meca acerca de las consecuencias que podía traerle el hecho de hablar con el hechicero Muhammad o incluso escuchar-lo. Temía sobre todo poder llegar a verse separado de los suyos. Tufayl era poeta y gozaba de una reputación considerable en su tribu. El Quraysh, por ello, insistió especialmente en su advertencia, y le hicieron concebir tanto miedo de ser embrujado que antes de ir a la Mezquita se taponó los oídos con algodones. El Profeta estaba allí, acababa de adoptar su postura para la plegaria, entre la Esquina del Yemen y la Piedra Negra, como solía hacer, orientado hacia Jerusalén, con el muro suroriental de la Kaabah justo delante de él. Su recitación de los versículos coránicos no era muy alta pero, con todo, algo de ella penetró en los oídos de Tufayl. "Dios no quiso consentirlo", dijo este, 'sino que me hizo escuchar algo de lo que se recitaba y oí palabras hermosas. Así que me dije a mí mismo: "Yo soy un hombre perspicaz, un poeta, y no ignoro la diferencia entre lo hermoso y lo vil. ¿Por qué entonces no debería escuchar lo que este hombre dice? Si es hermoso lo aceptaré, y sí es vil lo rechazaré." Permanecí allí hasta que el Profeta se marchó; lo seguí, y cuando entró en su casa yo entré siguiéndole los pasos y dije: "¡oh Muhammad, tu pueblo me contó esto y lo otro y me asustaron tanto acerca de tu condición que me taponé los oídos por temor a oírte. Pero Dios no quiso permitirlo y me hizo escucharte. Dime pues la verdad de lo que eres."

El Profeta le explicó el Islam y recitó el Corán, y Tufayl hizo su profesión de fe. Luego se volvió con su gente dispuesto a convertirla. Su padre y su mujer lo siguieron en el Islam, pero el resto de los Daws vaciló. Tufayl regresó a la Meca profundamente decepcionado y airado, solicitando al Profeta que les echase una maldición. Pero, en su lugar, el Profeta pidió para que fueran guiados y dijo a Tufayl: "Vuelve con tus gentes, llámalas al Islam y trátalas con dulzura." (1.1.252-4). Así pues, volvió, siguió fielmente estas instrucciones, y con el paso de los años se fueron convirtiendo cada vez más familias de los Daws.

Antes de conocer al Profeta, Tufayl solamente había conocido a los enemigos de éste; pero otros peregrinos conocieron también a sus seguidores, que les contaron una historia muy diferente de la que los enemigos relataban, y cada cual creyó lo que su naturaleza le impulsaba a creer. Como consecuencia, en toda Arabia se hablaba, mejor o peor, de la nueva religión de Muhammad; pero en ningún lugar se habló tanto de ella como en el oasis de Yathrib.


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